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Para la mayoría de los españoles, a pesar de confesarse católicos  e  incluso  «practicantes», el conocimiento del  Evangelio no pasa de ser una brumosa amalgama hecha de recuerdos de homilías más o menos tediosas o de lecturas infantiles o adolescentes. Pocos son los adultos que reconozcan haber practicado una lectura seria y constante del Nuevo Testamento, pese a constituir la piedra angular del conocimiento de su propia confesión religiosa.

No deja de parecer extraño, si se piensa que las creencias han fundamentado desde siempre los votos o actitudes más diversas de los ciudadanos, a la hora de decidir sus grandes opciones políticas, sociales o económicas. Acaso nuestros compatriotas, a diferencia de otros fieles católicos, den por hecho que la fe es algo que se adquiere con el bautismo y que no es preciso cimentar ni alimentar. Y den por mucho menos eviden te la necesidad de vivir de modo acorde con ella. O bien acaso resulte demasiado difícil, en tiempos audiovisuales, el lenguaje forzosamente metafórico y fragmentario de los cuatro textos básicos adoptados por la Iglesia.

Sea como sea, un escritor contemporáneo, doctor en Filosofía y en Derecho y autor de una importante obra literaria que abarca los géneros de la novela, ensayo, poesía y biografía, ha abordado la ingente tarea de realizar una muy minuciosa lectura de los Evangelios, para narrarlos a continuación de  manera hermosa y amena, en el intento de contextualizar las cuatro narraciones con la vida cotidiana en los tiempos de Jesús.

Si repasamos el cánon tradicional de las «Vidas de Jesús», hallaremos, al ceñimos a los tiempos modernos y dejando de lado los piado sos relatos para niños, las  escritas por Papini, Renan, y, más recientemente por Saramago, que no han podido sustraerse a los grandes debates de su tiempo, ya fueran teológicos o versaran sobre las responsabilidades contraídas por la Iglesia fundada por Jesús de Nazareth con la vida colec tiva de los hombres en el tiempo que se escribieron.

En el autor últimamente  citado, de tan alto mérito literario como los anteriores, topamos incluso con provocaciones del tipo de considerar a José un insolidario, poco menos que un «esquirol», por huir a toda prisa de Belén sin avisar al resto de los padres de niños menores de un año del  mensaje  comunicado  por el  ángel acerca de las intenciones de Herodes. Saramago realizó con toda evidencia una «lectura» que se quería desmitificadora  de la figura de Jesús, a la luz del materialismo histórico, y que resulta blasfema desde la ortodoxia cristiana.

Bien. Digamos que Pedro Antonio Urbina, al  contrario, ha puesto por escrito el fruto de la lectura continuada de los Evangelios a lo largo de más de cuarenta años, a la sencilla luz de la fe en la Encamación de Dios en una Virgen y en sus enseñanzas posteriores a los hombres, respaldada por amplios conocimientos científicos en teología y filosofía, y poniendo en juego su habilidad en el trabajo de escritor. La enorme provocación de Urbina residiría a nuestro juicio en el título, que varía sutílmente el sentido tradicional  de las narraciones de la vida de Jesús para ponernos bruscamente ante la propia enormidad del escándalo: «Dios, el Hijo de María».

El interés de su obra, aparte de la intensa emoción literaria que proporciona su lectura, consiste en que a diferencia de los libros anteriores sobre el tema, no finaliza en el momento de la Resurrección y Ascensión de Cristo, sino que prosigue hasta Pentecostés, la fundación de la Iglesia de Jerusalén, los primeros milagros realizados por los Apóstoles en nombre de Jesús, el martirio de  Esteban,  la  pasión  y  acción  de Pablo … y, en definitiva, la puesta en obra de la Iglesia cuya primera piedra fundara Dios,  en la persona de Pedro.

Con la dispersión de los Apóstoles enviados a predicar por el mundo y la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al cielo, cierra Urbina su trabajo y con él su propósito de ofrecer a los lectores en lengua española -aunque no resulta difícil augurarle un porvenir de abundantes traducciones- un acceso reposado, sincrónico, bello y ortodoxo, pero sobre todo necesario por las razones que expusimos al principio, a los textos fundacionales de la fe cristiana. Miguel Veyrat.


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