Hay un camino para la derecha: el modernismo conservador

La lección de los escritores que supieron conjugar tradición y modernidad

Cámara de los Lores de Gran Bretaña
Cámara de los Lores de Gran Bretaña. © Herry Lawford, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons
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Avance

«Una de las paradojas más fascinantes de la literatura del siglo XX es que los poetas y críticos que más contribuyeron a promover el modernismo se cuentan entre los más grandes hombres de letras conservadores. Aun cuando desarrollaban nuevos modos y órdenes en el arte, se aferraban a las normas políticas y sociales de los pueblos de habla inglesa. El más célebre de estos modernistas conservadores fue T. S. Eliot, un estadounidense afincado en Londres que en una ocasión se describió a sí mismo de forma memorable como “clasicista en literatura, monárquico en política y anglo-católico en religión”». Michael Lucchese, editor asociado de Law & Liberty, experto en comunicación y articulista en numerosos medios como Wall Street Journal, Washington Post y otros, comienza así un artículo publicado en Engelsberg Ideas, en el que se pregunta si el modernismo conservador es el camino a seguir para la derecha.

El artículo es una reseña del libro del crítico Christos Hadjiyiannis Conservative Modernists: Literature and Tory Politics in Britain, 1900-1920, recientemente reeditado por la Universidad de Cambridge. En él, Hadjiyiannis se ocupa, junto al citado Eliot, de autores como Ezra Pound, Ford Madox Ford o los más olvidados T. E. Hulme y Edward Storer. Lucchese sostiene que, en aquellos años, «cuando las fuerzas dominantes de su época parecían empujar hacia el caos y la desilusión, los modernistas conservadores intentaron redescubrir los principios de un orden humano» y que el estudio de Hadjiyiannis demuestra que «los movimientos conservadores pueden ser capaces de mucha más imaginación de la que demuestran hoy en día», que, «en una era de demagogia, ideología y basura de la IA, el modernismo conservador ofrece una alternativa seria y culta a lo que se hace pasar por actividad política y cultural de derechas a ambos lados del Atlántico». El artículo de Lucchese va, en cierto modo, de la literatura a la política, es un intento de extraer enseñanzas políticas de esos movimientos literarios.

El contexto político de aquellas primeras décadas del siglo XX en Gran Bretaña estuvo marcado por el declive del partido conservador y las reformas promovidas por liberales y laboristas. Frente a esa «revolución liberal» se situaron los modernistas conservadores. Estos «creían que el principal conflicto de su época era una batalla de ideas, y que su función principal como intelectuales partidistas era desmontar las ideologías de la izquierda», reuniendo al conservadurismo en torno a principios filosóficos sólidos y cohesionados. «Críticos con el individualismo y las esperanzas de un progreso social inexorable», señas de identidad de la izquierda, basadas, en su opinión, «en una interpretación inexacta de la naturaleza humana y en una comprensión equivocada de la historia», los modernistas conservadores «aspiraban a reconstruir la sociedad en torno a la autoridad de la tradición y a la moral objetiva de la ley natural».

La importancia de la libertad

En el fondo de aquel debate estaba la contraposición entre clasicismo y romanticismo (que a nuestro buen Antonio Machado ya parecía irrelevante por esos años: «¿Soy clásico o romántico? No sé»). Mientras los románticos, en la línea de Rousseau, se adherían a una ideología revolucionaria, los clasicistas se adherían a la tradición, una tradición a la que el modernismo conservador pretendía insuflar nueva vida. «Tanto en la política como en la poesía, buscaban restaurar los conceptos del pecado original, el realismo y el patriotismo que se habían visto erosionados a lo largo del largo siglo XIX», escribe Lucchese.

Quizá la batalla política más importante que se dio en esos años y en la que intervinieron estos escritores fue la que tuvo que ver con la Cámara de los Lores. Frente a los intentos de liberales, laboristas y otros reformistas de restringir su autoridad, los modernistas conservadores veían en ella la encarnación de un conjunto de tradiciones que consideraban esenciales para una buena sociedad. Hulme, por ejemplo, pensaba que proporcionaba un equilibrio necesario para frenar los excesos de la democracia.

Un asunto que une política y cultura en estos años y en este campo del modernismo conservador es el de la libertad. Oponerse al poder centralizado y defender la innovación en el arte y el lenguaje (palpable en su apoyo al arte abstracto) eran dos caras de la misma moneda para este grupo de escritores. «Puede que los modernistas conservadores definieran la libertad de forma diferente a los liberales, pero no por ello estaban menos comprometidos con su preservación», escribe Lucchese. «La aristocracia de los talentos que admiraban los modernistas conservadores solo podía funcionar en una atmósfera de libertad, liberada no del pasado, sino de las ideologías centralizadoras que pretendían aislar a los artistas y escritores de aquello que verdaderamente les inspiraba».

Una lección para hoy

Junto a esa defensa de la libertad, «una de las lecciones más importantes de los modernistas conservadores es la importancia de la responsabilidad y el sacrificio», algo de lo que algunos dieron ejemplo alistándose para luchar en la Primera Guerra Mundial, en cuyas trincheras murió Hulme. «Todos afirmaron, en esencia, la importancia de luchar por los ideales que habían heredado». Hadjiyiannis sostiene que todos los autores estudiados por él «elevan el deber y el sacrificio a valores superiores, necesarios para el correcto funcionamiento de la literatura y la sociedad». En última instancia, lo que buscaban conservar era un sentido de la moralidad objetiva, dice por su parte el autor de la reseña.

«Quizá sean precisamente estos elevados objetivos los que más se echan en falta hoy en día en la derecha —concluye Lucchese su artículo—. En lugar de defender la alta cultura y buscar nuevas formas de expresar viejas verdades, el populismo dominante, tanto de la derecha como de la izquierda, se deja llevar por la vulgaridad y la política del poder. La política angloamericana actual clama por algo diferente, algo mejor, y quizá un partido de renovación pueda inspirarse en los modernistas conservadores».

Con esa manifiesta intención política regeneradora, el artículo de Engelsberg Ideas y el libro reseñado nos devuelven a un grupo de interesantes escritores; unos, inamovibles en el pináculo de la fama, como Eliot; otros, discutidos, como Pound; otros, sumidos en distintos grados de olvido como Ford Madox Ford o T. E. Hulme. Conservadores y modernistas a la vez, mostraron que se podía conciliar la defensa de valores tradicionales con el impulso de nuevas formas artísticas a través de movimientos (efímeros y hoy también olvidados) como el imaginismo y el vorticismo. El clásico trabajo del español Guillermo de Torre Historia de las literaturas de vanguardia sigue siendo fuente esencial para ahondar en estos y otros nombres y movimientos; como, por ejemplo, Wyndham Lewis, compañero de viaje literario de Pound y Eliot.

El artículo completo de Engelsberg Ideas puede verse aquí.

La foto que ilustra el artículo es una vista de la Cámara de los Lores británica. Su autor es Herry Lawford. Tiene licencia Creative Commons vía Wikimedia Commons. Puede verse aquí.