Javier Rupérez

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Academico correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas

La política exterior USA bajo Donald J. Trump

La elección de Donald Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos ha causado perplejidad por lo inesperado, pero también cierto temor en la esfera internacional. ¿Perderá Estados Unidos su papel como árbitro y actor principal en el campo político, económico y defensivo?

Bush vs.Clinton: una pelea disnástica

 El que fuera alcalde de Nueva York Michael Bloomberg, que de republicano centrista pasó a convertirse en equidistante independiente, acaba de dictaminar los que muchos americanos de su convicción ideológica piensan: «Hillary Clinton y Jeb Bush son los únicos que saben cómo hacer que los trenes lleguen puntuales». Pero esa contundente fórmula para apuntar sin ambigüedades a los favoritos del universo que se sitúa en las zonas templadas del establishment, y que sin duda refleja una apuesta moderada por el continuismo institucional —que algunos, por razones evidentes, se atreverían a calificar de «dinástico»— no tiene por qué convertirse en verdad absoluta cara a la contienda final de unas elecciones presidenciales que tendrán lugar en noviembre de 2016, a un año y medio del momento en que se escriben estas líneas.La ironía, o el sarcasmo, que de todo abunda en la vida política americana, de contemplar cómo los apellidos Clinton y Bush vuelven a competir por la presidencia de los Estados Unidos de América es uno más de los elementos, y no precisamente el menos importante, de una carrera que en este todavía remoto momento se anuncia mucho más despejada en el campo demócrata que en el republicano. Hillary Clinton empieza su andadura prácticamente en solitario, con un apoyo masivo dentro del partido y beneficiada por un conocimiento universal de su persona. Es la candidata inevitable, por el momento destinada más a ser proclamada que a ser elegida, tras un camino hacia la nominación que las gentes de su partido anuncian cubierto de parabienes y rosas. Tanto que no faltan en el entorno los escrupulosos de las formas que, sin negar los méritos de la que fuera primera dama, y luego senadora y finalmente secretaria de Estado, preferirían un proceso más competitivo y clarificador. Pero el peso político de la señora y de su impresionante maquinaria es tan imponente que nadie, que se sepa, osaría lanzarse al ruedo para disputar la primogenitura a Hillary. Pueden surgir acá o allá, y de hecho ya han aparecido, figuras secundarias de lugares ignotos —el senador Bernie Sanders, de Vermont, por ejemplo— que se atrevan a bajar a la arena cual valerosos sparrings conscientes de la tunda que les espera y solo movidos por un afán de notoriedad, o por un sincero afán de alternativa, o por ambos. Pero en el horizonte solo la figura de la senadora por Massachusetts, Elizabeth Warren, una brillante e ilustrada exponente de la izquierda del Partido Demócrata, podría pelear la contienda con un cierto sentido de la incertidumbre. Pero la senadora Warren ha venido anunciando por activa y por pasiva que no entra en sus intenciones la de presentarse a las elecciones presidenciales. Al menos las de 2016. De manera que si alguien poderosamente no lo remedia, y ante la manifiesta satisfacción de las bases demócratas, que creen ya tener adquirida la presidencia, Hillary Clinton llegará a la recta final sin que nadie haya puesto en duda sus méritos para optar por la Casa Blanca en nombre del...

Los Estados Unidos de América: ¿todavía la nación indispensable?

 Fue Madeleine Albright en 1990, cuando todavía no había empezado su carrera diplomática y ministerial pero ya era conocida como una de las principales influencias sobre política exterior en el Partido Demócrata, la que utilizó por primera vez la conocida expresión que calificaba a los Estados Unidos como la «nación indispensable». La que luego fuera secretaria de Estado en la administración Clinton —la primera mujer que ostentaba el cargo en la historia americana— nunca había ocultado el vigor de sus convicciones ni escondido su formulación bajo palabras melifluas. En 1996, ya embajadora en las Naciones Unidas, había acusado a los castristas cubanos, que habían alardeado de poseer un par de «cojones» al derribar dos avionetas civiles desarmadas que lanzaban propaganda antirrégimen sobre Cuba, de carecer de tales viriles atributos —y repitió la palabra con todas sus letras, probablemente la única que conoce del español— para acusarles de todo lo contrario, de ser unos cobardes. En 1993, ante las dudas de los militares americanos para utilizar la fuerza en los conflictos de los Balcanes, se dirigió públicamente a Colin Powell, por entonces jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas americanas para preguntarle cuál era la necesidad de poseer una excelente capacidad militar, «de la que siempre estás hablando, ¿si no podemos utilizarla»? Y no tuvo empacho en mostrar sus profundos desacuerdos en temas diversos —Somalia entre ellos— con Butros Gali, en su época como secretario general de las Naciones Unidas, y ante su falta de capacidad decisoria en el momento de la crisis de Ruanda en 1994. La que desembocaría en la matanza genocida perpetrada por los tutsis contra los hutus. Episodio del que más tarde la misma Albright reconocería en sus memorias las razones por las que los Estados Unidos tampoco deberían sentirse muy orgullosos. Basta con leer el estremecedor libro Shake hands with the devil del general canadiense Roméo Dallaire, jefe de las fuerzas de la onudesplegadas en Ruanda en el momento de la hecatombe, para comprender las razones. En realidad, nadie estaba libre de pecado a la hora de explicar por qué no se había actuado decisivamente para impedir el horror.Esa contundente voluntad de hacerse presente en la vida internacional, como si de una obligación nacional se tratara, representaba en Albright, convencida militante del Partido Demócrata, la continuación del internacionalismo activo surgido en las filas del partido —tradicionalmente tenido por pacifista y contrario a las intervenciones exteriores— en los tiempos de Ronald Reagan y tras la fracasada presidencia, en lo interior y en lo exterior, de Jimmy Carter. Un grupo de notables demócratas preocupados y ocupados por la situación internacional y la falta de respuesta americana a sus retos decidieron trasladarse con armas y bagajes a las filas políticas e ideológicas del contundente presidente republicano, convencido sin fisuras de las bondades de su país y decidido a terminar con el «imperio del mal» encarnado en la Unión Soviética. Entre ellos cabe recordar a Max Kampelman, que había sido el jefe de la delegación usaen la sesión...

Vivir para filtrar: la dudosa saga de Julian Assange y su Wikileaks

Assange piensa que «un movimiento social dedicado a revelar secretos puede acabar con muchos gobiernos que se basan en la ocultación de la realidad, incluyendo el gobierno americano»

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