Un viaje intelectual hacia la fe

Charles Murray defiende la necesidad de tomarse la religión en serio en su libro autobiográfico

Vista de artista del Big Bang, de Nicolas Eynaud
Vista de artista del Big Bang, de Nicolas Eynaud
Benigno Blanco

Charles Murray es un politólogo estadounidense, autodefinido como libertario, autor de numerosos libros sobre asuntos políticos y sociales.

Avance

El libro más reciente del politólogo norteamericano Charles Murray es suficientemente elocuente acerca de su contenido: Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. El viaje, naturalmente, es el suyo propio desde el agnosticismo hasta ese «tomarse la religión en serio» del título; y el adjetivo intelectual es esencial. El viaje, como tal, es lento, y es fruto de una intensa reflexión personal. Bien que, en ese proceso racional, como advierte el autor de la reseña, está también presente el amor, en este caso de la esposa de Murray, cuya práctica cristiana (cuáquera) no deja de ser un ejemplo y una referencia orientadora para él. «El Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor», escribe Benigno Blanco.

El agnóstico satisfecho, buen hijo de la Ilustración, que era Murray fue aceptando que tenía un «déficit de percepción en materia de espiritualidad». Conociendo ese déficit, se planteó la necesidad de reflexionar sobre la idea de Dios, tomándosela en serio. A la vez, llegó a la convicción de que el cristianismo, cuyas tradiciones y fuentes históricas estudió, merece credibilidad racional, que la fe cristiana es algo muy consistente y razonablemente sostenible. Concluyó que la fe no se opone a la razón; que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; en definitiva, que entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray tuvo etapas como el descubrimiento de la simplicidad matemática del mundo, la convicción de que el universo fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida, o la investigación de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen al final de la vida. Lo anterior lo complementó con la aceptación de los principios fundamentales de la fe, el descubrimiento del humanismo de las doctrinas cristianas y la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes.

Murray investigó también sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, los milagros y la resurrección de Cristo. «Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho», concluye el autor del libro.

ArtÍculo

Charles Murray, conocido politólogo y analista de cuestiones sociales y culturales norteamericano, vinculado a instituciones conservadoras y libertarias y polemista contumaz, ha escrito Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. No es la historia de una conversión, como quizá el subtítulo de la obra podría sugerir, sino la historia de un viaje desde el agnosticismo habitual en ambientes laicos de la sociedad contemporánea hasta un «tomarse la religión en serio» como el título —con notable precisión— indica.

Quizá lo más singular de la historia de Murray es que su apertura a Dios y lo sobrenatural no es el fruto de una experiencia singular de tipo religioso ni de circunstancias vitales especialmente duras que le hayan enfrentado a la vieja cuestión del «sentido de la vida», sino de una reflexión sobre la comprensión del mundo y del hombre a la luz de los avances científicos actuales, que avanza lentamente en el tiempo obligándole por honestidad intelectual a no seguir amarrado a los viejos prejuicios del laicismo contemporáneo y a abrirse a la riqueza metafísica de la realidad que la cosmovisión actual también incentiva.

Charles Murray. Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. Ed. Deusto, 2026.

Estamos ante una biografía intelectual de un camino personal del agnosticismo a la fe, que no es tampoco —a pesar de la presentación del autor— algo meramente frío y racional, pues de su propio relato se deduce la importancia que tiene —como telón de fondo— el ejemplo de su esposa Catherine, que vive su fe en una comunidad cuáquera. Murray se autodefine como un hombre con nula sensibilidad religiosa que llega a la fe exclusivamente por vía racional, pero el lector intuye que la silenciosa presencia de Catherine y su ejemplo no tiene papel secundario en ese itinerario de su marido.

Hay muchas vías para llegar a Dios; o, quizá con más rigor, muchas vías por las que Dios se acerca al hombre. Pero en todas ellas —sea consciente o no el sujeto—, según mi experiencia, siempre hay de fondo una historia de amor, pues el Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor. Por eso, doy mucha importancia en el viaje intelectual que Murray narra en esta obra a esa Catherine que casi no aparece, pero que está ahí, yendo por delante de su marido por caminos que este no transita, pero desde los que le marca o sugiere hacia dónde mirar.

Murray se define a sí mismo como «un agnóstico feliz» en la época en que se casó con Catherine (pág. 16) y no la acompañaba a las reuniones semanales de su comunidad porque «seguía convencido de que el creciente interés de Catherine por las cuestiones espirituales no tenía nada que ver conmigo» (pág. 19) por el prejuicio asumido en la universidad (que le convirtió en «un hijo de la Ilustración», pág. 53) de que «las personas que tienen convicciones religiosas profundas se engañan a sí mismas» (pág. 24)… hasta que acabó «aceptando que era yo quien tenía un problema: sufro de un déficit de percepción en materia de espiritualidad» (pág. 25) que atribuye a un defecto de «la modernidad occidental» de la que es hijo: el prejuicio de que la ciencia moderna no deja hueco alguno para Dios en la comprensión de nuestro mundo y la suposición de que los huecos existenciales que todos percibimos en ocasiones pueden llenarse con apoyo técnico adecuado sin necesidad de plantearse la «hipótesis Dios».

A pesar de su déficit de percepción en materia de espiritualidad, Murray sí aceptó su obligación de —al menos— reflexionar sobre los datos a su alcance para comprobar si la «hipótesis Dios» era tan absurda e irracional como presuponía … o no. Esta muestra de honestidad de nuestro autor fue la puerta que Dios usó para ir entrando en su vida.

En palabras del propio autor: «Escribo como alguien que creció en la fe cristiana, se alejó de ella y, tras reflexionar más a fondo, he vuelto a ella. Si, por el contrario, usted ha crecido en un entorno secular y nunca le ha prestado mucha atención al cristianismo, espero que una de las conclusiones que saque de mi experiencia sea que vale la pena dedicarle su tiempo» (pág. 154).

El itinerario intelectual del autor

En la primera parte del libro, Murray relata cómo fue aprendiendo, haciéndose preguntas suscitadas por la realidad en que nos movemos, a tomarse a Dios en serio; y en la segunda explica cómo fue adquiriendo la progresiva convicción de que el cristianismo merece credibilidad racional. Dicho de otra manera, en la primera parte el autor nos muestra cómo —estudiando— llegó a desmontar el catecismo secular de seudo verdades que había dado por supuestas sin cuestionarlas nunca, solo porque eran lo que —presuntamente— toda la gente seria creía; y en la segunda relata cómo el estudio de las tradiciones y fuentes históricas del cristianismo le mostró que la fe cristiana era algo muy consistente y razonablemente sostenible. Así llegó a la convicción, que expresa al final del libro, de que la fe no contradice en nada a la razón; de que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; y de que, en consecuencia, entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray discurrió a partir de descubrimientos como «la simplicidad matemática del mundo» (pág. 30) que le llevó a pensar que pareciera que alguien había hecho planes para que fuera así, la pregunta sobre por qué hay algo en lugar de nada que oyó formular en una conferencia hacia 1994 o 1995 y le abrió la mente a un Misterio escrito con mayúsculas y a la palabra Dios como algo con sentido (cfr. págs. 31 y ss.). Así empezó a «dejar de antropomorfizar a Dios y, en su lugar, concederle el respeto que se merece» (pág. 34). A partir de este tipo de reflexiones y de las lecturas en que se embarcó sobre el Big Bang y los ajustes del Universo que han posibilitado la vida, el autor nos cuenta que en la primera década del siglo XXI experimentó algo así como su caída del caballo camino de Damasco, llegando a la convicción de que vive «en un universo que fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida» y «asumir que hubo un milagro inicial que creó algo en lugar de la nada» (pág. 51).

Otro campo de investigación que afrontó Murray fue el de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen en contextos de final de la vida; llegando a la conclusión de que hay evidencias consistentes incompatibles con una teoría estrictamente materialista de la conciencia, por lo que —nos dice— «tuve que reconocer la posibilidad de que tengo un alma» (pág. 69).

Tras este recorrido intelectual que ocupa la parte primera de la obra, en la segunda Murray relata cómo en los veinte años siguientes fue «aceptando poco a poco muchos de los principios fundamentales de la fe» (pág. 73). En esas largas páginas, describe cómo fue descubriendo poco a poco el humanismo de las doctrinas cristianas, la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes, y —gracias a Mero Cristianismo, de C. S. Lewis— a revolucionar todas sus ideas previas sobre el orden moral y la figura de Cristo. La influencia de Lewis en nuestro autor es tratada con detalle (cfr. págs. 85 y ss.) pues le abrió la mente a la idea de un universo intencional, reflejo de un orden racional y moral que aparece en todas las culturas y tradiciones religiosas como huella del Creador; y a aceptar que Jesús de Nazaret, como dice Lewis, o era un mentiroso o estaba loco o era Hijo de Dios; y que la última de esas opciones es mucho más consistente con toda la información disponible.

Murray dedica los dos capítulos más extensos de su libro (págs. 97 a 154) a sus investigaciones sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, a los milagros y la resurrección de Cristo… y, al concluir la razonable veracidad histórica de los relatos evangélicos, afirma que recuperó la fe de su infancia en Dios Creador y su Hijo Jesucristo, aunque, como él mismo escribe en la página final: «Aún no he experimentado la alegría. Cuando estoy con Catherine y otras personas que sí la han experimentado, a veces me siento como un niño pequeño con la nariz pegada al cristal, mirando una fiesta a la que no puedo asistir. No he dejado de intentar unirme a la fiesta. Quizá la puerta se abra con el tiempo. Pero incluso si no es así tengo mucho que agradecer. Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho» (pág. 172).

Una valoración

El libro de Murray no es un libro de apologética cristiana; se nota mucho que no tiene una formación profunda filosófica y teológica, aunque ha hecho un inmenso esfuerzo intelectual leyendo todo lo que ha caído en sus manos. Quizá de haber tenido la suerte de encontrarse con el catolicismo —y no con iglesias derivadas de la tradición luterana— la profunda síntesis razón/fe que caracteriza la tradición teológica de la Iglesia Católica le habría facilitado su trabajo de búsqueda y le habría llevado aún más allá del final con que concluye su obra.

Pero su mensaje es hoy de profunda actualidad: la fe no contradice la razón, sino que la completa; no hay contradicción entre la sabiduría moderna y el testimonio de lo sobrenatural que ofrece la religión cristiana; la visión materialista del mundo y del hombre derivada de la interpretación vulgar de las ciencias decimonónicas no es acorde a lo que nos muestra la ciencia actual; la idea de que hay que elegir entre ser un científico serio y la fe no es coherente con la larga lista de hombres de fe entre los científicos modernos de primera fila. En definitiva, como expresa Murray, merece la pena para quienes viven en una tradición atea o agnóstica abrirse a considerar la búsqueda de Dios como tarea legítima y razonable.

El autor ha llegado por una vía muy intelectual a descubrir la existencia de Dios y la solvencia racional e histórica del cristianismo; pero, como él mismo confiesa —en clara reminiscencia del Cautivado por la alegría de C.S. Lewis—: «Aún no he experimentado la alegría». Es lógico que aún no haya llegado a esa alegría que añora, porque el cristianismo no es una filosofía ni una teoría científica o histórica, sino que es el encuentro con una persona, Cristo, y una historia personal de amistad con Él. Pero estoy seguro que llegará a esa meta porque ya está muy cerca del que dijo: «Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá».

Santo Tomás, analizando las facultades superiores del ser humano, precisó: «Entiendo porque quiero»; en otras palabras: si no queremos entender, no entendemos. Según esta doctrina, la inteligencia es un presupuesto para la voluntad libre pues solo se puede querer lo que previamente se ha conocido, pero la voluntad a su vez es necesaria para entender algo. Como Murray ha puesto cabeza y voluntad en su viaje intelectual hacia la fe y se toma la religión en serio, estoy seguro de que culminará el viaje … pues ya está muy cerca del final.

Un acierto de Murray y sus editores es que, a lo largo del libro, en recuadros separados del texto principal y en letra distinta, se deja constancia de los libros que el autor fue leyendo en cada momento de su viaje intelectual hacia la fe. Es una bibliografía casi toda del ámbito anglosajón, pero se indica cuándo existe traducción al castellano.


La imagen que ilustra el artículo es una obra del artista occitano Nicolas Eynaud. Es de dominio público con licencia Creative Commons vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.