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1 Jun 1992 - 6min.
A II Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, que ha de celebrarse en Madrid en julio, vuelve a poner de actualidad el debate sobre la realidad y contenido, presente y potencial, de la Comunidad Iberoamericana. La discusión en torno a ella suele discurrir con frecuencia por cauces pasionales -como es por demás habitual entre nosotros-, haciendo a menudo difícil o imposible la reflexión sosegada de un fenómeno que es, de hecho, patente e indiscutible: el de la existencia de un crecidísimo número de millones de seres humanos capaces de entenderse en dos lenguas ibéricas y que comparten, sean o no conscientes de ello, un amplio y básico sustrato cultural.
Por invertebrada que pueda parecer hoy su virtualidad en muchos aspectos, no es discutible que esa realidad evidencia, por sí misma, la existencia de una comunidad claramente perfilada y diferenciada de las demás que en el mundo son y como tales se reconocen. Un andaluz o un catalán se entienden sin trabas con sus congéneres americanos desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego, gracias a un idioma compartido, al igual que un estudiante de Coimbra o un comerciante de Guarda lo hacen con cualquiera a lo largo del Brasil por idéntica razón; así como, unos y otros logran entre sí -a poco que pongan de sí mismos- una estimable comunicación, sin las grandes dificultades o la imposibilidad que aquejan a otros intercambios.
A la luz de los recursos naturales y humanos de los que esa «comunidad» dispone, del flujo civilizador en el que se sustenta y de
la vitalidad que en otro tiempo mostró, obligado es comprobar que no ha desarrollado el abanico de posibilidades que potencialmente alberga.
Culturalmente valorada, una realidad de esa naturaleza tiene una significación de enorme relevancia, sea cual fuere la perspectiva que se tome para ponderarla. Ser parte de una «comunidad» lingüística de esas dimensiones y potencialidades, originada en el hontanar de la civilización occidental y convertida, con el tiempo, en uno de los flujos creativos más fecundos y universales, constituye, como circunstancia, un singular privilegio para cuantos tenemos la suerte de estar inmersos en ella.
Sentado lo cual, justo es sin embargo reconocer que, por razones históricas -más próximas que lejanas, y que no hacen aquí al caso, los alcances económicos y políticos de esa «comunidad», у por consiguiente también en parte los culturales, no han tenido la proyección y el influjo a los que se podía legítimamente aspirar. A la luz de los recursos naturales y humanos de los que esa «comunidad» dispone, del flujo civilizador en el que se sustenta y de la vitalidad que en otro tiempo mostró, obligado es comprobar que no ha desarrollado el abanico de posibilidades que potencialmente alberga. Esa evidencia se yergue, a la vez, como inculpación colectiva y como desafío de futuro.
Con todo, resulta claro y notorio que esa falencia histórica es superable. Ejemplos no faltan. Todos ellos se lograron a través de la dinamización del conjunto social, generalizando los objetivos que se ambicionan: en buena cuenta, la toma de conciencia colectiva del desafío y la voluntad de asumirlo. Al hablar de la «Comunidad Iberoamericana» -hecho cada vez más frecuente, si bien posiblemente con poca claridad conceptual- se apela, precisamente, al contenido implícito en tal desafío: la recuperación de un adecuado protagonismo colectivo en el concierto mundial, mediante la incentivación de una acción concertada y, en su caso, integradora.
A no dudarlo, se trata de una realidad flexible. Para sus miembros americanos supone, limpia y llanamente, un empeño insoslayable; quiéranlo o no. En la era de los grandes bloques económicos, el conocido «sueño bolivariano» se impone como solución sin alternativa. La integración se presenta hoy como único destino.
Para España y Portugal, en cambio, aunque miembros de esa Comunidad por razones históricas, culturales y de idiosincrasia, su papel tiene perfiles especiales, como es bien sabido. La contigüedad geográfica impone actualmente unos condicionamientos a la integración regional que las afinidades tradicionales no pueden desvirtuar. En consecuencia, su desempeño comunitario, en este caso ha de contemplar fórmulas de participación limitada: p. e., el apoyo, desde fuera, a los procesos americanos de integración; la promoción de sus intereses ante terceros y, en especial, ante la CE; la participación abierta en programas de fomento y cooperación; etc., etc.
Hemos de prever además que, esta manera menos plena de estar activamente presentes, tendrá, cada vez más, una importancia singular en la interrelación de los bloques económicos y, por ende, no hemos de perder de vista, unos y otros, que nuestros dispares empeños han de redundar directamente en beneficio mutuo.
Nos importa a todos, por consiguiente, el fortalecimiento y la consolidación efectiva de esa Comunidad Iberoamericana. Y son muchas y complementarias las formas en que cabe contribuir a ese objetivo. Desde la base, la multiplicidad de las acciones posibles es patente: los medios de comunicación de masas pueden ir ampliando, de manera creciente, la conciencia popular de su necesidad, como erráticamente ya lo vienen haciendo; se pueden incrementar, igualmente, los contactos y las reuniones profesionales y académicas; se podrían interrelacionar las instituciones, más allá de lo que ya lo hacen, homologando sus organizaciones y procedimientos y poniendo en común conocimientos y experiencias. Queda, sin duda, un largo etcétera como reto a la imaginación. De lo que se trata, en la práctica, es de extender una tupida red de intereses comunes en los más diversos campos; de extenderla, no de crearla, puesto que la operación ya está en marcha desde hace tiempo.
Para España y Portugal, en cambio, aunque miembros de esa Comunidad por razones históricas, culturales y de idiosincrasia, su papel tiene perfiles especiales.
El impulso ha de darse asimismo desde arriba. A los gobiernos, por definición, les incumbe la responsabilidad de identificar las oportunidades históricas y de promover las que en cada momento se brindan a la ciudadanía. La Comunidad Iberoamericana quedó claramente expuesta y definida como tal en la I Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, reunida el año pasado en la ciudad mexicana de Guadalajara. A quien haya analizado la declaración que allí se suscribió, no le pueden caber dudas sobre la intención colectiva que la inspira y la finalidad que a través de ella se procura. A todas luces, fue un momento singular, en cuanto vino a proclamar, con toda la inusual solemnidad que demandan los hitos históricos, una orientación de futuro a los intereses de toda una Comunidad.
Ese -y no otro- es el verdadero y hondo significado de estas «cumbres». Como correspondía la de Guadalajara fue esencialmente declarativa y, en ella, se decidió su periodicidad anual. A partir de la próxima de Madrid, el desafío -nada despreciable, habida cuenta de nuestra idiosincrasia colectiva- es pasar del plano declarativo al de los programas concretos; y, eventualmente, al de las realizaciones. Es un desafío que habrá de asumir exagerando las dosis de realismo y, por lo tanto, recortando minuciosamente el vuelo, en exceso habitual, de la fantasía.
Con ese logro, quedará cumplido el propósito que de origen, se quiso como motivo primordial de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento: la proyección hacia el futuro de la Comunidad Iberoamericana y el alcance del peso específico que en el concierto mundial debe llegar a tener. Todo lo demás es acaso significativo, pero accesorio.
Por último, séame permitida una reflexión final sobre la importancia del papel de España y Portugal en el seno de esa Comunidad. A ese respecto, hay que insistir en que tenemos a la vista un mundo conformado por grandes bloques económicos, en competencia entre sí, por más interdependientes que queramos figurárnoslos. El diálogo de bloque a bloque, supuesto imprescindible, no siempre será fácil. Es, ése, un hecho previsible, con la certidumbre inherente a cuanto nos muestra la condición humana. Serán cruciales, por lo tanto, para unos y otros, cuantos factores puedan facilitar e incentivar vías de entendimiento. Constituirá una responsabilidad constructiva, digno colofón a una andadura histórica como la de portugueses y españoles. Nuestro peso respectivo, en las dos «Comunidades» a las que pertenecemos, será en parte una resultante de ese comprometido desempeño. Y, para acertar, el requisito primordial es tener una noción clara y consensuada del servicio que podemos prestar, en nuestro propio interés tanto como en el de los demás.