León Tolstói

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Shakespeare y el drama

La «incorrección política» de este ensayo ha podido tener parte en el desinterés que hasta la fecha han mostrado los editores españoles por un texto tan importante y bravo como este de Tolstói que nos complace presentar ahora. Publicado en 1906, pertenece al último periodo, el más crítico y radical del escritor. Sobre el arte en general ya se había despachado a gusto en su demoledor «¿Qué es el arte?», un ensayo, también largo, publicado en 1898 y que, a diferencia del que vertimos ahora por primera vez al castellano, sí ha sido traducido a nuestra lengua. El análisis sociológico y estético que desarrollaba Tolstói en él fue proyectado luego sobre la obra de Shakespeare, La crítica al autor inglés se basa en una inspección exhaustiva de su obra dramática, así como también en la de sus comentaristas. Razones de espacio nos han obligado en esta edición a abreviar algunos de los extensos comentarios de Tolstói sobre la bibliografía secundaria; hemos indicado con puntos suspensivos y corchetes, , los lugares de esas sustracciones, que en absoluto impedirán, sin embargo, la comprensión global del texto. De su lectura no sería despreciable consecuencia un debate sobre las creaciones dramáticas en nuestros días. Al fin y al cabo. De lo espiritual en el arte (1910), de Vassily Kandinsky, resultó de aplicar las categorías tolstoianas de este ensayo a las artes plásticas. I Un artículo de Ernest Howard Crosby sobre la actitud de Shakespeare respecto a la clase trabajadora 1 me ha sugerido la idea de manifestar la opinión que hace tiempo me formé de las obras de Shakespeare, una opinión sustancialmente contraria a la que es admitida por todas partes en el mundo europeo. Haciendo memoria de mi lucha contra las dudas, el fingimiento y los esfuerzos que he tenido que realizar para aclimatarme a Shakespeare, debido a mi completo desacuerdo con las adulaciones, y suponiendo que muchas personas habrán experimentado y experimentan la misma perplejidad, he pensado que podría ser de alguna utilidad expresar de una vez por todas y con entera franqueza esta discrepancia mía respecto a la opinión mantenida por la mayoría, especialmente porque las conclusiones a las que llegué al examinar las causas de mi desacuerdo no están exentas, creo, de interés y sentido. Mi disconformidad con la opinión predominante sobre Shakespeare no es resultado de un estado de ánimo pasajero ni de una actitud despreocupada hacia este tema, sino la conclusión de continuos y exigentes esfuerzos, realizados a lo largo de muchos años, por armonizar mis puntos de vista con las opiniones que acerca de Shakespeare son aceptadas en los cuatro rincones de la cristiandad ilustrada. Recuerdo el asombro que me produjo la primera lectura de Shakespeare. Esperaba recibir una gran satisfacción estética, pero al leer, una detrás de otra, las obras consideras las mejores entre las suyas — King Lear, Romeo andjuliet, Hamlet, Macbeth—, no sólo no experimenté ninguna satisfacción sino que sentí una repulsión y un tedio insuperables, así como la duda de si sería mi falta de sensibilidad...

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