José María Aresté

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Crítico de Cine. Director de www.decine21.com

Peter Biskind (ed.), Mis almuerzos con Orson Welles

 El pasado 6 de mayo se cumplía el centenario de Orson Welles (1915-1985), reconocido genio del cine, aunque no solo es un brillante director de películas, también ha destacado como actor, escritor, director radiofónico y teatral, la suya es una personalidad arrolladora, y sumado a todo su amplia cultura en relación a las bellas artes, se ha hecho merecedor de la definición de «hombre renacentista», lo que incluiría sus dificultades para lograr financiación para sus proyectos, el deseable mecenazgo, y la necesidad de aceptar trabajos «mercenarios» como actor, a veces prestando solo su profunda voz, e incluso dando su imagen a anuncios comerciales.Henry Jaglom es un cineasta británico no demasiado conocido, que en 1971 logró, gracias a la intercesión de terceros, que Orson Welles interpretara el papel de mago en su debut como director en 1971, el filme Un lugar seguro. De allí nació una amistad que derivó también en los deseos de Jaglom de ayudar a Welles a desatascar sus proyectos, algo en lo que no tuvo éxito, los intentos de sacar adelante The Big Brass Ring y El rey Lear quedarían en nada, y tampoco vería la luz bajo la dirección de Welles un guión ajeno sobre él mismo, su aventura teatral narrada años más tarde por Tim Robbins en Abajo el telón (Cradle Will Rock, 1999).Welles y Jaglom solían compartir almuerzo con frecuencia en uno de los restaurantes favoritos en Hollywood del primero, el francés Mamaison, y a partir de 1983 el otro le pidió permiso para grabar sus entretenidas conversaciones con idea de tal vez en el futuro publicar un libro. Del interés del punto de vista de Welles, expresado con espontaneidad sobre la marcha con multitud de sabrosas anécdotas, dan idea sus anteriores conversaciones con André Bazin y Peter Bogdanovich, publicadas hace tiempo. Y en efecto, la edición de estas grabaciones convenientemente transcritas y reducidas a lo esencial, a cargo de Peter Biskind —autor de la crónica del cine americano de los setenta «Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood»—, constituye el meollo del libro que nos ocupa, unas ideas recogidas en apenas los dos últimos años de la vida de Welles.Lo mejor de Mis almuerzos con Welles consiste en que realmente emerge Orson Welles, nos hacemos cargo de este monstruo de la naturaleza, que opina sobre lo divino y lo humano, con agudeza y rotundidad, y le llegamos a conocer no solo como bon vivant, sino como alguien que sabe atinar enseguida acerca de los rasgos valiosos de otros cineastas, o de los elementos esenciales que definen una obra de Shakespeare o un determinado montaje teatral de la misma, o qué aporta la interpretación de determinado actor. No faltan las reflexiones sobre el mismo cine y su propia obra, donde llega a afirmar que Fraude es la única película verdaderamente original que ha hecho después de Ciudadano Kane: «Yo creo que el cine, y voy a decir algo horrible, no ha ido más allá de Kane. Eso no significa que no...

Cine: La guerra fría caldea las películas

 El 9 de noviembre de 1989 ha pasado a la historia como el día en que cayó el muro de la vergüenza que dividía Berlín y, por tanto, Alemania. Las tensiones entre las dos grandes superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, parecía que iban a quedar relegadas definitivamente y para siempre a los libros de historia. El cine de espías, tan de moda en los años más álgidos de la guerra fría, prometía quedar totalmente demodé. Curiosamente no ha sido así, y mientras los sucesos de Ucrania y Crimea demuestran que la historia nunca deja de sorprendernos, renace el interés por mirar a través del cine y la televisión a esta etapa del pasado reciente.No hay más que ver el nuevo filme en que anda enfrascado actualmente Steven Spielberg: St. James Place, que protagoniza Tom Hanks y que cuenta los esfuerzos de un abogado americano reclutado por la cia para rescatar a un piloto retenido en la URSS; previamente, el cineasta de Cincinatti había convertido a los soviéticos en los malos de la función en Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008). Tampoco conviene perder de vista la exitosa serie televisiva The Americans, que creada por Joseph Weisberg en 2013 describe las actividades de espionaje practicadas por dos agentes rusos, Elisabeth y Philippe, con la tapadera de que son marido y mujer con dos hijos, la típica y feliz familia americana; tema también apuntado en El espía (Breach, Billy Ray, 2007), basada en un caso auténtico. O la adaptación de la emblemática novela de John le Carré, El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, Tomas Alfredson, 2011), donde Gary Oldman sustituye al Alec Guinness de la miniserie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía (John Irvin, 1979). Suena además para los Oscar el documental Red Army (Gabe Polsky, 2014), que ahonda en el valor propagandístico del equipo soviético de hockey sobre hielo a través de quien fuera su capitán, Slava Fetisov, caído en desgracia a los ojos de las autoridades que antes le habían aupado a la categoría de héroe nacional. También para Estados Unidos supuso una inyección de moral, tras Vietnam, el Watergate y la invasión de Afganistán por los rusos, la victoria en hockey en las Olimpiadas de Invierno de 1979 descrita en El milagro (Miracle, Gavin O’Connor, 2004). Igual que ocurrió sobre el tablero de ajedrez, el triunfo de Bobby Fischer sobre Boris Spassky en 1972, narrado en Sacrificio de peón (Pawn Sacrifice, Edward Zwick, 2014).A la hora de pensar en la desaparición del telón de acero, sorprende lo imbricado que está el séptimo arte en todos los órdenes de la realidad cotidiana, también con las relaciones y la política internacionales. Pues sería un antiguo actor de Hollywood de segunda fila, Ronald Reagan, protagonista principal de la última etapa de la guerra fría. Sus discursos como presidente de Estados Unidos llegaban al americano común, y ante él popularizó su programa militar, la Iniciativa de Defensa...

Gloria al cine de la Primera Guerra Mundial

Este artículo repasa los documentales y los filmes de ficción que reflejaron desde distintas ópticas la experiencia de la I Guerrra Mundial y la evolución en el tratamiento de la guerra que se ha producido en el ámbito cinematográfico.

¿Qué fue del cine de aventuras? A propósito de Mud

En la era del imperio de las videoconsolas y las redes sociales, se diría que muchos adolescentes desconocen el significado de la palabra «aventura». En tal tesitura brilla en el firmamento fílmico Mud, una película que nos hace pensar que tal vez no esté aún todo perdido.

Terrence Malick o el cine pensado

Terrence Malick es decididamente una «rara avis» en el panorama cinematográfico. Basta echar un vistazo a los títulos de las películas de este cineasta lírico y reflexivo, que incluyen palabras nada triviales como «malo», «tierra», «días», «cielo», «maravilla», «vida», «nuevo mundo», o la alusión a «delgadas líneas rojas», para llegar a esta conclusión. Por no hablar del irregular ritmo en la producción de una obra de indudables cualidades artísticas, aunque sin espectaculares resultados en taquilla, o lo que es lo mismo, entre el gran público. Dos películas separadas por un lapso de cinco años cimentan el aura de artista consumado. Veinte años de ausencia alimentan la leyenda y preparan el glorioso retorno. Y luego, tras recuperar el paso tranquilo, llega el frenesí, hasta el punto de tener en fase de postproducción, mientras se escriben estas líneas, tres películas.Los enigmas en torno a Malick arrancan ya con su nacimiento, que unos sitúan en Waco, Texas, y otros en Ottawa, Illinois. Sí hay acuerdo en la fecha, el 30 de noviembre de 1943, y en una infancia transcurrida en los grandes espacios abiertos de Texas y Oklahoma, luego presentes en su cine. Parece que sus padres son cristianos de origen sirio, a él se le suele relacionar con la iglesia episcopaliana, y desde luego su cine presenta claras resonancias bíblicas, con citas explícitas de Job y el apóstol Pablo.¿Cómo llegó Terrence Malick a dirigir películas? Antes, gracias a su imponente físico, jugó al fútbol americano en el instituto, trabajó en los campos petrolíferos, pasó por Harvard, estudió filosofía, conoció en Alemania y tradujo a Martin Heidegger, y logró una beca Rodham en Oxford. Ejerció de periodista en Life y New Yorker, y aunque destacado en Bolivia, nunca terminó un reportaje sobre el filósofo francés Régis Debray, ligado al Che Guevara. Profesor de Filosofía en el MIT, en 1969 decide matricularse en el American Film Institute. «No era buen profesor», confesaba en la única entrevista que existe con Malick, publicada en Sight and Sound (primavera, 1979), hasta tal grado llega su aversión a las declaraciones públicas. «No poseía el gancho que debería tener uno con los estudiantes. Las películas siempre me habían gustado de un modo naif. Hacerlasno parecía una carrera menos improbable que otras».En el AFI de Los Ángeles aprende cine y rueda su primer corto, Lanton Mills (1969), historia de cowboys atracadores de bancos. Y conoce a Mike Medavoy, su agente y futuro productor de La delgada línea roja. Él le consigue sus primeros trabajos remunerados en cine, la revisión y reescritura de guiones, con Jack Nicholson y su Aquellosaños (Drive, She Said, 1971), y la saga de Harry, el sucio(Harry Dirty, Don Siegel, 1971), donde sus contribuciones no son decisivas. Sí aparece como guionista de Los indeseables(Pocket Money, Stuart Rosenberg, 1972) y en Deadhead Miles (Vernon Zimmerman, 1973), pero no son títulos en que se reconozca a Malick.Y llegó Malas tierras (Badlands, 1973), la historia de dos jóvenes asesinos, Kit y Holly, que cometen sus crímenes en 1958 en...

¡Viva el cine libre! Las películas sobre la esclavitud en Estados Unidos

Pese a lo que podría sugerir el título, Lincoln no es un biopic sobre el célebre presidente americano, sino que centra su atención en la lucha política mantenida en enero de 1865, cuarto año de la Guerra de Secesión, por recabar apoyos que permitan que el Congreso apruebe la decimotercera enmienda de la Constitución, que supondría la abolición de la esclavitud. Abraham Lincoln acaba de ser reelegido, y fue usando de sus poderes excepcionales como presidente en tiempos de guerra que aprobó la emancipación de los esclavos; pero la búsqueda de una paz honorable para el Sur en un país desangrado podía suponer una regresión en tan espinoso asunto. Steven Spielberg tuvo la clarividencia, cuando su guionista le entregó un primer libreto de 500 páginas, elaborado a partir del libro de Doris Kearns Goodwin Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de ver que en las 70 páginas que ponían el foco en la «batalla» de la reforma constitucional tenía una película. Para el director, «Lincoln guió a nuestro país en sus peores momentos y permitió que los ideales de democracia americana sobrevivieran y garantizaran el fin de la esclavitud».El gran mérito de Steven Spielberg es haber logrado filmar una magnífica lección de historia, más audaz y atrevida todavía que La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993) y Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998). Porque estos dos filmes que le dieron el Oscar tienen la ventaja de abordar lo universal —el holocausto de los judíos, los sacrificios que supuso la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial— a través de lo particular —el industrial que trata de salvar a sus trabajadores hebreos, el esfuerzo por devolver a su madre al hijo superviviente de cuatro hermanos combatientes—, y ello con pasajes muy espectaculares del horror de los campos de exterminio y el fragor de la batalla.Munich (2005) ya anticipaba Lincoln, no en balde los dos títulos comparten guionista, Tony Kushner, y es que ahí el rigor narrativo era casi documental hasta el punto de sacrificar en parte la emoción. Una forma de hacer a la que se ha recurrido nuevamente con una brillante narración, compleja, donde abundan los pasajes discursivos y pasean múltiples personajes, y ello con la virtud de apasionar y no aburrir. Sin caer en desahogos épicos forzados, hay espacio no obstante para lo emotivo, con escenas maravillosamente escritas, a lo que se suma la inteligencia de trenzar la narración histórica de la cuestión esclavista con el drama familiar de Lincoln, la salud mental de su esposa, la frustración del hijo que quiere luchar en el campo de batalla. De modo que el retrato de un gran personaje, un extraordinario hombre bueno, queda perfectamente perfilado, a lo que ayuda desde luego la sensacional interpretación de Daniel Day-Lewis, verdaderamente transfigurado en un Lincoln humano, cercano, creíble.Hay además en el filme un buen sentido de la oportunidad, como explica Kushner: «Los dos pensábamos que llegaba en un momento muy oportuno, ya que en estos tiempos...

Cine con poderes: por qué los superhéroes encandilan a Hollywood

Los estudios de Hollywood apuestan por el cine de superhéroes, que invita a la espectacularidad. Los efectos especiales más sofisticados se ponen al servicio de historias populares, relativamente sencillas, que deben ser contempladas en una gran pantalla para lograr su máximo disfrute. DC Cómics, bajo cuya ala se encuentran Superman y Batman, forma parte de Warner desde 1969. Pero Walt Disney compró en 2009 Marvel, propietaria de los derechos de personajes de cómic como Spider-Man y los X-Men, por 2.800 millones de euros. Jugada nada sorprendente, pues ya antes en la meca del cine había descubierto los superpoderes recaudatorios de sus adaptaciones al cine, todas las «majors» han pujado por los superhéroes de Marvel: Sony se inclinó por Spider-Man, Fox por los mutantes X-Men, Paramount por Iron Man, Thor y Capitán América, y Universal por Hulk.Puede sonar a simplificación, pero las películas de superhéroes son hijas del cine de George Lucas y Steven Spielberg de finales de los setenta y principios de los ochenta. Títulos como La guerra de las galaxias (1977) y En busca del arca perdida (1981) saciaron la sed del espectador por el cine de aventuras, evasión y entretenimiento con héroes buenos enfrentados a villanos claramente identificables, después de que en las pantallas hubiera dominado un cine más personal y complejo, reflejo del convulso contexto social de mayo del 68 y la guerra de Vietnam. Para A. O. Scott, el crítico de The New York Times, el cine de superhéroes habría sustituido «a dos géneros heroicos tradicionales, el wéstern y el cine bélico, en declive en parte porque parecían ideológicamente fuera de onda con la época». Son en cualquier caso los nuevos mitos del espectador del siglo XXI, modelos en los que se ve reflejado de algún modo como en uno espejo. Esos mitos que estudió en El héroe de las mil caras (1949) Joseph Campbell, autor por el que ha admitido sentirse interpelado George Lucas por su característica visión del viaje del héroe.El efecto perverso de unos magníficos resultados en taquilla fue la carrera de las majors por hacer películas muy costosas, de efectos especiales cada vez más sofisticados, con un merchandising asociado altamente rentable. Había que crear franquicias para disminuir los riesgos, filmes que permitieran la realización de secuelas, con personajes fácilmente reconocibles por el público. ¿Y qué mejor que entrar a saco en la cultura pop americana de los superhéroes, que contaba con la ventaja de una masa crítica de fans incondicionales?Dejadas aparte algunas incursiones poco ambiciosas en forma de serie televisiva en los sesenta, la primera traslación importante de las aventuras de un superhéroe a la pantalla tuvo lugar en 1978. Richard Donner acertó con Superman (1978), que no por casualidad tenía como responsable de su partitura musical a John Williams, el mismo compositor de las vibrantes bandas sonoras de Star Wars e Indiana Jones. Y Christopher Reeve, que intervino en las tres secuelas, quedó identificado con el hombre de acero de identidad secreta, nadie puede imaginar que el tímido periodista Clark...

El cine mudo sigue hablando. A propósito de “The Artist” y “La invención de Hugo”

Estamos en la era del cine digital. Todo indica que, transcurrido no demasiado tiempo, el celuloide será un recuerdo del pasado. Adiós película y laboratorios tradicionales, larga vida al reinado del píxel y el tratamiento de las imágenes con ordenador. Los proyectores de las salas sustituyen sus rollos por discos duros con las películas. Reinan la acción y el espectáculo, el sonido de máxima calidad y los efectos visuales. La experiencia cinematográfica debe ser cada vez más intensa, piensan en la industria fílmica, y así se perfecciona la oferta en tres dimensiones. Hay que arrastrar al espectador a la sala, convencerle de que merece la pena pagar el precio de la entrada; y para ello se le ofrece algo distinto a lo que ve ante las innumerables pantallas del paisaje cotidiano, en el hogar, en el lugar de trabajo, e incluso en su cartera y su bolsillo.Y en tal tesitura, donde el lema parece «el tamaño importa», surge una película inesperada, The Artist. De producción francesa, la dirige un desconocido llamado Michel Hazanavicius. Sus actores no son superpopulares. La trama es puro folletín y no resulta nueva, piénsese en las varias versiones de Ha nacido una estrella: el declive de una gran estrella de Hollywood antes de que se incorporara el sonido a las películas, con el ascenso paralelo de la actriz a la que ayudó cuando era una recién llegada a la meca del cine. Cualquier experto de marketing rehusaría ocuparse de ella: formato de pantalla cuadrado (4:3), en blanco y negro, muda, ¿quién va a querer verla?Contra pronóstico, la presunta película anacrónica se ha convertido en fenómeno que no ha dejado de acumular premios. El colofón acontecía el 26 de febrero de 2012, cuando The Artist ganaba cinco Oscar, incluido el de mejor película. Por segunda vez en la historia de estos premios, una cinta muda triunfaba en la máxima categoría. Había que remontarse a la primera edición de estos premios en 1929, para recordar que la silente Alas, de William A. Wellman, fue reconocida también como mejor película del año.Curiosamente, el mismo tiempo en que se rodaba The Artist, Martin Scorsese se sumergía en la realización de La invención de Hugo (Hugo Cabret), adaptación de una novela gráfica de Brian Selznick que rinde homenaje al pionero del cine francés, experto en trucajes, Georges Méliès. Si un francés rememora con nostalgia el naciente cine de los estudios de Hollywood en el primer filme, un americano sitúa su historia en París para quitarse el sombrero ante Méliès: bonito intercambio no planificado de antemano, donde uno y otro reconocen la mutua contribución al Séptimo Arte de un país que no es el propio.A ambos filmes les une su amor y admiración por el cine de los orígenes, en que todo estaba por inventar. Pero también cierta añoranza de una época en que se trataba de captar en las películas la inocencia y la pureza con melodramáticas historias de trama sencilla —el héroe salva a la heroína de las garras...

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