José Andrés-Gallego

4 publicaciones 0 Comentarios
Catedrático de Historia Contemporánea en el CSIC.

Steve Jobs y la filosofía

La editorial norteamericana "Open Court" publica la colección "Cultura popular y filosofía", en la que somete a iconos contemporáneos al análisis de pensadores. Steve Jobs aparece como "el disparatado", "el provocador", "el rebelde" y "el inadaptado".

Shakespeare como lector de Moro

 «Vosotros, bravos, cuyas almas libres desprecian soportar los insultos foráneos, sumad la rabia a la resolución», dice Lincoln. Inmediatamente antes, el bufón Betts ha introducido un silogismo que constituye la primera conclusión: «Libre es nuestra nación, / libres somos nosotros». Si no nos rebeláramos, añade luego Lincoln, «nos vendría / mejor ser sus esclavos». Hacia 1600, esos conceptos, en la lengua inglesa, habían comenzado a asumir una segunda acepción, que explica —por lo menos, en parte— por qué, mucho después, en la segunda mitad el siglo XVIII, cuando se sublevaron los colonos británicos norteamericanos y acabaron por proclamar su independencia, emplearon parecida argumentación. Presumís de guiar una  nación de gentes libres —alegarán más de una vez—, pero queréis esclavizarnos. Os probaremos que somos, en rigor, más libres que vosotros. A primera vista, se podría pensar que se trata de argumentos manidos, como propios que son de la cultura occidental desde sus orígenes griegos. Desde entonces sabemos —y repetimos a manera de hábito— que todo ser humano propende a la libertad por naturaleza. Pero, en el diálogo de la escena IV de Tomás Moro y en los documentos norteamericanos —a casi doscientos años de distancia— hay más elementos. Son libres porque su nación es libre. Y no se trata de cualquier nación, sino, concretamente, de la nación británica. ¿La británica o la inglesa? Hace años, me pregunté esto mismo al leer un opúsculo secundario de John Stuart Mill y vivir la experiencia —habida, por fortuna, muchas veces— de que la erudición paga réditos. En el texto se hablaba de la English nation. El original estaba escrito y publicado, sin embargo, en latín, y se leía populus Anglius. La traducción era de 1804, justo los días en que ganaba toda Europa el concepto de «nación soberana», perfilado en Francia desde 1789. Antes, no. Buscaba eso. Pero lo que encontré fue esto otro: el proceso en virtud del cual, en la cultura inglesa —y británica—, la idea de su propia libertad se considera idiosincrática, no solo propia de los ingleses, sino en contraste con otros pueblos. Incluyen desde luego a los españoles. Pero no se preocupen; es medio continente el que consideran sometido a esclavitud. Justo por eso, en la escena IV del drama, esa proclamación de libertad surge al socaire  de los abusos que atribuyen a holandeses y franceses afincados en Londres. Pues bien, eso —por lo que sé— era más propio del entorno de 1600 que de los días de la vida mortal de Moro. Surgió precisamente al calor de los sucesos que le llevaron al cadalso. Fue esto último, como saben, fruto de una decisión caprichosamente bíblica. Pero, hoy mismo, si preguntan a algunos ingleses que hayan hecho la secundaria —dicho coloquialmente— qué piensan de lo que hizo Enrique VIII, no faltarán quienes les digan que pudo ser despótico, pero que la constitución y la pervivencia de la iglesia anglicana y de la identidad singular entre su mandatario supremo y el rey (ahora, la reina) es símbolo y baluarte —al mismo tiempo— de...

Hace ahora ochenta años

La República como expresión de libertad Hace años —y no pocos—, solía escuchar las largas parrafadas de un campesino del norte de España que me llamaba la atención, entre otras cosas, por cierta peculiaridad de sus recuerdos, y es que enlazaban, sin pretenderlo, con las grandes cuestiones de la historia del siglo XX, y eso sin desbordar las dimensiones del pueblo del que hablaba, perdido en un rincón del Pirineo. Del 14 de abril de 1931 recordaba dos cosas muy concretas: una, que, aquel día, oyó que otro del pueblo gritaba « ¡Viva la libertad!». Era tan inusual ese grito, que siempre lo recordó asociado a aquella fecha. No le pregunté quién podía ser; dudo que él mismo lo supiera; las gentes de esas tierras pecan, si acaso, de prudentes y no siempre se empeñan en aclarar lo que les pide la curiosidad, al menos cuando la aclaración puede implicar un compromiso. Pero hablaba de una comunidad humana de unos quinientos habitantes, donde todos se conocían, y casi todos eran tan pobres como ricos; no había grandes diferencias, ni había razones, por lo mismo, para que se considerasen los unos más libres que los otros. Todos, sin excepción, llevaban una vida la medida de cuya sobriedad hoy costaría entender. Pero nadie pasaba hambre (si tenía buen conformar). Puede considerarse un sinsentido que gritasen viva la libertad al llegar la noticia de que se había proclamado un régimen parlamentario republicano para sustituir el régimen parlamentario monárquico que se había restablecido pocos meses atrás. Pero precisamente ahí palpita una razón fundamental: con parlamento o sin parlamento, había muchos que identificaban la Monarquía con la opresión y la República posible con la libertad. Cosa que obligaría a preguntarse sobre lo que latía en ambas expresiones, pero que induciría a suponer, además —y sobre todo—, que, en ningún caso, creían que el parlamento fuese una garantía de libertades. Y esto último tiene que ver con lo que explica Milagrosa Romero en el primer ensayo de este número: se cernían sobre Europa —y cruzaban los Pirineos— dos vendavales de incalculable envergadura y de enorme equivocidad para un lector del año 2011: el comunismo y el fascismo. Sólo diré que nadie entenderá lo que implicaban ambas cosas si no se mete en la cabeza que, en 1931, ser fascista o ser comunista no eran tan sólo opciones contrapuestas entre sí y, al tiempo, ajenas por completo al credo liberal y al democrático, sino que atraían —guste no o no recordarlo— más que el liberalismo y la democracia clásica. Era lo moderno: lo que tenía futuro. No eran ofertas de libertad personal individual, es obvio, sino de libertades fundadas sobre la prioridad de la nación o de la clase. Pero, en el plano personal, se convertían en cauce de revancha, cierto que de maneras muy distintas, según quién, cuándo y dónde, y eso es —tal vez— lo que expresó aquel grito. Sólo que, si ocurrió así —que nació un régimen parlamentario como si naciera la libertad cuando primaba el estilo fascista y...

Paul Preston: El Holocausto español: odio y exterminio en la Guerra Civil y después

Paul Preston ha anunciado esta obra como una contribución a la reconciliación de los españoles, evidentemente sobre la base de que la primera condición del entendimiento es la verdad.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies