¿Una sociedad rota puede sobrevivir?

«Nos hemos vuelto muy locuaces para el mal y muy silenciosos para el bien». El cardenal François Bustilllo insta a eliminar de nuestro lenguaje las palabras vacías, ofensivas e inútiles para hacer posible la «Reparación», de la que trata esta obra

Foto: Jenő Szabó / Pixabay
Benigno Blanco

Avance

François Bustillo: «Reparación. ¿Una sociedad rota puede sobrevivir?» Palabra, 2026

El título de este texto es el subtítulo del breve pero sustancial libro Reparación, del cardenal François Bustillo, publicado en español en 2026 por Editorial Palabra (158 págs.). En él, este cardenal nacido en 1968, franciscano, creado cardenal en 2023 y obispo en Córcega, de origen español, en un lenguaje muy actual y alejado del estilo tradicional de los documentos magisteriales de la Iglesia, realiza un diagnóstico realista (y, por ello, duro) de algunos de los problemas de fondo de la sociedad actual. Como solución, propone, en la estela del pensamiento de Benedicto XVI, vivir como si Dios existiese —téngase fe o no— para recrear así una sociedad humanamente viable.

ArtÍculo

El libro se divide en dos partes, la primera descriptiva de nuestra sociedad, y la segunda propositiva; pues un rasgo distintivo de esta obra es su carácter esperanzado. Para el autor, la respuesta a la pregunta sobre si puede sobrevivir una sociedad rota como la nuestra es un claro sí; y este sí, para este cardenal católico, exige recuperar algunas de las propuestas de la antropología y la visión del mundo del cristianismo, compártase la fe en el Dios cristiano o no.

Otro rasgo distintivo de este libro —y que lo hace especialmente interesante, en mi opinión— es que sus propuestas no se dirigen al poder político, sino a todas las personas, al ciudadano corriente, a cada uno de nosotros, sus lectores. El cardenal Bustillo nos propone a sus lectores que asumamos en primera persona, sea cual sea nuestra posición en la sociedad, un estilo de vida que se base en la ética humanista que la cultura cristiana ha propuesto en nuestra historia y que tantas tendencias positivas ha generado a lo largo de los tiempos.

Una sociedad dominada por la desconfianza

Según nuestro autor, hoy «las relaciones ya no se asientan en el terreno del diálogo, sino en las arenas movedizas de la sospecha, del rumor y la maledicencia. Se ha vuelto banal —o al menos habitual— el hecho de juzgar, condenar y difundir una imagen deformada y negativa de los demás. Esta tendencia, tan común, menoscaba terriblemente la posibilidad de una vida social pacífica. Porque si la prudencia es una virtud, la desconfianza erigida en principio se convierte en un veneno: paraliza las iniciativas, corrompe las relaciones y establece entre las personas una distancia fría y perniciosa» (pág. 16).

Bustillo denuncia cómo nuestra época ha elevado la sospecha a virtud general: al rumor se le trata como certeza, de todos se suponen malas intenciones o intereses bastardos, la duda basta para condenar, se da certeza a todo tipo de seudonoticias negativas para alguien sin exigir ninguna prueba, se difunden bulos y calumnias sin preocuparse de acreditar su veracidad, no se respeta ni la fama ni la intimidad de las personas, se opina sin saber ni investigar nada, etc. Así vivimos un proceso de destrucción de las relaciones personales y, por tanto, de la propia sociedad. Escribe: «Esta era de la sospecha corroe todos los ámbitos de nuestra vida […]. El mundo social se ha vuelto caníbal y se deleita con el hombre al que devora […]. Y se acusa de forma rápida, contundente sin vuelta atrás […]. La justicia mediática se impone: rápida, ciega, sin ningún tipo de prudencia. Juzga en función de las emociones, condena por instinto, destruye por rumor […]. El hecho se sustituye por la impresión; la verdad, por el relato; la prueba, por la percepción» (págs. 20-21).

Acude el autor a la imagen bíblica de la lapidación, sugiriendo que hoy nos acostumbramos a lapidar, en las redes especialmente, sin ningún juicio previo, como por instinto, sin comprobar la acusación ni verificar la fuente de la notica acusatoria. Y las piedras que utilizamos para estas lapidaciones son el rumor, la calumnia, la mordedura de un comentario viral, la furia de un hashtag. «La lapidación mediática se ha convertido en la versión moderna del linchamiento: mata sin derramamiento de sangre, pero con un deleite frío, perverso y colectivo» (pág. 27). Y así, la violencia domina la conversación, que se convierte en un combate, mientras la intransigencia deviene virtud y la diferencia de opinión se confunde con una agresión, convirtiendo todo desacuerdo en un duelo fratricida y rompiendo los vínculos sociales. El otro deja de ser un semejante y pasa a ser una amenaza.

Otro rasgo de nuestra época que comenta el autor es cómo nos hemos acostumbrado a y reinventado la antigua pena de la humillación pública, que hiere a la víctima en lo más íntimo de su ser, la mancha y destruye en lo más sagrado: su honor, su intimidad, su humanidad. La humillación pública es una forma de tortura que se opone a la verdadera humanidad, que exige honrar al otro y respetarlo, también en su fragilidad.

Frente a estas actitudes tan habituales, Bustillo sugiere: «Debemos, hoy más que nunca, escapar de esta lógica inquisitorial que reduce al otro a la condición de sospechoso permanente […]. La fraternidad no puede surgir del ruido de las acusaciones, sino del silencio de la escucha, de la paciencia del discernimiento, de la esperanza siempre arriesgada de seguir creyendo en el otro» (pág. 23). Urge redescubrir la palabra que desarma, que libera, que salva; una palabra —dice nuestro autor— como la de Cristo (en la conocida escena evangélica de la mujer adúltera) que no lapida, que no reduce al hombre a su pecado, sino que dice: «Tampoco yo te condeno …». «Es posible que nuestra sociedad sufra un déficit de bondad porque no dedica el tiempo suficiente a celebrar el bien» (pág. 40), afirma el autor con lúcida observación.

Los hábitos que denuncia Bustillo afectan, según él mismo resalta, a la sociedad; pues destruyen los vínculos sociales, hacen perder consistencia a las relaciones personales, fragilizan la dignidad de los demás en la percepción personal, engendran desconfianza e inseguridad frustrando la posibilidad de amores fuertes y serios y vuelven frágil la democracia que necesita para subsistir vínculos sociales sólidos. Pero también afectan a la persona que se deja dominar por esas actitudes y comportamientos, pues «el yo se exalta, se infla, se impone, no ya como una simple singularidad, sino como una autoridad soberana e incontestable. A partir de ahí, cualquier forma de autoridad externa se convierte en sospechosa» (pág. 62). Surgen así personalidades que se creen reyes del mundo, legisladores universales y jueces de todos y todo, pero que a la vez dependen continuamente de la opinión ajena, de lo que los demás piensan de uno, de la imagen que proyectan; gente insegura, sin criterio propio y sin fortaleza para defender sus convicciones y afectos, suponiendo que tengan unas y otros.

Para este cardenal de la Iglesia católica, el relativismo resultante no es inofensivo; puede ser potencialmente violento, pues nos vuelve frágiles. En ausencia de espiritualidad, al hombre le falta una columna vertebral interior que dé solidez a su personalidad, esa fragilidad deviene desesperanza y el hombre se deshumaniza, volviéndose frágil y adoptando una actitud victimista, vive a la defensiva atormentado por el miedo. En esta tesitura, indica Bustillo, «hoy más que nunca, debemos elegir entre participar en el linchamiento o trabajar por la paz; entre morder y devorar o bendecir y perdonar» (pág. 81).

En la segunda parte del libro (págs. 99 in finem) Bustillo desarrolla su propuesta para el hombre de hoy, pues este libro no es un mero análisis sociológico más o menos acertado, sino —también— una voz de un hombre de Iglesia preocupado por el hombre y que ofrece a todos su conocimiento de Dios : «Aunque no creáis, podéis intentar vivir como si Dios se hubiera revelado»; y manifiesta su convicción de que «vivir según el Evangelio, aunque todavía no creamos, puede convertirse también en un camino hacia la fe» (pág. 101).

La mirada de Dios que ni juzga ni condena

El autor precisa que «recuperar, para hoy, algunos valores evangélicos no es intentar adoctrinar al mundo ni imponer una ideología religiosa. Es algo más sencillo y profundo: ofrecer a nuestra sociedad cansada una palabra creadora, una esperanza para el futuro. Es devolver a nuestro tiempo un alma y, tal vez, una pasión» (pág. 112). En la estela de esa idea, el cardenal Bustillo propone una peregrinación a nuestra interioridad para dejar que nuestro corazón se convierta en un campo fecundo donde se siembre el amor, en vez de dejar que se endurezca o se seque. Y concreta: según la enseñanza de Cristo, «se trata de amar al enemigo. No de tolerarlo, sino de amarlo: he ahí la clave de esta revolución […]. No juzgar, no condenar, perdonar, dar: esa es la nueva forma de estar en el mundo» (págs. 117-118).

La propuesta, cristiana, de nuestro cardenal es: cuidar la fragilidad, mostrarse amable en un mundo que no lo es, dar la bienvenida a la duda y al silencio, no ceder nunca  a la amargura, no atacar la dignidad del otro, confiar en los demás, ser indulgentes en la vida ordinaria apelando a la buena fe para controlar nuestra ira e indignación, no juzgar las intenciones e intentar comprender el mal recibido, ejercer el liderazgo con empatía y respeto, buscar las cualidades de cada uno y lo bueno de los demás, huir de la idea de que un error o un defecto o una palabra pueden justificar la condena a una persona para el resto de su vida, reforzar la confianza —tan cristiana— en que un futuro mejor es posible para todos, que todos podemos transformarnos para bien, crecer, evolucionar. «Imaginar que hasta el enemigo puede convertirse en un hermano es abrir la puerta a la esperanza […]. Cada persona es portadora de semillas de luz para descubrir» (pág. 133).

Bustillo, como hombre de fe que es, invita a la esperanza; recomienda negarse a alimentar la lógica de la división y la agresión y no contribuir a la escalada de la violencia; e invita a seguir creyendo en la bondad de los seres humanos, en su capacidad de maravillarse, de cambiar, para ofrecer al mundo el oxígeno vital de la esperanza. No podía faltar en una propuesta cristiana un acento en el perdón. «El perdón no ignora el sufrimiento: lo reconoce, lo atraviesa, desactiva su carga destructiva […]. El perdón no es una palabra, es un camino. […]. Cuando perdono, recupero el vínculo y me atrevo a escribir una nueva página, esta vez, entre dos» (pág. 142).

Bendición y no maldición

Bustillo propone recuperar hoy —también por lo no cristianos— la novedad histórica del Evangelio, que supuso una revolución fraternal: el hombre dejó de definirse por su familia, raza o clase y se puso de manifiesto que Cristo libera —porque es amor— a todos sin distinción y que todos somos igual de valiosos, seamos libres o esclavos, hombres o mujeres, ricos o pobres. El cristianismo no solo afirmó la dignidad de todos los hombres, sino que sembró la semilla de que, en libertad, todos podemos mejorar, salir de nuestros errores; de que hay razones para la esperanza. La espiritualidad cristiana «es una fuerza de liberación del espíritu, una aventura interior hacia la verdad del ser. […] la verdadera fe no ata, libera […]. Solo tenemos que aprender a liberarnos. Que en nosotros y a nuestro alrededor brote la alegría de vivir, por fin, en libertad» (pág. 149).

Bustillo se acoge al significado etimológico de la palabra bendición (decir bien de alguien) para proponer que nos atrevamos a hacer el bien con nuestras palabras; «nos hemos vuelto muy locuaces para el mal y muy silenciosos para el bien […]. Debemos, más que nunca, eliminar de nuestro lenguaje las palabras vacías, ofensivas e inútiles. Debemos cultivar un lenguaje que sea verdadero, bueno y fecundo. Un lenguaje que eleve. Bendecir es crear vínculos; es construir una fraternidad social donde se ponen de relieve los talentos de cada uno, donde se celebran los éxitos, donde se reconoce la belleza del alma. […] la lógica de la bendición aleja el dolor de la maldición y abre el camino a una vida relacional más adulta, más responsable, más feliz» (pág. 152-154).

El cardenal Bustillo concluye su obra proponiendo que aprendamos de nuevo a amar; y para ello —nos recuerda— «la espiritualidad cristiana puede ser un pilar y una fuente».

Creo que esta invitación a hablar bien de las cosas buenas es muy oportuna.


La imagen que ilustra este texto se encuentra en el repositorio de Pixabay. La firma Jenő Szabó (szjeno09190). Se puede consultar aquí.