«Conversaciones con Roger Scruton», de Mark Dooley y Roger Scruton

Ser conservador, según Scruton, significa en último término la disposición a aferrarse a lo que uno conoce y ama. Si uno no se aferra a ello, acabará perdiéndolo, advierte

Roger Scruton en Budapest, en 2016. Foto: Elekes Andor, vía Wikimedia Commons
Roger Scruton en Budapest, en 2016. Foto: Elekes Andor, vía Wikimedia Commons
José Manuel Grau Navarro

Roger Scruton (1944-2020), filósofo, escritor y compositor británico, es una de las grandes voces del conservadurismo contemporáneo. Especializado en estética, filosofía política y teoría de la cultura, es autor de una amplia producción filosófica y literaria.

Avance

Roger Scruton se sincera con su amigo Mark Dooley en Conversaciones con Roger Scruton. Habla de sus padres, hermanos, infancia, heridas, maestros, biografía intelectual, amistades, mujeres, adversarios y convicciones. Recorre sus formación en Cambridge, su vida de profesor y escritor, su apoyo a la disidencia en la Europa del Este comunista (hasta 1989) y su vida en el campo inglés, en Sunday Hill Farm. Al final, sale un retrato que nos permite hacernos una idea de este personaje conocido por pensar al margen de las modas.

Portada de Scruton, Roger & Dooley, Mark: «Conversaciones con Roger Scruton». Ediciones Cristiandad, 2026
Scruton, Roger & Dooley, Mark: «Conversaciones con Roger Scruton». Ediciones Cristiandad, 2026

Scruton es amante de Wagner y de la arquitectura, defensor de la caza y de la vida rural, ateo de origen pero redescubridor de la religión con los años, escritor disciplinado, músico, esposo y padre. Sorprende que dominara tantas disciplinas y con la pasión y profundidad con que lo hizo. Era capaz de componer, tocar el piano y el órgano, escribir, filosofar, novelar, pero a la vez cazar, montar a caballo, alimentar a las gallinas, ayudar a los vecinos, saborear el buen vino, disfrutar de la vida rural y enzarzarse en las polémicas que hiciera falta, con quien hiciera falta, desde el periodismo, desde sus profundas convicciones y con argumentos difíciles de rebatir.

¿Tiene esperanza la causa del conservadurismo en general?, le pregunta Mark Dooley al final de este libro. Contesta: «No mucha. La única salvedad que haría es que no hay otra causa. Nadie más tiene nada que ofrecer. En la izquierda no hay más que negaciones: repudiar ahora este aspecto de nuestra herencia, luego aquel otro. En mi opinión, todo lo que el conservadurismo significa en último término es la disposición a aferrarse a lo que uno conoce y ama. Y, si uno no se aferra a lo que conoce y ama, acabará perdiéndolo de todos modos».

ArtÍculo

Roger Scruton tenía aspecto de lord, aunque muy tardíamente Gran Bretaña le concedió el título de sir. Su buena mata de pelo pelirroja, como descuidada a propósito, y el resto de su pose casaban con ese estilo suyo tan british. En su origen hay un padre socialista, fracasado y deprimido, casado con una señora educada por una tía gélida, a la que casi se da a entender que maltrataba psíquicamente. Su padre, dice Roger Scruton, «era ateo hasta la médula. También Dios formaba parte de la conspiración de las clases altas». En el capítulo de su familia, Scruton sorprende con frases duras como esta: «Por un lado estaba el arte verdadero, y por otro la basura a la que mis hermanas eran adictas». Él, desde muy joven se convirtió a la idea de que «las únicas materias realmente útiles son los estudios de lo inútil».

A los 16 años tuvo claro que quería ser escritor. No gozaba, afirma, de «un gran talento y no soy un escritor natural, no soy del tipo Rimbaud». Llegó a donde llegó «a base de trabajo duro. Decidí hacerlo, me obligué a hacerlo, y me llevó mucho tiempo adquirir cierta soltura».

Fue un estudiante muy bueno en todas las etapas académicas. Se matriculó en la Universidad de Cambridge, cuando se encontraba, dice, «en la orilla de una marea que se retiraba». La gloriosa universidad perdía sus esencias pero él pudo «absorber por los pies todo lo que aún quedaba de ella».

Un burgués

Era 1966, el año de las protestas contra la guerra de Vietnam. Era también la época de Herbert Marcuse y de las algaradas universitarias de California. Todo giraba en torno a la cultura de la droga. Los universitarios norteamericanos seguían «el ejemplo de los monjes budistas vietnamitas y se inmolaban prendiéndose fuego». Scruton, sin embargo, descubrió que era un burgués.

Pasó temporadas en Italia y Francia, tuvo contacto con círculos bohemios y hippies, y se confirmó en su instinto natural a «ponerme del lado de la burguesía». Su experiencia en Italia le hizo consciente de la diferencia «entre el desorden autocomplaciente y el orden cuidadosamente mantenido». Scruton estaba «del lado del orden». A pesar de tener un padre «contra el que era bastante legítimo rebelarse», no iba por ahí «anunciándolo al mundo ni convirtiéndolo en mi modo de vida». Ellos, en cambio, los hippies, «en su mayoría niños mimados de hogares de clase media, pensaban que aquello justificaba su existencia y probaba su genio creador». Aquella cultura «estaba completamente vacía».

En Cambridge se hizo ateo. Se convenció de que la verdad sobre nuestro mundo nos la da la ciencia. Pero con el paso del tiempo se abrió al sentido del misterio. «Poco a poco percibí que puede crecer una especie de fe sin el andamiaje de la doctrina. Las verdades más importantes contenidas en la liturgia no pueden expresarse con palabras».

Scruton se rebeló contra el daño «que los pedagogos habían infligido a nuestro sistema educativo, con un plan de estudios embrutecedor que parecía concebido para asegurar que en el aula no entrara ningún conocimiento real, sino solo una ideología confusa». A la vez, se llenó de razones contra «la gente de izquierdas», que «piensa que todo es político. Incluso si estás discutiendo los fundamentos de la aritmética, buscarán la agenda política oculta». Cada pregunta y cada respuesta, cuando uno está plenamente inmerso en la mentalidad de la izquierda, «forma parte de una toma de posición política. De hecho, suponer que existen preguntas puramente imparciales y objetivas equivale ya a incurrir en una desviación “derechista”».

Tras The Meaning of Conservatism («El significado del conservadurismo»), una obra de filosofía política publicada por Penguin en 1980, Scruton ganó relevancia social. Contraargumentó contra la idea de que «la posición conservadora era algo perverso», una sensación que «sigue presente en el mundo académico». Scruton defiende en el diálogo con Dooley que «cuando hay un liderazgo fuerte, basta un día y una noche para que un país despierte, como ocurrió con Francia bajo Napoleón y con Polonia bajo Wałęsa».

La Europa del Este

De sus viajes a la Europa del Este comunista (hasta 1989), aprendió que el desastre que allí percibía había empezado con «intelectuales complacientes consigo mismos, como Lenin, con ideas disparatadas que nunca habían pensado hasta el final, fingiendo que la cuestión que tenían delante era puramente intelectual y que ellos, con su gran cerebro, iban a resolverla». Pero luego, cuando las cosas se descontrolan, esos intelectuales complacientes dicen: «Deshagámonos de esas personas que nos estorban».

Pasada la euforia de los noventa, cuando se publicó originalmente Conversaciones con Roger Scruton, en 2016, Scruton ya pensaba que los cambios en Rusia eran pocos: «Quizá, después de todo, no sea necesario mantener a toda la población rusa en salmuera dentro de los gulags. Se pueden obtener fondos enormes del Fondo Monetario Internacional fingiendo liberar al pueblo ruso, aunque en realidad uno solo se esté liberando a sí mismo», como Putin.

Ante eso, Scruton concluye que la redención «no viene del ámbito público, sino de dentro, cuando uno reconoce que debe renunciar a sus afanes de poder y dominación, y que los momentos de amor son lo único que de verdad se nos ha dado». No resulta fácil aceptarlo «porque nos exige mucho: renunciar al resentimiento hacia los demás y dejar de reclamar aquello que no hemos hecho nada para merecer».

El derecho de los animales

Scruton era un gran aficionado a la caza. Su conservadurismo aparece igualmente en el campo del derecho de los animales: «El sentimentalismo hacia los animales puede convivir con una total frialdad hacia las personas, como en el caso de Hitler. Es fácil relacionarse con los animales porque no emiten juicios morales, y por eso tampoco tienen derechos». Pero solo se pueden tener derechos si se tienen deberes, «y los animales viven una vida, por así decirlo, libre de deberes». Lo cual no significa «que podamos tratar a los animales como nos venga en gana: los seres morales tienen deberes de compasión y ayuda mutua que se extienden mucho más allá de la esfera de los derechos».

Sonrisas y vino

En el transcurso del diálogo, qué es lo espiritual aparece de pasada en frases brillantes sobre la sonrisa y el vino. «Cuando vemos sonreír a alguien, vemos carne humana que se mueve obedeciendo impulsos nerviosos. En ese proceso no se suspende ninguna ley de la naturaleza: no sonreímos a pesar de la naturaleza, sino en virtud de ella. Sin embargo, comprendemos una sonrisa de un modo completamente distinto: no como carne, sino como espíritu libremente revelado». Sobre el vino: «Al beberlo, conoces el vino de otra manera. Es algo parecido a lo que ocurre cuando de pronto vemos el mundo desde la perspectiva de Dios, como algo que solo accidentalmente se revela en el espacio y el tiempo».

Scruton no es partidario de esas biografías largas «que dicen todo lo irrelevante sobre su protagonista y nada de lo relevante». Adelantándose a la suya, apunta: «No soy una persona heroica. No pretendo haber dejado una gran huella en el mundo ni haber tenido una gran tarea que cumplir y haberla cumplido. Al escribir ese libro no estaba presumiendo de mis logros, pues son muy pocos, sino señalando que, en medio de todos los pesares y decepciones, había historias útiles que contar». ¿Cuáles? Que es «una persona inclinada a correr riesgos», y que entre las cosas más interesantes que le han sucedido están los momentos en que ha sido blanco «de una hostilidad implacable». La hostilidad implacable le obligó «al examen de conciencia y a adoptar una actitud de defensa».

Aprender a pedir perdón es la parte más importante de hacerse adulto, «sobre todo si uno es rebelde y arrogante», como «sin duda yo lo he sido a veces», dice Scruton. Pero supo distinguir, o lo intentó, entre «aquellas cosas por las que debo pedir perdón y aquellas otras ante las que debo mantenerme en pie, en actitud desafiante».

Referencias

Scruton, Roger & Dooley, Mark. (2026). Conversaciones con Roger Scruton. Trad. de José-Alberto Sutil Lorenzo. Ediciones Cristiandad. Título original: Conversations with Roger Scruton. © Bloomsbury Continuum 2016.

Crédito de la imagen: Roger Scruton durante una conferencia en Budapest, el 19 de septiembre de 2016. Foto: Elekes Andor, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 4.0.