Benigno Pendás: «Jovellanos. Ilustración para españoles»

Minuciosa biografía del intelectual asturiano, muy atenta a su contexto histórico

Ángel Vivas

Benigno Pendás es catedrático de Ciencia Política y letrado de las Cortes. Entre otros cargos, ha sido director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y director general de Bellas Artes. Actualmente es presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y consejero de Estado.

Avance

Como indiscutible personaje eminente, figura Jovellanos —el mejor de los ilustrados españoles, gran intelectual y gran patriota que encarnó lo mejor que quiso ser nuestro siglo XVIII— en esta colección dedicada a Españoles eminentes. Destaca la biografía de Benigno Pendás por la atención minuciosa a la trayectoria y el contexto de una figura de la que parece haberse dicho todo, así como por el estilo brillante con que está escrita. Una biografía que no oculta las flaquezas de alguien que, «como todo ser humano que valga la pena», fue admirable al tiempo que confuso y contradictorio.

El contexto en que se desenvuelve Jovellanos y que el biógrafo presenta con detalle, incluso erudición en más de un momento, es, por supuesto, la Ilustración, el comercio indiano de la Sevilla en que pasó años felices de juventud, las Nuevas Poblaciones, personajes como Olavide, Cadalso, Goya, Godoy, Cabarrús o Campomanes, el jansenismo que algunos le achacaron, la Mallorca en que sufrió un destierro infame.

Si Sevilla fue una etapa feliz de formación, de la que es indisociable la figura de Olavide, en la que nuestro hombre intentó suavizar el derecho penal del Antiguo Régimen, «modelo de crueldad y arbitrariedad», poniendo en práctica los principios ilustrados de Beccaria; en Madrid, un Jovellanos maduro triunfó participando activamente en los tres ámbitos en que se proyectaban las ideas ilustradas: las Academias, las Sociedades Económicas de Amigos del País y la prensa.

Partidario de un reformismo gradual, a la inglesa, un progreso por círculos y no en línea recta, estuvo, naturalmente, en contra de la Revolución francés, como la inmensa mayoría de los ilustrados españoles.

Su etapa más fecunda y creativa la vivió en Asturias en la década de los noventa, cuando impulsó el Real Instituto Asturiano de Ciencia y Mineralogía y culminó el Informe sobre la Ley Agraria, su aportación más reconocida en el ámbito público, creaciones ambas que combinan teoría y práctica y muestran su carácter de hombre de acción.

La «infame delación» de un «individuo miserable» provocó su destierro y prisión en Mallorca, circunstancia en la que mostró su fortaleza ante la adversidad y su grandeza de alma. No se decidió por el bando afrancesado en la guerra contra Napoleón y se implicó a fondo en la Junta Central que actuó formalmente como gobierno de la nación entre septiembre de 1808 y enero de 1810.

Si su poesía prerromántica no alcanzó altos vuelos, «la lectura sosegada de los Diarios supone un verdadero placer intelectual y emocional».

ArtÍculo

Se ha escrito tanto sobre Jovellanos que se entiende la prudencia de su biógrafo más reciente cuando dice que no aspira a descubrir nuevos detalles sobre quien es «el mejor de los ilustrados españoles». En todo caso, esa prudencia puede estar justificada para el caso de lectores especializados. Un lector culto no especialista encontrará un verdadero caudal de información sobre el polígrafo asturiano y (casi diríamos que sobre todo) su entorno y contexto histórico. Lo que echa por tierra la —también prudente o modesta— advertencia preliminar del autor sobre su sentimiento de inferioridad (o envidia) con respecto a las mejores biografías de la colección en que se incluye. Dejémoslo claro desde el principio: este Jovellanos de Benigno Pendás es una minuciosa, pormenorizada y profunda inmersión en la vida y circunstancias (the life and times) de su personaje, es decir, en la segunda mitad de nuestro (¿todavía?) menospreciado siglo XVIII y convulsa primera década del XIX, un completo retrato con paisaje, de notable erudición, dispersa a lo largo del texto y concentrada en el apéndice bibliográfico, que se lee con facilidad y algo más que agrado por la facundia (elocuencia, fluidez, desenvoltura, cita el diccionario como sinónimos) del estilo del autor.

Benigno Pendás. Jovellanos. Ilustración para españoles. Taurus, 2026. 566 páginas.

El proyecto de la colección en que aparece es tan eminente como los españoles de los que se ocupa. Mérito de la Fundación Juan March que ya en 2007 promovió un ciclo de conferencias con ese mismo título (Españoles eminentes), del que esta serie de volúmenes es continuación natural, aunque los autores de las charlas de antaño no se correspondan con los de los volúmenes de hogaño.

Gran intelectual y gran patriota, Jovellanos fue eminente de modo destacado. Otros biógrafos han dicho que encarnó lo mejor que quiso ser nuestro siglo XVIII (Manuel Fernández Álvarez) y que «en la historia del pensamiento político español contemporáneo no hay ninguna otra figura de la altura de Jovellanos» (Manuel Moreno Alonso). Los elogios a don Gaspar Melchor (que, no se lo pierdan, también se llamaba Baltasar: esa costumbre rural de poner los nombres de los santos del día) llenarían un libro. Basten a este respecto los provenientes de dos extremos. El mismísimo Marx le elogia; con matices, faltaría más, pues bueno era el de Tréveris. Y lo propio hace el también mismísimo Menéndez Pelayo, que, al ocuparse, en sus Heterodoxos, del enciclopedismo en España, le califica como «el nombre más glorioso de todos»; aunque también le achaque (bueno era el montañés) haber pagado «algún tributo a las ideas de su siglo», así como el «no leve pecado» de ser economista (la cursiva en el original). «Protegido por Campomanes e íntimo amigo de Cabarrús y de Olavide, no podía dejar de tropezar algo», escribe don Marcelino con humor no sabemos si voluntario.

Pieza principal de nuestra Ilustración

El propio Beningo Pendás advierte de que no quiere caer en su trabajo en el modelo «vidas de santos», ni absolver de sus pecados ni redimir de sus errores a alguien que fue admirable al tiempo que confuso y contradictorio («como todo ser humano que valga la pena», apostilla). Se propone encontrar al hombre de carne y hueso que suele ocultar el «mito Jovellanos». Veámoslo.

Lo primero es que claro que hubo Ilustración en España, tan minoritaria como en el resto de los países. Y Jovellanos fue su pieza principal, un arquetipo de ese movimiento. De modo que ser jovellanista es ser ilustrado a la española. Como buen ilustrado, sus temas fueron la libertad, la educación, el progreso material y moral de la nación. Y los motivos por los que muchos le admiran —dice Pendás, incluyéndose entre ellos— apuntan más a la razón práctica que a las ideas puras o las pasiones exaltadas.

La primera etapa profesional de un Jovellanos veinteañero transcurrió en Sevilla, donde ejerció de alcalde del Crimen de la Real Audiencia. Allí pasó, dice el autor de la biografía, los años más felices de su vida, los más estimulantes desde un punto de vista personal e intelectual. En esos años forjó el buen gusto artístico que le caracterizó (el Jovellanos crítico de arte no ha tenido la atención que merece, señala Pendás) y adquirió el sentido de la responsabilidad que no tuvo en los años universitarios, pero que sería seña de identidad en adelante. Como magistrado, tuvo que aplicar el derecho penal del Antiguo Régimen, «modelo de crueldad y arbitrariedad», que intentó suavizar poniendo en práctica los principios ilustrados, sobre todo de Beccaria. Decir Sevilla en esos años es decir Olavide, un Olavide ya maduro que, afirma el biógrafo, deslumbra al joven magistrado. Otros estudiosos (Moreno Alonso) rebajan su influencia. Como sea, el capítulo da pie al autor para referirse al comercio indiano, las Nuevas Poblaciones y, a propósito de estas, incluir la pincelada erudita de la novela de R. A. Kaltofen Por trescientos reales (quien busque a Kaltofen en la Wikipedia se encontrará como el gusano del poema de Bartrina que buscaba el corazón en el cadáver de la bella).

En Sevilla, Jovellanos «practicó con la mejor voluntad sus limitadas dotes poéticas». Entre las destinatarias (Belisa, Galatea, Clori…) destaca una Enarda que tal vez encubra a una pariente de Olavide, que, al parecer, hacía estragos entre los contertulios. Pero también aquí es inútil buscar. La vida amorosa de nuestro hombre, que ni se casó ni tuvo amantes conocidas, está «pudorosamente velada por su espíritu puritano». Es pudoroso incluso en sus diarios, como muestra un apunte de 1795, cuando él ha entrado ya en la cincuentena y se fija en una mujer mucho más joven, a la que él, a su vez, no parece serle indiferente. Ella interrumpe un diálogo que, en otras circunstancias, sería prometedor, «antes que la conversación se empañase». Y cierra el diarista: «Distamos mucho en años y propósitos». Sus diarios, por cierto, le parecen a su biógrafo, una joya literaria con mucho de guía de viajes; fiel reflejo del Jovellanos íntimo, junto con la correspondencia y los poemas, y expresión del yo de la Modernidad. En lo que viene a coincidir con Fernández Álvarez: «En sus diarios se muestra como el poeta que no llegó a ser. Donde está su poesía es en sus escritos en prosa al describir paisajes». Y remata Pendás: «La lectura sosegada de los Diarios supone un verdadero placer intelectual y emocional».

Triunfar en Madrid

Otra influencia sevillana fue la de Ignacio de Aguirre, decisiva, al decir de Miguel Artola para inclinarse por la economía, ese pecado que le achaca Menéndez Pelayo. Como economista —en ciernes, dice Pendás— nunca fue un genuino librecambista y siempre mantuvo querencias propias de la mentalidad mercantilista

A «la Sevilla de Olavide» le sigue «el Madrid de Campomanes», adonde llega como alcalde de Casa y Corte. La larga década que va de la mitad de su treintena a la mitad de su cuarentena son años de plenitud, de bonanza económica y estabilidad política en los que consiguió hacer su vida ideal: servicio público, estudio e intensa vida social. Triunfó en la corte y deslumbró a la villa, cuenta su biógrafo, aunque se burlaran de su estilo afectado y redicho, «algo pedante, pero de gran talento», como le describiera Savater en una de sus novelas. En Madrid, Jovellanos tuvo protagonismo en los tres ámbitos en que se proyectaban las ideas ilustradas: las Academias (perteneció a todas las vigentes); las Sociedades Económicas de Amigos del País, a las que él llamó «moradas del patriotismo», y la prensa.

La etapa madrileña da pie al autor del libro para explayarse una vez más en el contexto. Por ejemplo, el dramatis personae de la capital: desde un Carlos III «trabajador, viudo y casto, feo pero afable, terco y obstinado», hasta el Cabarrús aventurero de las finanzas y el más novelesco de todo el elenco, pasando por el Campomanes que puso en marcha un proyecto ideológico españolista y modernizador a la vez.

Hacia el final de ese periodo estalla la Revolución francesa, de la que los ilustrados españoles, creyentes y practicantes en su gran mayoría, estuvieron en contra. Pendás se ocupa de las excepciones radicales (los Arroyal, Aguirre y Landázuri, Foronda, Ibáñez de la Rentería, Rubín de Celis, Picornell y Gomila) que apenas inquietaron. Jovellanos, por supuesto, defiende un reformismo gradual, a la inglesa, un progreso por círculos y no en línea recta; y su lenguaje condenatorio de la Revolución, ya en el XIX, cuando más conservador se muestra, llega incluso a parecerse al de los ultras. Se le puede aplicar lo que dijo Furet: «En la condena a los crímenes del 93 se envuelve el rechazo a los principios del 89».

Hombre de acción

La década de los 90, básicamente asturiana, la califica el autor del libro de «fecunda y creativa». «Trabaja más y mejor que nunca»; viaja por el norte de España, amplía sus amistades intelectuales, mantiene correspondencia con lord Holland. Pero sobre todo impulsa la creación del Real Instituto Asturiano de Ciencia y Mineralogía y culmina el Informe sobre la Ley Agraria, su aportación más reconocida en el ámbito público. A diferencia de otros ilustrados, Jovellanos es también un hombre de acción que pretende conjugar buena teoría y buena práctica. En la labor del Real Instituto, su proyecto de vida, su obra principal, se presiente la obra de la Institución Libre de Enseñanza: las horas de laboratorio, las excursiones, los ejercicios físicos, la ausencia de religión.

También conjuga teoría y práctica, lejos de la doctrina estéril y del arbitrismo imaginativo (aunque, excepcionalmente, algún proyecto tenga música arbitrista) el Informe, su mejor aportación doctrinal, «la obra más notable que produjo la Ilustración para españoles». Deriva de «una conciencia agredida por la miseria de la España rural» y pretende racionalizar la producción agraria sin alterar los fundamentos de la sociedad estamental. Las doctrinas no son originales, su mérito es ordenar las ideas, recopilando las útiles y descartando las que no lo son, exponerlas con método y claridad y difundirlas. Su fundamento doctrinal es rigurosamente liberal, aunque mantenga ocasionales prejuicios mercantilistas.  De una propuesta conceptual del Informe («remover los estorbos») parece hacerse eco nuestra Constitución, que habla de «remover los obstáculos».

Nunca segundas partes… Su nueva etapa madrileña como ministro de Gracia y Justicia, además de breve, poco más de nueve meses, no fue buena. Se desengañó enseguida, aunque de esa etapa nace el mito Jovellanos. Se volvió huraño y antipático, y dijo que le tachaban de serio porque es fácil confundir la tristeza con la seriedad. Se ocupó de asuntos religiosos y educativos (el primer mandamiento para un ilustrado, sobre todo español, es la confianza sin límites en la educación y la cultura) y aportó poco. Como «gloria efímera y desgracia duradera» ha resumido otro estudioso (Comellas) el periodo.

Grandeza de alma

En su destierro-prisión de Mallorca, penúltimo acto de su vida, mostró su fortaleza ante la adversidad, prueba fehaciente de su grandeza de alma, dice su biógrafo, a quien la delación —obra de un «individuo miserable»— que provocó la condena, sin procedimiento judicial, acabada muestra de la arbitrariedad del absolutismo, le parece un episodio para la Historia universal de la infamia. En esos poco más de siete años escribió mucho y se hizo más conservador en política.

La guerra contra Napoleón le plantea el dilema que a cualquier patriota reformista e ilustrado: estar con los franceses o con la mayoría de los españoles. No se decidió hasta Bailén (julio de 1808). Señala Pendás que conviene evitar la condena, más patriotera que patriótica, de los afrancesados, liberarlos del estigma de traidores o indignos; sus argumentos no eran desdeñables en aquel contexto de fuerza mayor. Hay continuidad, incluso identidad, entre ilustrados de Carlos III y afrancesados de José Bonaparte, aunque Jovellanos sea una excepción. Nuestro hombre aceptó su responsabilidad en la Junta Central, que actuó formalmente como gobierno de la nación entre septiembre de 1808 y enero de 1810, implicándose a fondo en ella. No está claro si fue consciente del papel lamentable que jugó la Suprema Regencia, sustituta de la Junta y notoriamente afín al Antiguo Régimen.

De todo lo que se ha dicho, y se dice de Jovellanos —sereno frente a la fogosidad de un Cabarrús, quintaesencia del punto medio…— quizá lo más relevante sea la vigencia de su ejemplo de promover la concordia. Cierra Benigno Pendás este excelente trabajo en el que también están Goya, Cadalso, Feijoo, Godoy, el jansenismo y muchos asuntos más, con esta afirmación: «Brillan todavía las Luces que Jovellanos encendió». Dicho de otra forma: Cuántas Luces dejaste encendidas.


La imagen que ilustra el artículo es un fragmento del retrato que Goya hizo de Jovellanos en 1798. Procede de Wikipedia y puede consultarse aquí.