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Dice el Diccionario de la Academia que cita es «señalamiento, asignación del día, hora y lugar para verse y hablarse dos o más personas». También: «nota de ley, doctrina, autoridad u otro cualquier texto que se alega para prueba de lo que se dice o refiere». Y, en tercer lu gar: «mención». No es lo mismo citar o mencionar a alguien que citarse o quedar con él. El libro que nos ocupa, va de citas con los autores famosos, pero sólo para mencionarlos, reconociendo su autoridad.

El conocimiento del hombre se produce en gran medida por acumulación de los saberes ajenos. Son raros los pensamientos estrictamente originales, aunque los hay y el mundo avanza. Mientras no existió la imprenta, la sabiduría popular era el depósito de la tradición oral de unos conocimientos que se transmitían de generación en generación, sin acordarse del autor original de esos pensamientos que merecía la pena retener. Los refranes son un buen ejemplo de esto. En aquella época, sólo los doctos -que sabían leer y tenían libros- se podían permitir el lujo de una cita precisa y enriquecedora. Y también sólo a ellos se les podía exigir la honestidad de mencionar la paternidad originaria de un pensamiento o de su feliz expresión. Ahora, en la época de los ordenadores y de las bases de datos, todo ha cambiado. La propiedad intelectual es un derecho en buena medida protegido y la cita o mención del trabajo ajeno es una exigencia cuando menos ética de la comunidad intelectual.

Con frecuencia las citas son, sin embargo, no exigencia moral del respeto a lo ajeno, sino más bien un recurso dialéctico para dar lustre al propio discurso, apoyándose en la autoridad reconocida de otros. Generalmente cuando se cita a alguien es porque se busca el prestigio del citado o la brillantez de la cita en amparo de lo que se está diciendo. Sólo un bobo cita a otro bobo.

Pienso que las citas son algo muy personal, fruto de las propias lecturas, en las que cada uno ha ido espigando pensamientos y frases especialmente lúcidas por su contenido y expresión. Mencionar alguna obra o autor que no se conoce lo suficiente, aunque sea con precisión, suele resultar postizo y, a menudo extravagante. Pero hay también frases famosas que pertenecen al acerbo común de la cultura, cuya cita exacta no es siempre fácil y, sin embargo, puede contribuir al lucimiento de quien las hace. Por eso pienso, que un diccionario de citas, un libro en que se recojan éstas y otras frases de autores destacados por su talento y su dicción puede resultar de utilidad para los que preparan un discurso o un escrito. No es tarea fácil. Se necesita la paciente laboriosidad de una hormiga y, al tiempo, audacia y chispa intelectual para acometer con dignidad un empeño semejante. Por eso son tan escasas estas obras en lengua castellana.

Los profesores Wenceslao Castañares y José Luis González Quirós han debido dedicarle mucha ilusión y muchas horas a su «Diccionario de citas», un libro de 650 páginas que han publicado recientemente en la Editorial Nóesis.

En este diccionario se recogen más de 6.800 citas de cerca de 1.500 autores conocidos en español, latín, inglés, francés, alemán, italiano, portugués, catalán y gallego. Y, lo que es más importante, las citas han sido comprobadas y, en su inmensa mayoría, localizada su procedencia.

El libro está organizado por orden alfabético de autores. Detrás de cada autor, con su fecha de nacimiento y defunción, aparecen las frases dignas de ser citadas, con la mención de la obra de la que han sido extraídas o, en su defecto, con la de otros autores importantes que se las atribuyen.

El diccionario se completa con un índice temático de ciento veinte páginas. Muy útil para los que necesitan una cita ad hoc con la que enriquecer su discurso. Aspecto este muy importante, ya que cualquier libro de consulta rápida y frecuente, tiene que ser de sencillo manejo, no tanto por su tamaño -que en este caso lo es- como por la facilidad que ofrezca para encontrar, en un momento, lo que se busca.

Resulta entretenido ojear el diccionario e ir leyendo aquí y allá una cita docta o una sentencia clásica de la que se desconocía su autor o al menos, se dudaba la obra en que apareció por vez primera. Aunque no sea el propósito del libro, puede invitar a conocer mejor a alguno de los autores y, quien sabe si a leer en profundidad una determinada obra.

En fin, una obra rara por lo infrecuente, que puede ser de utilidad en cualquier biblioteca. Los autores reconocen que puede tener insuficiencias. Lo que me parece lógico, porque se trata de una selección que es siempre subjetiva.