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Carlos Vaquerizo (Sevilla,1978) es licenciado en Filología Hispánica y colaborador habitual de diversas revistas. Vinculado durante algún tiempo a la tertulia poética del legendario bar «La Carbonería», auspiciada por personalidades del prestigio de Miguel Florián, comparte con algunos de sus miembros, como los poetas José Antonio GómezCoronado y Javier Vela, el mérito de haber recibido el prestigioso premio Adonais.

En su caso, ese primer trabajo juvenil, titulado Fiera venganza del tiempo y publicado en 2006, constituye un ambicioso poemario en el que se intenta ofrecer una imagen completa de la existencia: siete secciones que nos hablan del origen, la herencia, la infancia, el descubrimiento del yo, la adolescencia, las primeras experiencias, el hallazgo de nuestra temporalidad, nuestra vocación de muerte y el amor. Pero si aquel libro contiene algunos hallazgos brillantes y da muestras de que el poeta ha asimilado bien la lección de muchos poetas coetáneos (y no sólo coetáneos: Virgilio, Horacio, Leopardi, Rilke y Pound reciben allí su homenaje, junto con un Lezama Lima que no casa con el resto del conjunto), la trayectoria de Vaquerizo parece confirmar su serenidad clásica, su ponderada discreción, su severidad amable y su impecable claridad. Buena muestra es este puñado de poemas, con su amor por la fantasía y su lirismo sin concesiones.

Como domar un potro

No deleite o mera manifestación artística, sino una pulsión ineludible, una necesidad, un deseo que embarga todo acto volitivo del poeta a modo de philocaptio literaria. Así concibo yo la poesía.

Pero esta fuerza suprema que nos lleva a escribir debemos dominarla de manera que no haya palabra ni idea prescindibles en el poema. Los versos y la forma de expresarlos, como diría Francisco Villaespesa, deben domarse como a un potro salvaje, a veces con el látigo y a veces con la espuela. Y el resultado final debe presentar al poema y a las ideas que éste encierre como dóciles criaturas a las que nada ya se les puede pulir ni añadir sin que pierdan sentido o dejen de ser productos despojados de banal hojarasca. Que podamos decir: «No la toques ya má s/ ¡que así es la rosa!».

Debe ser también preocupación primordial del poeta que sus versos no reflejen un hecho anecdótico sin más, sino que partiendo de la anécdota trasciendan y hagan que toda persona, resida donde resida o piense como piense, pueda verse reflejada en esos versos frutos de un yo que ha logrado llegar a ser trascendente. Todo poeta debe asimilar mimbres literarios tanto vivenciales como librescos de manera continua pero paciente, hasta lograr transformarlos en posible material poético dotado ya de originalidad, milagrosa simbiosis de influjos y personal modo de encauzarlos.

La poesía no debe confundirse con la prosa o con otras modalidades artísticas, como ocurre actualmente con frecuencia. El poeta debe expresar su visión del mundo de una manera que resulte inalcanzable para otro molde artístico que no sea la poesía. La prosa precisa de anécdota, de explicaciones, de circunstancias, de actantes que no caben en los versos de aquel que aspire a ser poeta, porque son ingredientes prescindibles. La poesía puede compartir -es inevitable- los temas, preocupaciones e influjos con otras modalidades artísticas, pero no confundirse con ellas.

La prosa puede llegar a ser poética porque está llena de elementos intrascendentes, necesitando un proceso de necesario despojo para acercarse a la poesía, siendo entonces producto poético, libre ya de todo prosaísmo, poesía cautiva en formato propio de la prosa, no en los tradicionales versos o versículos. Pero la poesía, la poesía que yo amo, no puede aspirar a ser prosaica, ya que está en un nivel en el cual no existe ninguna impureza y todo acercamiento a la prosa supondría un acto de degradación. De este modo no habría prosa poética sino poesía en formato propio de la prosa, pero poesía.

 

Te ha gustado ese verso

Te ha gustado ese verso que no es mío.
No quiero repetirlo. No quiero que lo escribas.
Así, querrás hallarlo… y de nuevo
podré escribírtelo en los ojos.

He divisado el sueño

He divisado el sueño y los emblemas
que hilvanaron las horas más felices.
Sólo queda la sal en las raíces
y el índice feroz con que me quemas.

Hoscos mares de ensueños y dilemas
me devuelven a ti, tú que bendices
y besas mis oscuras cicatrices
llenas de gloria y llenas de anatemas.

Cayó la copa y se derrama el vino
interminablemente en el aljibe
donde se apagan todos los veranos.

Ebrios de amor, erramos el camino.
¿A qué costas, al fin, harás que arribe
que no sean la fiebre de tus manos?

Lima

No he visto el sol en Lima ni la niebla
perderse sobre el mar, al horizonte.
Sólo alejarse lenta y débilmente
como un tango sin patria melodioso
lloviendo y siendo mar, niebla errabunda
corpórea de nostalgia, con la cierta
distancia de esos labios tan queridos.

No he visto el sol en Lima. Tú no estabas.

En el solar del tiempo

Envejecido en el solar del tiempo
suena el recuerdo como una campana.
Los días que pasaron
se agolpan lentamente y estoy solo,
solo con tu recuerdo, frente a frente,
desnudo como el cuerpo de los días. (Gabriel Insausti)


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Doctor en Filología Hispánica. Doctor en Filología Inglesa. Premio Arcipreste de Hita de Poesía, 2000