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Pocos años antes de morir, Northrop Frye (1912-1991) juzgó su vida dedicada a la crítica literaria como un intento de separar la poética de las redes de la ideología. Exponía la diferencia con una imagen tomada de John Stuart Mili: si el ideólogo busca la atención del público con algún fin, el poeta —y el crítico— da la espalda a su auditorio; al poeta se le acierta a oír, pero no se le escucha.

David Cayley, escritor y periodista radiofónico de la CBC de Toronto, ha recogido en forma de libro una serie de entrevistas que mantuvo con Frye dos años antes de su muerte. Entonces, a finales de los años ochenta, el intelectual canadiense era considerado como un viejo dinosaurio de la reflexión literaria, recordado como el autor de la Anatomía de la Crítica (1957), el libro que se mantuvo en la cúspide de esta disciplina hasta que unos años más tarde llegaron Derrida y los desconstruccionistas con un discurso hermético que concluía que más allá del texto no hay nada.

Como advierte Cayley, Frye no difiere en este punto, pero representa la otra cara de la reacción posible ante la crisis moderna: si la ausencia de una realidad objetiva, independiente del texto, implica en última instancia el abandono del cristianismo para Derrida, Frye en cambio se confía en la «reconstrucción imaginativa » de esta religión, en lo que denomina su «recreación».

Esta apuesta, que se concreta en una lectura de la Biblia en sentido imaginativo y no literal, encuentra su primer antecedente moderno, a juicio de Frye, en William Blake, su gran maestro. Blake consideraba la Biblia como «la carta magna de la imaginación humana», el «gran código del Arte»: para ambos, el arte y la religión son realidades interiores del hombre, donde se manifiesta lo que en él hay de divino: las facultades de crear y de imaginar. La conexión vital que Frye encontró en este precursor del Romanticismo —«lean a Blake o váyanse al Infierno», dice uno de sus aforismos— le llevó a escribir su primer libro, Fearful Simmetry (1947), en el que defendía que con Blake se había iniciado una revolución imaginativa que aún no ha concluido. El libro contribuyó notablemente a la recuperación del Romanticismo en el mundo académico y literario anglosajón, y Harold Bloom, el crítico más influyente de la generación posterior a Frye, se refirió así a él: «Debí de leerlo cien veces entre 1947 y 1950, probablemente me lo aprendí intuitivamente de memoria y nunca me libraré del efecto que me causó».

Diez años después llegó la Anatomía de la Crítica, libro escrito con la pretensión de conferirle a la crítica las bases sobre las cuales pudiera levantarse como una disciplina autónoma, con carácter científico e imparcial; es decir, que pudiera crecer de forma escalonada a partir de una tradición y no vinculada a las ideologías dominantes, fueran éstas de índole religiosa, política o de otro tipo. Para Frye, el crítico debe ser un erudito cuyo trabajo consiste en leerlo todo, pues su función es «entender » (cada texto es un documento que contribuye a explicar una época) y no juzgar (los cánones del gusto son inestables, varían con el tiempo).

Conversación con Northrop Frye, dice Cayley en la buena y concentrada introducción, no aporta novedades en el corpus intelectual de Frye; esto puede ser cierto, pero tiene la ventaja de que el viejo académico entra —al responder— en el meollo de cuestiones sobre las que ha reflexionado durante décadas: la encarnación de los mitos en las obras literarias y la construcción de sus estructuras; la distinción entre el lenguaje poético y el lenguaje ideológico; el ámbito propio de la crítica en relación con la literatura; el papel de la Universidad y de la Iglesia como grandes autoridades espirituales de nuestro tiempo; el legado artístico e intelectual del Romanticismo… Las entrevistas suscitan una y otra vez el interés del lector sobre éstas y otras cuestiones, y sólo echará de menos conocer algún gesto, alguna nimiedad que nos diga algo de un pensador que se define a sí mismo como «estudioso de Blake, cristiano y burgués liberal».


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