«The Americans», de Robert Frank: 83 «puñaladas» de un inmigrante desagradecido

El fotógrafo, uno de los más influyentes de la historia, fue acusado en los años 50 de antiamericano y comunista por mostrar las costuras de un sueño que sus ojos europeos nunca supieron admirar

«The Americans», de Robert Frank, puede verse en Madrid hasta el 1 de noviembre. Foto: Federico Marín Bellón
«The Americans», de Robert Frank, puede verse en Madrid hasta el 1 de noviembre. Foto: Federico Marín Bellón
Federico Marín Bellón

Avance

«Las personas son más interesantes que los paisajes». La frase es de Robert Frank, uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX, que sin embargo empezó con muy mal pie. Su libro The Americans (1958) fue interpretado como un insulto antiamericano y comunista. Los críticos de Estados Unidos lo consideraron un retrato degradante que mostraba a un país «cubierto de verrugas». Un año después de publicarse en Francia por primera vez, el prólogo de Jack Kerouac para la versión americana no logró atemperar los ánimos. El autor de En la carretera intentó explicar que Frank era un poeta y sus compatriotas replicaron: «Los Americanos es un poema triste para gente enferma». 

De rebajar la tensión y reivindicar aquellas 83 puñaladas al corazón del sueño americano se encargó el tiempo. Hoy, Robert Frank es considerado un maestro, ha recibido innumerables premios y su obra es disfrutada dentro y fuera de los Estados Unidos. Justo ahora, su proyecto más representativo puede verse por primera vez en España, hasta el 1 de noviembre, en el Espacio Fundación Telefónica (Fuencarral, 3), dentro de la XXIX edición de PHotoESPAÑA. La entrada es gratuita y el verano es propicio para disfrutar este tipo de exposiciones.  

Robert Frank & Los Americanos mantiene su espíritu poco complaciente. El objetivo del fotógrafo nacido en Suiza no era encontrar la belleza, sino hablar «del carácter de las personas». Frank las persigue por más de 30 Estados de todo el país, a lo largo de 16.000 kilómetros. Él mismo se veía como «un cazador» que no dudaba en perseguir a sus presas en las fábricas, en los centros comerciales, en las peluquerías y, sobre todo, en la calle. Se sentía fascinado, pero no seducido, por el american way of life. Para esta colección disparó con su Leica cerca de 28.000 fotos, que dejó en 83 estampas que componen The Americans. La selección del autor puede parecer absolutamente arbitraria y personal, pero no hay duda de su nivel de exigencia; de cada nueve o diez carretes, se quedaba con una sola imagen.

ArtÍculo

Robert Frank era hijo del contraste. Su padre era un buen aficionado a la fotografía y su madre se quedó ciega a los 45. Del primero dice una frase genial: «Pagó demasiado por tener una buena vida». Se puede escuchar en la película que complementa la muestra fotográfica en Madrid. El corto pone en contexto la obra del artista e ilustra por qué le preocupaba tan poco conseguir imágenes bien enfocadas y perfectas. El país le saló movido y los más clásicos nunca le perdonaron la insolencia.

The Americans es una obra desmitificadora, que sentó como un puñetazo en el rostro de una sociedad complaciente, embelesada por su propia prosperidad de posguerra. Frank, nacido en Zúrich en 1924, era miembro de una familia judía que sorteó los horrores del nazismo. Con 23 años emigró a Estados Unidos, donde empezó a trabajar para Harper’s Bazaar. La fotografía comercial nunca lo sedujo, pero le permitió realizar algunos viajes iniciáticos, hasta que en 1955 aprovechó una beca Guggenheim para recorrer los Estados Unidos, ya sin las presiones de los cierres y el corsé de los eventos organizados. Atravesó ciudades, recorrió paisajes y descubrió lo que había bajo el deslumbrante envoltorio que mostraban las revistas de moda.

Las imágenes de Robert Frank en The Americans proceden de su largo viaje por los Estados Unidos en los años 50. Foto: FMB
Este mapa puede verse en la exposición dedicada a Robert Frank y The Americans. Sus 83 fotos proceden de un largo viaje por los Estados Unidos en los años 50, a lo largo de una treintena de Estados. Foto: FMB

Su mirada se tornó más profunda y compleja; también más amarga. No obstante, The Americans incluye al menos una imagen previa a esta transformación, cuando alternaba las pasarelas de la alta costura por las de la política. En 1955, el fotógrafo Walter Evans se fijó en su talento y se convirtió en su mentor, por lo que ofreció algunas colaboraciones para la revista Fortune. Pensó que sería buena idea fotografiar a los políticos que viajaban entre Washington y Nueva York a bordo del tren The Congressional.

Dicha oportunidad amplió el alcance del trabajo de Frank y su catálogo de personajes. En otra de las fotos de la muestra (sobre estas líneas, en la cuenta de Instagram de la Fundación Robert Frank), vemos a dos miembros de la alta sociedad en un acto de recaudación de fondos. Su ojo era igual de bueno en el seno de cualquier clase social, aunque el bolso, las joyas y el vestuario contrastan con el aspecto del resto de actores de Los Americanos. Aquellos trabajos alternativos le dieron una pista del camino que debía seguir y le ayudaron a conseguir una carta de recomendación de Evans, probablemente decisiva para obtener la beca Guggenheim.

Robert Frank siempre supo que su proyecto The Americans se convertiría en un libro.
Robert Frank siempre supo que su proyecto The Americans se convertiría en un libro. En la imagen, la segunda edición, de 1959, con prólogo de Jack Kerouac.

En realidad, toda la obra de Frank está teñida de política. La fotografía más famosa, que ilustra la portada de su libro, fue tomada en Nueva Orleáns y muestra la división social y racial que sufrían los Estados Unidos en los años 50. Parece una composición aleatoria, una estampa robada a la realidad, como tantos otros disparos fugaces lanzados al aire, pero no es difícil advertir sus connotaciones. Los blancos viajan delante y los negros, detrás. Los críticos de Frank insistieron en la falta de limpieza de su mirada, la traición desagradecida de un inmigrante al país que lo había acogido y adoptado. Él lo veía de otro modo, por supuesto, y argüía sin convencer a casi nadie que «la crítica puede surgir del amor».

Lo único cierto es que su mirada era distinta. Ni siquiera necesitó sustituir los símbolos, objetos como coches, pantallas y banderas, la esencia del americanismo más puro. Las barras y estrellas aparecen una y otra vez, a veces incluso sin gente, como un personaje con entidad propia. Le bastaba enfocarlas con su Leica, siempre en blanco y negro, para que adquirieran otro significado.

Censurado por los Stones

El cine fue otra de las pasiones de Robert Frank, quien llegó a aparcar la fotografía fija para entregarse a este arte, sin perder su espíritu experimental. Su primera película importante no tardó en llegar. Pull My Daisy (1959) cuenta con la narración improvisada de Kerouac (y sus cucarachas) y la participación de Allen Ginsberg y otros escritores vinculados a la generación beat.

Entre sus títulos más conocidos, destaca Cocksucker Blues (1972), un documental en el que aparece Truman Capote grabado durante una gira de los Rolling Stones. Ni siquiera a los miembros de la banda más irreverente del momento les gustó el resultado y trataron de censurar la película. Lo consigueron, en gran medida. Según una orden judicial, solo podía proyectarse una vez al año, con la presencia obligada de Robert Frank. Dado que el fotógrafo murió en 2019, a los 94 años, quienes la hayan visto después probablemente han quebrantado alguna ley. En total, Frank dirigió una treintena de títulos, incluidos cortos y vídeos sobre su propia obra, por lo general igual de descuidados e imperfectos para un espectador normal.

Huelga decir que Robert Frank nunca encontró la felicidad. Acabó sus días en Canadá, no sin antes sufrir la muerte de su hija Andrea en un accidente de avión. Huyó de un continente herido y recaló en otro que nunca terminó de llenar sus ambiciones. En una carta a sus padres, les explicó lo que pretendía con The Americans: «Expresar mi opinión de los Estados Unidos a través de mis fotos… Hay muchas cosas aquí que no me gustan y que nunca aceptaría», confesó, con lo que en gran medida daba la razón a sus detractores, lo que no quita ni un ápice de valor a su obra.

«Me imagino a mí mismo de pie en un mundo que nunca se detiene», dijo alguna vez. Su segunda mujer, la escultora June Leaf, le preguntó por qué hacía esas fotos. «Porque estoy vivo», replicó, una vez más sin satisfacer a los amantes de las certezas.

La muestra que se puede ver en Madrid está comisariada por el crítico David Campany y ha sido organizada con el apoyo de la Maison Européenne de la Photographie de París.