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Ver productosLos factores económicos, políticos y sociales ofrecen algunos paralelismos entre la actual situación y los sucesos de la Revolución que destronó a Luis XVI y los de Mayo del 68

22 Oct 2026 - 9 min.
Basile Marin. CEO y cofundador de Expansion Partners, banco de inversión especializado en empresas de tecnología de bioenergía. Investigador en el Observatoire de l’Économie Française. Colabora en Les Echos, Forbes France y Revue Politique et Parlementaire.
Léo Marin. Director de inversiones en Expansion Partners. Director ejecutivo de Biomass Central. Investigador en el Observatoire de l’Économie Française. Colabora en The Diplomatist, Conflits y Les Echos, entre otros medios.
Muriel Zagha. Periodista y escritora francesa afincada en el Reino Unido. Colabora en los periódicos The Sunday Telegraph, The Times Literary Supplement y The Guardian, y en las emisoras BBC Radio 4 y Radio 3.
Avance
Resultan inevitables los paralelismos entre la crisis de la Francia actual y una tradición revolucionaria que se remonta a las jacqueries de la Baja Edad Media y que tiene su apogeo en las de 1789 y, ya en el siglo XX, la de Mayo del 68. Dos artículos publicados en Engeslberg Ideas analizan las similitudes. En el primero, ¿Se encamina Francia hacia un nuevo 1789?, Basile Marin y Léo Marin sostienen que la actual coyuntura recuerda a los años finales del Ancien Régime. En ambos casos, el endeudamiento público y la debilidad política del Gobierno bloquean las respuestas a una crisis estructural. Los autores identifican tres grupos sociales que recuerdan a los estamentos prerrevolucionarios: una clase dirigente favorable al liberalismo y la integración europea; una clase normativa, integrada por profesionales de la educación y la cultura, partidaria del igualitarismo progresista; y una clase productiva —trabajadores, agricultores y pequeños empresarios— cada vez más inclinada al proteccionismo y la defensa de la soberanía. El enfrentamiento refleja dos concepciones de la sociedad: el universalismo ilustrado y una visión arraigada en la historia, la tradición y la identidad nacional. Aunque una nueva revolución no sea inevitable, las elecciones de 2027 pondrán a prueba la estabilidad institucional francesa.
En un segundo artículo, titulado Los disturbios en Francia: una revolución sin utopía, Muriel Zagha sitúa los disturbios en una larga tradición de protesta popular que comprende las revueltas medievales, las revoluciones de 1789, 1830 y 1848, la Comuna de París y, especialmente, Mayo del 68. Advierte, sin embargo, que la violencia actual es más deliberada y presenta elementos novedosos: el rechazo simbólico a Francia, la presencia de banderas extranjeras, la influencia de la propaganda islamista y las dificultades de integración cultural; así como un fenómeno inédito: la décivilisation, «una regresión civilizatoria» que afecta a toda Europa occidental.
ArtÍculo
Los actos de vandalismo y saqueo en París, Lyon y Burdeos, las manifestaciones violentas, los cientos de detenciones y la imagen del emblemático ayuntamiento de Limoges reducido a pavesas son el resultado de dos tipos de protestas: la de una juventud desnortada frente a un sistema educativo que hace agua y un futuro económico incierto; y las de los chalecos amarillos y las masas de desfavorecidos de las banlieues o suburbios, excluidos de una República que tradicionalmente les prometía pertenencia, igualdad y progreso. Todo ello azuzado por grupos antisistema y de extrema izquierda.
Se trata de fenómenos distintos, pero su confluencia con el deterioro de la situación fiscal de la Quinta República, la voraz deuda de Francia y la debilidad de un Gobierno sin mayoría sólida ofrecen algunos paralelismos con los últimos años del Antiguo Régimen. Así lo apuntan Basile Marin y Léo Marin en un artículo publicado en Engelsberg Ideas, titulado ¿Se encamina Francia hacia un nuevo 1789?
En la época de Luis XVI, la monarquía se enfrentaba a una presión en dos frentes. Por un lado, más de la mitad del presupuesto estatal se destinaba al servicio de la deuda, lo que aumentaba la presión sobre el gobierno para que incrementara los impuestos. Por otro, una sociedad inflexible se negaba a aceptar cualquier reforma fiscal. «La situación recuerda algunos de los bloqueos estructurales a los que se enfrenta la Francia contemporánea. En 2025, el pago de intereses se acercó a los 64.700 millones de euros, mientras que la fragmentación de la Asamblea Nacional ha dificultado enormemente la implementación de reformas duraderas en materia de pensiones y gasto social».
Al igual que en la década de 1780, surge ahora «una polarización sobre quién debe asumir exactamente el coste de reducir el déficit: reformar el gasto social conlleva el riesgo de provocar una crisis política de gran envergadura; no reformarlo, condena al país a un empeoramiento del déficit y, a la larga, a un ajuste aún más drástico en el futuro».
En la Francia contemporánea, las divisiones funcionales están menos marcadas que en el Ancien Régime y sus tres estamentos: clero, nobleza y el Tercer Estado, es decir la burguesía y los pobres. Pero «se están volviendo cada vez más visibles» indican los autores. Tenemos ahora una clase dirigente —altos ejecutivos y élites económicas— que defiende un liberalismo centrado en la movilidad, la especialización técnica y la integración europea; luego, la clase normativa —docentes, periodistas y profesionales del ámbito cultural— que aboga por un igualitarismo progresista comprometido con los servicios públicos y la reducción de las desigualdades; y finalmente, la clase productiva —trabajadores, agricultores y pequeños empresarios— que se inclina cada vez más hacia una forma de proteccionismo que combina soberanía, seguridad y la defensa del poder adquisitivo.
Con una escasa movilidad social, en la Francia actual «el hijo de un trabajador o empleado tiende a heredar la posición social de su padre, mientras que el hijo de un ejecutivo tiende, a su vez, a convertirse en ejecutivo».
Tanto en la década de 1780 como en la de 2020, el estatus social es un indicador político: los votantes de la clase trabajadora se han desplazado mayoritariamente hacia la Agrupación Nacional (Rassemblement National), de Le Pen y Bardella, mientras que los grupos profesionales de mayor nivel se mantienen en posiciones más centristas o liberales; por su parte, diversas profesiones del sector público y del ámbito cultural se inclinan hacia la izquierda. Para esta, votar a la Agrupación Nacional es una manifestación de xenofobia. Para los votantes del nacional-populismo, las élites dirigentes y culturales desprecian al pueblo. Para el bloque liberal, los otros dos bandos representan extremos frente a los cuales la sociedad debe protegerse.
El conflicto moderno gira sobre similares cuestiones fundamentales que en 1780, sostienen los autores. Por un lado, «se encuentra el credo del universalismo, según el cual los mismos principios deben aplicarse a todos los individuos, independientemente de su cultura o nación». Por otro, «se sitúa el pensamiento de la contra-Ilustración, que concibe la sociedad como un organismo vivo arraigado en la historia y la tradición». Cualquier «contrarrevolución» en el siglo XXI podría constituir una ruptura histórica tan fundamental como la de 1789.
Acaso resulte exagerado creer que ahora se vaya a cruzar el punto de no retorno. Las condiciones socioeconómicas son distintas, lo mismo que las mentalidades, así como el contexto internacional y tecnológico del siglo XXI. Pero Basile Marin y Léo Marin recuerdan que los contemporáneos de Luis XVI creyeron, hasta el último momento, que el sistema podría perdurar inalterado hasta la siguiente generación. Las elecciones de 2027 constituirán una nueva prueba para las instituciones francesas, sobre todo si dan lugar a una Asamblea Nacional sin una mayoría estable o si los partidos políticos no respetan el resultado de las elecciones.
En un segundo artículo, titulado Los disturbios en Francia: una revolución sin utopía, la periodista y escritora Muriel Zagha relaciona la conflictividad de 2026 no solo con los sucesos de 1789, sino también con los de otro levantamiento emblemático, el de 1968. Guiso cultural al que añade un ingrediente nuevo: la regresión civilizatoria o décivilisation, término acuñado por Jérôme Fourquet y Ruben Rabinovitch en su ensayo Homo Occidentalis: Que sommes-nous devenus? (Homo occidentalis: ¿en qué nos hemos convertido? y que ya no es un fenómeno exclusivo de Francia, sino de toda Europa Occidental.
La protesta callejera forma parte de la historia política francesa desde mucho antes de la Revolución de 1789, indica Muriel Zagha. Las jacqueries medievales, como la Gran Jacquerie de 1358, expresaron la rebelión popular contra los abusos de los poderosos. La Revolución de 1789 convirtió esa tradición en un mito fundador de la soberanía popular, prolongado por las insurrecciones de 1830 y 1848 y la Comuna de París de 1871. Cada generación ha encontrado en esos episodios un precedente para legitimar su propia lucha contra el poder establecido.
No parece casual que la denominación jacquerie sirviera para etiquetar el movimiento de los chalecos amarillos de 2018: una revuelta de las clases trabajadoras y de las clases medias bajas de las zonas rurales contra las élites gobernantes. Pero, para la autora, el gran referente histórico de los actuales disturbios es Mayo del 68. «Les événements —los acontecimientos— constituyeron un momento decisivo, cuyo fantasma sigue rondando la Francia contemporánea».
El movimiento comenzó en la Universidad de Nanterre; se extendió al Barrio Latino de París; y la agitación representó una amenaza considerable cuando millones de trabajadores industriales paralizaron el país con sus huelgas. Los estudiantes exigían desmantelar el capitalismo y el Estado policial que, a su juicio, encarnaban De Gaulle y sus fuerzas antidisturbios. Abundaban los lemas del tipo Élections : piège à cons (Las elecciones son una trampa para incautos). Y aquellos jóvenes se veían a sí mismos como revolucionarios alineados no solo con los maoístas chinos y los vietnamitas, sino también con los idealizados sans-culottes de 1789.
Aunque tanto en Mayo del 68 como durante las revueltas de los chalecos amarillos se produjeron enfrentamientos con la policía, es más extremo el nivel actual de violencia física deliberada. En Marsella, por ejemplo, los agitadores llegaron a rociar con gasolina a un director de instituto.
Otra novedad en la actualidad es la cantidad de manifestaciones de rechazo hacia Francia. Los estudiantes de Mayo del 68 quizá enarbolaban la bandera de Vietnam, pero algunos de los alborotadores actuales, procedentes de suburbios más desfavorecidos y socialmente marginados, se envuelven en las banderas de Argelia y Marruecos y expresan su apoyo a Palestina, una causa que, a primera vista, tiene poco que ver con los problemas estructurales del sistema educativo francés.
Y es que la propaganda islamista —un nuevo factor inédito hace 50 años— está muy extendida en los barrios más conflictivos, donde la policía apenas se aventura, y «Francia se enfrenta a crecientes dificultades para integrar culturalmente a jóvenes nacidos en el país que, sin embargo, no se sienten franceses».
Todo ello configura un complejo coctel de barbarie y violencia y de rechazo a las instituciones de moderación, tolerancia y laicidad del Estado y la sociedad contemporáneas. Lo reflejan el analista político Jérôme Fourquet y el psicólogo clínico Ruben Rabinovitch en el mencionado ensayo Homo Occidentalis: Que sommes-nous devenus? (Homo occidentalis: ¿en qué nos hemos convertido?). Sostienen que Europa occidental, y no solo Francia, está atravesando un proceso de décivilisation, es decir, de regresión civilizatoria.
Se trata de un concepto tomado del sociólogo Norbert Elias, que describe «un cambio antropológico en el que cada vez resulta más difícil ejercer el autocontrol y reprimir los impulsos considerados inaceptables, mientras que se da rienda suelta a las conductas antisociales, los insultos y la violencia».
Fourquet ya había escrito en L’Archipel français (El archipiélago francés, 2019) sobre una Francia profundamente fracturada por las políticas identitarias y el separatismo cultural. Los disturbios actuales pueden remitir al pasado revolucionario, pero también son fruto de la Francia contemporánea. Además de los factores sociales y económicos apuntados, hay un elemento antropológico, «la transformación de la sociedad en algo salvaje o embrutecido», el término ensauvagement, que se utiliza cada vez más, especialmente desde la derecha, para describir comportamientos impulsivos, desvinculados de la historia y desprovistos de una visión, tal vez en en exceso romántica, de los mitos utópicos de 1789 y 1968.
Esta entrada de Nueva Revista, redactada por Alfonso Basallo, sintetiza las ideas principales de los artículos ¿Se encamina Francia hacia un nuevo 1789, de Basile Marin y Léo Marin, publicado en Engelsberg Ideas, el 21 de octubre de 2026; y Los disturbios en Francia: una revolución sin utopía, de Muriel Zagha, publicado en el mismo medio el xx de octubre de 2026.
Imagen de cabecera: Un bombero trata de extinguir el fuego de un coche ardiendo, durante los disturbios de París del pasado 17 de octubre. La foto, de Jorge Jaramillo, tiene licencia CC BY-SA 4.0 y el archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.