«La peste», de Albert Camus

Una novela que muestra el pensamiento del premio Nobel francés

Un hombre lee una edición en inglés de La peste en el Pont des Arts de París
Un hombre lee una edición en inglés de «La peste» en el Pont des Arts de París
Ángel Vivas

AVANCE

Cuenta Herbert Lottman en su libro sobre La rive gauche que, cuando se publicó La peste en 1947, el nombre de Albert Camus empezó a sonar cada año para el Nobel de literatura (que acabaría consiguiendo en 1957). La peste desbordó las previsiones de los editores y se convirtió en un éxito de ventas, además de crítica. Reciente la liberación de Francia y el final de la guerra, fue leída como una metáfora de la ocupación nazi y de la lucha contra ella. Leída hoy, casi ochenta años después de su publicación, esa interpretación se mantiene sin dificultad: en la lucha contra la peste, hay quien se compromete, quien se aprovecha de las circunstancias, quien duda.

Pero en esta novela, que, con el tiempo, fue siendo menos valorada por algunos entendidos, hay más. Se percibe claramente, sobre todo, el pensamiento de un Albert Camus al que, según consenso mayoritario, la historia ha terminado por darle la razón. El Camus que anteponía su madre a una justicia discutible, enemigo de los maniqueísmos y de comulgar con algunas ruedas de molino que colegas suyos de la orilla izquierda (en sentido político) eran capaces de tragar, ese Camus está de un modo palpable en la trama de La peste. Eso, y los valores intrínsecos de la novela, son razones de sobra para volver a ella, o leerla por primera vez.

ArtÍculo

Aunque cuando apareció en 1947, fue recibida con elogios, incluso grandes elogios, y se convirtió pronto en un éxito de ventas, La peste, con el tiempo, se ha ido viendo como un título que no está entre lo mejor que hizo Albert Camus. Vargas Llosa llegó a decir que es su peor novela y el propio Camus —al que le costó mucho escribirla; lo hizo a lo largo de varios años, durante la guerra y en varias ciudades distintas— ya había confesado, al terminarla, que no estaba muy satisfecho con el resultado.

Se volvió a ella, como no podía ser menos, con la epidemia de covid en 2020. Pero, claro, la peste solo es un pretexto o una metáfora en La peste. En su día, fue interpretada como una alegoría de la ocupación alemana de Francia. Hoy, casi ochenta años después de su aparición, esta novela quizá permita un nuevo acercamiento por encima de las interpretaciones coyunturales. Es, en todo caso, una buena muestra del pensamiento de Camus, el escritor que fue amigo y después algo así como el reverso o el contrapunto de Sartre, y al que la historia —según consenso mayoritario de los estudiosos— ha acabado dando la razón. Es también una buena muestra de la literatura de su tiempo, que comparte un aire de familia con importantes obras de esos años.

El comienzo es conocido: un día, en la ciudad argelina de Orán, en un año impreciso de la década de 1940, empiezan a aparecer ratas muertas por todas partes. Esa progresión de algo en principio inexplicable, que va a trastocar por completo la vida de la gente, al lector de hoy —ya que entonces aún no se había publicado la obra de teatro— le puede recordar El rinoceronte, que Ionesco, acentuando el elemento de lo absurdo, estrenaría en 1959 (Camus, por su parte, acababa de dejar atrás su etapa que él mismo definió como del absurdo). La resistencia inicial del ayuntamiento y del presidente del colegio de médicos a dar importancia al asunto podía recordar a Un enemigo del pueblo (1882) de Henrik Ibsen, si bien, en el caso del noruego, esa resistencia no se debía a inconsciencia o desinformación, como en La peste, sino a crudos intereses económicos.

Novela de la espera

Lo que sigue puede situar también la novela de Camus dentro de lo que se ha llamado «novelas de la espera», subgénero cuya mejor muestra es El desierto de los tártaros (1940) de Dino Buzzati. Los personajes camusianos esperan la resolución de lo que ya nadie duda que es una epidemia, y en particular el periodista Rambert espera poder abandonar la ciudad para reunirse con su amada en la Francia metropolitana. (Al principio de Casablanca, película que también transcurre en la Francia colonial norteafricana y en los mismos años en que Camus escribía y sitúa su novela, se dice que los personajes allí atrapados esperaban, esperaban, esperaban).

Más allá de filiaciones y semejanzas, La peste es, como queda dicho, una excelente manifestación del pensamiento de Camus. Y el personaje que, a nuestro modo de ver, encarna y proclama ese pensamiento no es (aunque también lo es en parte) el narrador, con el que se suele identificar al autor, sino quien acabará siendo su amigo, ese Jean Tarrou, amigo a su vez de unos «bailarines españoles» a los que suele visitar. La personalidad de Camus, en todo caso, parece repartida entre el doctor Rieux que narra la historia y Tarrou. Rieux se autodefine en la novela como «un hombre cansado del mundo en que vivía, y sin embargo inclinado hacia sus semejantes y decidido, por su parte, a rechazar la injusticia y las concesiones». Y cuando decida no obstaculizar la salida de Rambert de la ciudad, pese a que esa salida contravenga las normas de aislamiento, en ese comportamiento parece estar el Camus que más tarde diría que anteponía a su madre a la justicia.

Camus dijo esa frase tan citada, y algo malinterpretada (sacada de contexto), a propósito de la práctica de un medio injusto, el terrorismo, para hacer avanzar una causa justa como era la independencia de Argelia (la eterna cuestión de los fines y los medios, en la que Camus nunca aceptó que los primeros justificaran los segundos). Lo que Rieux hace en la novela viene a coincidir, en todo caso, con lo dicho por el escritor: preferir a los seres concretos de carne y hueso por encima de las normas que, aunque justas, pasan por encima de esos seres humanos concretos. Se hizo la ley para el hombre y no el hombre para la ley. En la novela, Rieux le dice a Rambert que el juez está al tanto de sus intenciones y le recomienda, a través del doctor, que no frecuente a los contrabandistas que ayudan a salir a la gente. «¿Qué quiere decir esto?», pregunta Rambert. «Esto quiere decir que tiene usted que darse prisa», responde Rieux. Cuando Rambert le pregunta al doctor por qué no le impide marcharse, teniendo los medios para hacerlo, este le responde que Rambert ha escogido la felicidad de reunirse con su amada y él no tiene argumentos que oponerle. Sobre el consejo de que se apresure, añade Rieux: «Es posible que sea porque yo también tengo ganas de hacer algo por la felicidad».

Por cierto, que ese pasaje de la novela parece un eco de algo que hizo realmente Camus en la vida real durante la guerra: facilitar la salida de Argelia y el viaje a Marruecos a quienes deseaban escapar del régimen de Vichy e incorporarse a las fuerzas francesas libres o simplemente huir de la guerra.

Comprender a todos los hombres

Tanto o más elocuente que lo anterior es el parlamento de Tarrou con Rieux en lo que el primero define como «el momento de la amistad». Tarrou, digamos, le cuenta su vida. Le cuenta que, hijo de un fiscal del Tribunal Supremo, un día, a sus diecisiete años, asistió a una actuación de su padre en la que pidió, y consiguió, la pena de muerte para un reo. Esa sentencia de muerte le obsesionó en los años siguientes. Convencido de que «la sociedad en que vivía reposaba sobre la pena de muerte», se unió a quienes en toda Europa combatían contra esa sociedad injusta. «Naturalmente, yo sabía que nosotros también pronunciábamos a veces grandes sentencias —dice Tarrou—. Pero me aseguraban que esas muertes eran necesarias para llegar a un mundo donde no se matase a nadie». El día que tuvo que presenciar un fusilamiento comprendió que había sido «también un apestado durante todos esos años en que con toda mi vida había creído luchar contra la peste». Se apartó de aquel mundo y, dice, «creo que la historia me ha dado la razón», que es justamente lo que hoy se piensa que ha ocurrido con Camus frente a Sartre.

Tarrou añade que ahora busca la paz, intentando comprender a todos los hombres y no ser enemigo mortal de nadie. «Me he decidido a rechazar todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir». Y un poco más adelante: «Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas». Otra semejanza más de Tarrou con Camus es que aquel dice que lo suyo no es el razonamiento, y Camus, según su biógrafo Herbert Lottman, «no tenía suficiente confianza en la razón para entrar en sistema filosófico alguno». Por eso nunca se consideró existencialista, etiqueta que se le ha colgado injustificadamente.

En la lucha contra la peste que muestra la novela, hay gente abnegada, como Rieux y Tarrou, otros que se aprovechan de las circunstancias (Cottard) y quienes, como Rambert, pese a su deseo de buscar su felicidad individual, cambian de opinión y se suman a la lucha. En ese aspecto, la alusión a la ocupación de Francia por los nazis, el comportamiento de la población y la Resistencia parece transparente. Esa fue la visión predominante cuando se publicó la novela. El usar la peste como metáfora le pudo venir a Camus de una epidemia real de tifus que se declaró, cuando él empezaba a escribir la novela, a unos ciento cuarenta quilómetros de Orán, y acerca de la cual el escritor pidió detalles a un amigo que vivía allí.

Afirmar la fraternidad humana

La peste, en fin, tiene que ver con otro concepto central en el pensamiento de Camus, el del compromiso. Él mismo, en la clasificación y planificación que hizo de su obra, la situó en la serie de la «rebelión», junto con El hombre rebelde, serie posterior a la del «absurdo», a la que pertenecen El extranjero, El mito de Sísifo, Calígula y El malentendido. El compromiso y la rebeldía son, en Camus, el rechazo a caer en la desesperación, el intento de, partiendo de la falta de sentido de la vida, afirmar la fraternidad humana contra el mal y el sufrimiento, dando así a la vida el sentido que no tiene. El autor de La peste, tan cercano a España, suscribiría sin duda lo de Antonio Machado: «¿Dices que nada se crea? No te importe. Con el barro de la tierra haz una copa para que beba tu hermano».

Y esa tarea, como la lucha contra la peste, era cosa de todos. De creyentes y no creyentes. Camus, que, desde su ateísmo, «coexistía sin dificultad con el catolicismo» (Lottman), afirmó en alguna ocasión compartir sus convicciones con unos cristianos a los que animó a hacer oír más su voz. «Si no, los cristianos vivirían, pero el cristianismo moriría» (Ibidem).

La peste, tan camusiana, merece una relectura, y, desde luego, ser conocida por nuevas generaciones.


La foto que encabeza el artículo muestra a un hombre leyendo a Albert Camus en el Pont des Arts de París. El autor es Martin Greslou. Tiene licencia Creative Commons. Vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.