«Cuando todos saben que todos lo saben…», de Steven Pinker

El conocimiento común como pilar de la vida social

Reunión de trabajo en el centro cultural Müze Ghazane en Estambul
Reunión de trabajo en el centro cultural Müze Ghazane en Estambul
Ángel Vivas

Steven Pinker es catedrático de la Universidad de Harvard. Reconocido psicólogo y científico cognitivo, ha recibido premios como el de la Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento. Es autor de títulos como La tabla rasa, En defensa de la Ilustración y Racionalidad.

Avance

Este nuevo título del eminente psicólogo e intelectual Steven Pinker obedece a su interés de toda la vida por «cómo piensa la gente». En este caso, y llevando al límite ese interés, se ocupa de cómo pensamos que los otros piensan, y cómo pensamos en lo que otros piensan que pensamos, etc. En otras palabras, lo que entre los especialistas se llama «conocimiento común». El conocimiento común es un elemento habitual de la vida social humana; más aún, es un prerrequisito de la vida social: las normas de tráfico son efectivas porque todos las conocemos y sabemos que los demás las conocen. «Las relaciones sociales son juegos de coordinación que resolvemos con la relevancia común y el conocimiento común», pues los humanos no somos mónadas independientes, nuestro nicho evolutivo se caracteriza por la interdependencia masiva. Los temas de este nuevo libro, por otra parte, no están muy lejos de los que trataba en el anterior Racionalidad.

Cuando todos saben que todos lo saben… quiere mostrar cómo el concepto de conocimiento común ilumina muchos enigmas de nuestros asuntos públicos y nuestras vidas personales: cómo está detrás de las burbujas de activos y de los pánicos bancarios, del hecho de que el papel higiénico se agote en las tiendas cuando se anuncia una crisis, y también de manifestaciones de la naturaleza humana como el rubor o la risa ante un chiste. El rubor, por ejemplo, obedece a que «en el ámbito del conocimiento común, una transgresión pública ha de ser reparada mediante un reconocimiento público».

Pilar de nuestra vida social, el conocimiento común puede también necesitar ser sofocado. No son pocas las ocasiones en que necesitamos mantener en privado muchos pensamientos. Las relaciones humanas auténticas también dependen «de la hipocresía y del mantenimiento de muchas clases de conocimientos privados y recíprocos al margen del conocimiento común». Con frecuencia mantenemos en privado un conocimiento que minaría una convención social no en virtud de alguna inhibición anticuada, sino por motivos racionales. Fuera de la esfera privada, en el escenario internacional, conflictos importantes pueden depender de lo que se mantiene al margen del conocimiento común, como el hecho de que Israel posea o no armas nucleares o la situación y el reconocimiento de Taiwán como Estado soberano. Evaluar los efectos de convertir los descubrimientos en conocimiento común obedece a una racionalidad de orden superior.

ArtÍculo

El subtítulo de este nuevo trabajo del influyente y reconocido pensador Steven Pinker es «el conocimiento común y la ciencia de la armonía, la hipocresía y la indignación». El libro trata justamente de la primera expresión —el conocimiento común— de dicho subtítulo, expresión que, como suele pasar, entre los especialistas tiene un sentido distinto a su significado cotidiano. Como término técnico dentro de la teoría de juegos, y tal como lo usa Pinker, no significa simplemente algo conocido por todos, sino aquello que uno sabe, pero que además sabe que otro lo sabe y el primero sabe que el segundo sabe que él lo sabe.

Aclarémoslo con un ejemplo: dos personas, desde distintos lugares, ven algo que ocurre en la calle; eso es conocimiento privado. Si cada una de ellas, en distintos momentos, puede ver a la otra, cada una sabrá que la otra también sabe lo que ocurre; eso es conocimiento recíproco. Pero si en algún momento coinciden sus miradas, cada una sabrá que la otra sabe lo que ocurre, y además sabrá que la otra sabe que ella lo sabe. Ese es el conocimiento común; y el talento cognitivo que lo posibilita es la mentalización recursiva, que —si seguimos subiendo los peldaños de saber que se sabe que se sabe que se sabe…— puede llegar a ser mareante. Pues, como señala Pinker, la propia racionalidad es ilimitada, y no solo tenemos pensamientos, sino que tenemos pensamientos sobre nuestros pensamientos y pensamientos sobre nuestros pensamientos sobre nuestros pensamientos.  

Steven Pinker. Cuando todos saben que todos lo saben… Paidós, 2026.

Esto que, a primera vista, puede parecer un juego lógico sin mayor trascendencia, tiene importantes implicaciones sociales, y a ello dedica el autor las casi trescientas páginas de texto del libro. Cuando las acaba, el lector puede pensar en las lenguas de Esopo, por el modo en que el conocimiento común reúne ventajas e inconvenientes. Las primeras son, si no obvias, muy comprensibles y ocupan la mayor parte del texto. «Gran parte de la vida social humana consiste en generar y participar del conocimiento común necesario para la coordinación tanto a pequeña como a gran escala». Por otro lado, el conocimiento común, que se puede generar para posibilitar y fortalecer nuestras instituciones, también se puede sofocar para protegerlas. Es el caso de los banqueros centrales que evitan palabras que asusten a los mercados o de los diplomáticos que se comunican con el público de un modo que oculta los conflictos evidentes.

La teoría del conocimiento común explica características esenciales de la organización social (como el poder político y los mercados financieros), manifestaciones de la naturaleza humana (la risa, las lágrimas) y muchísimas curiosidades de la vida pública y privada, hasta la cultura de la cancelación. «Muchas de nuestras armonías y discordias resultan de nuestras luchas por alcanzar, mantener o evitar el conocimiento común», sostiene Pinker. Y en un texto a ratos algo árido por lo técnico y enrevesado del asunto y a ratos divertido por los juegos lógicos y los chistes con que ilustra las explicaciones, va mostrando las distintas facetas en que se manifiesta esa piedra angular en la comprensión del mundo de la que se vienen ocupando matemáticos, economistas, filósofos y lingüistas. Él lo hace desde su especialidad, la psicología y la ciencia cognitiva.

Enterarse de algo en público lo cambia todo

Sus principales ideas, adelantadas en las primeras páginas, son: el conocimiento común es distinto del privado, enterarse de algo en público puede cambiarlo todo; lo que el conocimiento común transforma es la capacidad de coordinarse; los humanos somos intuitivamente sensibles al conocimiento común, como si contáramos con un órgano sensorial ad hoc, y es esa conciencia la que ha empoderado a nuestra especie para coordinarse; las relaciones personales son también juegos de coordinación y deben cimentarse mediante el conocimiento común; puesto que los equilibrios de coordinación comportan obligaciones, también encontramos formas de lidiar con ellos evitando saber lo que todos saben, fingiendo no saber.

Por supuesto, el habla directa es el mejor suministrador y el ejercicio más temprano y más omnipresente del conocimiento común en nuestras vidas, ya que el lenguaje es la actividad social por antonomasia. Cuando falta, hay que recurrir a ponerse en la mente del otro. Como en aquel duelo de ingenio de La princesa prometida en el que un personaje hacía múltiples deducciones sobre las ideas de su rival a la hora de colocar la copa de vino envenenada.

Otro ejemplo divertido de ponerse en la mente del otro, citado por Pinker y extraído de otro libro, es el del abogado de un acusado de asesinato cuya víctima no ha aparecido. El abogado dice al jurado que tiene la prueba definitiva de la inocencia de su cliente, pues la presunta víctima está viva y va a entrar a continuación por una puerta de la sala. Los miembros del jurado giran la vista a la puerta, por la que, finalmente, no entra nadie. El abogado reconoce que ha sido un truco, pero que el hecho de que todos miraran hacia la puerta indica que consideraban verosímil su afirmación, lo que introduce una duda razonable en el corazón del caso —el asesinato— que debe obligar a absolver al acusado. Pero, tras deliberar, el jurado lo declara culpable; el abogado protesta repitiendo su razonamiento anterior, y el presidente del jurado zanja el asunto diciendo que el que no miró a la puerta fue precisamente el acusado.

Chistes y juegos lógicos como este, indudablemente gratificantes para el lector, ilustran un asunto de calado, que afecta a la vida social desde sus cimientos, pues el conocimiento común es el garante de la coordinación social. Por ejemplo, las normas existen solo en la medida en que todos saben que existen y saben que todos los demás lo saben, lo que es palpable en las señales de tráfico.  Por otro lado, no sorprende saber que el primero que reflexionó sobre la psicología de la mentalización recursiva fue un economista. No hace falta insistir en el papel del conocimiento común en la inversión especulativa, en la que los inversores predicen que otros inversores querrán comprar más tarde, elevando así el precio, o en el pánico bancario. O en esas espirales como la de que «cada vez hay más gente comprando armas para defenderse de gente que está comprando armas para defenderse de gente que…» o de los asaltantes y okupas que las empresas instaladoras de alarmas dicen que abundan. Nada es ajeno al conocimiento común. Así, la arquitectura ostentosa de muchos bancos americanos es una forma de dar confianza en la solvencia de la entidad.

Del pánico bancario al papel higiénico

Los pánicos bancarios, las burbujas de activos y las protestas políticas que conllevan riesgo son situaciones en que el éxito o el fracaso depende del comportamiento de los demás y de lo que todos sepan de ese comportamiento: que sean muchos los que saquen el dinero del banco o los que acudan a la manifestación. La escasez de papel higiénico es otro clásico en situaciones de crisis. La gente lo acapara dando por hecho que otros lo van a acaparar, por lo que poner un límite a la cantidad que se puede comprar tiene la función, más que de acabar con la escasez, de tranquilizar a la clientela sobre las opciones del resto de clientes. Conocimiento común, una vez más.

El conocimiento común está también en la base de manifestaciones humanas como la risa o el rubor. Lo que enrojece el rostro no es el sentimiento de culpa, sino la idea de que otros sepan —o crean—que somos culpables; el enrojecimiento es una disculpa no verbal, por eso también nos sonrojamos cuando somos elogiados o felicitados en público.

Como es habitual en Pinker, el análisis de una cuestión concreta y especializada lleva a reflexiones colaterales o más generales. Defendiendo siempre la racionalidad. Así, defiende la apertura mental activa y sostiene que las creencias son «hipótesis que hay que probar, no tesoros que hay que guardar». La verdad, añade, no debe buscarse como en un combate de gladiadores, tratando de imponerse al otro a toda costa; «la discusión racional debería asemejarse más a una danza que a una guerra». O analiza incongruencias, siempre dentro del conocimiento común, como que los donantes anónimos ganen estima por su anonimato (aunque esas donaciones cumplen la función de animar a otros donantes), que intentemos ganar estatus no preocupándonos por el estatus, nos rebelemos contra la conformidad de la misma forma que todos los demás, mostremos humildad para demostrar que somos mejores que otros o ayudemos a los necesitados por encima de nuestro propio interés porque ser vistos como el tipo de persona que hace eso redunda en nuestro interés. Estas contradicciones cotidianas surgen de un tira y afloja entre nuestro juicio social y nuestra mentalización recursiva.

Impedir el conocimiento común

«A pesar de todo el ingenio dedicado a la creación de conocimiento común, los individuos también se devanan los sesos para impedirlo». Aquí entran asuntos como la indignación fingida («qué escándalo, aquí se juega»), la hipocresía o el lenguaje indirecto. Sobre la hipocresía, como fingimiento o no querer saber, otro chiste: los judíos no reconocen a Jesús, los protestantes no reconocen al papa y los mormones no se reconocen entre ellos cuando coinciden en la licorería.

El discurso indirecto —reverso del discurso directo que genera conocimiento común— es apropiado para sobornos, chantajes o acercamientos sexuales; permite decir sin decir claramente y deja abierta la posibilidad de retirada sin daños. La insinuación permite negar no el significado pretendido sino el conocimiento común del significado. En el terreno del coqueteo (o del soborno) hay un nivel óptimo de vaguedad, lo bastante sutil para que la mujer no interesada (o el policía honrado) pueda pasarlo por alto, pero no tan sutil como para que no lo capte la mujer interesada o el policía corruptible.

Escribe Pinker: «El discurso indirecto confidencial es una estrategia racional para hacer plausiblemente negable el conocimiento común de las proposiciones amenazadoras para una relación». «La insinuación genera menos incomodidad, transmite más respeto y permite que los conversadores reanuden su relación en caso de que se rechace la oferta». Y aunque recursos de ese tipo hacen posible la vida social, también presentan inconvenientes, como el de amparar atrocidades bajo términos como pacificación o daño colateral.

En definitiva, las relaciones humanas auténticas también dependen «de la hipocresía y del mantenimiento de muchas clases de conocimientos privados y recíprocos al margen del conocimiento común». Con frecuencia mantenemos en privado un conocimiento que minaría una convención social no en virtud de alguna inhibición anticuada, sino por motivos racionales. En el escenario internacional, conflictos importantes pueden depender de lo que se mantiene al margen del conocimiento común, sea la hipotética posesión de armas nucleares por Israel o la situación y el reconocimiento de Taiwán como Estado soberano. Hay una racionalidad de orden superior que tiene en cuenta los efectos de convertir los descubrimientos en conocimiento común.


La foto que ilustra el artículo muestra una reunión de trabajo en el centro cultural Müze Ghazane en Estambul. El autor es Basak. Tiene licencia Creative Commons. Puede verse aquí.