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Citada con respeto en todas las historias de la literatura española, ya sea en el capítulo sobre los poetas del 27 o en el correspondiente al exilio, Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid, 1999) no ha recibido la atención que merece como poeta; y eso que la poesía fue su gran vocación profesional y humana, vivida con una necesidad tan urgente como exigente fue su continua autocrítica sobre su escritura en verso, debatida entre la soledad del individuo y la plenitud del amor erótico y del amor divino, en una dicción llena de fuerza sensorial y de ardiente pasión espiritual en todos los ámbitos de su existencia. Cuando me refiero a la escasa atención, no aludo, pues, a que su nombre suene más o menos, figure o no figure en una nómina oficial de la poesía hispánica contemporánea. Lo que me preocupa son los pocos lectores que ha tenido en su país desde su regreso del exilio mexicano, en 1972; el escaso conocimiento directo de su talla como escritora y de su personal mundo poético (con frecuencia se subraya que fue una voz poética femenina, como si el sexo de la autora fuera el único mérito de su obra).

Gracias a la excelente edición de José Ángel Ascunce, Poesía a través del tiempo (Barcelona, Ed. Anthropos, 1991), que no incluye Del vacío y sus dones (Madrid, Ed. Torremozas, 1993) y la plaquette Presencia del pasado (Málaga, Unicaja, 1996), cualquier lector interesado de los últimos quince años ha tenido fácil acceso a la mayor parte de su obra, perdida hasta entonces en ediciones difícilmente localizables en el mercado literario, donde el consumismo actual quiere hacernos creer que hay está toda la literatura.

Los años 90 y los que van del nuevo siglo han roto un silencio de muchas décadas de exilio exterior e interior (en contraste con el protagonismo cultural y el reconocimiento recibido en sus juveniles años 20 y 30): ya contamos con algunas monografías críticas sobre su poesía, en especial el riguroso estudio de Joy Landeira, Ernestina de Champourcin. Vida y literatura (Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 2005), y con el esbozo biográfico de Beatriz Comella, Ernestina de Champourcin, del exilio a Dios (Madrid, Rialp, 2002), de gran ayuda para entender la hondura de su existencia, escondida pudorosamente en el argumento secreto de sus poemas; amén de numerosos artículos académicos y otros ensayos muy sugerentes, como el de Arturo del Villar, La poesía de Ernestina de Champourcin. Estética, erótica y mística (Cuenca, El Toro de Barro, 2002).

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De manera que, casi postumamente, Ernestina ha empezado a ser leída y a gozar del aprecio de la crítica. Este libro colectivo, Ernestina de Champourcin. Mujer y cultura en el siglo XX, coordinado por Rosa Fernández Urtasun, profesora de Literatura Contemporánea en la Universidad de Navarra, y José Ángel Ascunce, profesor de la misma materia en la Universidad de Deusto, manifiesta con mayor rotundidad (pues reúne trabajos de más de treinta profesores y críticos) el creciente interés por esta mujer y su obra. Fruto de un congreso internacional celebrado en 2005, con motivo del centenario de su nacimiento, este volumen pretende trazar las coordenadas que definen su personalidad poética y el contexto cultural en que ésta se desarrolla, para lo cual incluye dos secciones sobre la actividad cultural y literaria de la mujer en la España del siglo XX, especialmente en su primera mitad.

Como en todo volumen de este tipo, hay trabajos más interesantes que otros, además de los intereses particulares de cada lector ante la multitud de aspectos tratados. No obstante, el libro posee un contenido muy bien estructurado globalmente: después de una primera sección de aproximaciones generales a su obra, de estudios de conjunto, pasa a una revisión de su poesía escrita en los años 20 y 30, en una sección segunda; luego ofrece visiones diversas sobre su obra posterior, tanto la escrita en México como la de su regreso a España. En una sección cuarta se incluyen estudios sobre la educación de la mujer en la España anterior a la guerra y, por último, un pequeño conjunto de trabajos sobre la actividad literaria de otras mujeres de su generación.

Por tanto, el lector encontrará un amplio abanico de temas que, salvo en contadas ocasiones, enriquecen el conocimiento del mundo poético de Ernestina a la vez que nos documentan sobre la cultura femenina en la España de su tiempo. Resulta complicado -y tal vez injusto- destacar algunos trabajos sobre otros, pues mis intereses como poeta y crítico no tienen por qué coincidir con los de otros lectores atraídos por la persona o la obra de Ernestina de Champourcin. No obstante, me parece muy oportuno celebrar algunas aportaciones para mí muy útiles, como el trabajo de Juan Cano Ballesta sobre la valoración que hace Ernestina de los movimientos de vanguardia (otra cosa es la influencia real que éstos ejercen en su obra); el de Andreu Navarra Ordoño, que versa sobre el fuerte protagonismo del yo poético femenino en la obra de Champourcin, capaz de integrar en el deseo amoroso todas las aspiraciones y los actos de su existencia; el de José Ángel Ascunce, sobre la evolución desde un subjetivismo romántico hacia la aparente objetividad de su poesía pura, revisada tanto en los conflictos del poema como en su peculiar estilo; el de Rosa Fernández Urtasun, que, a través del epistolario entre Ernestina y Carmen Conde, revela la personalidad cultural y espiritual de nuestra autora; el de Emilio Miró, sobre la diferencia de temperamento y de espíritu entre sus escritos de la guerra civil y la revisión que hace de esas mismas vivencias en sus obras alumbradas de nuevo en España, a partir de 1972. Entre otros muchos, me ha parecido especialmente reveladora la exploración que hace Mónica Jato sobre los importantes volúmenes poéticos escritos por Ernestina en su «desexilio», de nuevo en nuestro país, donde la soledad física la conduce a una fecunda conjunción de la memoria vital y de la esperanza religiosa como vía de acercamiento a Dios y a los otros. Y, por supuesto, habría que destacar los trabajos de Biruté Ciplijauskaité, Gloria Solé Romeo, Alvaro Ribagorda, Sonia Núñez Puente y Alicia Alted sobre la actividad cultural de las mujeres españolas en la preguerra y el exilio.

Libro, pues, bien concebido y lleno de aportaciones de gran interés para el estudioso, para el lector de poesía y para el historiador de nuestra cultura. No obstante, como ocurre en este tipo de volúmenes, una cosa es lo que proyectan los editores (en este caso Fernández Urtasun y Ascunce) y otra es el resultado que aportan en conjunto todos los colaboradores. En cuanto a los resultados advierto un desfase entre la atención prestada a la biografía de Champourcin (interesante donde las haya) y a la descripción general de su trayectoria, por un lado, y el notable vacío que hay en el estudio de los libros concretos y del mundo escondido en cada libro o en cada etapa de su creación. Un volumen de estas dimensiones puede y debe atender mejor a la palabra de la poeta y a la luz humana que esas palabras, en los poemas concretos, aportan al lector (En este sentido no encuentro la razón para introducir un trabajo sobre la mujer en la criminología de principios del XX y otro sobre la mujer en el discurso militar de aquellos tiempos).


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