Eugenio Nasarre

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Vicepresidente de la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados

Maritain y el proyecto de integración europea

Las democracias europeas y el proyecto mismo de integración tienen ante sí retos formidables en nuestros días. Afrontarlos resulta una tarea ineludible, que requiere un gran esfuerzo intelectual y político. En estos tiempos de crisis no está de más recordar y revindicar la obra de algunos «padres fundadores» que pusieron en marcha en aquella Europa desolada tras la segunda guerra mundial un proyecto fecundo, anclado en las raíces de nuestra civilización y asentado en los valores en los que pueden pervivir las democracias. ¿Aquellos principios e ideales que a personas como Schuman, Adenauer, De Gasperi —a la par que emprendían la reconstrucción de las democracias en sus países— movieron a impulsar el proceso de integración europea siguen vigentes en la Europa de hoy? El filósofo francés Jacques Maritain ejerció un relevante magisterio en aquel puñado de políticos preclaros. La evocación de su obra nos permite, y nos invita también, repensar aquellos ideales que tanta fuerza tuvieron en la Europa de la postguerra y a interrogarnos si no sería provechoso que siguieran vivificando a nuestra Europa del siglo XXI. El historiador Federico Chabod escribió que en el periodo decisivo de la formación del sentimiento europeo los factores morales y culturales tuvieron una primacía absoluta. ¿No los deben tener también ahora para relanzar el proyecto de integración europea, debilitado por la tormenta de la gran crisis que ha sacudido al continente? UNA EUROPA REDUCIDA A ESCOMBROS En el año 1948 el Festival de Locarno premiaba la película de Roberto Rossellini Germania anno zero. Formaba parte, junto con Roma città aperta y Paisa, de la famosa trilogía del gran cineasta italiano. Germania anno zero es una obra maestra, que debería formar parte de la educación de las jóvenes generaciones europeas. Relata una historia que expresaba de modo insuperable la clave moral de la tragedia europea. En un Berlín en el que reina la desolación, que es la desolación de la Europa destruida por la guerra, Edmund, un adolescente de trece años, vive con su padre y con su hermana en condiciones míseras. Su padre yace en el lecho, aquejado de una grave dolencia, a la que no puede hacer frente por la penuria y la desnutrición. El niño vive con angustia la penosa situación de su padre. Y, deambulando por el Berlín reducido a escombros, encuentra al que fue su maestro, un ambiguo docente nazi, quien, al escuchar el relato del niño, le recuerda la doctrina del nazismo: hay vidas que no merecen ser vividas; los débiles deben sucumbir para dejar lugar a los fuertes. Edmund regresa a su casa y envenena a su padre. El film acaba con una escena sobrecogedora, sobriamente expresada por Rossellini. Mientras el féretro con el cadáver de su padre camina hacia el cementerio entre los escombros de la ciudad, Edmund sube al campanario de una iglesia y se arroja al vacío. El suicidio de Edmund es el suicidio de una Europa hundida en la miseria moral. La película de Rossellini era una gran parábola que nos mostraba con los trazos de una obra...

Los fines de la educación. El malestar educativo

El principal reproche a la educación contemporánea radica, como observó Maritain, en “la supremacía de los medios sobre el fin”.
Nueva Revista

Despedida de Benedicto XVI. Balance apresurado

Cuando Nueva Revista me propuso escribir sobre el año de la fe en el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II, todavía no se había producido el hecho histórico de la renuncia de Benedicto XVI. Esto me mueve a modificar el contenido del artículo y a decir algo sobre Benedicto XVI y su renuncia a la cátedra de San Pedro.
Nueva Revista

Una apremiante invitación al diálogo

El discurso de Benedicto XVI al Parlamento alemán es de una importancia excepcional para la vida pública europea. El acontecimiento tiene algo de insólito en una Europa secularizada, cuya cultura se aleja de sus raíces judeocristianas, y con amplias corrientes que reniegan de ellas. La figura más representativa de la vida religiosa en el continente, el Papa de Roma, habla en la sede de la mayor de las democracias y motor ahora de una Europa desfalleciente por la crisis.Benedicto XVI no desaprovecha la ocasión. Su discurso es una apremiante invitación a un debate sobre una cuestión crucial para el porvenir de la civilización europea. Lo hace con humildad y con toda la fuerza de un argumento persuasivo. Todo el discurso pretende sentar unas bases para que ese diálogo sea posible. Hay una premisa que conviene subrayar. El Papa proclama una de las características específicas de la religión cristiana: «Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una religión». Esta posición de partida es clave para entender toda la lógica de su discurso.Si eso es así, ¿qué defiende la Iglesia?, ¿qué le preocupa al pontífice al dirigirse a uno de los templos de la democracia europea? ¿Qué le anima su apremiante invitación al diálogo? La respuesta parte de la constatación de dos hechos que, superpuestos, configuran una realidad dramática. El primero es que desde hace medio siglo se está imponiendo en el occidente una concepción democrática puramente procedimental, mediante el triunfo absoluto del positivismo jurídico. Según esta posición, el criterio de la mayoría es el único que debe prevalecer y regir la vida de las democracias, solo con el atenuante de que pueda ser revisado por otras mayorías. El segundo es que esta concepción significa una radical ruptura con la realidad histórica de Europa: «La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma... Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa», dice Benedicto XVI, para añadir: «Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico».El positivismo jurídico conduce, inexorablemente, a que la crucial distinción entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, que Benedicto XVI evoca con la pregunta de Salomón en el Libro de los Reyes, desaparezca de la esfera pública, que se abandone como trasto inútil o imposible. ¿Puede así edificarse una convivencia en la que los llamados hoy «derechos fundamentales» no queden profundamente debilitados, no se conviertan en papel mojado? ¿A qué nos conduce, debemos preguntarnos, esta ruptura con la íntima identidad de Europa? ¿No es la más esencial razón de nuestra crisis?La lectura del texto de Benedicto XVI resulta indispensable. Y su invitación al debate no debería quedar en saco roto. Promoverla es una tarea a la que haríamos bien en dedicar todas las energías....
Nueva Revista

Hacia una sociedad Posthumana

El autor hace referencia a la sociedad desarmada, perpleja y en parte inquieta, que asiste a la vorágine de los cambios sin percibir a dónde nos conducen.

Un nuevo camino de servidumbre

Reflexiones sobre las cuestiones políticas que se han dado en la sociedad española en los últimos años: la democracia paritaria, la disolución del matrimonio, la legalización de la eutanasia, etc.

el centro reformista

Sobre el Congreso de Madrid de 1999 del Partido Popular como referente al reciente Congreso en Sevilla. La experiencia histórica de España contemporánea muestra que las fracturas en torno a las cuestiones religiosa, social y de articulación territorial han sido tan profundas, que han dado lugar a enfrentamientos irreconciliables entre los españoles.

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