Los últimos paganos y el triunfo del cristianismo: ¿La primera revolución de Occidente?

La sustitución del paganismo por el cristianismo fue un proceso complejo, marcado por rupturas y continuidades

Visión de la Cruz por Constantino. Obra de la escuela de Rafael en las estancias vaticanas.
Visión de la Cruz por Constantino. Obra de la escuela de Rafael en las estancias vaticanas.

Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña es catedrático de Historia Medieval de la Universidad CEU San Pablo, ha sido investigador en la Universidad de Cambridge y profesor invitado en las universidades chilenas de Gabriela Mistral, de Los Andes y del Desarrollo. Experto en Antigüedad Tardía, publica en estos días El día en que murieron los dioses.

Avance

El conflicto entre paganismo y cristianismo, en los siglos III, IV y V, es un tema histórico de primera magnitud, que ha hecho correr ríos de tinta historiográfica, a la altura de otros asuntos como las revoluciones francesa o rusa. La comparación de aquel conflicto con acontecimientos revolucionarios posteriores no es exagerada, pues «el triunfo del cristianismo en el mundo romano supuso tanto una revolución como el fin de toda una época y una forma de civilización». Es lo que sostiene en el artículo el profesor Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, autor del más reciente trabajo sobre el tema: El día en que murieron los dioses (La Esfera), de inminente aparición.

La muerte del paganismo esta estrechamente vinculada a la llamada «revolución constantiniana». El término es apropiado en tanto que, al decir de algún experto, «en la historia de la humanidad no ha habido ningún momento de ruptura mayor que el que marca el fin del mundo antiguo». En esa coyuntura, Constantino fue el revolucionario frente al reaccionario y posterior Juliano el Apóstata. Y, como en todas las revoluciones, se trató de un fenómeno complejo, con continuidades dentro de la ruptura. Por ejemplo: la sociedad grecorromana ya era muy religiosa antes del cristianismo, y el monoteísmo cristiano se parece mucho al de las escuelas platónica, aristotélica y estoica. Como se ha dicho, el anticristiano Celso era tan monoteísta como su antagonista Orígenes. Por no hablar de la cercanía teológica entre los neoplatónicos paganos y unos Padres de la Iglesia que, en su mayoría, pensaban que el Dios de Platón era el Dios verdadero. Como también se ha dicho, en el siglo IV el neoplatonismo y el cristianismo «tenían dos mitologías, pero una sola teología».

Hubo, en fin, numerosos elementos de continuidad entre la Antigüedad clásica pagana y la Antigüedad Tardía cristiana. Pero ese proceso gradual, lento y esencialmente no violento, no dejó de ser revolucionario en tanto que alumbró nuevas formas políticas, sociales, culturales y, desde luego, religiosas. La «transformación dentro de la continuidad» se percibe en cómo Constantino introdujo el cristianismo dentro de la arquitectura pagana de Roma y lo convirtió en la piedra angular del edificio sin echar este abajo. El edificio del paganismo tardaría todavía un siglo en venirse abajo.

Por otro lado, escribe Rodríguez de la Peña, «habitualmente no se es consciente de las dimensiones del desafío afrontado por los cristianos que plantaron cara a Roma», especialmente bajo el despótico Diocleciano.

En definitiva, concluye Rodríguez de la Peña, la civilización occidental es tan grecorromana como cristiana, y «comprender en todos sus matices el complejo conflicto/síntesis entre el paganismo y el cristianismo en los siglos III, IV y V resulta de la mayor importancia para discernir cuáles son las auténticas raíces de nuestra civilización».

ArtÍculo

El triunfo del cristianismo en el mundo romano supuso tanto una revolución como el fin de toda una época y una forma de civilización. Y es que la llamada por algunos historiadores «revolución constantiniana» y la muerte del paganismo son dos fenómenos estrechamente vinculados entre sí. En palabras de Herbert Bloch: «En la historia de la humanidad no ha habido ningún momento de ruptura mayor que el que marca el fin del mundo antiguo y el conflicto final entre paganismo y cristianismo, un conflicto que culmina y llega a su dramática conclusión a fines del siglo IV». Reacción pagana frente a revolución cristiana. Aquí el orden de los factores es el contrario al de la historia contemporánea europea.

Juliano el Apóstata, el último campeón imperial de la reacción pagana, lo vio claro. En efecto, según refiere Amiano Marcelino, una fuente coetánea bien informada, «Juliano criticó la memoria de Constantino, tildándolo de revolucionario y destructor de las leyes antiguas y de las costumbres tradicionales». Como señala Marrou comentando este pasaje: «Con la lógica de su política propiamente reaccionaria», lo que el pagano Juliano reprocha al primer emperador cristiano es «el haber sido, en materia de derecho, un revolucionario, un novator, trastornando la legislación antigua y la tradición heredada del pasado».

¿Exageraba Juliano? No necesariamente. Uno de los grandes historiadores de la Roma antigua del siglo XX, el italiano Mazzarino, le ha dado la razón a Juliano al calificar a Constantino el Grande como «el político más revolucionario de la historia de Europa». Sea esto cierto o no, de lo que no cabe duda es de que el Viejo Continente no volvería a ver un cambio epocal de esta magnitud hasta la Reforma protestante.

Revolución cristiana, sí. ¿Pero hasta qué punto? Lo primero que conviene subrayar es el hecho de que la sociedad grecorromana no se volvió más religiosa al convertirse al cristianismo. Ya lo era a su manera. En palabras de Paul Veyne: «Todo parece religioso en la Antigüedad porque la función de la solemnización hace que, en la Antigüedad, la religión nos parezca omnipresente y de una importancia capital (…) Nos equivocamos cuando vemos en ella una Edad de las Luces, una época de descreimiento en la que la religión tradicional se debilitó. La arqueología y la epigrafía helenísticas, desde los grandes templos hasta los millares de pequeños exvotos, proporcionan una evidencia masiva de que la creencia debía seguir siendo mayoritaria hasta el final del paganismo. No nos equivoquemos de siglo, no hagamos un siglo XVIII antes de tiempo».

La idea de Dios

Lo que de verdad le faltaba a la Antigüedad pagana, con la excepción de unos pocos espíritus preclaros de las escuelas filosóficas, no era la religión: era la idea de Dios. De nuevo, Marrou lo ha dicho mejor que nadie: «Entre las ideas directrices que animaron la historia de nuestra Antigüedad Tardía e inspiraron su arte, hay una que inicialmente llama la atención: la idea de Dios, que invade entonces el mundo mediterráneo». Sin duda, «en esta revolución no hay que minimizar la aportación de la reflexión filosófica de los griegos, que desembocó en la idea de un Dios único». Pero, sobre todo, enfatiza Marrou: «La idea de Dios se extendió en el mundo romano partiendo del Oriente semítico; y habría incluso que decir que es una idea específicamente judía».

Con todo, no deberíamos caer en la tentación de identificar el conflicto entre cristianismo y paganismo como un debate entre monoteísmo y politeísmo. Lo cierto es que, aunque algunos polemistas cristianos lo subrayaran a menudo en sus obras (la πολύθεός μανία: «locura politeísta»), en realidad, ese fue siempre un aspecto menor de la confrontación entre paganismo y cristianismo. Al menos en lo que atañe al ámbito de las élites intelectuales, pues «era extremadamente difícil, cuando no imposible, diferenciar el monoteísmo cristiano del de las escuelas platónica, aristotélica o estoica».

De hecho, numerosos historiadores han señalado cómo la religión solar, firmemente arraigada en Roma desde el reinado de Aureliano (imp. 270-275), había difundido la vieja idea de los filósofos griegos de un Dios supremo ordenador del Cosmos al que servía una multitud de dioses menores (henoteísmo). De este modo, «la antigua filosofía pagana había preparado el camino para una orientación monoteísta del pensamiento que habría encontrado un aliado en la astrología y en la aceptación general de la monarquía como la única forma efectiva de gobierno». A lo que hay que añadir que «el culto romano del Exsuperantissimus, superior a todos los dioses, había recogido nociones familiares a la fe judía y a la teología cristiana».

En este sentido, se podría decir, siguiendo a Dodds, que el polemista pagano Celso «era un monoteísta tan estricto como Orígenes; lo cierto es que tachaba de blasfemo al cristianismo por situar a otro ser (Cristo) a la altura misma del Dios supremo». Tampoco habría habido una diferencia sustancial entre los neoplatónicos paganos y los Padres de la Iglesia acerca de la verdadera naturaleza de este Dios supremo: «Celso y Orígenes comparten la creencia de que Dios es incorpóreo, impasible, inmutable y situado más allá del alcance de la inteligencia humana; ambos atacan las ideas antropomórficas del vulgo».

No solo es que san Pablo apelara en su discurso en el Ágora de Atenas al «Dios desconocido», haciendo suyo el término filosófico griego Agnostos Theos (Hch., 17), es que casi todos los Padres de la Iglesia, desde san Justino a san Agustín (De Civitate Dei, X, 1), «pensaban que el Dios de Platón era el Dios verdadero». No es de extrañar que, según el propio san Agustín, la mayor parte de los platónicos de su tiempo se hubieran convertido al cristianismo, pues «apenas tenían que cambiar algunas palabras y frases» de aquello que antes creían (paucis mutatis verbis atque sententiis). Esto nos hace pensar en la famosa observación atribuida a Adolf Von Harnack: en el siglo IV el neoplatonismo y el cristianismo «tenían dos mitologías, pero una sola teología».

Elementos de continuidad

A pesar de ello, lo cierto es que la poderosa irrupción en el Mare Nostrum de la idea bíblica de Dios lo cambió todo. Tal y como observa Veyne, siendo una época profundamente religiosa, lo que no fue nunca la Antigüedad pagana fue una sociedad estrictamente teocéntrica, como la Cristiandad o el Islam medievales. Y es que «no era la religión propiamente dicha lo que obligaba, sino la obligación o costumbre que se expresaba en términos religiosos». No en vano, la Antigüedad pagana fue la época por excelencia de la «religión civil», la religión como aglutinadora de la polis o res publica (la religio civilis de Varrón).

Ciertamente, se pueden enumerar numerosos elementos de continuidad en todos los órdenes de la vida entre la Antigüedad clásica pagana y la Antigüedad Tardía cristiana, como han hecho grandes historiadores de la talla de Henri-Irenée Marrou y Peter Brown. Ahora bien, aunque estamos hablando de un proceso gradual, lento y esencialmente no violento, pues no hubo ni tomas de la Bastilla ni guillotinas o gulags, lo cierto es que no dejó de ser un proceso revolucionario, en el sentido estricto de alumbramiento de nuevas formas políticas, sociales, culturales y, sobre todo, religiosas.

Estamos ante un proceso de mutación de toda una civilización en el que se dio la paradoja de producirse una «transformación dentro de la continuidad», algo acaso incomprensible para la mentalidad de muchos cristianos de hoy en día: «El elemento revolucionario de la conversión de Constantino se apoyó en la continuidad jurídica básica de las antiguas tradiciones públicas referidas a lo sagrado pagano, unas tradiciones con las cuales el soberano quiso conectar». Se podría decir que Constantino introdujo el cristianismo dentro de la arquitectura pagana de Roma y lo convirtió en la piedra angular del edificio. Pero no echó abajo el edificio, lo dejó más o menos como lo encontró. El edificio del paganismo luego se vendría abajo, pero tendría que transcurrir un siglo para que eso sucediera.

Fue esta una revolución silenciosa también en el sentido de que, mientras tenía lugar, la vida cotidiana romana se desenvolvió en un espacio neutral de valores comunes cívicos, un espacio indiferente a los cambios sísmicos que se estaban produciendo en otras esferas y en el que «el cristianismo desempeñaba un papel secundario». Hasta la propia ciudad llamada a ser la Roma cristiana, Constantinopla, fue inaugurada, en una ceremonia realizada por un augur, de acuerdo con los ritos tradicionales paganos: inauguratio, consecratio y dedicatio. Había inercias milenarias que no eran fáciles de ignorar. En este sentido, se ha subrayado que si no se leyeran más que las inscripciones públicas de los municipios romanos del siglo IV, jamás sospecharíamos que se había producido una revolución religiosa. No estamos ante nada parecido a la «revuelta de esclavos» denunciada en su día por Nietzsche: «En realidad, el cristianismo se extendió solo poco a poco y silenciosamente en una sociedad pagana que le acogía con reservas, desconfianza y hostilidad».

Una revolución formidable

Aun así, el cambio llegó. Y de qué manera. Hay que tener en cuenta que, como señala Harold Mattingly, «el Imperio Romano era, tanto en la teoría como en la práctica, uno de los sistemas políticos más conservadores jamás levantados por el Hombre. El dominio de Roma sobre el orbe, así como el dominio del emperador sobre Roma, eran asumidos como un producto inevitable de la historia, destinado a durar tanto como la propia civilización. Y, a pesar de ello, el Imperio Romano sufrió una de las revoluciones más formidables de la historia: la sustitución de la religión oficial del Estado por una nueva religión, hasta ese momento despreciada».

En este sentido, no resulta baladí el hecho de que, desde el reinado de Diocleciano, la religión oficial del Estado hubiese incorporado la deificación en vida del emperador, algo antes reservado a los emperadores muertos. La monarquía imperial, fortalecida por tres siglos de historia, introdujo el culto universal al emperador como deus et dominus noster («señor y dios nuestro»), exigiendo ahora la adoratio en lugar de la antigua salutatio de la tradición romana. Esta ceremonia de adoratio en presencia de los emperadores, inspirada en la proskynesis persa, exigía postrarse en el suelo cabeza abajo, un gesto de humillación propio de un despotismo oriental. Frente a esta deificación en vida del soberano, los cristianos proclamaban que el único hombre-Dios era Jesucristo y que el emperador no era más que un hombre como otro cualquiera. Lo cual era abiertamente subversivo.

Habitualmente no se es consciente de las dimensiones del desafío afrontado por los cristianos que plantaron cara a Roma. En particular aquellos que afrontaron a comienzos del siglo IV la Gran Persecución de Diocleciano. Tras las profundas reformas de este emperador y la creación del Dominado, el gobierno imperial era más despótico e implacable que nunca. En palabras de John Matthews: «No tenía parangón en la historia grecorromana en cuanto a su escala, organización y complejidad, su incidencia física en la sociedad, la extravagancia retórica con la que se expresaba y la violencia calculada con la que intentaba imponer su voluntad».

Raíces de la civilización occidental

Del cambio religioso profundo que sufrió Roma a lo largo del siglo IV puede dar una idea el hecho de que en el año 305 los cristianos eran una minoría perseguida salvajemente por el Imperio y apenas cien años después, en el año 405, san Agustín enfatizaba en unos de sus escritos que en el mundo romano ya quedaban «muy pocos paganos» (paucissimi). Hacía diez años en aquel entonces de la muerte de Teodosio el Grande, siendo los últimos años de su reinado los que presenciaron el cierre definitivo de los templos paganos. En este sentido, otro autor eclesiástico de la época, Rufino de Aquilea (†411), nos confirma que cuando el paganismo realmente «colapsó» fue bajo Teodosio (imp. 379-395), una impresión compartida por no pocos contemporáneos. Lo cual nos sitúa en un proceso de cristianización del Imperio que duró todo el siglo IV, a partir de la promulgación del Edicto de Milán (año 313), un proceso ciertamente muy lento para ser una revolución, pero a la vez rápido si se ve desde una perspectiva de milenios y se tiene en cuenta la profunda transformación que experimentó la sociedad grecorromana.

De hecho, hay historiadores que apuntan a que este proceso de cristianización capilar del mundo romano nunca terminó del todo en la parte occidental del Imperio, ya que las invasiones germánicas lo abortaron de forma abrupta y las sociedades de la Alta Edad Media, asoladas por el analfabetismo y la barbarie, solo fueron cristianas de una forma superficial. Estamos ante un cristianismo nominal tras el que se escondía una pervivencia de costumbres y prácticas paganas (algunas germánicas, otras de herencia céltica o romana) en todos los ámbitos de la vida.

Tras un primer intento, de nuevo abortado, de cristianización en profundidad de la sociedad durante el renacimiento carolingio, será la Europa de las catedrales, la de los siglos XII y XIII, la que retomaría el proceso y, por fin, lo llevaría a buen término. El resultado de este milenio de cristianización que va de Constantino el Grande a san Luis no fue otra cosa que el nacimiento de «la civilización occidental» propiamente dicha, que es tan grecorromana como cristiana. Por consiguiente, comprender en todos sus matices el complejo conflicto/síntesis entre el paganismo y el cristianismo en los siglos III, IV y V resulta de la mayor importancia para discernir cuáles son las auténticas raíces de nuestra civilización.