José- Carlos Mainer

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Catedrático de Literatura Española. Emérito de la Universidad de Zaragoza.

Reflexiones sobre una nueva ‘Historia de la literatura española’

La Historia de la literatura española de Editorial Crítica ha logrado con su última entrega (el volumen 2, La conquista del clasicismo, 1500-1598) rematar la serie de nueve que se inició en la primavera de 2010 con la aparición simultánea del volumen 3, El siglo del arte nuevo, 1598-1691 y del 6, Modernidad y nacionalismo, 1900-1939. Ha roto, pues, el maleficio que parecía cernerse sobre la continuidad de los proyectos de historia literaria en varios tomos.

Un mundo de papel. Cinco hitos en la imprenta española del siglo XX

¿MUCHOS LIBROS?: ESTOICOS FRENTE A ILUSTRADOS Hay «¿demasiados libros?», como ya señalaba el título de un imprescindible ensayo —nada apocalíptico, sin embargo— del mexicano Gabriel Zaid, publicado en 1972 (lo cito por la última edición revisada: Los demasiados libros, Mondadori, Barcelona, 2010). Por supuesto, al hacer esa pregunta, tan aviesamente performativa, pensamos (como Zaid) tanto en el excesivo número de autores y editores empeñados en darnos a conocer sus invenciones y opiniones como, de añadidura, en los dispendios de papel y espacio físico a que obliga esa universal manía. Como concluye el autor, «la conversación continúa, entre los excesos de la grafomanía y los excesos del comercialismo, entre el caos de la diversidad y la concentración del mercado». A muchos, la pregunta con que hemos comenzado parecerá muy reciente y recordará que la han respondido, de modo expeditivo, no solo los lectores que se han pasado a leer (o a husmear) en Internet sino los bibliotecarios y expertos que han propuesto (y llevado a cabo) un verdadero holocausto del papel impreso en beneficio de la microfilmación y ahora de la digitalización, casi a la vez que los perspicaces libreros anticuarios han dejado de adquirir bibliotecas de particulares que ya nadie quiere comprarles. Todo un plebiscito contra los «demasiados libros». Pero el recelo por su abundancia es muy antiguo. En rigor, han convivido desde siempre dos tradiciones culturales divergentes respecto a la escritura y la posesión del libro. La convicción estoica ama la meditación propia de la experiencia, que siempre se satisface con muy pocos libros; lo señalaba Séneca en la segunda Carta a Lucilio, al recomendar: «Mantente alejado de la plétora de libros: si no puedes leer todo lo que puedas poseer, suficiente te sea poseer lo que puedas leer. A veces —dices— quiero hojear tal libro, a veces tal otro. Empalagarse con muchas cosas es lo propio de los estómagos hastiados. Lo mucho y lo muy diverso, no nutre: contamina». Parecidas razones esgrimió Francesco Petrarca en los diálogos que tituló De remediis utriusque fortunae, donde el Gozo y la Razón argumentan acerca de la vanidad «Del que tiene muchos libros». Pero creo que la otra tradición —la de la multiplicidad inagotable de libros— ganó la batalla a partir de la Ilustración, que en rigor fue una pugna a favor de la libertad de opinar y de imprimirlo, y del siglo XIX, que hizo de la escritura y de la posesión del libro una parte de la intimidad del ser humano. Antes, tuvo a su favor a Cervantes que confesó que lo leía todo («como soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles», Quijote, I, IX) y después a Jorge Luis Borges, el hombre que agotó las posibilidades de entender la biblioteca como metáfora de la vida verdadera: escribió que se sentía más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito, y consignó, al tomar posesión de la dirección de la Biblioteca Municipal de Buenos Aires, siendo ya ciego, su currículo de lector:...

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