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Jacinto Miquelarena (1891-1962) pertenecía a la misma estirpe de periodistas cultos, cosmopolitas y humorísticos que Julio Camba o Wenceslao Fernández-Flórez. Cultivó el periodismo deportivo, fue corresponsal en varios países, novelista y autor de comedias. 

El apellido Miquelarena ha quedado grabado en el acervo popular por una exclamación (¡Qué país, Miquelarena!) que su amigo, Pedro Mourlane, le dirigió ante una escena chusca que ambos presenciaron entre un coronel y su asistente. La frase se convirtió en el estribillo con que terminaban los comentarios jocosos sobre el bajo nivel de la España profunda. 

"¡Qué país, Miquelarena!" (Renacimiento), 380 págs.
«¡Qué país, Miquelarena!» (Renacimiento), 380 págs.

Todo esto lo recoge la propia nieta del escritor, Leticia Zaldívar, doctora en Filología, profesora y crítica literaria, en una documentada biografía, fruto de una investigación de años, que publica la editorial Renacimiento. 

Un caballero de otra época

Nacido en Bilbao en una familia de la burguesía vasca, Miquelarena “es alto y moreno, con cejas pobladas y parece que acaba de dejar su yate en la bahía, en donde ha dado la vuelta al mundo por tercera vez” como lo describe Miguel Mihura.

De su elegancia se hizo eco la periodista Pilar Narvión: “Un caballero de otra época, de los que se quitaban el sombrero al saludar y besaban la mano a los señoras (…) Todo en él era una actitud de elegancia interior”. Completa el retrato el humor irónico. Era una “perpetua sonrisa” dice de él, su amigo José María Sánchez-Silva, el autor de Marcelino, pan y vino. 

Y ese humor impregna su obra literaria y periodística, constata Leticia Zaldívar. Hasta el punto de que Mihura dirá de Miquelarena que “se levanta a las nueve y empieza a fabricar sonrisas con su máquina de escribir”. 

La autora dedica los primeros capítulos de ¡Qué país Miquelarena! a la estancia juvenil de Miquelarena en La Habana, su formación en Inglaterra, y su decisión de dedicarse al periodismo.  Primero fue redactor de La Nación en Argentina, con 20 años, y ya en España fue pionero del periodismo deportivo con el diario Excelsior que funda con 32 años. El nombre de Excelsior proviene del poema del mismo título, de H.W. Longfellow, que el propio Miquelarena había traducido. 

Descubridor del poema de Kipling en España

Su conocimiento del inglés le permitirá traducir al castellano el poema If, de Rudyard Kipling. Clásico de la Inglaterra victoriana, era una exaltación del valor, la honradez y la reciedumbre ante la adversidad (Comienza con los versos: Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor la pierden y te culpan a ti… ) El poema era prácticamente desconocido en España y gracias a Miquelarena, se convirtió en un referente pedagógico, llegando a ser empleado como lectura en la asignatura escolar de Educación Política. 

En el Bilbao de los años 20, Miquelarena inventa una variedad del columnismo: la chirlora, que publica en el Diario Vasco. Se trata de un comentario de opinión sobre temas de actualidad, breve e irónico, entroncado con la greguería (la palabra viene del vasco txirloras, virutas de madera, y Miquelarena explicaba que eran virutas que caían de su cerebro sugeridas por la observación de la realidad).

Ramón Gómez de la Serna califica a Miquelarena como uno de los buenos gregueristas

“El rumor es el humo del ruido” llega a escribir, por ejemplo. Todo ello hace que Ramón Gómez de la Serna llegue a calificar a Miquelarena como “uno de los buenos gregueristas”. La autora afirma de Ramón y Miquelarena que escribieron todas sus obras “como greguerías enlazadas”.

Corresponsal de Excelsior y El Sol en las Olimpiadas de Amsterdam (1928) escribe “unas crónicas cinematográficas que hicieron vivir a los españoles los Juegos cuando aún no existía la televisión” apunta Zaldívar. 

Recogerá sus impresiones de los Países Bajos en El gusto de Holanda. Describe el país, la gente y sus costumbres con la ironía a flor de piel: “He dejado de beber cerveza porque me voy sintiendo rubio”, frase que parece adelantarse a Woody Allen (“de tanto escuchar a Wagner me dan ganas de invadir Polonia”).

Señala la autora que el lenguaje de las vanguardias emparentan a Miquelarena con la generación del 27. Como demuestra en la crónica de un viaje en avión. Describe al aeroplano como “un féretro colectivo, con cristales, que en lugar de meterse en tierra va a subir al cielo”. Cuenta que “el motor nos ametralla con balas de ruido”; y se refiere a la gente que se divisa desde la ventanilla: “Aquel hombre del tamaño de una coma seguramente nos mira. Para él no somos más que una golondrina pegada a una nube”. 

Cuando el aparato desciende dice Miquelarena: “¡El aerodromo! Un campo enorme, rodeado de casamatas, se lanza contra nosotros oblicuamente. Luego se despliega como una alfombra sin fin a nuestros pies. Más tarde la hierba echa a correr, bajo la rueda del avión, a una velocidad vertiginosa. Las briznas de hierba se convierten en brochazos de verde”. 

En el libro Pero ellos no tienen bananas cuenta las impresiones de un viaje a Nueva York, en 1929. Miquelarena describe la espectacularidad de la gran urbe moderna y dinámica, pero a la que le falta corazón. Por esa misma época estuvo García Lorca en la metrópoli norteamericana, aunque su famoso libro Poeta en Nueva York no se publicaría, póstumamente, hasta 1940, once años después del libro de Miquelarena.

El contraste con las míseras barriadas de  negros y latinos de Nueva York, que llamó la atención a Lorca, también aparece reflejado en Miquelarena

Algunas imágenes literarias de éste recuerdan al poeta granadino: los ascensores son “jaulas disparadas al cielo por los cañones de cemento”; las estaciones, “catedrales de rail con sus inmensas naves de marmolina, satinadas y asépticas”. Incluso el contraste con las míseras barriadas de  negros y latinos, que llamó la atención a Lorca, también aparece reflejado en Miquelarena: “Los teatrillos de negros. Uno al lado de otros, como dándose la mano. Avergonzados. Miserables (…) Junto al edificio que apila ventanas hasta las nubes, entre encajes góticos, la casa miserable, pequeña, con la Z de la escalera de incendios, de la misma fachada”.

En los años 30 escribe, junto con Luis de Urquijo, una zarzuela, El joven político. Publica un ensayo sobre el arte de viajar, titulado Veintitrés; y otro sobre deporte, titulado Stadium, donde se queja de la ausencia de fair play en la política y se lamenta de que “se está disputando un terrible match en el mundo”, en alusión a los totalitarismos marxista y nazi.

Miquelarena tenía proyectado ir en julio 1936 a los Juegos Olímpicos de Berlín, cuando le sorprende la Guerra Civil y se ve obligado a refugiarse en la embajada argentina para huir de los milicianos que no le perdonan sus simpatías por la Falange. Era amigo de José Antonio Primo de Rivera y acudía a la tertulia de la Ballena Alegre, en el café Lion, junto con Agustín de Foxá y Rafael Sánchez Mazas. 

Relató su experiencia de siete meses de encierro en la embajada argentina en la novela El otro mundo, que Leticia Zaldívar compara con Una isla en el mar Rojo, de Wenceslao Fernández Flórez. Posteriormente escribió Como fui ejecutado en Madrid en el que describe la pesadilla de las checas, las sacas y los paseos. 

Tras escapar del Madrid republicano, y salvar la vida gracias al diplomático argentino Edgardo Pérez Quesada, llega a ser el primer director de Radio Nacional de España en Salamanca, donde además de dar información introduce el humor (creando los personajes de Pepinillo y Garbancito, muy populares entre el público infantil). También colabora en La Ametralladora, la revista humorística de Mihura, Tono y Neville, germen de lo que será  La Codorniz. 

Al término de la Guerra Civil escribe la novela Don Adolfo el libertino (1940), sobre las andanzas amorosas de un señorito en el Madrid de 1900. Un clásico de la literatura humorística. Carpóforo, el mayordomo de Don Adolfo, guarda estrecha relación con el personaje de Jeeves, en las obras de P.G. Wodehouse.

Corresponsal de ABC en  la II Guerra Mundial, Jacinto Miquelarena fue el primer periodista español que entró en Rusia

Corresponsal de ABC en distintos frentes de la II Guerra Mundial, Jacinto Miquelarena fué el primer periodista español que entró en Rusia. Y explica: “Todavía no he olvidado el siniestro museo de cadáveres que era Lemberg cuando penetré en la ciudad y contemplé lo que dejan los soviets de drama y espanto en sus retiradas hacia el Este”.

Cubre la invasión de Yugoslavia por la Wehrmacht, y refleja así el fracaso de las gestiones diplomáticas para impedirla: ”la última blanca paloma de enlace entre Berlín y Belgrado había recibido un escopetazo en el corazón”. Llega a Grecia y en Salónica oye a un camarero sefardí decir “trujeron” y otras palabras del castellano del siglo XV. Sufre el miedo y el cansancio, y, a veces, solo come cuando algún periodista germano le hace llegar vituallas desde Munich o Hamburgo. Y cuando vuelve a entrar en Rusia resalta de la catedral de Smolensko “las cinco  cebollas de sus torres son de oro”.

No era político, su única ambición era ser testigo de la historia como periodista. Por eso, señala Leticia Zaldívar, no aceptó cargos del régimen franquista, como otros intelectuales -caso de Sánchez Mazas-. Y se fue de corresponsal de la agencia Efe a Buenos Aires, donde transmite una media de 10.000 palabras de despachos por mes. Coincide con su amigo Ramón Gómez de la Serna, con quien comparte una visión de la vida, entre desencantada y humorística, el amor a la greguería, y la hipocondría. Los dos morirán con una diferencia de meses (Miquelarena en 1962 y Ramón en 1963).

Seis años más tarde logra la corresponsalía de ABC en Londres, donde vivirá hasta 1960. Las brumas de la capital británica le recuerdan a su Bilbao natal. “Sus nieblas, como el verde-parque y el rojo-autobús, el rojo-cabina telefónica, el rojo-buzón de correos y el rojo-guardia de Buckingham (…) Como edificio público, el policeman sigue armonizando con la catedral de San Pablo que para algo termina en bóveda -es decir, en casco- y no en azotea”. 

Había escrito en colaboración con Mihura  la comedia El caso de la señora estupenda

Por aquella época mantiene correspondencia con Miguel Mihura. Ambos habían escrito, en colaboración, la comedia El caso de la señora estupenda, aunque Miquelarena renunció a su condición de coautor, cuando Mihura le pidió permiso para terminar la obra él solo. 

Retado a duelo por una acusación de plagio

El teatro atraía a Miquelarena. Llegó a escribir, durante su estancia en Buenos Aires, la obra Otoño en el Paraíso pensando en la actriz Lola Membrives, a quien entregó el libreto. Cuál no sería su asombro cuando más tarde la actriz estrenó la obra, bajo el título de Victoria, con la firma de su hijo Juan Reforzo Membrives. Miquelarena acusó a la actriz y a su hijo de plagio, y éste le retó a duelo. Los representantes de las dos partes llegaron a un acuerdo… pero Miquelarena nunca consiguió que se reparara aquella injusticia.

Quizá por eso, el periodista se mostró sensibilizado ante el plagio que sufrió su amigo Jardiel Poncela, cuando estrenaron en Londres una obra titulada Treasure Thrust, que plagiaba Eloísa está debajo de un almendro. Lo advirtió el propio Miquelarena en una crónica de ABC.

Estando en Inglaterra vive una última aventura: una expedición al Polo Norte, en la que participa como corresponsal. Se trataba de un crucero-cacería de osos polares organizado por Viajes Iter, una agencia española en colaboración con una alemana, desde Hamburgo a Tromsö, punto de partida para el archipiélago de Spitzbergen, en el Ártico. Un capricho de cazadores y naturalistas, al que se pretendía dar máxima publicidad. Por esa razón debía ir un cámara de No-Do y un corresponsal de prensa -Miquelarena-. Al final, éste abandonó la expedición en Tromsö, debido en parte a la mala gestión de la agencia Iter. 

Tinta en el cuerpo

El periodista vivió sus dos últimos años en París, como corresponsal de ABC, cubriendo, entre otros acontecimientos, la crisis política generada por la guerra de Argelia. 

En esa época se siente maltratado y ninguneado por el director del periódico, Luis Calvo, lo que unido a la depresión por el miedo a lo que él creía que era un cáncer incurable le empujó al suicidio. La gota que colmó el vaso fue una carta de Calvo en la que le reprendía cruelmente por defraudar como corresponsal a ABC y sus lectores. Miquelarena puso fin a sus días en agosto de 1962 arrojándose al metro. Pero los diarios dijeron que se había caído, por haber sufrido un desvanecimiento.

Desaparecía así la “perpetua sonrisa”, un caballero en el que había “mucho de señor guipuzcoano y gentleman británico” (como le describió el corresponsal de La Vanguardia en Londres). 

Pero sobre todo se iba un hombre que tenía la pasión de “ver, viajar y escribir”, como recalca Leticia Zaldívar. Lo dejó claro, su amiga Pilar Narvión al poner el epitafio periodístico en una Carta a Miquelarena en el diario Pueblo: “Te has muerto (…) porque ya no tenías tinta en el cuerpo”.


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