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Ver productosLa historiadora Margaret MacMillan sostiene que no estamos preparados para el nuevo orden mundial que se avecina. Recomienda aprender de las lecciones del pasado

3 Sep 2026 - 4min.
Avance
Hay ratas muertas por todas partes. El mundo se va pareciendo al escenario de la novela La peste de Albert Camus, en la que la aparición paulatina de ratas muertas en las calles de la ciudad es el anuncio inexorable de una epidemia mortal, aunque tanto las autoridades como la mayoría de los ciudadanos no quieran darse cuenta. ¿Entenderemos hoy las señales que se acumulan, los nubarrones que se ciernen sobre nuestro horizonte? La prestigiosa historiadora británica (nacida en Canadá) Margaret MacMillan es concluyente: no estamos preparados ante el nuevo orden mundial que se avecina y acerca del cual hay numerosas señales, aunque el futuro, como siempre, esté abierto. Lo dice en un reciente artículo en The New York Times.
En su opinión, los problemas se producen cuando se malinterpretan o ignoran esos avisos; como Noé diciendo, según un viejo chiste, que aquello iban a ser cuatro gotas. La dificultad está en que, a toro pasado, es fácil ser profeta; otra cosa es anticipar lo que viene. MacMillan recuerda justamente la novela de Camus. Las ratas muertas de nuestra actual ciudad global tienen que ver con el cambio climático (los récords de temperatura, las sequías e incendios de este verano), la elevada deuda de las economías avanzadas, los recortes —con efectos mortales— en ayuda médica y alimentaria por parte de los Estados Unidos de Trump, el riesgo (en buena parte por lo anterior) de una nueva epidemia, el amenazador avance desregulado de la IA. Los conflictos entre Estados han alcanzado la cifra más alta desde 1946. La guerra de Ucrania se estanca e Irán se ha hecho con el control de un corredor esencial del comercio mundial.
Quizá no nos encaminamos a una nueva guerra mundial, «pero la amenaza de un conflicto catastrófico entre potencias grandes y bien armadas está más cerca de lo que ha estado en décadas», escribe la historiadora. Es la «guerra mundial en pedazos» que dijo el papa Francisco. El caso es que la nueva realidad ha llegado a una velocidad sorprendente y el viejo orden mundial se empezó a erosionar por miopía, complacencia y tolerancia o aprobación hacia las malas conductas. «Debemos prepararnos, lo que empieza con ser honestos sobre la gravedad del momento que estamos viviendo y aceptar que nuestro frágil sistema se está tambaleando», advierte MacMillan.
Como historiadora, se fija en los precedentes de las revoluciones francesa y rusa y en la llegada de Hitler al poder. En todos los casos, los gobernantes ignoraron los avisos, las señales que se cernían sobre sus tronos o sobre la democracia en el caso alemán. «Quienes están en la cúspide de un régimen a menudo no se dan cuenta de lo frágil que es». También en todos esos casos las consecuencias de los hechos desbordaron las fronteras nacionales: la Revolución francesa engendró a Napoleón y sus guerras europeas, la rusa fomentó el internacionalismo revolucionario, Hitler provocó la Segunda Guerra Mundial.
También ha habido ejemplos de que «las naciones y sus líderes leen las hojas de té a tiempo». Es lo que hizo el gobierno británico en 1832 ampliando el derecho al voto para integrar a las nuevas clases medias e impedir un estallido como el de Francia unas décadas antes.
Los paralelismos con el pasado le parecen obvios a Margaret MacMillan. El egocentrismo y autoritarismo de Luis XIV que libraba guerras por su propia gloria encuentran eco en un Trump que afirma que los límites a su poder residen en su propia moralidad. «Quienes opten por ignorar las señales de advertencia y descartar la historia como algo irrelevante para el presente podrían llevarse una sorpresa y quedar horrorizados cuando, de todos modos, ocurran acontecimientos que no desean», señala la historiadora.
Un nuevo presidente estadounidense podría cambiar las cosas a partir de 2029, recuperándose una «comunidad internacional» colaborativa. Pero también es posible que estemos en «las primeras etapas de lo que será un periodo prolongado de desorden», con la OTAN en crisis, guerra híbrida de Rusia contra Europa y la amenaza de un enfrentamiento entre China y Estados Unidos a cuenta de Taiwán. Nuestro mundo es cada vez más impredecible, con líderes menos atados a marcos externos y más libres de improvisar sobre la marcha. «Deberíamos estar eligiendo a quienes toman decisiones con más cuidado que nunca, justo cuando parece que los electores tienden menos a hacerlo», sostiene la autora del artículo.
La esperanza para evitar el desastre reside en instituciones internacionales (de la aviación civil a internet), que gestionan los vínculos entre las naciones, en tratados que aún se respetan, en una opinión pública internacional que todavía puede ejercer presión sobre los líderes; en organizaciones que, pese a todo, sobreviven, como la ONU, la Organización Mundial del Comercio o el Banco Mundial, y en la capacidad de potencias intermedias, como Canadá, Australia y Japón, para trabajar juntas y llenar el vacío que deja Estados Unidos al abandonar su papel de superpotencia benevolente.
Y, por supuesto —habla la historiadora— en aprender del pasado. Del error de 1914 al no ver venir la guerra y del acierto de 1945 al «emprender el laborioso proceso de construir algo de nuevo».
El artículo de Margaret MacMillan puede verse en The New York Times.
La imagen que encabeza el artículo es un dibujo de William Cotton, publicado en la revista Ken en 1938. Procede de Wikimedia Commons y es de dominio público. Puede verse aquí.