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Ver productosUn diálogo en torno a lo que supone (también desde un punto de vista neuronal) el hecho de leer

24 Sep 2026 - 8 min.
Nazareth Castellanos es física y doctora en neurociencia. Dirige un laboratorio que investiga la relación entre el cerebro y el resto del cuerpo.
Antonio Basanta, doctor en Literatura Hispánica, ha dedicado su vida profesional al fomento de la lectura, especialmente como director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Avance
Una estudiosa del cerebro y un experto en literatura, con larga experiencia en el fomento de la lectura, dialogan sobre el hecho de leer. Desde el punto de vista de la neurociencia y abarcando todas las implicaciones de una actividad que pone en juego numerosas capacidades humanas, las más definitoriamente humanas, los autores hacen un elogio de ese regalo de los dioses que es la lectura. Como todo está en los libros, la charla entre Nazareth Castellanos y Antonio Basanta deriva (senderos que se bifurcan) por múltiples asuntos.
Una premisa, y a la vez una tesis central del libro, es que somos lectores porque somos humanos; pero, sobre todo, somos humanos porque somos lectores. Es biológicamente imposible madurar sin la lectura. La lectura nos abre al mundo, nos permite conocer a los otros y a nosotros mismos, nos compromete y nos interpela; y también nos permite evadirnos, la evasión del prisionero, que dijo Tolkien. «La lectura es la gran factoría de la inteligencia y la fábrica más segura de talento», se dice en el libro.
La facultad de leer no es innata, como la de hablar; a leer se aprende, y la lectura es un proceso muy complejo que implica una secuencia de pasos consecutivos en el cerebro. Por otro lado, el hecho de leer implica una serie de verbos que son los cimientos de la lectura: observar, escuchar, atender, interpretar, comprender, transformar, asimilar, compartir. Si por la actividad cerebral la lectura nos vuelve más empáticos, la atención que ponemos en un texto nos vuelve más atentos, también con los demás.
«Solo el amor y el respeto mueven el mundo. Solo el amor y el respeto mueven la lectura». Es una conclusión de un libro lleno de sugerencias.
ArtÍculo
Doctor en Literatura Hispánica y con una larga vida profesional dedicada al fomento y desarrollo de la lectura desde múltiples frentes (destacadamente como director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez), Antonio Basanta ya había publicado lo que puede considerarse un elogio sentimental de la lectura: Leer contra la nada (Siruela, 2017), aunque no faltara en él una referencia al «cerebro lector». Ahora, en un largo diálogo con Nazareth Castellanos —física y doctora en neurociencia, involucrada en ayudar a comprender el cerebro—, ambos publican lo que puede considerarse un elogio cerebral de la lectura (aunque no falten en él referencias a las emociones): Un regalo de los dioses, cuyo subtítulo es elocuente: «Neurociencia de la lectura».

En él se cruzan los caminos de lo científico y lo literario, bajo la advocación de uno de los más importantes científicos españoles, Santiago Ramón y Cajal, investigador del cerebro que mostró siempre una notable sensibilidad literaria. Y aunque, de entrada, los papeles están claramente repartidos, a veces es Basanta quien cita a Cajal, y Castellanos, a Paul Valéry. E igual que los autores transgreden sus roles predeterminados en este libro escrito (es un decir, es la transcripción de una conversación pública) al alimón, también se transgreden en él otras fronteras temáticas; quizá porque todo está en los libros y todo lo abarca la lectura. Partiendo del hecho de la lectura —el hecho biológico, los mecanismos cerebrales que esta pone en marcha—, se habla también de docencia, de ética y de diversas cuestiones sociales, de ficción, de evasión.
Una premisa, y tesis a la vez, del libro es que somos lectores porque somos humanos; pero, sobre todo, somos humanos porque somos lectores. Y antes de leer palabras, aprendimos a leer el mundo que nos rodeaba, los fenómenos naturales, los ciclos de la tierra y de los astros, al mismo tiempo que nuestro mundo interior. Las redes cerebrales que usamos para leer son las mismas que usamos para reconocer nuestro entorno. «Siempre hemos sido lectores, aunque solo recientemente de palabras y textos escritos»
«Somos fisiológicamente lectores porque el cerebro es un sistema permeable: vive en el mundo y está obligado a saber leerlo… Es biológicamente imposible madurar sin la lectura», se dice ya en la introducción. Y la lectura implica una secuencia de pasos consecutivos en el cerebro. «La lectura es un proceso mucho más complejo de lo que se creía… leer implica muchos procesos simultáneos»; y la teoría más aceptada en la actualidad sobre los mecanismos neuronales que la rigen dice que la información se procesa de forma simultánea en el cerebro y se integra. Por otro lado, «la lectura es la gran factoría de la inteligencia y la fábrica más segura de talento», y un verdadero lector es quien quiere ver e ir más allá de lo conocido, de lo sabido y embarcarse en un viaje de descubrimiento.
La plasticidad del cerebro, su capacidad para reorganizarse y adquirir nuevas funciones, es clave en este asunto. Y esa característica da pie a los autores para explicar que el cerebro se transforma y adapta en función de los hábitos; los buenos, pero también los malos, por lo que «dirigir nuestras acciones en favor del bien personal y social» reorganizará el cerebro en ese sentido (y ponen el ejemplo de la familia del filósofo Rob Riemen que este cuenta en El arte de ser humanos).
La lectura es un asunto complejo en varios sentidos. Ya decía Antonio Basanta en su otro libro citado que leer es como esas cajas chinas que encierran otras en su interior. Para empezar, no es algo innato como el habla. En sentido estricto, no aprendemos a hablar, pues contamos con un circuito cerebral predispuesto para el habla. A leer sí necesitamos aprender, lo que nos requiere un esfuerzo (y pone en juego otra capacidad imprescindible, la voluntad). Es un asunto complejo porque no es lo mismo leer poesía que ensayo, un informe que un texto de ficción, por placer o por obligación. Porque una lectura auténtica y enriquecedora debe respetar las pausas, la entonación, los ritmos, los acentos, los silencios. Larga vida a la prosodia, dice Basanta para subrayar el valor y la necesidad del bien decir.
En la lectura confluyen una serie de verbos que constituyen sus cimientos: observar, escuchar, atender, interpretar, comprender, transformar, asimilar, compartir. Y solo es verdadero lector el que los aplica todos, pues esos verbos forman la cadena genética de la lectura. Observar es atender, fijar la atención, algo especialmente importante en tiempos en que nuestra capacidad de atención se ve cada vez más hostigada. En ese sentido, importa más lo cualitativo que lo cuantitativo, más que el número de libros leídos, el modo en que se han leído. La atención —la principal de las virtudes, según Simone Weil— nos hace atentos, es decir, respetuosos, considerados, corteses; además de que solo con la atención se memoriza y obtiene conocimiento. La lectura es escucha. Lo dejó dicho para siempre Quevedo: «Escucho con mis ojos a los muertos».
Es, desde luego, interpretar. No se puede leer sin interpretar. «Cuando leemos interpretamos el mundo desde el nuestro propio». Por eso, en la lectura nos abstraemos, nos olvidamos de nosotros mismos, pero, a la vez, todo lo que somos (nuestra cultura, nuestra memoria, nuestra vida personal) está presente. Cuando tenemos la sensación de que un libro está escrito para nosotros es porque somos nosotros quienes lo estamos leyendo.
Comprender es dar sentido a lo que leemos, sentido desde los cuatro puntos cardinales de la lectura: razón, emoción, imaginación e intuición. Leer supone activar todas nuestras facultades imaginativas, ir más allá de lo que dice el texto. Una cualidad única de la lectura es que, aun dejándonos llevar por el texto, lo hacemos nuestro, somos nosotros los responsables de que cobre vida. Sin nuestra lectura, el texto permanece en el más absoluto silencio, como el arpa de Bécquer.
Leer es componer un paisaje que va brotando conforme discurre la lectura y es imposible hacerlo desde la indiferencia. Lo que no es incompatible con la evasión, la bienhallada evasión, como se dice en el libro. Tolkien, con buen criterio, distinguía entre la huida del desertor y la evasión del prisionero; y nuestro Gustavo Martín Garzo sostiene que la ficción es el único espacio en que la vida cabe por entero. La ficción, que transita permanentemente entre lo real y lo ideal (y solo quien concilie ambos planos puede aspirar a crecer), es una condición indispensable para nuestra inteligencia. «Necesitamos la fantasía, aunque solo sea para reescribir la realidad. Para ir más allá de lo establecido. Para superar narrativas únicas», se dice en el libro.
Transformar, asimilar, compartir. Dice bien George Steiner que no pueden leerse grandes obras sin experimentar una dimensión nueva en el centro mismo de nuestra sensibilidad. Además, sin asimilación, la lectura es fallida; no hay lectura que no deje poso, que no deje sedimento. En cuanto a compartir, «solo lee bien quien contesta al texto, quien se sabe interpelado por él». Leyendo, aprendemos de lo que otros viven y experimentan y descubrimos cosas de nosotros mismos a través de los otros. Porque «leer no es ver; es utilizar la visión para hablar». Leer, en fin, es un ejercicio de actividad imparable. «Cuando leemos con suficiente atención y profundidad, no podemos hacer otra cosa que leer».
Volvamos, para acabar, a la neurociencia. Además de que, como supo ver Montesquieu, no hay dolor en la vida que no puedan curar dos horas de lectura, esta nos calma y, como consecuencia, el cerebro ralentiza la respiración, algo que difícilmente podemos hacer conscientemente. Al leer, el ritmo respiratorio disminuye sin que nos demos cuenta y, al hacerlo, nuestra mente se abre para comprender; nos hacemos más empáticos. «Leer no es solo una experiencia intelectual, sino biológica… todo nuestro cuerpo se ve afectado por la experiencia lectora». Todo esto se ha estudiado en experimentos como el Galaxy Stress Research, de la Universidad de Sussex en 2009.
Un regalo de los dioses es un elogio de la lectura que aúna ciencia y humanismo, pasión y conocimiento; y que no pierde de vista sus implicaciones sociales: «Solo el amor y el respeto mueven el mundo. Solo el amor y el respeto mueven la lectura».
La fotografía que ilustra el artículo es de Sheila Sund y se titula Lectura de verano. Es de dominio público, vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.