La sororidad prerrafaelista

Una exposición recupera a las mujeres del prerrafaelismo

Ofelia, de John Everett Millais
Ofelia, de John Everett Millais
Ángel Vivas

Avance

El movimiento prerrafaelista, la llamada Hermandad Prerrafaelista (PRB) —esa extraña aventura estética, uno de los fenómenos artístico-ideológicos más importantes del siglo XIX, como ha dicho uno de sus estudiosos— sigue manteniendo su atractivo, cerca ya de doscientos años después de su aparición. Ofelia, Beatriz, el mundo artúrico que pueblan sus cuadros, con su mezcla de realismo e ingenuidad, siguen atrapando la mirada de quienes se acercan a ellos. La novedad en los últimos años está en ocuparse del componente femenino del movimiento. Los prerrafaelistas fueron una hermandad y también una sororidad. Lo curioso es que algunas mujeres que fueron modelos de los pintores fueron ellas mismas artistas destacadas.

En la estela de la exposición que hace siete años ofreciera la National Portrait Gallery de Londres, ahora la Fundación Mapfre presenta en Madrid a este amplio conjunto de pintoras que fueron parientes, amigas, compañeras y colegas de los pintores prerrafaelistas. Solo algunas fueron reconocidas en su tiempo. No solo compartieron los postulados del movimiento, sino que lo ampliaron en varios sentidos; practicando la fotografía o volviendo a él en el filo de los siglos XIX y XX, cuando ya se había disuelto.

ArtÍculo

El prerrafaelismo fue un movimiento artístico más bien efímero, pero que no ha dejado de despertar la atracción de numerosos espectadores desde su aparición en la mitad del siglo XIX. Su sentido de la belleza, el mundo medievalizante que reflejaba, las raíces literarias, la mezcla de realismo e ingenuidad, de ausencia de artificio, siguen atrapando la mirada de quienes se acercan a sus obras. El nombre ya es elocuente y una declaración de principios: querían volver a la pintura anterior a Rafael. El gran Ernst Gombrich, en su Historia del Arte («que es la historia de la construcción de edificios y de la realización de cuadros y de estatuas», como él mismo define con admirable concisión), explica que cuadros como los de Fra Angélico o Stefan Lochner —«una especie de Fra Angélico del Norte»— cautivaron a críticos como John Ruskin y a los prerrafaelistas. «Vieron en ellos todo el encanto de la piedad sencilla y de un corazón infantil».

Oigamos a Gombrich más por extenso: «La misma preocupación por la sinceridad, la misma disconformidad con la insoportable y teatral ostentación del arte oficial que guió a los pintores de la escuela de Barbizon y a Courbet hacia el realismo, hizo que un grupo de pintores ingleses emprendieran un camino distinto. Estos pintores meditaron acerca de las causas que habían llevado al arte por tan peligrosa ruta; sabían que las academias declaraban representar la tradición de Rafael y lo que se conocía con el nombre de gran estilo. Si esto era cierto, evidentemente el arte había tomado un giro erróneo con y a través de Rafael. Fueron él y sus continuadores quienes exaltaron el procedimiento de idealizar a la naturaleza, conduciendo hacia lo bello a expensas de la realidad. Si el arte tenía que ser reformado, era preciso, por consiguiente, retroceder más allá de Rafael, volver a la época en que los artistas todavía eran artesanos fieles al Señor, que se esforzaron cuanto pudieron en copiar la naturaleza, no pensando en la fama terrenal, sino en la mayor gloria de Dios. Creyendo que el arte se había vuelto insincero por influjo de Rafael, y que su misión era volver a la Edad de la Fe, este grupo de amigos se dio a sí mismo el nombre de Hermandad Prerrafaelista».

No fueron los únicos, pero sí los más destacados entre los movimientos que quisieron reorientar el estilo virtuoso hacia el estudio de la naturaleza. Los pintores prerrafaelistas, pues, constituyeron una hermandad. Unos años después, Van Gogh tuvo el propósito de formar una hermandad artística semejante, y fue esa idea la que le movió a pedir a Gauguin que fuera a reunirse con él en Arlés.

Los fundadores fueron los jóvenes William Holman Hunt, John Everett Millais y Dante Gabriel Rossetti (el Dante, por supuesto, no era nombre oficial; se lo añadió él por razones obvias), todos al filo de los veinte años, a los que enseguida se sumaron James Collinson, Thomas Woolner, el crítico Frederic George Stephens y William Michael Rossetti, hermano de Dante Gabriel y director de la publicación del grupo, The Germ, así como albacea de la hermandad. Otros adeptos fueron Ford Madox Brown, Edward Burne-Jones y William Morris. En sus raíces está el llamado «Movimiento de Oxford», liderado, entre otros, por el cardenal John Henry Newman, el neogoticismo de la época y, por supuesto, el ejemplo de aquella otra hermandad que constituyeron los pintores alemanes autodenominados nazarenos.

Ofelia, más que una modelo

Si hay un cuadro famoso y representativo entre los que hicieron los prerrafaelistas, este es la Ofelia de John Everett Millais, reproducido una y otra vez. Lo que poca gente sabe es que esa propia Ofelia (es decir, la mujer que sirvió de modelo) fue también una pintora prerrafaelista. A ella y a sus compañeras, porque no fue la única, ha llegado la hora de reivindicarlas. No solo fueron amigas y colaboradoras de los pintores; fueron también artistas y, aunque no se dieron ningún nombre, constituyeron lo que podemos llamar la sororidad prerrafaelista.

La exposición Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), que actualmente puede verse en la Fundación Mapfre de Madrid, quiere dar a conocer y reivindicar a esas artistas tomando el testigo de la muestra que, a finales de 2019 y principios de 2020, realizó la londinense National Portrait Gallery. Ambas exposiciones, la londinense de hace siete años y la actual en Madrid, presentan a un grupo de mujeres muy ligadas a los pintores prerrafaelistas, pero interesantes por sí mismas, que compartieron postulados artísticos con sus colegas, que aportaron otros y que, en varios casos, tuvieron vidas desgraciadas o finales trágicos.

Elizabeth Siddal (1829-1862) fue la modelo de la citada Ofelia, cuadro para el que posó semisumergida en una bañera de agua en invierno, lo que le provocó una neumonía. Fue la principal modelo de su marido, Dante Gabriel Rossetti. Él y sus compañeros de hermandad valoraban su belleza, su aire «entre dignidad y dulzura con algo que excedía la modestia y la autoestima», así como su «desdeñosa reserva», según señalara su cuñado, además de sus ojos y el largo cabello entre rubio oscuro y rojo, esa seña de identidad de los cuadros del movimiento. Pero fue, además y sobre todo, poeta y pintora. Con mala salud, depresiva y adicta al láudano, acabó suicidándose. Compartió con sus colegas masculinos la atracción por la Edad Media y el ciclo artúrico. Fue la única mujer incluida en la muestra dedicada a los prerrafaelistas por la Tate Gallery en 1984.

Otras vidas breves fueron las de Emma Sandys, que murió a los 34 años y cuyas obras se confundieron con las de su hermano Frederick Sandys, miembro de la hermandad, y Joanna Boyce —hermana de otro artista en la órbita del grupo, George Price Boyce—, que murió de parto antes de cumplir los treinta años. Llegó a exponer en la Royal Academy.

Alta, bella, intelectual y de familia acomodada, Marie Spartali Stillman fue, por supuesto, también modelo. Superó los ochenta años de vida. Considerada uno de los principales nombres de la sororidad prerrafaelista, sus temas eran típicos del movimiento. En Mapfre pueden verse obras suyas como las dedicadas a santos: Santa Bárbara, Santa Cecilia, San Jorge.

Espiritualismo, interés por la naturaleza

La obra de Evelyn De Morgan es también tan típicamente prerrafaelista que su estilo se ha confundido con el de uno de los más destacados miembros del movimiento, Edward Burne-Jones. Pacifista, sufragista, influida por Botticelli, fue quizá la más reconocida en su tiempo.

Dos obras de Anna Blunden presentes en la exposición de Mapfre — El gótico de Dios y La oración de la camisa— son claros exponentes de características muy definitorias del movimiento prerrafaelista: el interés por la naturaleza, el espiritualismo en contraste con la industrialización (ese paisaje fabril tras la ventana del cuarto en que la costurera reza en lo que se supone una pausa de su trabajo).

Las mujeres del prerrafaelismo no fueron solo musas o modelos Fueron artistas importantes que hoy están siendo justamente reivindicadas. Mujeres conscientes de la importancia de lo que hacían, como puede sugerir el cuadro Retrato de una artista, de Margaretha Ffolliott. Y que ampliaron el campo del prerrafaelismo, por ejemplo hacia la fotografía, caso de Julia Margaret Cameron, tía abuela de Virginia Woolf y probablemente instruida en la fotografía por Lewis Carroll.

Muchos años después, cuando la hermandad prerrafaelista como tal había dejado de existir, algunos de sus postulados (especialmente las referencias literarias) fueron recuperados por una artista como Eleanor Fortescue-Brickdale, bien representada en la exposición de Mapfre (suya es la obra reproducida en el cartel anunciador). Nacida en 1872, Fortescue-Brickdale fue otro de los pocos casos de reconocimiento en vida.

Exposiciones como esta y la de hace siete años en Londres suponen la doble oportunidad de descubrir el lado femenino del prerrafaelismo y la ocasión de revisitar este atractivo movimiento, «uno de los fenómenos artístico-ideológicos más importantes del siglo XIX… una extraña aventura estética» (José Vicente Selma, Los prerrafaelitas) que, en el año en que se publicaba el Manifiesto comunista y estallaba el conjunto de revoluciones que se conoció como «la primavera de los pueblos», rechazó el academicismo, volvió la vista atrás y se planteó un arte y una vida más auténticos.


La imagen que ilustra el artículo es una reproducción del cuadro de John Everett Millais, Ofelia. Es de dominio público vía Wikimedia Commons. Puede consultarse aquí.