Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosLa dualidad del autor del Cancionero

28 Jul 2026 - 9min.
Eduardo Prieto es doctor en Arquitectura, licenciado en Filosofía y ensayista.
Avance
No solo no se agota nunca lo que encontramos en los clásicos, sino lo que cabe decir de ellos. A los ríos de tinta vertidos sobre la obra de Petrarca, se añade este sugestivo libro, de engañosa brevedad, en el que un ensayista de amplios intereses nos lleva de la mano por Los lugares de Petrarca (tal es su título). ¿Qué nos dicen esos lugares —Aviñón, Vaucluse, Arquà…— acerca del autor del Cancionero? Que buscó el retiro por querencia propia, pero que esa búsqueda no fue ajena a su interés por dar una imagen concreta de sí mismo. Peregrinus ubique, se impuso la tarea de buscar lugares favorables y rechazar los infaustos como una suerte de afán existencial.
Petrarca amó la soledad, el silencio, la noche, los ámbitos propicios al diálogo con los clásicos. Pero no careció de apetito de gloria, de fascinación por el poder. Por eso mantuvo una relación de amor-odio con la Aviñón del poder papal. Se impuso el rechazo y se retiró a Vaucluse, valle de resonancias numinosas y paganas, en el que el mundo exterior parecía gravitar en torno al mundo interior. Vaucluse fue un verdadero nombre mítico en su vida, el entorno más importante para él. «La elección de la vida depende en buena medida de la elección del lugar. Más aún si la vida que se escoge, por convicción o por retórica, es la de retiro», escribe el autor del libro.
Para su último acto, escogió un sitio parecido, con el mismo doble deseo de encontrar un entorno adecuado y transmitir la imagen que pretendía. Petrarca siempre se esforzó por ganarse la posteridad. Y los lugares que escogió, esos que nos invita a recorrer este sugerente libro, se dotaron pronto de una atmósfera de fetichismo.
ArtÍculo
¿Qué se puede decir que no se haya dicho de Petrarca? Pero los clásicos lo son porque siempre se vuelve a ellos. Este nuevo trabajo sobre el autor del Cancionero puede verse como una aproximación distinta a su figura, a través de lo que indica su título (los lugares), una aproximación algo novedosa, y a la vez —en tanto que se cuentan muchas cosas sobre él— como una buena introducción o un primer acercamiento a quien está considerado el fundador del humanismo, quien inaugura un tema típico del humanismo, el redescubrimiento de la Antigüedad clásica y el lamento por su decadencia. Pues, al hilo de los lugares que habitó, emerge un retrato bastante fidedigno de un Petrarca inquieto, complejo y contradictorio. Puede verse, si se quiere, como un capricho (en la acepción musical que da el diccionario: «pieza compuesta de forma libre y fantasiosa», ahora veremos lo de fantasiosa) de su autor, un arquitecto de amplios intereses, también licenciado en Filosofía. Se trata, en cualquier caso, de un libro erudito y denso, de engañosa brevedad.

La complejidad o contradicción básica de Petrarca reside en esa dualidad que le lleva a buscar la soledad, siendo a la vez, como él mismo se reconoce, «hombre vanidoso al que fascinan los lugares del poder». Esto se lo dice a Montaigne en un diálogo imaginario que incluye el autor en el libro y que da ese toque fantasioso que acabamos de señalar. Un diálogo, por lo demás, jugoso y esclarecedor.
En cuanto al deseo de soledad, fragmentos de sus cartas, recogidos en las citas que abren el libro, lo dejan claro. Habla en ellas de su situación «sin necesitar nada ni esperar nada», y afirma: «No creas estar solo si estás contigo», palabras en las que resuena claramente Marco Aurelio. Habla también de su atracción por la noche, cuando el silencio se impone. La noche, en «la peculiar topografía existencial de Petrarca», escribe Eduardo Prieto, es el elemento «que inspiró algunas de las páginas más personales y más modernas, por inquietantes, que escribió el poeta». La misma noche que sedujo más tarde a los místicos y a los románticos, y hay que pensar en lo que sería la oscuridad nocturna en los largos siglos anteriores a la electricidad.
Entre los lugares petrarquescos destaca el convento de Santa Clara de Aviñón, por ser allí donde vio a Laura el Viernes Santo de 1327. «¿Vio en puridad a Lauretta o la creó con palabras?», se pregunta el autor del libro, insistiendo en esa cuestión que atraviesa los estudios petrarquistas. Laura es, desde luego, un mito, una fabricación literaria, pero sobre una persona real en última instancia. Seguramente, Petrarca, como más tarde Alonso Quijano, «estaba predispuesto a amarla por causa de la literatura», de modo que «estaba ya hecha menos de huesos y carne que de palabras y versos». En todo caso, fue tan importante ese surgimiento de Laura que Alessandro Vellutello, «hombre de letras y geografías» que hizo el primer mapa literario del petrarquismo —una forma de acercamiento a su vida y obra paralela o complementaria de la filológica— sintió la necesidad de embellecer el lugar del encuentro, sustituyendo el más bien anodino convento por otro lugar algo impreciso, pero «sospechosamente poético».
Más allá de esa osadía, Vellutello muestra ser muy consciente de la poderosa y muy personal relación que Petrarca mantuvo con los lugares en que vivió, que se corresponde con los nexos que mantiene su literatura con la naturaleza, y su mapa sigue siendo útil para aprehender la topografía sentimental de Petrarca. También viene a decirnos que el mistificador Petrarca, tan dotado para la autopromoción, al cantar a Laura, se cantaba a sí mismo y a los lugares de su yo convertidos en literatura. Pues el autor del Cancionero (peregrinus ubique, alguien en todas partes peregrino) se aplicó a buscar lugares favorables y rechazar los infaustos como «una tarea cotidiana, una suerte de afán existencial».
El fundador del humanismo y de la filología clásica admiraba en los maestros antiguos la vida de retiro. Pero tenía, a la vez, un enorme appetitus gloriae. Por eso las ciudades podían contener cerca bellos parajes, aptos para la vida contemplativa, pero eran sobre todo los escenarios de la vida activa, de la tramoya del poder del que se veía ¿obligado? a formar parte, marco de cortes y conspiraciones. Y a este respecto, ninguna como la Aviñón de los papas; esa Babilonia del siglo XIV en la que se detiene el autor del libro, mostrando, por ejemplo, la tradición de los banquetes pantagruélicos o el boom inmobiliario y demográfico con la llegada de los papas, que, como más tarde el Madrid cortesano del siglo XVI, asistió a una subida escandalosa de los alquileres.
Pese a su appetitus gloriae, el Petrarca más lírico y bucólico veía en esa Aviñón-Babilonia un contraescenario de su yo. Era un tiempo, además, en el que no había intimidad y para él, el pecado capital era disolver el yo en la masa indiferenciada. Mantuvo así un odio pertinaz a la ciudad de los papas. «Al Aviñón rijoso, embotado por la gula y pestilente», quiso oponer su propio escenario existencial, que tuvo que buscar en lugares difíciles, ámbitos propicios al retiro. La imagen del sabio amante de la soledad es inseparable de Petrarca.
Al igual que sus clásicos (Cicerón, Séneca…), Petrarca desprecia la ciudad porque aleja al hombre de su más importante quehacer, el cuidado de su alma. Por eso debe tomar la difícil decisión de internarse en los desiertos, entendiendo aquí la palabra desierto en sentido amplio, un terreno salvaje, despoblado. Para él, la experiencia humana más pura era la soledad «santa, sencilla, irreprochable». Por eso se buscó a sí mismo en los retiros y cultivó como pocos la retórica de la soledad, aunque su vida no fue tan solitaria como proclaman sus escritos. Él fue, en realidad, «un producto de la corte y la curia».
Pero si un territorio destaca en la topografía existencial y sentimental de Petrarca, este es Vaucluse, Valclusa, como escribe Ángel Crespo en su introducción a su edición del Cancionero: «Valclusa se hizo mítica en la vida de Petrarca». Sí, Vaucluse fue el lugar que más amó; un sitio peculiar, sagrado, con los elementos de los lugares sagrados —agua, una cueva— y un pasado numinoso y pagano.
En Vaucluse tuvo una iluminación y, ya viejo, se complacía en el recuerdo de la primera excursión al manantial del río Sorgue, siendo él muy joven. Vaucluse era más que la suma de sus partes; no era solo el conjunto de elementos idóneos para albergar historias de ninfas y pastores, era que ese conjunto encajaba con lo más importante, la personalidad del artista, era que «el mundo exterior parece gravitar en torno al mundo interior». De modo que el Petrarca viejo, escribe Eduardo Prieto, «hace prometer a su yo adolescente que aquel valle habría de convertirse en el lugar más importante para él». «La elección de la vida —añade el autor del libro— depende en buena medida de la elección del lugar. Más aún si la vida que se escoge, por convicción o por retórica, es la de retiro». Así, Petrarca hizo de Vaucluse el lugar de su clausura, el desierto de su soledad, el escenario más opuesto al ominoso Aviñón. «Buscamos un lugar que se adecúe a nosotros porque sentimos que ese lugar, aunque aún no lo conozcamos, nos pertenece ya en cierto sentido», le dice Montaigne en el citado diálogo imaginario.
Allí encontró una casa modesta para su vita beata —una casa y poca hacienda— en la que, al contrario que el Gil de Biedma póstumo, sí leer, sí escribir. Los libros eran lo único abundante en una vivienda que respondía a la frugalidad y contención que se espera de un sabio. Tanto que Prieto sugiere que «la casa junto al Sorgue no fue un retiro verdadero, sino más bien una tramoya, un expositor del yo» de quien se construyó hagiográficamente un personaje. Pero sí vivó allí en intensa conversación con los difuntos, con sus amados clásicos, tamizando, como escribiera Francisco Rico, su propio sentir en el filtro de unos antiguos que ya han dicho cuanto se puede decir.
Ante Montaigne, otro retirado, Petrarca admite que sus palabras «son ecos de otras ya dichas y mejor dichas. Cuanto he hecho por acercarme a mis maestros… no ha sido más que imitación o glosa». Por lo que, dice, quizá tengan razón quienes prefieren su poesía en volgare lingua. En otro terreno, también admite que, en Vaucluse, huye no solo del ruido de las ciudades, del vulgo, de Aviñón, de las maquinaciones del poder eclesial, sino también de sí mismo, de su fascinación por el poder, del gusto de ser escuchado por los poderosos.
Para su último acto, el bel morir que tutta una vita onora, elige un pueblecito cercano a Padua, Arquà, un sitio nada anodino, sobre colinas, un «paisaje poderoso y blando». Allí supervisó las obras de acondicionamiento de la (nuevamente) modesta casa en que vivió. También de nuevo, quiso transmitir a la posteridad la imagen del sabio enfrascado en la lectura en su estudio, siguiendo el modelo de san Jerónimo. Eduardo Prieto quiere imaginarlo allí sentado, leyendo y escribiendo cartas, paseando por el huerto, dando instrucciones para que arraiguen los laureles (el laurel fue su pasión junto con la homónima Laura, el nombre no era casual). Todavía en su testamento cabe pensar que está tratando de dar una imagen concreta de su persona; atento al qué leerán, siempre se esforzó por ganarse la posteridad. Y «los lugares de Petrarca se dotaron pronto de una atmósfera de fetichismo». Son esos lugares los que invita a recorrer este interesante libro, original acercamiento al mundo de uno de los grandes nombres de la tradición occidental.
La imagen que ilustra el artículo muestra el museo y biblioteca dedicados a Petrarca en Vaucluse, Francia. El autor es Alessandro Colombo, tiene licencia Creative Commons y puede consultarse aquí.