José Antonio Marina: «La vacuna contra las adicciones»

El pensador se ocupa de cómo construir una personalidad resuelta, capaz de enfrentarse a los problemas

Laberinto en el Chokhi Dhani Resort Panchkula, Haryana, India
Laberinto en el Chokhi Dhani Resort Panchkula, Haryana, India
Ángel Vivas

José Antonio Marina es filósofo y pedagogo. Centrado en la construcción de una teoría de la inteligencia, se ha ocupado de la creación, la voluntad, los sentimientos, el lenguaje, la ética, la religión y la política. Tiene los premios Anagrama de Ensayo, Giner de los Ríos de Innovación Educativa y Nacional de Ensayo.

Avance

Vivimos en una sociedad propensa a las adicciones y a los patógenos mentales. Dentro de su amplio proyecto de estudiar la inteligencia humana, José Antonio Marina aborda en esta ocasión el problema de las adicciones con el objetivo de encontrar una vacuna contra ellas que deberá estar basada en la filosofía. Alrededor del asunto central del libro, su autor habla de voluntad y personalidad, de hábitos y deseos, de inteligencia artificial y memoria, de la especie contradictoria que somos, formados por chapuzas evolutivas, pero dotados de un característico afán ascendente. Así, el libro se dirige a todos quienes sientan curiosidad por nuestros laberintos mentales y sociales.

Las adicciones son una forma de insensatez, tema de su trabajo anterior. Más que un problema, son una mala solución a un problema. Y la vacuna debe actuar en el camino que conduce a ellas, antes de que se impongan. La filosofía, encargada de estudiar la inteligencia (y la inteligencia tiene la función de dirigir bien la acción, de resolver problemas) tiene mucho que decir en este asunto.

Los problemas son parte de la vida y hay que resolverlos, no limitarse a aliviar los males que provocan. La vacuna, pues, tiene que ver con esa competencia heurística (eureka) de resolver problemas. Competencia que tiene que ver, a su vez, con la personalidad. Se trata de lograr una personalidad resuelta, dotada de esa competencia. A conseguirla —es decir, a encontrar la vacuna— ayuda la seguridad básica que proporciona la familia en los primeros pasos de la vida, el fomento de una actitud activa, la educación emocional, el hábito de la voluntad, que no es otra cosa que obedecer las propias órdenes.

Se trata, en definitiva, de potenciar el afán ascendente, el afán de grandeza que nos caracteriza como especie. De vivir en el reino de la posibilidad, el principio más eminentemente humano, más que los freudianos principios de placer y realidad.

ArtÍculo

Los libros de José Antonio Marina componen, de un lado, un conjunto orgánico y bien articulado (buena parte de ellos son parte de un proyecto general), y de otro, vistos individualmente, tienden a romper sus costuras. Este no es una excepción en ninguno de los dos aspectos. Es una continuación de La vacuna contra la insensatez, parte a su vez de un proyecto centrado en la inteligencia humana, y —apoyado, como siempre en varias disciplinas— va más allá de lo que anuncia o sugiere su título. La vacuna contra las adicciones tiene, como reconoce el propio autor, un ADN megalómano; eso que gana el lector. Una idea de partida es que el cerebro se ha ido construyendo a través de una larguísima y lenta evolución, sin diseño previo, a salto de mata, una «chapuza evolutiva» de la que se derivan prodigiosas facultades y colosales fallos.

José Antonio Marina. La vacuna contra las adicciones. Ariel, 2026. 266 páginas.

Así, somos un sujeto pobre en defensas, atacado por una plaga de insensatez para la que hay que buscar la vacuna; pues hay patógenos mentales igual que los hay biológicos, y funcionan de modo parecido, proliferan en las aglomeraciones y los contactos. Marina quiere comprobar que se puede elaborar una vacuna mental contra las adicciones, enfermedad de la sociedad moderna, y que la filosofía tiene potencial para lograrlo. El libro quiere ser una reivindicación de la filosofía. Filosofía, psicología y pedagogía son las tres principales disciplinas que sustentan un libro que, dice su autor, más allá de las adicciones, debería interesar a quienes sientan curiosidad por nuestros laberintos mentales y sociales.

Las adicciones son, prima facie, una forma de insensatez: el adicto es un enfermo, pero el que recorre el camino a la adicción es un insensato. Y como resulta que, como especie, propendemos a las adicciones (nos gusta la sobreestimulación y cosas como el chocolate, la grasa y el alcohol), conviene conocer sus mecanismos, las chapuzas evolutivas que nos llevan a ellas. Porque somos «una especie desequilibrada que busca su equilibrio»; una especie con una naturaleza a medio hacer (tarea que debe ser culminada por la cultura) y cuyo gran misterio es el afán ascendente, la tenacidad por separarse del mundo animal. Un concepto central para comprendernos es el de posibilidad, («tal vez la palabra más bella del diccionario»), la facultad de ampliar nuestras potencias. «No somos ni racionales, ni libres, ni justos, ni felices, pero queremos serlo».

Una mala solución a un problema

Sabido que propendemos a las adicciones, conviene hacerse algunas preguntas: ¿qué son, por qué suceden? La adicción, dice Marina, no es un problema, sino una mala solución a un problema, es la creencia de que es el único modo de soportar el malestar; quien llega a la adicción es porque su mundo se le estrecha hasta que no encuentra más salida que esa. Y el adicto lo es, pese a conocer los efectos perjudiciales de la adicción, cuyos componentes son: conducta compulsiva, pérdida de control, efectos negativos y síndrome de abstinencia.

¿Por qué somos tan vulnerables a ellas? Por una paradoja, porque no somos dueños de aquello que nos es más propio, lo que, según Spinoza, es nuestra naturaleza: los deseos. Los deseos entran de lleno en las chapuzas evolutivas que señala el autor del libro; son poco de fiar. Más adelante, volverá el autor a ellos.

En todo caso, más que las adicciones en sí mismas, le interesa conocer el camino que conduce a ellas, ya que es ahí donde reside la insensatez y lo que busca es una vacuna. Las adicciones resultan de una conjunción de propensiones personales e influencias sociales, y hay quien se ha preguntado si se trata de un comportamiento disfuncional en una sociedad funcional o al revés. El caso de hijos de intelectuales acomodados y mayormente progresistas que murieron a causa de las drogas ilustra lo complicado de la respuesta.

Como sea, la solución, la vacuna, debe venir de «la ciencia que se enfrenta a los problemas desde un superior nivel epistemológico, y puede por ello presentar las soluciones más eficaces y mejor fundamentadas», es decir, la filosofía. Esta, que sistematiza saberes dispersos, debe ser una ciencia de las soluciones, la encargada de hacer reales las soluciones. La psicología —caracterizada por un cierto desmadre, por una polifonía de teorías que, subrayando algunos matices, mantienen un prurito de originalidad— debe ser auxiliar (ancilla, según la expresión clásica) de la más rigurosa filosofía. El tema fundamental de esta es estudiar la inteligencia, cuya función no es solo conocer, sino conocer para dirigir bien la acción (la acción es el momento en que el pensamiento desembarca en la realidad). Tesis importante: la gran tarea de la inteligencia es resolver problemas, por lo que su gran competencia es la heurística, «la capacidad para reconocer los problemas y enfrentarse resueltamente a ellos» (eureka), algo que implica la personalidad entera.

Resolver problemas

La cuestión es, pues, reconocer los problemas (que son parte de la vida) y enfrentarse a ellos; ese es el denominador común de las habilidades que caracterizan o definen la inteligencia. «Los problemas y su resolución son la urdimbre con la que tejemos nuestras vidas». «Los problemas pertenecen al dinamismo tenaz e incierto de la propia vida… vivir es resolver problemas». Resolverlos, no aliviar los males que provocan; he ahí la cuestión.

Si el camino a las adicciones profundas nace de la falta de competencia heurística, la vacuna contra aquellas consistirá en fortalecer dicha competencia; en conseguir una personalidad que no claudique ante la dificultad. Aquí viene a cuento una reflexión sobre las nuevas tecnologías. Estas, dice Marina, «debilitan la competencia del sujeto, sustituyéndola por un sistema de diálisis heurística. Las nuevas tecnologías solucionan muchas cosas, pero debemos estar enchufados a ellas». Nuestra cultura se define por la insistencia en el deseo y su consumación, identificando placer con diversión y desprestigiando el esfuerzo. «La facilidad con que internet proporciona información fomenta el pensamiento perezoso: lo que interesa son las conclusiones, no el procedimiento para llegar a ellas». La prueba de que la IA no es la panacea la encuentra el autor del libro en la diferencia entre problemas teóricos y prácticos. Los primeros se resuelvan al conocer la solución, y en eso nos aventaja la IA; los segundos requieren que la solución se ponga en práctica, lo que exige movilizar otros recursos que la IA no proporciona.

En cuanto a la personalidad, hay varias teorías. Una es la de la educación del carácter, entendido este como conjunto de virtudes, y en la que vale la pena detenerse. Como dijo Aristóteles, somos en cierto modo responsables de nuestro carácter. «Con nuestro comportamiento conformamos nuestro carácter», por lo que debe haber un nexo entre uno y otro. Y si el carácter es un conjunto de hábitos, aquí entra de lleno la memoria, ya que los hábitos le pertenecen. En este libro, Marina vuelve a reivindicar la memoria (por eso está lleno de referencias autobiográficas, a libros y maestros). «La memoria es el órgano del aprendizaje, no aprender las cosas de memoria significa simplemente no aprender», escribe. Somos biología y memoria, naturaleza e historia, temperamento y carácter. «Los hábitos son estructuras neuronales estables y activas, formadas por repetición de actos». «Cada vez que adquirimos un hábito estamos ampliando la capacidad operativa de nuestro cerebro, de la misma manera que ampliamos la de nuestro móvil cuando instalamos una nueva aplicación». La eficacia de los hábitos es que, al automatizar sus funciones, permiten descargar la atención, bien escaso.

Querer no es poder

Los hábitos, por un lado, son rígidos y condicionan el comportamiento, algo muy claro en las adicciones: el hábito de fumar lleva a la adicción a la nicotina, etc. Por otro, son una parte fundamental de la vida, ya que posibilitan la creatividad y la libertad. El hábito se tiene porque se adquiere, pero el hábito también se es. Se postula, pues, dice Marina, como la conjunción arquetípica del alma y el cuerpo.

Lo que puede conducir a una persona a una adicción o librarla de ella depende de su personalidad, es decir, del carácter. Y —advertencia importante— la voluntad no es suficiente para salir de la adicción porque surge del mismo modo de pensar que la causa: creer que hay una solución rápida para todo. Como se ha dicho, querer no es poder. Por eso, la decisión de no consumir droga no puede tomarse cuando ya se es adicto, tiene que ser anterior, cuando la fuerza de la adicción es todavía menor que la previsión de los daños. La vacuna contra la adicción tiene que actuar en el proceso de conferir fuerza a la opción de no realizar conductas adictivas. Porque «no somos libres al realizar un acto, sino al preparar las condiciones de su realización» (el conductor borracho que atropella a un peatón es libre de no beber, después no lo es).

A este respecto, Marina afirma que «inhibir el deseo no es un acto enfermizo de represión, es abrir el espacio para la deliberación», ya que el deseo y el pensamiento racional transitan por caminos paralelos. El deseo y el pensamiento son dos guías para decidir la acción. Y así como el deseo sin el pensamiento es ciego; el pensamiento sin el deseo es paralítico. «La voluntad seguirá siendo una facultad fantasmal mientras no resolvamos cómo unir el deseo y el pensamiento». «Si no descubrimos un modo de enganchar el pensamiento racional con los deseos, no deberíamos seguir usando la palabra voluntad», sostiene Marina.

«Llamamos voluntad —afirma, en la que considera la definición más arriesgada del libro— al hábito firme de obedecer el resultado del uso racional de la inteligencia, enlazando la energía del deseo con la lucidez del pensamiento». La voluntad consiste en obedecer a las normas propias; eso es lo que significa auto-nomía.

Personalidad resuelta y principio de posibilidad

La vacuna contra las adicciones se despliega en varias partes o fases. La primera es fomentar, en el temperamento de los muy pequeños, una seguridad básica, un mundo acogedor (no hace falta subrayar aquí la importancia de la familia). La segunda consiste en el fomento de la actitud activa, contra la pasividad y el abandonarse (aquel «nunca te entregues ni te apartes junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo» que escribiera José Agustín Goytisolo). Se puede concretar en poner metas y objetivos que nos impulsen a levantarnos de la cama y afrontar el día, ya que «vivir no es razón suficiente para vivir». Metas realizables, algo como lo que decía Toynbee para las civilizaciones: un obstáculo que vencer, pero que no sea imposible de vencer. Conseguir la gratificación de «sentirse capaz». La tercera es resolver problemas como herramienta educativa; no solo hacer, sino hacer algo con un fin, un proyecto. La cuarta es la educación emocional. La quinta, la educación de las funciones ejecutivas (las encargadas de dirigir el funcionamiento del cerebro). La gran función de dirigir la inteligencia generadora a metas concretas. La sexta, el hábito de la voluntad, indisociable de la libertad (no hay libertad sin voluntad; y la espontaneidad no es libertad). La voluntad es la clave de bóveda que nos permite construir la personalidad resuelta.

La gran vacuna contra las adicciones consiste en fomentar una personalidad resuelta. Marina se pregunta si se debe incluir algún tipo de recurso moral en la personalidad resuelta. La respuesta es afirmativa, ya que los sistemas normativos, la moral y el derecho, le parecen la máxima creación de la inteligencia humana después del lenguaje. «La moral no es un añadido, sino un componente de nuestra esencia», por lo que debería tener algo que decir en el asunto de las adicciones (igual que, por ejemplo, en el de la sexualidad, que ha pasado de estar obsesivamente moralizada a estar fuera del ámbito de la moral).

La posibilidad, la facultad de ampliar nuestras potencias, ha dicho que le parece «tal vez la palabra más bella del diccionario». Ahora concluye que la personalidad resuelta vive animosamente en el principio de posibilidad, el más eminentemente humano (más que los freudianos principios de placer y realidad).


La foto que encabeza el artículo representa el Laberinto en el Chokhi Dhani Resort Panchkula, Haryana, India. Su autora es Kritzolina y tiene licencia Creative Commons. Puede consultarse aquí.