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Ver productosEl artista, uno de los fotógrafos más influyentes de la historia, fue acusado en los años 50 de antiamericano y comunista, por mostrar las costuras de un sueño que sus ojos europeos nunca supieron admirar

6 Ago 2026 - 6min.
Avance
«Las personas son más interesantes que los paisajes». La frase es de Robert Frank, uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX, aunque su obra fue difícil de asimilar. El libro The Americans (1958) fue considerado un insulto antiamericano y comunista. Los críticos de Estados Unidos vieron su enfoque como «un poema triste para gente enferma», un retrato degradante que mostraba a un país «cubierto de verrugas». Un año después de publicarse en Francia por primera vez, el prólogo de Jack Kerouac para la versión americana no logró atemperar los ánimos.
De eso se encargaría el tiempo. Hoy Robert Frank es considerado un maestro, ha recibido innumerables premios y su obra es disfrutada dentro y fuera de los Estados Unidos. Justo ahora, su proyecto más representativo puede verse por primera vez en España, hasta el 1 de noviembre, en el Espacio Fundación Telefónica (Fuencarral, 3) y dentro de la XXIX edición de PHotoESPAÑA. La entrada es gratuita y el verano es propicio para disfrutar este tipo de exposiciones.
Robert Frank & Los Americanos no ha perdido su espíritu poco complaciente. El objetivo del fotógrafo nacido en Suiza no era encontrar la belleza, sino hablar «del carácter de las personas». Frank las persigue por más de 30 Estados de todo el país, a lo largo de 16.000 kilómetros. Él mismo se veía como «un cazador», que no dudaba en perseguir a sus presas en las fábricas, en los centros comerciales, en las peluquerías y, sobre todo, en la calle. Se sentía fascinado, pero no seducido, por el american way of life. Para esta colección tiró con su Leica cerca de 28.000 fotos, que dejó en 83 estampas que componen The Americans. La selección del autor puede parecer absolutamente arbitraria y personal, pero no hay duda de su nivel de exigencia; de cada nueve o diez carretes, se quedaba con una sola imagen.
ArtÍculo
Robert Frank era hijo del contraste. Su padre era un buen aficionado a la fotografía y su madre se quedó ciega a los 45. Del primero dice una frase genial: «Pagó demasiado por tener una buena vida». Se puede escuchar en la película que complementa la muestra fotográfica en Madrid. El corto pone en contexto la obra del artista e ilustra por qué le preocupaba tan poco conseguir imágenes bien enfocadas y perfectas.
The Americans es una obra desmitificadora, que sentó como un puñetazo en el rostro de una sociedad complaciente, embelesada por su propia prosperidad de posguerra. Frank, nacido en Zúrich en 1924, era miembro de una familia judía que sorteó los horrores del nazismo. Con 23 años emigró a Estados Unidos, donde empezó a trabajar para Harper’s Bazaar. La fotografía comercial nunca lo sedujo, pero le permitió realizar algunos viajes iniciáticos, hasta que en 1955 aprovechó una beca Guggenheim para recorrer los Estados Unidos, ya sin las presiones de los cierres y el corsé de los eventos organizados. Atravesó ciudades, recorrió paisajes y descubrió lo que había bajo el deslumbrante envoltorio que mostraban las revistas de moda.

Su mirada se tornó más profunda y compleja; también más amarga. No obstante, The Americans incluye al menos una imagen previa a esta transformación. En 1955, el fotógrafo Walter Evans se convirtió en su mentor y le ofreció algunas colaboraciones para la revista Fortune. Le pidió que fotografiara a los políticos que viajaban entre Washington y Nueva York a bordo del tren The Congressional.
Esa oportunidad amplió el alcance del trabajo de Frank y su catálogo de personajes. En otra de las fotos de la muestra, vemos a dos miembros de la alta sociedad en un acto de recaudación de fondos, con unas joyas y un vestuario inusuales en Los Americanos. Aquel trabajo le ayudó además a conseguir una carta de recomendación de Evans, probablemente decisiva para obtener la beca Guggenheim.

La fotografía más famosa, que ilustra la portada de su libro (sobre estas líneas), fue tomada en Nueva Orleáns y muestra la división social y racial que sufrían los Estados Unidos en los años 50. Parece una composición aleatoria, una estampa robada a la realidad, como tantas otras fotos lanzadas al vuelo, pero no es difícil advertir que los blancos viajan delante y los negros detrás. Sus críticos insistieron en la falta de limpieza de la mirada de Frank, un inmigrante que había traicionado a su país de adopción. Él lo veía de otro modo, por supuesto, y argüía que «la crítica puede surgir del amor».
Lo único cierto es que su mirada era distinta. Ni siquiera necesitaba alejarse de los símbolos más americanos, como los coches, las pantallas y la bandera de las barras y estrellas, que retrata una y otra vez. Le bastaba enfocarlas con su Leica para que adquirieran otro significado.
El cine fue otra de las pasiones de Robert Frank, quien llegó a dejar la fotografía fija durante unos años para entregarse a este arte en su forma más experimental. Su primera película importante fue Pull My Daisy (1959), que cuenta con la narración improvisada de Kerouac y la participación de Allen Ginsberg y otros escritores vinculados a la generación beat.
Más tarde dirigió Cocksucker Blues (1972), un documental en el que aparece Truman Capote sobre una gira de los Rolling Stones, que el propio grupo trató de censurar. Lo consigueron, en gran medida. Según una orden judicial, la película solo podía proyectarse una vez al año, con la presencia obligada de Robert Frank. El fotógrafo murió en 2019, a los 94 años, así que quienes la hayan visto después probablemente hayan quebrantado alguna ley. En total, dirigió una treintena de títulos, incluidos cortos y vídeos sobre su propia obra, e igual de descuidados e imperfectos a ojos de un espectador normal.
Huelga decir que Robert Frank nunca encontró la felicidad. Huyó de un continente herido y recaló en un país que no terminaba de llenar sus ambiciones. En una carta a sus padres, les explicó lo que pretendía con The Americans: «Expresar mi opinión de los Estados Unidos a través de mis fotos… Hay muchas cosas aquí que no me gustan y que nunca aceptaría». Acabó sus días en Canadá, no sin antes sufrir la muerte de su hija Andrea en un accidente de avión.
«Me imagino a mí mismo de pie en un mundo que nunca se detiene», dijo alguna vez. Su segunda mujer, la escultora June Leaf, le preguntó por qué hacía esas fotos. «Porque estoy vivo», replicó, en una respuesta tan insatisfactoria para los amantes de las certezas como casi toda su obra.
La muestra que se puede ver en Madrid está comisariada por el crítico David Campany y ha sido organizada con el apoyo de la Maison Européenne de la Photographie de París.