Siglo XX, problemático y febril

Un repaso lleno de humor negro al «novecento» europeo

Trinchera durante la batalla del Somme
Trinchera durante la batalla del Somme
Ángel Vivas

Patrik Ouředník ha escrito obras de ficción, ensayos y un diccionario de jerga checa. Ha traducido a autores como Rabelais, Alfred Jarry, Raymond Queneau, Boris Vian o Sartre.

Avance

El libro más famoso del checo Patrik Ouředník, Europeana, es, como indica su subtítulo, una breve historia del siglo XX. Una historia irreverente, empapada de humor negro, centrada sobre todo en los horrores y estupideces de la centuria. Es, desde luego, un puñetazo contra la buena conciencia de un continente que, pese a tantos horrores y errores, sigue siendo, pese a todo, un modelo sociopolítico de referencia para el mundo. En la tradición de Jonathan Swift o de Ambrose Bierce, Ouředník maneja una ironía afilada para contar las dos guerras mundiales, el psicoanálisis, los proyectos eugenésicos y las leyes de esterilización…

No hace falta decir que no se trata de una historia al uso; no entre aquí quien busque una información ordenada y objetiva del siglo XX (aunque todo lo que se cuenta en sus páginas sea cierto). Estamos ante un relato —hay quien lo ha clasificado como novela— más bien breve (220 páginas de pequeño formato), centrado en escenas y episodios significativos del periodo.

El estilo y el tono empleados son esenciales. Ouředník parece un Buster Keaton del lenguaje, un autor imperturbable que se apoya en estadísticas y se limita a enunciar hechos con frialdad y sin juicios morales. Por supuesto, la mezcla entre la frialdad de la forma y lo tremendo del fondo de la mayoría de los hechos narrados, resulta explosiva y es justamente lo que le da su carácter a este libro original, demoledor, un punto disparatado y, dentro de lo que cabe, divertido.

ArtÍculo

Europeana, el (inclasificable en cuanto al género) libro de Patrik Ouředník, lleva el subtítulo de Una breve historia del siglo XX. Sí, tal es el asunto de este libro que a veces aparece como novela y a veces como ensayo, el siglo XX que el tango calificaba de problemático y febril. Como problemático, febril, ridículo y terrible aparece en las páginas de este autor de origen checoslovaco y afincado en París desde 1984. Europeana, su título más famoso, no es, desde luego, una novela al uso; tiene más de ensayo, sobre todo por el enfoque personal, personalísimo, del tema tratado. Pese a tratarse de un texto corrido, tiene algo enciclopédico —de enciclopedia peculiar y burlona—, como sugieren los ladillos que señalan los temas tratados.

Patrik Ouředník. Europeana. Periférica, 2026.

Más esencial que el género al que quepa adscribirlo, es el estilo que recorre y define todo el libro. Este es el de la sátira, el sarcasmo y el humor negro. El autor se muestra como un legítimo heredero del Jonathan Swift de la famosa modesta proposición. Más cerca en el tiempo y en el espacio, la española La Codorniz tenía aquella sección llamada «tiemble después de haber reído». Con este libro de Ouředník se tiembla, se ríe y se congela la sonrisa sin solución de continuidad. El autor agarra al lector por el cuello y le mete de lleno en los horrores del siglo XX sin posibilidad de escapar.

No menos esencial es el tono, el punto de vista adoptado para contar esos horrores. En línea con la sátira swiftiana, el tono participa de la imperturbabilidad de un Buster Keaton, de la sequedad de un acta notarial, de la inocencia de un niño (o del ingenuo de Voltaire) que en este caso creyera, o fingiera creer, que el rey va vestido; es un tono sencillo, meramente descriptivo, de afirmaciones simples, casi naif, que se limita a enunciar hechos y datos escuetos, camuflando el horror en la normalidad y lo cotidiano. Un ejemplo entre muchos: «Algunos campos de concentración estaban destinados al trabajo y otros al exterminio de judíos».

El comienzo, en el que mezcla los datos de la estatura de los soldados caídos en Normandía con los kilómetros que alcanzarían sus cuerpos alineados, es tan impactante como expresivo de lo que le espera al lector. Dicho dato le lleva a referirse a los cálculos de los comunistas rusos sobre el abono que proporcionaría un kilómetro de cadáveres y cuánto se podría ahorrar si, en lugar de abono, caro de conseguir, se usaran como fertilizante los cadáveres de traidores y delincuentes. Enseguida se refiere también a cómo algunos soldados, tras volver de la guerra del 14, no quisieron comer más mostaza; lo que habían inhalado del gas del mismo nombre les había hecho aborrecerla. El gran Ambrose Bierce —que, en su Diccionario del diablo, daba esta definición de aborigen: «ser de escasa importancia que estorba en una tierra recién conquistada; pronto deja de estorbar, entonces fertiliza»— es otro ilustre antecesor del autor de Europeana.

Los desastres de la guerra

Las dos guerras mundiales, esas guerras civiles europeas, ocupan, por supuesto, buena parte del libro. En ellas, cuenta Ouředník, las mujeres enviaban cartas y paquetes a soldados desconocidos que luchaban en el frente, «y estos les contestaban queriendo saber cuántos años tenían». La primera, la del 14, consolidó el citado uso del gas como arma de guerra; uso que fue prohibido en nueve conferencias mundiales entre 1899 y 1992, dato que abona (sin necesidad de cadáveres ni mayores explicaciones) el pesimismo sobre la utilidad de ese tipo de conferencias. También fomentó la construcción de monumentos a los caídos («los escultores y los picapedreros se alegraron de tener muchos encargos»), incluyendo al soldado desconocido, algo en lo que cualquiera podía convertirse si moría suficientemente destrozado o se perdía su placa de identificación.

Entre una y otra guerra se produjeron catástrofes como la hambruna en Ucrania en los años 30, provocada de un modo u otro por Stalin. El horror de aquel episodio conocido como Holodomor llegó al extremo de que se consumiera la carne de fallecidos. «Algunas personas ocultaban los cadáveres de sus parientes y los vendían en el mercado negro o a sus vecinos, y con el dinero que recibían compraban carne de otros cadáveres, porque no querían comerse la carne de aquellos con los que quizá en el pasado habían vivido buenos momentos», escribe Ouředník (el subrayado es nuestro). También se produjeron hechos que hablan mejor de la humanidad, como el comienzo de la emancipación de las mujeres. Estas, «como ya no se desmayaban cuando veía un ratón», empezaron a liberarse y a progresar.

En cuanto a la segunda guerra, leemos en Europeana: «Los alemanes atacaron Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica y Francia, y los rusos atacaron Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia y Rumanía, por todo lo cual empezó a estar claro que había estallado la Segunda Guerra Mundial». Para entonces, los caballos habían perdido importancia en los ejércitos, por lo que se destruyeron caballerizas que se destinaron a otros fines. Por ejemplo, en el campo de concentración de Birkenau se usaron como alojamiento: «En un establo cabían 52 caballos o entre 1.000 y 1.200 reclusos». El recurso a la estadística, del que echa mano en más de una ocasión, encaja bien con ese propósito de frialdad y distanciamiento. Patente también cuando detalla la fórmula de hacer jabón a partir de la grasa humana de los asesinados en los campos; muestra del sentido práctico de los nazis vuelto a poner de manifiesto en el intercambio de conejos y cadáveres entre los médicos de Viena y los guardianes de Mauthausen para estudiar los efectos de la epilepsia en conejos y humanos.

Otras veces, el humor tiene que ver con las costumbres nacionales y es más suave: «Los franceses sabían conversar, usaban subjuntivos y condicionales pluscuamperfectos mientras sonreían seductoramente a las mujeres, que bailaban cancán, y los pintores habían inventado el impresionismo». «Muchos poetas alemanes escribían sobre el amor y sobre valles envueltos en bruma».

El psicoanálisis

El siglo XX no se entiende sin el psicoanálisis y Ouředník no deja que se le escape semejante pieza. «El complejo de Edipo tenía lugar cuando la niña quería matar a la madre para poder yacer con su padre o cuando el niño quería matar a su padre para acostarse con su madre, pero sabían perfectamente que no debían» (el subrayado, de nuevo, es nuestro). Su modo de poner en solfa la psicología y el psicoanálisis puede recordar aquello que decía Woody Allen de que, en su familia, estaban muy ocupados ganándose la vida como para pensar en el suicidio. Algunos avezados psicoanalistas, nos recuerda, llegaron a ver el nazismo como una manifestación de frustración sexual y el comunismo como expresión de sadomasoquismo en su fase infantil. No exagera mucho nuestro autor; el otrora famoso Wilhelm Reich escribió que la cruz gamada era un símbolo que mostraba esquemáticamente el acto sexual: «Este símbolo que representa dos figuras enlazadas tiene un gran poder de excitación sobre las capas profundas e inconscientes del psiquismo», decía en su, también antaño célebre, Psicología de masas del fascismo.

De modo parecido, cuando escribe que «los comunistas afirmaban que el ser humano era en realidad un mono que había empezado a trabajar», parece tener en mente un trabajo de Engels, probablemente más serio que el de Reich, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre.

En el siglo XX, en fin, «los atentados proliferaron porque eran la manera de hacer patente que alguien no estaba de acuerdo con algo». Y en su última década se produjo un nuevo horror inesperado en los Balcanes, donde se formaron «milicias populares cuya misión era dar a entender a los albaneses que no eran gratos en Yugoslavia». También una espectacularización o frivolización del arte que llevó a que alguien mostrara la muñeca Barbie con el atuendo a rayas de los campos de concentración.

Por supuesto, un libro semejante es una carga de profundidad contra la buena conciencia europea. Felizmente, al final, sin abandonar el humor negro, ofrece una escena llena de humanidad: un preso liberado de un campo de concentración vuelve a casa con la cabeza afeitada, y en un baile se empareja con una chica a la que los vecinos han rapado el pelo por haber practicado la famosa «colaboración horizontal» con los alemanes. A Brassens, que escribió una canción a una de estas rapadas, le habría gustado.


La fotografía que ilustra el artículo muestra una trinchera alemana tomada por tropas británicas del Regimiento de Cheshire. Su autor es John Warwick Brooke. Creada por el Gobierno del Reino Unido, es de dominio público. Está en Wikimedia Commons. Puede verse aquí.