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Ver productosCada revolución tecnológica obliga a preguntarse qué capacidades siguen siendo específicamente humanas

13 Jul 2026 - 12min.
Avance
La irrupción de la inteligencia artificial generativa está obligando a las universidades a replantearse algunas de las preguntas más fundamentales sobre la enseñanza. Si una máquina puede redactar un ensayo, resumir un libro o responder con solvencia a una cuestión compleja en pocos segundos, ¿qué sentido tiene seguir enseñando y aprendiendo del mismo modo que hasta ahora? Este artículo sostiene que el verdadero desafío no es tecnológico, sino pedagógico. La cuestión no consiste en prohibir o aceptar el uso de la inteligencia artificial, sino en redescubrir cuál ha sido siempre la misión de la universidad: formar personas capaces de comprender, argumentar, deliberar y ejercer un juicio propio.
Paradójicamente, la respuesta a este reto no exige inventar una pedagogía completamente nueva, sino recuperar algunas de las mejores tradiciones intelectuales de Occidente. Desde el diálogo socrático hasta la lectio, la quaestio y la disputatio de la universidad medieval, la educación universitaria se construyó durante siglos sobre el arte de preguntar, discutir y responder a las objeciones. En una época fascinada por la velocidad de las respuestas, quizá la innovación más profunda consista en volver a enseñar aquello que ninguna inteligencia artificial puede hacer por nosotros: pensar con autonomía, dialogar críticamente y convertir el conocimiento en verdadero juicio.
ArtÍculo
Hace apenas unos años, solicitar a los estudiantes un trabajo o ensayo era una forma bastante fiable de saber si habían comprendido un tema. Escribir obligaba a leer, seleccionar bibliografía, ordenar ideas, descartar argumentos poco sólidos y construir un razonamiento propio. El trabajo final podía ser mejor o peor, pero, casi siempre, llevaba detrás un proceso intelectual que el profesor podía dar razonablemente por supuesto. Hoy esa relación ha dejado de ser evidente.
Hay una escena que empieza a repetirse en universidades de todo el mundo: un profesor propone, por ejemplo, un ensayo sobre la teoría de la justicia de John Rawls; una semana después recibe treinta trabajos impecablemente redactados, bien estructurados, con una bibliografía correcta y una prosa sorprendentemente uniforme. Nada permite sospechar que exista un problema. Sin embargo, en cuanto empieza a hacer preguntas a los estudiantes sobre las ideas que acaban de presentar, descubre que varios son incapaces de explicar por qué han defendido una determinada interpretación, por qué han citado unos autores y no otros o qué objeciones podrían formularse contra la tesis principal del ensayo. El texto parecía excelente, pero la explicación o los razonamientos que deberían acompañarlo resultan muy deficientes.
La reacción más inmediata consiste en interpretar esta situación como un problema de fraude académico. Se multiplican entonces los debates sobre detectores de inteligencia artificial, nuevas normas disciplinarias o sistemas capaces de descubrir si un texto ha sido redactado por una persona o por un algoritmo. Quizá ese diagnóstico sea necesario, pero resulta a todas luces insuficiente. El verdadero desafío no consiste simplemente en averiguar quién escribió un trabajo, sino en reconocer que ha cambiado la relación entre escribir y pensar y en extraer las consecuencias pedagógicas de dicho cambio. Actualmente resulta muy fácil producir un texto académicamente aceptable sin recorrer necesariamente el itinerario intelectual que antes implicaba su elaboración.
Esta es la gran paradoja de la inteligencia artificial generativa. Herramientas como ChatGPT, Claude o Gemini son capaces de resumir artículos científicos, redactar ensayos, comparar teorías filosóficas o proponer bibliografía en cuestión de segundos. Constituyen instrumentos de enorme utilidad para estudiar, investigar o explorar nuevas ideas. El problema no radica en su existencia ni en su utilización, sino en la tentación de confundir la calidad de una respuesta con la calidad del pensamiento que debería haberla producido.
No es que la inteligencia artificial haya vuelto inútil la escritura; es que ha quebrado la antigua equivalencia entre escribir y pensar.
Cuanto más sofisticadas se vuelven las máquinas para producir respuestas, más evidente resulta que la tarea fundamental de la universidad nunca consistió únicamente en transmitir información. Desde su nacimiento, la institución universitaria ha perseguido una ambición mucho más profunda: formar personas capaces de comprender, argumentar, deliberar y ejercer un juicio propio. La inteligencia artificial no solo no invalida esa misión, sino que la hace más visible que nunca.
Por eso quizá estemos formulando la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos únicamente cómo adaptar la universidad a la inteligencia artificial. Antes convendría preguntarnos qué merece la pena seguir enseñando cuando una máquina puede responder en segundos a muchas de las preguntas que antes exigían horas de estudio. Y es precisamente en ese momento cuando vuelve a aparecer un viejo filósofo ateniense que nunca escribió un libro y que dedicó toda su vida a hacer preguntas. Quizá el futuro de la universidad dependa menos de aprender a utilizar la inteligencia artificial que de recuperar aquello que Sócrates consideraba la esencia de toda educación: enseñar a pensar.
La sensación de que la universidad atraviesa una transformación sin precedentes es comprensible. La velocidad con la que han evolucionado los modelos de inteligencia artificial hace pensar que nos encontramos ante una ruptura radical con todo lo anterior. No obstante, la historia de la educación invita a contemplar el problema con una mirada más amplia. La universidad ha sobrevivido durante siglos porque nunca ha identificado su misión con una tecnología concreta. Ha cambiado sus herramientas y sus formas de organizar el conocimiento, pero ha conservado una pregunta permanente: ¿qué merece la pena aprender?
La invención de la imprenta suscitó temores que hoy resultan triviales. Si los libros podían reproducirse de manera masiva, ¿seguiría teniendo sentido memorizar tantos textos? El surgimiento de las grandes bibliotecas transformó de manera profunda la relación con el saber, si bien ningún estudiante podía aspirar a conocer todo lo que estaba escrito. Más recientemente, Internet hizo que el acceso a la información dejara de depender de la proximidad física a una biblioteca universitaria. En cada una de estas transformaciones surgieron voces que anunciaban el declive de la enseñanza tradicional. Sin embargo, lo que realmente ocurrió fue otra cosa: la universidad comprendió que, cuando cambia el acceso al conocimiento, también debe introducir variaciones o matices en la manera de enseñar y evaluar.
La inteligencia artificial representa un nuevo episodio de esa larga historia, aunque con una diferencia importante. La imprenta multiplicó los libros; Internet multiplicó la información; la inteligencia artificial multiplica las respuestas y los textos. Esa es la verdadera novedad. Ya no se limita a facilitar el acceso al conocimiento existente, sino que produce textos, organiza argumentos, resume investigaciones, traduce artículos y redacta explicaciones con una rapidez que hasta hace poco parecía inimaginable. Por primera vez, una máquina no solo almacena información: participa en actividades que tradicionalmente considerábamos propias del trabajo intelectual.
Ante esta situación, resulta comprensible que muchas universidades hayan reaccionado intentando establecer normas sobre el uso de estas herramientas o diseñando sistemas para detectar textos generados artificialmente. Son medidas necesarias, pero no parecen suficientes. El problema de fondo no es disciplinario ni tecnológico, sino pedagógico. Cada revolución tecnológica obliga a preguntarse qué capacidades siguen siendo específicamente humanas y, por tanto, qué debe seguir cultivando la universidad. La inteligencia artificial nos enfrenta a una cuestión todavía más radical: ¿qué significa aprender cuando casi cualquier respuesta puede obtenerse en cuestión de segundos?
Cuanto más fácil resulta acceder a la información, menos importante es acumularla y más decisivo se vuelve comprenderla. La abundancia de respuestas no elimina la necesidad del juicio, sino que la hace más imprescindible que nunca. Saber deja de consistir únicamente en encontrar datos para convertirse, sobre todo, en la capacidad de interpretarlos, relacionarlos, criticarlos y decidir cuáles merecen nuestra confianza. La universidad nunca ha sido una simple distribuidora de información. Su misión ha consistido siempre en formar inteligencias capaces de orientarse en medio de la complejidad. Y es precisamente aquí donde el debate sobre la inteligencia artificial deja de ser un asunto tecnológico para convertirse en una cuestión profundamente filosófica.
Porque, si el desafío consiste en enseñar a pensar y no simplemente a responder, quizá no sea necesario inventar una pedagogía completamente nueva. Tal vez convenga volver la vista hacia quien hizo de las preguntas, del diálogo y del examen crítico de las propias ideas el centro mismo de la educación.
La inteligencia artificial nos obliga a volver a Sócrates
Cuando se menciona a Sócrates, la imagen que suele venir a la cabeza es la de un anciano que dialoga con sus discípulos por las calles de Atenas. Sócrates no daba clases en el sentido en que hoy entendemos la enseñanza: no explicaba un temario, no dictaba apuntes ni transmitía un conjunto de conocimientos que los alumnos debían memorizar. Hacía algo mucho más desconcertante: preguntar. Preguntaba hasta que las respuestas aparentemente evidentes dejaban de parecerlo. Preguntaba hasta que el interlocutor descubría contradicciones que nunca había advertido. Preguntaba, en definitiva, para obligar a pensar.
Ese método desconcertaba a sus contemporáneos porque invertía el papel tradicional del maestro. El profesor no aparecía como quien poseía todas las respuestas, sino como quien ayudaba a descubrir la insuficiencia de las respuestas fáciles. La ironía socrática no consistía en ridiculizar al interlocutor ni en destrozar sus argumentos, sino en mostrarle que comprender una cuestión exige mucho más que repetir una creencia o una información. Aprender empezaba precisamente cuando uno descubría que todavía no entendía aquello que creía saber.
Durante siglos esta forma de enseñar pudo parecer lenta e incluso poco eficiente. ¿Por qué invertir tanto tiempo en una conversación cuando bastaría con explicar directamente la respuesta correcta? La educación contemporánea heredó, en parte, esa impaciencia. Con frecuencia identificó aprender con acumular información y enseñar con transmitirla de la manera más rápida posible. Sin embargo, la inteligencia artificial está poniendo de manifiesto los límites de esa concepción. Si una máquina puede proporcionar en segundos una explicación correcta sobre casi cualquier tema, la función del profesor ya no puede reducirse a ofrecer información que el estudiante podría obtener por otros medios.
Precisamente ahí reaparece la actualidad de Sócrates. Lo que ninguna inteligencia artificial puede hacer por un estudiante es recorrer por él el camino de la comprensión. Puede resumir un libro de Kant, explicar la teoría de la evolución o comparar las distintas interpretaciones de la justicia en Aristóteles y Rawls. Puede incluso redactar un ensayo impecable sobre cualquiera de esos asuntos. Pero no puede sustituir el momento en que una persona descubre por sí misma por qué un argumento resulta más convincente que otro, reconoce las debilidades de su propio razonamiento o modifica una convicción después de escuchar una objeción mejor fundamentada. Ese proceso sigue siendo irreductiblemente humano.
Quizá por eso convenga recordar que Sócrates nunca pretendió llenar la cabeza de sus discípulos de respuestas. Su objetivo era mucho más ambicioso: enseñarles a vivir intelectualmente despiertos. La mayéutica no era simplemente una técnica para extraer conocimientos ocultos, sino una forma de acompañar al otro hasta que aprendiera a pensar con autonomía.
La educación no consistía en sustituir una ignorancia por un conjunto de certezas, sino en formar una inteligencia capaz de examinar críticamente cualquier certeza, incluida la propia.
Esta es, probablemente, la enseñanza más actual de Sócrates. La inteligencia artificial ha reducido de manera extraordinaria el coste de obtener respuestas. Precisamente por eso el valor educativo se desplaza hacia otro lugar: la capacidad de formular buenas preguntas. Preguntar obliga a delimitar un problema, distinguir lo esencial de lo accesorio, identificar los presupuestos de una afirmación y reconocer aquello que todavía ignoramos. Las respuestas pueden automatizarse; las preguntas verdaderamente importantes siguen naciendo de una inteligencia que busca comprender.
Quizá la universidad del siglo XXI deba asumir esta paradoja. Durante décadas preocupaba que los estudiantes encontraran con demasiada facilidad las respuestas en Internet. Hoy las respuestas llegan incluso antes de formular completamente la pregunta. Sin embargo, nunca ha sido tan necesario aprender a preguntar. Porque las preguntas no solo sirven para obtener información; sirven, sobre todo, para orientar el pensamiento. Y enseñar a orientar el pensamiento ha sido, desde hace veinticinco siglos, la auténtica vocación de la filosofía.
Reinventar la universidad
Cuando se habla de inteligencia artificial, es frecuente presentar el futuro de la universidad como un dilema entre aceptar o prohibir estas nuevas herramientas. Es un falso dilema. La historia demuestra que las instituciones educativas nunca han sobrevivido rechazando las innovaciones tecnológicas, sino aprendiendo a integrarlas sin perder de vista su razón de ser. La imprenta no acabó con la enseñanza, ni Internet hizo innecesarios a los profesores. Del mismo modo, la inteligencia artificial no hará desaparecer la universidad. Lo que sí puede hacer es obligarla a preguntarse, una vez más, cuál es su verdadera misión.
La tarea de la universidad pasa por enseñar a distinguir entre información y conocimiento, entre conocimiento y comprensión, entre comprensión y juicio. La inteligencia artificial puede ayudarnos en las primeras etapas de ese recorrido; las últimas siguen dependiendo de la reflexión personal, de la conversación con otros y de la responsabilidad intelectual de quien piensa. Y los métodos de enseñanza que puede utilizar el profesor no tienen por qué ser nuevos, sino que podemos encontrarlos en el pasado. Por ejemplo, la vida intelectual de la universidad medieval giraba en torno a la lectio, la quaestio y la disputatio: consistía en leer atentamente los textos, formular problemas y someter las ideas a una discusión razonada, verificando el conocimiento mediante el diálogo, la argumentación y la respuesta a las objeciones. En una época en la que la inteligencia artificial facilita el acceso inmediato a las respuestas, estas prácticas no han perdido vigencia; por el contrario, ofrecen un modelo especialmente valioso para formar el juicio crítico y la autonomía intelectual.
Por tanto, el verdadero riesgo no está en utilizar las nuevas herramientas tecnológicas, sino en delegar en ellas aquello que constituye el núcleo de nuestra autonomía: la capacidad de comprender, argumentar, decidir y responder de nuestros propios juicios. Una universidad que renunciara a formar esa soberanía intelectual podría seguir expidiendo títulos, pero habría olvidado la misión que justificó su nacimiento. Por eso la respuesta al desafío de la inteligencia artificial no consiste en competir con las máquinas, sino en cultivar aquello que las máquinas no pueden sustituir: leer despacio, formular preguntas mejores que las respuestas disponibles, conversar, escuchar argumentos contrarios, cambiar de opinión cuando las razones lo aconsejan, aprender a escribir como quien aprende a pensar y no solo a producir textos.
Estas fueron, en buena medida, las intuiciones pedagógicas de Sócrates hace veinticinco siglos, y quizá por eso vuelven hoy a adquirir una inesperada actualidad.
Aunque pueda parecer una paradoja, la tecnología más avanzada que ha conocido la humanidad nos está obligando a redescubrir algunas de las formas de enseñar más antiguas de nuestra tradición. Cuanto más capaces sean las máquinas de responder, más importante será formar personas capaces de preguntar. Cuanto más sencillo resulte producir información, más necesario será aprender a interpretarla con criterio.
Y cuanto más poderosas se vuelvan las herramientas que amplían nuestra inteligencia, mayor será la responsabilidad de conservar aquello que ninguna tecnología puede ejercer por nosotros: el juicio.
Quizá esa sea una de las consecuencias más útiles que la inteligencia artificial puede traer hoy a la universidad: no le exige partir de cero ni abandonar su tradición, sino recuperar sus modelos más valiosos del pasado.
La imagen que encabeza el texto es una edición en Canva de un archivo original de Pixabay firmado por geralt. Se puede consultar aquí.