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Ver productosEl magnate cita el desempleo masivo, la ciberdelincuencia y el bioterrorismo entre los mayores riesgos de una IA sin control. Propone un impuesto al token y reservar algunos empleos a los humanos

3 Sep 2026 (Act. 7 Sep 2026) - 9min.
Bill Gates (Seattle, 1955) es un empresario, programador y filántropo estadounidense. Cofundó Microsoft con Paul Allen en 1975 y fue una figura clave en la expansión de la informática personal. Durante años estuvo entre las personas más ricas del mundo. En 2000 creó junto a Melinda French Gates una fundación centrada en salud global, educación y reducción de la pobreza. Es autor de varios libros sobre tecnología y desafíos globales.
Avance
Cuenta Bill Gates que en su vida solo ha tenido dos trabajos: primero se hizo rico con Microsoft y, desde 2008, se dedica a devolverle la riqueza recibida con el objetivo de hacer del mundo un lugar mejor. «Este es el trabajo al que me dedicaré el resto de mi vida», asegura a modo de introducción en un artículo publicado en su propia página web. De repente, el magnate ha abandonado el optimismo tecnológico de su juventud y se muestra temeroso ante el futuro. Entre las grandes amenazas que supone el desarrollo de la inteligencia artificial, sobresalen el desempleo masivo y los brotes de ciberdelincuencia y bioterrorismo.
«La transición a la era de la IA será uno de los momentos más turbulentos de la historia de la humanidad y no nos estamos preparando de forma adecuada», afirma. Deja una puerta abierta: «Si el mundo da los pasos adecuados, la IA será una fuerza positiva y mejorará la vida de todos», dice, pero admite que no es optimista: «No veo indicios de que los líderes, los expertos y las comunidades estén afrontando los retos de forma adecuada. No existe ningún plan para facilitar la transición a la era de la IA». Él propone alguna solución, como su idea del «impuesto al token», para poner más difícil la sustitución de las personas a cargo de las máquinas.
En otro foro, una entrevista con Karen Wise para The New York Times, Gates añade un dato no menos preocupante. Según él, el sector tecnológico ha estado quitando importancia a las citadas amenazas, pese a que las conocía, porque hay demasiado dinero en juego. Por supuesto, no es la persona más popular entre las grandes tecnológicas, aunque muchos de sus colegas también han pedido que se regule cuanto antes.
A los 70 años, divorciado y con la reputación herida por su relación con Jeffrey Epstein y sus ambiciones de monopolio, William Henry Gates III admite sus errores del pasado y se considera en la posición idónea para afrontar el problema de la inteligencia artificial. Es un líder en una industria que conoce como nadie y, al mismo tiempo, ya no tiene incentivos por conseguir resultados concretos.
ArtÍculo
En su ensayo, Bill Gates da un giro copernicano al optimismo entusiasta que lo llevó a crear Microsoft y que ha mantenido casi todos estos años. «La tecnología en sí misma no es buena ni mala», admite. «El resultado depende enteramente de cómo la usemos». El problema es que no lo hacemos bien, no solo por avaricia. La capacidad de la IA sigue acelerando sin control ni consenso sobre cómo gobernarla y estamos en un momento de bifurcación, sin margen de maniobra para rectificar: «Las decisiones que tomemos en los próximos dos o tres años determinarán la trayectoria de la IA durante décadas», afirma. «La IA será el mayor factor de igualdad jamás inventado o la peor fuente de injusticia».
Bill Gates identifica varias amenazas concretas que, según él, exigen respuestas inmediatas. Las detalla en su artículo y las explica en su entrevista con The New York Times. La esencial y más evidente es el peligro de un desempleo masivo en los próximos años. Una de las soluciones que propone es un «impuesto al token», para que a las empresas les resulte más caro sustituir a las personas y para proporcionar ayuda a quienes pierdan su empleo. El token es la unidad básica de cálculo de la IA y su consumo es lo que los proveedores de pago cobran a sus clientes.
Según Gates, debería prohibirse que la IA sustituyera determinados puestos de trabajo «reservados para humanos», porque tiene funciones profundamente personales, como los cuidadores, o porque es poco probable que las personas que desempeñan esos trabajos encuentren un nuevo empleo. En su opinión, la idea de la Casa Blanca y de las grandes tecnológicas de apostar por las medidas voluntarias de control es un disparate. «¿Autorregulación con la herramienta más peligrosa jamás inventada?», se pregunta con incredulidad. «¡No, gracias!».
Dario Amodei, cofundador de Anthropic, parece el más preocupado por estos temas y también ha dicho que la humanidad necesita despertar. Por eso mismo, se ha enemistado con el Pentágono, la Casa Blanca y gran parte de la industria tecnológica. «Hay gente atacando a la persona más franca sobre las desventajas de la IA», resume Gates. «No me gusta darle malas noticias a la gente y no me gusta decir que la innovación puede ser negativa, pero ahí es donde estamos», concluye el magnate en su entrevista.
En el ensayo publicado en su página web detalla las tres mayores amenazas a las que se enfrenta la humanidad con el desarrollo de la IA. También desvela cuál es su mensaje a los líderes del mundo. Divulgarlo es parte de su misión:
«Tienen la oportunidad de actuar ahora, antes de que el desempleo aumente drásticamente, las comunidades se vean afectadas y la confianza de la ciudadanía se vea mermada. Pueden asegurarse de que su gobierno aborde el problema de forma integral, en lugar de dividirlo en múltiples feudos burocráticos. Pueden garantizar que la inteligencia artificial beneficie a todos. Y pueden colaborar con otros gobiernos para hacer frente a este reto nacional y mundial»
Bill Gates
Entre los peligros que ya empiezan a percibirse destaca la pérdida de puestos de trabajo. Bill Gates evoca el fantasma de la Gran Depresión y asegura que muchos empleos desaparecerán para siempre. «Los que corren mayor riesgo son los de nivel básico e intermedio, mientras que los nuevos puestos que se crearán requerirán, en su mayoría, competencias que llevan muchos años adquirir».
Su previsión es que esta tendencia continúe sin limitarse a un puñado de sectores o profesiones. Los puestos de trabajo en ventas y atención al cliente, ingeniería de software y asistencia jurídica podrían ser de los primeros en sufrir, pero la disrupción «llegará mucho más lejos a medida que la IA asuma tareas que hoy aún requieren trabajadores cualificados». Incluso los empleos manuales se verán afectados. «Aunque los robots no están tan avanzados como la IA, con el tiempo su coste también se reducirá drásticamente». Gates pronostica que los robots inteligentes empezarán a competir con las personas en algunas tareas físicas a finales de esta década.
Otra amenaza no menos grave es el uso militar de la IA y la capacidad que le dará a la gente para crear bombas, armas biológicas y nuevos virus. «Incluso los delincuentes con conocimientos muy limitados podrán atacar a víctimas de cualquier tipo», vaticina, en una carrera en la que el mal siempre irá por delante del bien, esperemos que por poco.
.«Los ciberdelincuentes no dejarán de crear nuevas herramientas. Tampoco lo harán quienes quieran utilizar la IA para diseñar armas nucleares y ataques bioterroristas». No por dar ideas, Gates cita objetivos como hospitales, entidades financieras, redes de abastecimiento de agua, redes eléctricas y sistemas de gestión de servicios públicos.
Existe, por otro lado, el riesgo de vivir «una carrera armamentística en torno a la IA que pueda utilizarse para diseñar y lanzar ciberataques contra otros países». Todos los gobiernos, apunta Gates, quieren disponer de la tecnología más potente para poder disuadir los ataques de sus adversarios. «Este incentivo por no dejar que nadie se adelante podría desencadenar una carrera para crear armas cibernéticas cada vez más peligrosas. Todos saldríamos perdiendo».
Al mismo tiempo, «estamos cerca del punto en que las máquinas puedan tomar decisiones de vida o muerte sin intervención humana». Gates aboga por un tratado internacional que prohíba ciertas aplicaciones, similar a los acuerdos sobre armas químicas, pero reconoce que el consenso es esquivo.
Todo esto sin contar con el miedo clásico a la rebelión de las máquinas, que de algún modo ya ha comenzado: «Los modelos de IA podrían empezar a actuar en contra de nuestros intereses y perderíamos el control».
La IA, por otro lado, «podría frenar el desarrollo de nuestros hijos y sustituir las relaciones humanas». El propio Gates cuenta que fue un niño muy reservado y que, si hubiera tenido la oportunidad, habría sido carne de cañón para convertirse en amigo de un robot.
En sus reflexiones sobre los efectos sociales de la IA, cita a Jonathan Haidt: «Al igual que los árboles jóvenes expuestos al viento, los niños que se enfrentan habitualmente a pequeños riesgos crecen hasta convertirse en adultos capaces de afrontar riesgos mucho mayores sin entrar en pánico. Por el contrario, los niños que se crían en un entorno protegido, como un invernadero, a veces se ven paralizados por la ansiedad antes de alcanzar la madurez».
También habla de peligros como el uso compulsivo de la tecnología, trastornos del sueño, ciberacoso y exposición a contenidos nocivos. Por no hablar de los problemas de la educación: «La misma herramienta que permitirá a la gente aprender más que nunca podría llevar a mucha gente a aprender menos», apunta. La falta de pensamiento crítico en los jóvenes puede ser una consecuencia fatal.
«Ya es difícil distinguir entre contenido real y falso», señala Gates. «Los deepfakes de vídeo y audio son cada vez más convincentes y los algoritmos pueden producir desinformación a escala industrial». La preocupación no es abstracta: en las elecciones estadounidenses de 2024, circularon vídeos manipulados de candidatos que millones de personas creyeron auténticos. El problema no es solo tecnológico; también es de confianza pública, alfabetización mediática y responsabilidad de las plataformas.
Los sistemas de IA aprenden de datos históricos que reflejan desigualdades existentes. «Si entrenamos modelos con datos sesgados, obtendremos decisiones sesgadas», escribe Gates, quien cita casos documentados, como sistemas de contratación que discriminan por género y algoritmos de justicia penal que penalizan a las minorías. La solución, advierte, exige auditorías independientes y diversidad en los equipos que diseñan estos sistemas. El sesgo no es un fallo accidental que se corrige con más datos; es estructural, refleja prioridades y valores de quienes construyen los modelos.
Los modelos de IA más potentes requieren cantidades enormes de datos personales para entrenarse y funcionar. «Cada interacción con un asistente de IA genera información sobre nuestras preferencias, hábitos y pensamientos», escribe en su ensayo. «Sin salvaguardas robustas, esa información puede ser explotada por gobiernos autoritarios o corporaciones sin escrúpulos». La tensión entre utilidad y privacidad no se resolverá con tecnología, sino con una regulación clara y ejecutable. La arquitectura actual, datos centralizados en manos de pocas empresas, es insostenible.
Gates señala que el desarrollo de IA avanzada está en manos de un selecto grupo de empresas —OpenAI, Google, Anthropic, Microsoft— con recursos que ningún actor público o académico puede igualar. «Si solo unas pocas compañías controlan la infraestructura de IA, controlan también quién tiene acceso a sus beneficios», argumenta. Esa concentración puede amplificar desigualdades globales.
Foto: Bill Gates, en 2025, fotografiado por Philippe Buissin en un encuentro en la Unión Europea. © European Union, 1998-2026, vía Wikimedia Commons. Artículo elaborado por Federico Marín Bellón.