Antonino González

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Del mito de la caverna al dialogo ético

El diálogo ético en nuestro mundo supone a menudo un reto de mayor calado del que se podría suponer a primera vista, y por eso resulta interesante identificar algunos de los problemas y dificultades más chocantes, más insidiosos y de mayor peso por la inoperancia intelectual a que mueven. Lógicamente, la identificación de estos problemas es sólo un primer paso para buscar las estrategias que permitan superar estas dificultades. Para encontrar mecanismos y programas de actuación en orden a la resolución de las dificultades que a continuación se van a tratar, es necesario, precisamente, identificarlas, arrojar luz sobre sus porqués, aplicar aquellavieja actitud filosófica de discernir o discriminar —-el κρυνω de la filosofía griega—-, para, desde esas distinciones, construir una salida a la aporía con que en tal debate nos encontramos desde un primer contacto.La primera dificultad que he podido experimentar al encarar este diálogo con, por ejemplo, un alumno —-y que, después de haber contrastado con otros colegas, me ha llevado a la conclusión de que es una experiencia hasta cierto punto generalizada-— es la de que el alumno medio tiene enormes dificultades para aceptar planteamientos completos, sean de la índole que sean. Vale el ejemplo del alumno como muestra significativa de lo que ocurre en nuestra juventud y, en general, en nuestra sociedad. Cuando al alumno se le expone, por ejemplo, la alegoría de la caverna narrada por Platón en la República, habitualmente asimila lo anecdótico, pero es incapaz de asumir el contenido total, la enseñanza profunda que, como es lógico, se halla en la totalidad del relato. En estes entido, la actuación que se suele observar se podría analogar con el caballo negro del mito del carro alado relatado en el Fedro, por seguir dentro de la metafórica platónica. Mientras que el caballo blanco representa el apetito irascible, la tendencia a alcanzar bienes arduos pero, precisamente por ello, altamente valiosos, el caballo negro se ha interpretado habitualmente como el apetito concupiscible, tendente a la obtención de placeres o bienes inmediatos. Esta es la dimensión apetitiva de esta metáfora platónica. Pero -—sin abandonar la interpretación moral-— hay una posible lectura en clave intelectual: el caballo negro representaría, según esta clave, aquella dimensión del conocimiento que el mismo Platón denomina διακονία y caracteriza como el tercer segmento del conocido símil de la línea, en el libro VI de la República.La διακονία conforma, junto con el νσuς o conocimiento dialéctico, la dimensión intelectiva o racional del conocimiento. Superadas la εικασια apariencia y la πιστις creencia, que suponen el nivel de conocimiento llamado δοξα es decir, opinión, la επιστεμη verdadero conocimiento atiende a las realidades reales, ειδος .Pero así como en el nivel de la opinión el segundo segmento supone una clarificación respecto del primero -—ya que mediante la creencia se está ya en posesión del valioso conocimiento que es advertir la falta de conocimiento en que se está en el segmento anterior o pura apariencia-— de manera análoga el tercer segmento o διακονία supone un estado de engaño que...

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