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Ver productosLa última película del cineasta no ha hecho demasiado ruido, pero sigue acumulando espectadores y certezas sobre la maestría de un director al que cabe admirar aún más cuando no intenta demostrar nada

5 Ago 2026 - 6min.
Avance
Steven Spielberg cumplirá en diciembre 80 años, 16 menos que Clint Eastwood, otro narrador clásico que no va de autor (mucho menos de auteur) ni le preocupa el qué dirán. El llamado Rey Midas de Hollywood tiene en cartelera su película número 35, según los contables. El día de la revelación tiene un título horrible, pero supone el regreso triunfal del maestro, que combina varios de sus argumentos favoritos. Es también una exhibición de su facilidad para seducir al público mundial (y quién sabe si interestelar).
Hubo un tiempo en que Spielberg fue un joven revolucionario, un renovador del lenguaje cinematográfico que asombraba en las pantallas setenteras con El diablo sobre ruedas y Tiburón. Incluso sus Encuentro en la tercera fase iban un paso más allá del cine de marcianos de toda la vida. En los 80, el éxito sin precedentes de dos de sus grandes personajes, Indiana Jones y ET, lo encasillaron como director comercial a ojos de los expertos más superficiales, valga la paradoja. Hitchcock, Wilder y otros genios también arrastraron en su día —mientras estaban vivos, para resumir— el estigma de conocer la envidiada receta del éxito. Gustar es sospechoso, aunque el director de La lista de Schindler hace tiempo que conquistó también a los críticos, con las inevitables excepciones. Si el espectador es un cincuentón, sobre todo, el cine de Spielberg ha sido una presencia constante durante toda su vida, una referencia cultural insoslayable, casi siempre acompañado por la música de John Williams, que a los 94 años vuelve a firmar la banda sonora de El día de la revelación.
La película ha obligado a algunos a descargar la escopeta, salvo a los más gruñones y perezosos. El recibimiento del público también se ha inclinado al aplauso, lo que tiene doble mérito cuando los títulos no acaban con un número. Como principio general, si uno se conforma con pasárselo bien —hay gente torturada que sufre con placeres tan simples—, la película gustará. Si el plan es ir a pillar los trucos o ver si cojea el viejo, es mejor quedarse en casa e intentar no sufrir cuando, en la próxima gala de los Oscar, Spielberg supere a William Wyler como el director con más candidaturas a mejor película. Sin ser un devorador de premios, aunque los tiene todos, a buen seguro ya serán 14 títulos con dicha distinción, salvo que un meteorito gigante caiga antes sobre la Tierra.
En realidad, no es difícil dar con el gran secreto de Steven Spielberg: al contrario que otros creadores empeñados en mostrar al mundo lo geniales que son, él solo intenta buscarse a sí mismo, si puede ser acompañado. «No tengo palabras para expresar lo terapéutico y saludable que es para mí seguir haciendo este trabajo una y otra vez», confiesa el cineasta a Wesley Morris en The New York Times.
No menos revelador es que a Spielberg le guste tener cerca en el rodaje al escritor. David Koepp, autor de El día de la revelación y de otras de sus aventuras, cuenta que los actores suelen verlo como un «policía de las palabras». No es el caso de su jefe. «Steven está ansioso por involucrar activamente al guionista en la resolución de problemas, lo que hace que la jornada sea mucho más interesante», explica Koepp sobre un creador enorme, cuyas películas son un acto compartido de exploración, no una exhibición de talento.

En este punto es lícito plantearse una duda. Cuando el cine «solo» aspira a convertirse en puro entretenimiento, ¿puede ser comparado con el arte más sublime? ¿Es lícito pensar en una forma elevada de creación que guste a la plebe? Tony Kushner, otro de los guionistas que mejor conoce a Spielberg, considera que es un problema de enfoque bien conocido, como mínimo desde la época victoriana. «En tiempos de Dickens, había clubes de lectura dedicados a su obra en los que personas que sabían leer leían a personas que no sabían. Dickens fue un éxito entre la clase trabajadora; sus novelas son logros estéticos complejos que, sin embargo, eran accesibles», recuerda.
Con Spielberg ocurre algo parecido. El «sentido de comunidad humana» de sus películas muestra su «profunda convicción de que el mundo, aunque no sea perfectible, es infinitamente mejorable si las personas reconocen su interconexión, sus aprensiones compartidas y sus malentendidos, y trabajan en ellos colectivamente».
Su caso recuerda al más especializado de Stephen King, experto en explorar sus propios miedos, que por supuesto coinciden con los de sus coetáneos. No es casualidad que el cine, el arte más caro y necesitado de conectar con amplios públicos, también le deba tanto al escritor de Maine.
¿Significa todo esto que El día de la revelación es una obra maestra? Tampoco conviene excederse. Ni siquiera es la película del año. Se trata de una obra muy entretenida, rodada por un maestro del oficio, un casi octogenario de mirada adolescente, un hombre fiel a sus inquietudes juveniles. Son casi dos horas y media que justifican la antigua costumbre de ver algo en compañía de extraños. Sus ambiciones son en apariencia modestas —aunque ya quisiera la mayoría— y sus actores, de excelente nivel, no se llevarán grandes premios por este título, otra constante en la carrera de Spielberg, que en su exacerbación del cine como obra colectiva, favorece más el lucimiento de los apartados técnicos que el de los artísticos.
Por supuesto, El día de la revelación tampoco desplazará a ninguna de las grandes películas de Spielberg de esa lista personal que cada uno tiene de sus títulos más memorables. El punto más audaz, si no pasara de puntillas, es la aparición de Richard Nixon. La cinta se hace eco de la leyenda urbana —con Trump no habría dudas de su veracidad— según la cual el entonces presidente intentó impresionar al cómico y actor Jackie Gleason durante una visita a las instalaciones militares más secretas.
La anécdota es reveladora, porque para Spielberg se trata de uno de sus títulos más veraces o, como mínimo, está construido sobre unos «cimientos de verdad», según declaró a los medios estadounidenses. Su nuevo encuentro entre civilizaciones ha llegado a una cuarta fase, según él menos especulativa (y musical) que la que protagonizaron Richard Dreyfuss y François Truffaut en 1977.
Es mejor no contar mucho más sobre la trama de esta película refrescante, dirigida con sentido de la emoción y del humor, que pese a su hambre de verdad histórica y antropológica se quita importancia a sí misma. Su autocrítica suave a nuestra especie tampoco cae en la moda woke, por otro lado, y no cabe interpretar su discurso como grandilocuente, ni siquiera con un envoltorio tan lujoso. En manos de un aficionado al cine de denuncia, la misma historia podría haber terminado en catástrofe.
En cambio, el espectador que ha crecido con ET, Indiana Jones, y hasta con el soldado Ryan y sus desafortunados hermanos, sabe desde que ocupa su butaca que nadie saldrá del cine más airado de lo que entró. ¿Arte conformista para anestesiar a las masas? Hay que ser muy retorcido o demasiado simple para interpretarlo así.
La imagen de arriba muestra a Steven Spielberg en la Comic Con de San Diego, en 2017. © Gage Skidmore, con licencia Creative Commons.