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Otto Schulmeister es una de las vocês más autorizadas para hablar de la cultura y de la política centroeuropea y, en particular, de la de Áustria. Doctor en Ciencias Políticas y periodista, ha estado al frente del diario vienés Die Presse, el principal del país, durante treinta y seis años. En 1946, con el prelado Mauer y otros intelectuales, fundó la revista cultural católica Wort und Wahrheit (Viena y Friburgo) y dirigió su redacción durante los seis lustros de su existencia, en los que fue la más importante publicación de su género en lengua alemana. Ha escrito, en fin, libros de análisis político y social sobre Austria, que es el gran tema de su vida. Se diría que cada varios años «escanea» a sus compatriotas. El último de sus «informes» es el presente EmstfalL El autor de esta reseña conoce a Schulmeister desde la segunda mitad de los cincuenta y aprecia grandemente su talento y su experiencia. Por eso, ha leído con atención su examen del «caso de Austria» (¿un caso singular, o más bien algo parecido al que podría ser el nuestro, tras el esfuerzo de la transición, si nos descuidamos un poco?).

La obra ha sido traducida al inglés como La crisis de Austria. Si el autor se hubiera encarado con la realidad actual de su nación interrogándola, muy bien podía haber dicho «Austria, hoy por hoy, ¿quién eres tú y qué es lo que te propones ser en el contexto que ahora te envuelve?» El libro contiene unas estampas de la realidad austríaca vista por uno de sus más lúcidos estudiosos, que, además, vive sus problemas con el alma.

A los cincuenta años de la Segunda República, Austria es una «democracia de funcionarios» administrativos y políticos; una sociedad organizada – o mejor, estructurada-, urbanizada y consumista, con ejércitos de pensionistas y un nivel medio de vida más que confortable. Con poco interés por el pasado, arrastra una crisis de sus valores históricos: familia, Iglesia, mayores, tradiciones, «raíces». (Algo semejante ocurre también en otros lugares y podría llegar a rozar nuestros propios espacios). A los austríacos no les va mal con el bienestar generalizado y las aplicaciones de la técnica que les hacen fácil y agradable la vida. Pero si quieren seguir siendo ellos mismos y no unas plumas volanderas sin tierra bajo los pies, no deberían perder ni la solidaridad con el pasado ni la conciencia y el cultivo de la propia identidad. No son unos cuneros de la historia, sin más señas que el Lebenstandard o la cifra del PNB. Esos dos retos que se plantean a Austria, si quiere ser ella misma y aportar algo al conjunto supranacional europeo, valen también para nosotros.

Austria ha sido muchas cosas a lo largo de la historia y generalmente en el mismo territorio y con una cultura católica y germánica. Ha sido tierra de frontera en los primeros tiempos del imperio medieval, de donde viene su nombre originario alemán de «Reino del Este», el «Oesterreich» actual, del que proceden el «germanismo» latino del siglo X «Ostarichi», que no se impuso, y finalmente el culto neologismo «Austria», que desde el XII se extendió por las lenguas de cultura. Austria ha sido la «Casa de Austria» o de los Habsburgo. Y también, sucesivamente, Sacro Romano Imperio, crisol de pueblos y culturas, y gran potencia antes y después del nuevo Imperio y la monarquía dual que duraría hasta 1918. En Versalles, los dominios de la «Casa de Austria» fueron repartidos entre cinco repúblicas nuevas (una de ellas, la austríaca) y la monarquía serbia. República entonces por primera vez, conoció una guerra civil y un régimen cristiano- corporativo en la época dorada de los fascismos, y fue provincia del III Reich, tras su ocupación por Hitler. Alineada por fuerza entre los vencidos del 45, sufrió diez años de ocupación cuatripartita, y, por fin, desde el 55, es ya la actual república independiente. Como prenda de paz entre los dos bloques, se vio forzada a mantenerse neutral, hasta que, caídos el imperio soviético y la ideología comunista, pudo por fin ingresar en la Unión Europea.

Pero aquí está la cuestión: para aportar ¿qué? El emperador Federico ni, bisabuelo de Carlos V, desafortunado en la guerra y en la política, que con su reinado llenó más de medio siglo XV, acuñó el famoso acrónimo de las cinco vocales y lo hizo grabar en monumentos, libros y objetos de ajuar. El A.E .I.O.U. de Federico fue ideado como divisa, entre enigmática y humanista, de la «Casa de Austria». Con ella se quería formular la vocación universal de la dinastía y de la nación de la que tomaba el nombre. De las lecturas en que se suele desarrollar el acrónimo, Schulmeister prefiere la que dice Austria Erit In Orbe Ultima, «hasta el final del mundo existirá Austria». Casa e Imperio pensaba sin duda el soñador príncipe. Eso ahora es sin duda agua pasada que no volverá a correr. Pero en Europa puede haber por fin una paz pública, en la que reinen una idea común del hombre y de su destino y no la fuerza o el provecho. Si los austríacos se tomaran en serio a sí mismos y Austria -la Austria que sus nacionales aman y que es el hogar de su naturaleza y su alma (de su geografía y de su espíritu)- acertara a recuperarse, contribuirían a esa venturosa y benéfica realidad. Lo mismo tendríamos nosotros que decir de España, y ponerlo por obra.


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