Peter Kreeft: «Confesiones de un católico de cafetería»

No creemos en Santa Claus «porque no es verdad. Y la verdad prevalece sobre todo», afirma Kreeft en este polémico y politemático ensayo

Peter Kreeft en 2006. Fuente: Wikimedia Commons
Peter Kreeft en 2006. Fuente: Wikimedia Commons
José Manuel Grau Navarro

Peter J. Kreeft. Nació en Paterson, Nueva Jersey, en 1937. Kreeft, protestante, se convirtió al catolicismo y ha sido profesor de Filosofía en el Boston College y en el King’s College. Es autor de más de cuarenta y cinco libros, muchos de ellos grandes superventas. Es uno de los filósofos norteamericanos más importantes y probablemente el número uno mundial entre los apologetas católicos.

Avance

En Confesiones de un católico de «cafetería», Kreeft imagina un diálogo con Nat Whilk, personaje inventado que puede ser él mismo poniéndose pegas a sí mismo. Whilk representa a quienes aceptan algunas enseñanzas de la Iglesia católica y dejan otras en la bandeja, sobre todo las que se refieren a la moral sexual, como quien elige en un bufé de cafetería. Whilk pasa veinte puntos con muchas objeciones a Kreeft, y Kreeft contesta. Eso es el esqueleto formal de este ensayo.

Portada de Peter Kreeft: «Confesiones de un católico de cafetería». Ediciones Cristiandad, 2026
Peter Kreeft: «Confesiones de un católico de cafetería». Ediciones Cristiandad, 2026

¿Cómo responde Kreeft? Con el estilo que le es típico: inteligencia, humor, claridad y una lógica difícil de esquivar. Vale la pena enumerar las materias de esos viente puntos que Kreeft trata, porque son los que más apelan a los seres humanos de todos los tiempos. Autoridad. Dios. Amor. Libertad. Ley natural. Conciencia. Sexo. Escándalos de abusos en el clero. Anticoncepción. Aborto. Justicia social. Tradicionalismo. La Ilustración (ciencia contra cientifismo). Espiritualidad frente a religión organizada. Jesucristo. Ecumenismo. Sacramentalismo frente a sacramentalidad. Muerte. Inclusivismo. Esperanza.

Quizás no se exagere si se afirma que se aprende más sobre los temas aquí tratados con una o dos páginas escritas por Kreeft, que leyendo determinados gruesos tratados y ensayos de grandes filósofos y teólogos.

ArtÍculo

Preguntemos a Peter Kreeft y pidamos que nos diga rápido qué es la conciencia. Contesta que no es un sentimiento sino un conocimiento «inmediato e intuitivo del bien y del mal». Al igual que el amor, la conciencia va acompañada de sentimientos de obligación antes de realizar un acto y sentimientos de culpa o de aprobación de uno mismo, después. «Sin embargo, en su esencia, no es un sentimiento» (p. 63), igual que el amor, que tampoco es un sentimiento y por eso se puede ordenar que se ame. La conciencia descubre las reglas fundamentales de la vida humana. Las descubre. No las inventa. «No es algo creativo, no es algo original, no es como escribir ficción» (p. 76).

Preguntemos a Kreeft y pidamos que nos diga rápido lo que es una civilización. Recurre al ejemplo clásico de que los sentimientos son como los caballos, poderosos y hermosos, pero necesitados de jinetes (mentes y voluntades) que los dirijan correctamente, en lugar de reprimirlos atándolos con cadenas (estoicismo) o de obedecerlos ciegamente dejándolos correr a donde quieran (Rousseau). Y eso, que es de sentido común y ha propiciado que prosperen las culturas, las que han prosperado, «es casi la definición de civilización» (p. 64).

Preguntemos a Kreeft por la libertad. Tiene dos sentidos, nos dirá. Uno menor, el libre albedrío, medio para otro mayor, la libertas, la libertad respecto de todo mal, tanto del pecado como del sentimiento. Todos los que se vuelven adictos «usan su libertad [libre albedrío] para renunciar a su libertad [libertas]. Forjan las cadenas de su esclavitud con el poder de su libertad» (p. 68). Vivir es un arte, pero con reglas. A veces se proponen libertades que socavan su propio valor, porque niegan «el destino, la naturaleza, la ley natural y un significado objetivamente real» (p. 76).

Preguntemos a Kreeft por la predestinación. Contestará que libertad y destino no se excluyen necesariamente. «Si vivimos dentro de una historia con sentido, tienen que darse las dos dimensiones: la libertad de los personajes y el designio del autor, misteriosamente entrelazados de algún modo». Rechaza el materialismo (la biología es destino), el calvinismo (predestinación desde arriba, «divina») y el ateísmo: nuestro único destino es precisamente ser libres (p. 75). Obsérvese que defiende la posición católica y utiliza la expresión «misteriosamente entrelazados», porque el asunto de la predestinación es todo menos fácil.

Leyes

Vayamos ahora a la ley natural. Subraya que los principios no son «socialmente relativos». No existe una «lógica china» ni unas «matemáticas japonesas». En lo que se refiere a los principios básicos de la ley moral natural, «tampoco existe algo así como una moral china o japonesa». Hay diferentes costumbres sociales, porque la sociedad las crea, «pero no hay diferentes principios básicos de moralidad para la naturaleza humana, porque la sociedad no crea la naturaleza humana. Es Dios quien lo hace» (pp. 77-78).

Es relativamente fácil ponerse de acuerdo en que las leyes fundamentales de la física y de las matemáticas no son hechas por el hombre ni son cambiantes. Kreeft afirma que tampoco lo son las leyes de la biología, ni las leyes fundamentales de la moralidad. «Se basan en nuestra naturaleza humana esencial, que es universal». Puesto que somos seres racionales, existen leyes racionales, «leyes sobre cómo usar nuestra razón —por ejemplo, la honestidad y decir la verdad—». Más aún: «Puesto que somos seres emocionales, existen leyes sobre las emociones —por ejemplo, compasión frente a crueldad, y autocontrol frente a adicción—. Y, puesto que somos seres sexuales, existen leyes morales naturales sobre el sexo. La violación, por ejemplo, no solo está mal porque sea una agresión en sí, sino porque es una agresión sexual, y no tiene la misma gravedad moral que una agresión no sexual: es peor. Una mujer debe ser tratada de manera algo distinta que un hombre, porque una mujer es algo distinto de un hombre. Los deberes se basan en lo que las cosas son. Los valores morales se basan en hechos» (p. 79).

Polémica

Kreeft razona y expone como piensa sin más freno que la educación y el respeto. No busca hacer amigos. Puede resultar para algunos, imagino, extraordinariamente polémico, incluidos los católicos, o mejor todavía, especialmente algunos católicos.

Pondré solo dos ejemplos, de los muchos que se podrían citar de este libro, y que levantan ampollas.

Homosexualidad y abusos del clero. Es estúpido, subraya, afirmar que «la homosexualidad es la culpable de los escándalos del clero». Lo anterior no quita que «la mayoría de esos sacerdotes verdaderamente malvados son homosexuales. Eso es, sencillamente, un hecho. La mayoría de los homosexuales no son sacerdotes, por supuesto, y la mayoría de los homosexuales tampoco son pedófilos: pero la mayoría de los sacerdotes pedófilos sí son homosexuales. Son hechos estadísticos» (p. 101). No cita las estadísticas que maneja, pero lo afirma como se reproduce aquí.

Sexo. Se pregunta Kreeft por qué todos los premodernos consideraban el sexo como algo sagrado. Su respuesta: «Porque lo veían como lo que es: la causa natural de la vida humana; y veían la vida como algo sagrado, como un misterio sagrado». Ambas premisas están muriendo o ya han muerto. «Y la sospechosa más inmediata de este asesinato es la píldora» (p. 109). Según Kreeft, «la píldora ha cambiado en nuestra mente la esencia misma del sexo. Ha sustituido la teleología objetiva del sexo —su fin— por nuestro fin subjetivo: ahora significa placer, no hijos. El placer solía verse como un delicioso «accidente», en sentido aristotélico: no como algo imprevisto e indeseado, sino como una propiedad de la esencia, no como la esencia misma; una adición, un extra, como el delicioso sabor de un alimento sano. Ahora la procreación es el accidente».

Sentido del humor

Kreeft tiene el don de escribir con precisión y profundidad, con el conocimiento de los filósofos y teólogos de primer nivel, pero con la capacidad para plasmar su pensamiento y que lo entiendan seres normales y corrientes. Goza, además, de grandes dotes literarias y una imaginación que lo sitúan en un nivel difícil de emular.

Ofrezco, por último, unas píldoras de su sentido del humor.

«Es Nat quien se etiqueta así, no yo. Él es el católico de cafetería; yo soy el católico de ‘comerse toda la comida que mamá pone en el plato’» (p. 9).

Sobre el lenguaje inclusivo: «No creo que la mejor manera de expiar los viejos pecados contra las mujeres sea inventar nuevos pecados contra el lenguaje» (p. 10).

«Ned Flanders, te presento a Tomás de Aquino: toma unas clases de filosofía» (p. 20). Ned Flanders es un personaje ficticio de Los Simpson, vecino de Homer Simpson. Ned es muy amable, optimista, religioso y conocido por expresiones como «¡Hola, holita, vecinito!».

«La Edad Media ha terminado. (¡Llamad, por favor, a los periodistas!)» (p. 21)

«La canción que más amenaza la autoridad de la Iglesia es A mi manera, de Sinatra» (p. 21).

Sobre la Iglesia católica: «Cualquier negocio meramente humano tan incompetente no habría durado más de dos generaciones» ¿Por qué sigue viva?, se pregunta Kreeft. ¿Simplemente porque hay miles de millones de idiotas ingenuos y crédulos en el mundo? Agustín, Aquino, San Francisco, Pascal, Shakespeare, Newman, Chesterton Tolkien y la madre Teresa, ¿eran todos ingenuos y crédulos?» (p. 34).

El último, para intentar hacernos como niños:

«¿Por qué no crees hoy en Santa Claus? Si lo hicieras, quizá te haría más feliz y quizá también mejor». Lástima, hemos crecido. No creemos en Santa Claus «porque no es verdad. Y la verdad prevalece sobre todo» (p. 46).

Referencias

Kreeft, Peter. (2026). Confesiones de un católico de «cafetería». Traducción del original inglés de José-Alberto Sutil Lorenzo. Ediciones Cristiandad.

Título original: Confessions of a Cafeteria Catholic. © 2022 Ignatius Press, San Francisco.

Crédito de la imagen: Peter Kreeft en 2006. Fotógrafo no identificado. Imagen procedente del sitio web de Peter Kreeft, publicada con su permiso y subida por Marax; recorte y conversión a blanco y negro por Wabbuh. Fuente: Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 3.0. Ajustada a 1200 px de ancho y 16:9.