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Albert Camus (1913-1960). Ensayista, novelista y autor teatral. Influido por San Agustín, Plotino, Schopenhauer y el existencialismo, se aproximó al marxismo, tuvo simpatías por el anarquismo y posteriormente receló de las ideologías para centrarse en «el hombre concreto». Autor de obras de teatro como Calígula, novelas como La peste, El extranjero y La caída y ensayos como El mito de Sísifo y El rebelde. Formó parte de la resistencia francesa durante la ocupación alemana, y dirigió el diario Combat. En 1957 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

Charles Moeller (1912-1986). Sacerdote, teólogo, crítico literario y ensayista belga. Catedrático de Literatura de la Universidad de Lovaina, es autor, entre otros ensayos, de Sabiduría griega y paradoja cristiana. Dedicó más de veinte años a elaborar los siete volúmenes de Literatura del siglo XX y cristianismo, en los que analiza la vida y la obra de una treintena de grandes autores de la centuria ( como Huxley, Gide, Simone Weil, Graham Greene, Bernanos, Kafka, Sartre, Unamuno, Charles Peguy, Saint-Exupéry etc.)

Avance 

“Algo se aprende en medio de las plagas. Que hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Estas palabras de «La peste», le sirven a Charles Moeller para hacer el retrato de Camus como intelectual comprometido, y contraponerlo a Sartre (“el infierno son los otros”). Moeller traza una semblanza del escritor, titulada Albert Camus o la honradez desesperada, a través de sus obras más representativas, en el primero de los siete volúmenes de «Literatura del siglo XX y cristianismo» (Gredos). Desde el primer Camus, nacido en Argelia, marcado por la alegría, hasta el hombre maduro que, concernido por el dolor ajeno, llegará a la conclusión de que «es vergonzoso ser dichoso uno solo». Presenciar la muerte de un chico, atropellado por un autobús, le hará rechazar la fe y “toda solución metafísica o religiosa”, y buscar respuestas al sinsentido de la existencia. Constata, a través de su personaje Calígula, que “los hombres mueren y no son dichosos”, y afirma que «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio», pero lo rechaza como solución y considera que hay más honradez en vivir sabiendo que la vida no tiene sentido que en darle uno. Ejemplifica esta actitud en Sísifo, el héroe del absurdo, al que dedica un ensayo, que tendrá su tradición novelesca en «El extranjero»

En «La peste», su obra más emblemática, da un paso más en su búsqueda de respuestas al plantear el triple simbolismo que representa la epidemia: la Guerra Mundial; el sufrimiento de los inocentes; y el mal moral. Camus ofrece el contrapunto de los mártires laicos: el doctor Rieux, que pudiendo salir e irse con su mujer, enferma, se queda para atender a los apestados; y Tarrou que se pone del lado de las víctimas, y pierde la vida. En otro ensayo, «El rebelde», constata que en el siglo XX «el hombre está solo en el mundo» y aparece «la tentación del nihilismo, con «el terrorismo estatal, en el fascismo -que es terror irracional- o en el comunismo -terror racional». El propio Camus había militado brevemente en el Partido Comunista, pero terminó desencantado. Con «La caída», el autor francés apela a la responsabilidad personal ante el problema del mal. Su protagonista, el abogado Clamence descubre la culpabilidad, por omisión, ante el suicidio de una joven en el Sena. Al saber que no tuvo valor para socorrerla, «descubrió que nunca había pensado más que en sí mismo» glosa Moeller. Y esa añoranza de un gesto de arrepentimiento que rompa el bucle de la desesperación resuena en las últimas palabras de Clamence: «Mujer tírate otra vez al río, para que vuelva yo a tener la oportunidad de salvarnos a los dos»

Moeller concluye su estudio con la muerte prematura, en accidente, de Camus, y una idea de su obra «El derecho y el revés», que sintetiza su figura y su talante:  «El peor error consiste en hacer sufrir».

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Albert Camus o la honradez desesperada es el primero de los estudios que conforma el volumen El silencio de Dios y que incluye a Huxley, Gide, Simone Weil, Graham Greene, Julien Green y Bernanos. Pero «Camus se lleva, materialmente, la parte del león», porque Moeller  quiso dar más amplitud «a autores poco o mal estudiados»; y eso que poco después el escritor obtuvo el Nobel de Literatura (1957). Y también porque a Charles Moeller  -catedrático de Literatura de Lovaina y teólogo-, le interesaba mucho su búsqueda de respuestas ante «el silencio de Dios»; y su empeño por «luchar contra la peste [título de su novela y símbolo del mal] por honradez, conociendo que no existe ninguna esperanza de vencerla»

El autor contrapone a Camus con Sartre. Frente a este, que sostenía que «el infierno son los otros» y consideraba al hombre «una pasión inútil», Camus termina La peste con estas palabras: «en el hombre hay cosas más dignas de admiración que de desprecio»

Charles Moeller traza un paralelismo entre su peripecia personal y su obra literaria. Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913 – Villeblevin, Francia 1960) pierde a su padre en la I Guerra Mundial, y se cría con su madre. Hasta los doce años pasa el día en la calle, descalzo, con niños musulmanes. Ve la pobreza reflejada en el rostro de su madre, que se gana el pan trabajando como asistenta. Es el primer Camus, marcado por la alegría, «el mar, el sol, los besos y los perfumes agrestes». «No se puede reducir lo esencial de Camus a la filosofía del absurdo -advierte Moeller- (…) al principio está el amor al hombre en la luz, los desposorios de todo el ser sensible con el amor y el cielo».

Por eso, sería un error incluir a Camus «en el existencialismo desesperado de un Sartre»; por el contrario,  «debe ser situado en la literatura de la dicha». Si bien posteriormente, concernido por el dolor ajeno, llegará a la conclusión de que «es vergonzoso ser dichoso uno solo», como pone en boca de Rambert, en La peste.

«El cielo no responde»

Aunque bautizado, Camus se educa en la escuela laica y vive en una especie de «paganismo anterior a nuestra era». Por su fascinación ante lo sensible «rehúsa todo socorro venido de lo alto». Según Moeller, la piedra con la que tropieza Camus es creer que el hombre se pertenece a sí mismo; pero «no se pertenece porque está hecho para Dios». 

¿Razón de su incredulidad?  A los quince años pasea con un amigo junto al mar, y ve el cadáver de un chico árabe, que ha sido arrollado por un autobús. «La madre daba alaridos; la multitud callaba estupefacta». Camus mostró a su amigo el cielo azul, luego señaló el cadáver y dijo «Mira, el cielo no responde». El suceso le inspirará la muerte del hijo del juez Othon, en La peste, pasaje de resonancias dostoievskianas, (Moeller cuenta que Camus conocía la recusación de Iván Karamazov a Dios ante el sufrimiento de los niños). «Toda solución metafísica o religiosa» será necesariamente para el escritor «una falacia», un escamoteo del sufrimiento real, «que no debiera haberse producido nunca pero que, a pesar de todo, se ha producido». No obstante, Camus lleva su búsqueda de respuestas al punto de trabajar en una tesis sobre Plotino y San Agustín, con la vista puesta en la docencia, pero la tuberculosis, que padece desde los 17 años, le impide seguir. 

El centro de la incredulidad de Camus es «la recusación de toda verdad objetiva, por desesperanza de encontrarla, quizá por rehusamiento de buscarla»

En un mundo en el que «las verdades objetivas no son más que la máscara de los crímenes de la Realpolitik», Camus desconfía también de las ideologías («de esos más allá de la razón que se llaman “raza”, “partido”, “estado”»); y opta por volverse hacia «el hombre concreto, al que ve con sus ojos, con el que se codea en la calle».

«Los hombres mueren y no son felices»

La primera gran obra de Camus donde expone el sinsentido de la existencia es Calígula (1944). El mismo autor proporcionó la clave: «Calígula se da cuenta cuando muere Drusila, su hermana y su amante, de que los hombres mueren y no son felices. Envenenado de desprecio y horror, intenta ejercer, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, una libertad que finalmente descubre que no es buena». La frase los hombres mueren y no son felices es «el testigo de la crisis» del autor -apunta Moeller-, cuya tuberculosis intensificaba «hasta la obsesión, el sentimiento de la muerte». El joven césar da curso libre a «su omnipotencia anárquica» y se prueba a sí mismo que «si nada tiene sentido, todo está permitido». Pero la tiranía le lleva a un callejón sin salida: «fiel a su lógica, -indica Moeller- hace lo necesario para armar a aquéllos que finalmente lo asesinarán». 

Sísifo, dichoso a pesar de su inútil empresa

Puesta en evidencia la falsa solución de la tiranía, ¿qué alternativa queda cuando la vida no parece tener sentido? ¿Es preciso abandonar la existencia mediante el suicidio? El autor francés lo expone a través de una frase famosa «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio», por boca de su personaje Martha, en El malentendido. Camus lo plantea como hipótesis, pero lo desecha como solución. Distingue dos especies de suicidio: el del cuerpo y el del espíritu. Este último consiste en «cegar el espíritu dando un salto a una creencia religiosa», es «el suicidio filosófico» que practican Kierkegaard o Dostoyevski. Camus lo rechaza desde el racionalismo -«no hay nada más allá de la razón» escribe en El mito de Sísifo (1942)-.

Y rehúsa ser salvado -apunta Moeller- porque hay más honradez en vivir sabiendo que la vida no tiene sentido que en darle uno. «Saber mantenerse en esta arista vertiginosa, he aquí la honradez» sentencia Camus. Acepta el sinsentido… es lo que hay. Por eso, suicidarse sería para Camus «confesar que la vida debiera tener un sentido, que se ha descubierto que no lo tiene y que, por eso se la abandona», explica Moeller.

No queda sino enfrentarse al absurdo de la existencia, como Sísifo, al que los dioses castigan a empujar un peñasco hasta la cima de una montaña, para que caiga y tenga que repetir la tarea, una y otra vez. 

Para Camus, Sísifo es el héroe del absurdo, porque acepta el sinsentido de su tarea y posee lo que califica como «una moral de la cantidad» -una vez rechazada la moral de la calidad-. Consiste esta moral en acumular el mayor número de experiencias y «vivir lo más posible». Pone dos ejemplos: «el comediante y Don Juan». El primero acumula las vidas de los personajes que encarna. Y Don Juan, sabiendo que no puede saciarse de la calidad de un solo y gran amor, se entrega a la cantidad de numerosas conquistas. «Es preciso imaginarse a Sísifo dichoso» sostiene Camus, aunque sepa, como el comediante y Don Juan, que el juego que recomienza, una y otra vez, «está destinado al mismo fracaso perpetuo». 

El «embotamiento lúcido» de El extranjero

La hipótesis de Sísifo tendrá su traducción literaria en El extranjero (1942), primera novela del futuro Nobel. Mersault, empleado de banca en Argel, vive en un «embotamiento lúcido». Asiste «como un extraño» a los funerales de su madre, va a la oficina, pero todo ello como en un sueño, indiferente a lo que sucede, convertido en un «extranjero»

Nada parece afectarle, ni siquiera la relación que entabla con una chica. Mersault no es sino «el sueño de una sombra», «personaje fantasmal» que a Moeller le recuerda al Leopold Bloom, del Ulises, de Joyce. 

Cuando mata a un desconocido y es condenado a muerte, asiste al proceso «como un extraño: tiene la impresión de que se trata de otro hombre». La víspera de su ejecución, rechaza al capellán que le habla de Dios y acepta la dicha que contiene la vida precisamente «por ser absurda». Es el Sísifo que ha alcanzado la dicha, aunque «sea estúpida, automática, animal (…) superficial, irreflexiva, instintiva, como las de las multitudes de Argel y de Orán»

La peste, ¿una santidad sin Dios?

¿Es posible la santidad sin Dios? plantea Camus por boca de un personaje, Tarrou, en La peste (1947). El mal simbolizado por la plaga no es solo la muerte de un ser querido;  la epidemia provocada por las ratas en Orán, representa la Guerra Mundial; y en este sentido -contextualiza Moeller-, no es una novela «sino una crónica: la de la generación que ha vivido la guerra de 1939-1945». Además representa el sufrimiento de los inocentes («el extremo más paradójico del mal en el mundo»), que el autor plasma en la mencionada muerte del hijo de Othon. El pasaje «encarna el silencio de Dios», porque el milagro que pide un jesuita, el padre Paneloux, no se cumple y el pequeño muere. Desde la perspectiva cristiana, Moeller apunta que «es preciso luchar contra el sufrimiento de los inocentes, (…) pero también saber que su muerte no es un cataclismo definitivo. Es el envés de un misterio de la unión con la Cruz»

La peste encierra otro simbolismo: el mal moral. Lo encarna el delincuente Cottard, perseguido por la policía, que se aprovecha del caos desatado por la plaga para escapar del castigo y proseguir sus «pequeños asuntos»

«Las guerras hacen salir de los escondrijos en que se ocultaba a una hez de población que se aprovecha del desorden para pescar en aguas revueltas» observa Moeller. El contrapunto es Tarrou, un joven inocente, hijo de un criminalista, que en un juicio descubre, con horror, la pena de muerte, y se pone de parte de un condenado, al verle miserable y débil.

Desencanto frente al comunismo

Tarrou deja la casa paterna e ingresa en un partido en el que el hombre no sea ya enemigo del hombre. Pero en ese partido y «en nombre de un ideal futuro, se mata, se fusila, se encarcela, se asesina»; y Tarrou lo abandona. Parece clara la alusión al Partido Comunista (explica Moeller: «Camus ha dicho su horror de Marx, uno de los malos genios de nuestro tiempo»); pero, por extensión, a todos los partidos que, «en nombre de una ideología, encarcelan y matan»

Camus militó durante dos años en el Partido Comunista de Argelia, pero terminó desencantado. Igual que Tarrou, «cree que rehusar la enfeudación en cualquier partido bastará para librarle de ser un apestado»; el problema es que el mero hecho de vivir supone hacer sufrir a los semejantes y seguir siendo «apestado» («no podemos hacer un ademán en este mundo sin correr el riesgo de matar» llega a decir Tarrou). 

Moeller establece un paralelismo con Bernanos que, en Diario de un cura de aldea, hace decir al protagonista: «Nuestros pecados ocultos envenenan el aire que otros respiran (…) si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos une los unos a los otros, en el bien como en el mal, no podríamos, en efecto, seguir viviendo».

Todo ello lleva a Tarrou a preguntarse «¿Puede uno ser santo sin Dios?». Esa búsqueda de un heroísmo ateo, refleja la crisis de Camus. Mártir laico, Tarrou opta «por ponerse del lado de las víctimas», trabaja en las organizaciones sanitarias contra la propagación de la peste y en ese empeño pierde la vida. La suya -subraya Moeller- es «la muerte de un santo desesperado».

El Doctor Rieux, otro Sísifo desdichado

No todos los personajes están a la altura de Tarrou. El periodista Rambert que ha ido a Orán a hacer un reportaje y al que le sorprende la epidemia, huye clandestinamente, en nombre de su «derecho a la dicha». Muy distinta es la actitud del doctor Rieux, que pudiendo salir de Orán e irse con su mujer, enferma en Suiza, se queda para atender a los apestados. «Rieux no es un héroe -explica Moeller- pero es honrado (…) encarna al hombre según el corazón de Camus, el verdadero luchador contra el mal». Considera que la «salvación es una palabra demasiado grande para mí», y prefiere hablar de «salud», «la pequeña dicha de aquí abajo».

La victoria sobre la peste es provisional. Mientras que la multitud se abandona a la alegría de la liberación, advierte Rieux «el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás». Las guerras, las enfermedades, el sufrimiento de los inocentes, continúan, una y otra vez, «su ciclo de pesadilla». La única respuesta ante el absurdo es «recomenzar la lucha», aceptar ser «Sísifos desdichados a fin de que los demás hombres conozcan la dicha» señala Moeller. 

El rebelde y la tentación del nihilismo

Con El rebelde (1951), vuelve Camus al ensayo, pero sin olvidar los referentes de ficción: se trata de «una indagación metafísica histórica y artística», de personajes como Tarrou y Rieux. En el siglo XX «la rebelión se ha hecho revolución» constata Camus; y tras el asesinato del rey, y de Dios, «el hombre está solo en el mundo. Nada tiene sentido». Aparece entonces «la tentación del nihilismo», con «el terrorismo estatal, en el fascismo -que es terror irracional- o en el comunismo -terror racional-» señala en El rebelde. Dice Moeller que pocas veces se han escrito «páginas tan fuertes para desenmascarar ideologías pseudocientíficas que menosprecian y destruyen sistemáticamente a la humanidad en aras de un ilusorio paraíso futuro».

Pero Camus también desconfía de la Iglesia. Incapaz de abrirse a la trascendencia, porque «el sufrimiento gasta la esperanza y la fe» (escribe en El rebelde), considera que «la generosidad con el futuro consiste en dárselo todo al presente», frente a quienes lo sacrifican todo a un «futuro» divino, «que son los revolucionarios y los hombres religiosos».

La lealtad a su lógica «le lleva a dar a la muerte de los justos un valor redentor». Y echa en cara a los cristianos que se desentiendan de los problemas temporales de la Humanidad. Moeller le da en parte la razón y parafrasea a Péguy: es preciso hacer «una revolución temporal para la salvación eterna de la humanidad», ya que no se puede dejar a los hombres «en el infierno de la miseria». El cristiano «sabe mejor aún que Tarrou hasta qué punto es responsable del mal» apostilla Moeller; y añade: «La Iglesia debe mancharse las manos»

El extremo caricaturesco de cristiano es el padre Paneloux. Según Moeller «es una herética caricatura de la esperanza». Explica por qué: «reducir el dilema a esto: o existe Dios, y entonces se reza y se deja de luchar; o no existe, y entonces se combate, es una caricatura. Es preciso luchar y, también, ponerse de rodillas» Paneloux descubre que la vacuna que administran al hijo pequeño de Othon sólo sirve para alargar su agonía; y se pregunta ¿qué pecado tenía ese niño para que muriera cubierto de sajaduras putrefactas? En el «fatalismo activo» que predica Paneloux, después de la muerte del niño, -afirma Moeller- «falta la misteriosa alegría en el seno de las tinieblas, de que nos hablará Bernanos». Por eso Paneloux, que muere contagiado, «no es más que la encarnación del suicidio filosófico» descrito en El mito de Sísifo… «es el personaje más ficticio de toda la obra, porque no es verdadero».

La caída: el descubrimiento de la culpabilidad

En sus últimas obras (El exilio y el reino o La caída) el escritor trata de dar una respuesta más definitiva al desafío del absurdo, y ahonda en un concepto nuevo: el sentido de la culpa. Con su gusto por las metáforas, recurre en su novela La caída (1956) a la mazmorra medieval -igual que había recurrido al peñasco en Sísifo– para explicar la interpelación ineludible de la culpa. «Era preciso someterse y reconocer la propia culpabilidad. Era preciso vivir en la mazmorra, como en aquellos calabozos medievales que no eran bastante altos para que se pudiera estar de pie en ellos, ni bastante anchos para tumbarse».

Quien así habla es Clamence, el protagonista de La caída. Gran abogado de lo criminal, que casi siempre logra la absolución de los acusados, «vivía impunemente, sin que le alcanzara ningún juicio», entregado a la ebriedad del placer, «por encima de las hormigas humanas»; y su única preocupación era «satisfacer el amor que se tenía a sí mismo». Pero hete aquí que «la fiesta» se acaba. El suicidio de una joven en el Sena le hace despertar. Clamence pasa por delante de la chica, que está inclinada sobre el parapeto mirando al río, y sigue su camino. «Había recorrido unos cincuenta metros, cuando oí el ruido que, a pesar de la distancia, me pareció terrible en el silencio nocturno, de un cuerpo al caer al agua». Y añade: «Quise volver y no me moví (…) Me decía que había que actuar rápidamente y sentía una debilidad irresistible. No recuerdo lo que pensé entonces: ‘demasiado tarde, demasiado lejos’»; y se aleja.. Cuando llega a su casa, piensa «¡Mi refugio!» y se pregunta «¿Aquella mujer? Ah, no sé; realmente no lo sé. Durante varios días no leí los periódicos».

Al saber que en aquel minuto no tuvo valor para socorrer a la chica, Clamence «descubrió que nunca había pensando más que en sí mismo» glosa Moeller. Es entonces cuando cae de las cumbres donde reinaba… Intentará acallar su mala conciencia con nuevas aventuras amorosas (reencontramos aquí la moral de la cantidad) pero fracasa porque descubre que no es más que un «veleidoso de la pasión», que no llega a perder el hábito «de amarse a sí mismo exclusivamente». Opta, después por la indiferencia (y Camus retoma el leitmotiv de El extranjero). Se esfuerza por acabar con las emociones; y, en un momento dado, llega a creer que «la crisis había terminado». No es así. Un día al ver, desde un barco, en el Atlántico, a un «objeto negro que flotaba, el que se creía curado recuerda a la desconocida del Sena» y admite «era preciso reconocer la propia culpabilidad».  

Mientras que la muerte lúcida de Tarrou, en La peste, demostraba que había intentado ser «un santo sin Dios», esa posibilidad es «irrisoria» para Clamence, dada su «aguda visión de la maldad humana». Porque «el hombre no puede amar sin amarse a sí mismo» afirma el personaje. Sólo tiene algún sentido para Clamence la amistad verdadera que se muestra «en un hombre cuyo amigo había sido encarcelado y que todas las noches se acostaba en el suelo de su habitación para no gozar de una comodidad que se había quitado a aquel a quien amaba».  La cuestión que plantea Camus es «¿quién se acostará en el suelo por nosotros?»  «sólo aquí estaría la salvación» comenta Moeller. Clamence cierra, entonces, su despacho de abogado y predica desde el bar Mexico City de Amsterdam la «buena nueva», dedicándose a juzgar y condenar a todos. «En mi tribunal -afirma- no se bendice, no se distribuyen absoluciones; se hace la suma, simplemente, y luego: “Esto da tanto. Eres un perverso, un sátiro, un mitómano, un pederasta, un artista, etcétera”. Así secamente». Vuelve a reinar, juzgando a todos, después de haberse juzgado a sí mismo y «haberse declarado incurable» subraya Moeller.

Del amoralismo a la responsabilidad moral

Como en los personajes de los relatos cortos de El exilio y el reino, el protagonista de La caída añora el universo moral, comenta Moeller. Algunos tienen un gesto de arrepentimiento o solidaridad. Es el caso del misionero infiel de El renegado, que en el último instante exclama «reconstruiremos la ciudad de la misericordia»; o de Arrast, que en La piedra que crece, ayuda a un desdichado a llevar una piedra enorme en la cabeza. 

Y esa añoranza de un gesto de arrepentimiento que rompa el bucle de la desesperación resuena en las últimas palabras de Clamence: «Mujer tírate otra vez al río, para que vuelva yo a tener la oportunidad de salvarnos a los dos».

Y comenta Moeller «los personajes de esta obra, partiendo del amoralismo, descubren nuevamente la responsabilidad moral. Hay en la confesión de Clamence acentos dignos de Bernanos».

Concluye el ensayo con la muerte del escritor. El propio Camus había dicho que no hay muerte más absurda que la de un accidente de automóvil. Precisamente la que él tuvo, el 4 de enero de 1960, cuando el coche en el que viajaba con su editor, Michel Gallimard, chocó contra un árbol. Aquel día todos los que amaban a Camus tuvieron la sensación de que había dicho la verdad cuando hablaba de su obra «apenas comenzada»

Moeller cierra su estudio sobre Camus con una pregunta y un recuerdo.  «Me preguntaba entonces por el secreto de este hombre, cuyas cartas guardo como un tesoro»… y a modo de respuesta añade:  «me acordé [entonces] de esta frase de El derecho y el revés: “El peor error consiste en hacer sufrir”».


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