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Ver productosLa idea principal del libro de Ryan Avent —que los liberales deben dedicarse a la tarea de crear sentido— invita a la reflexión. ¿Tiene razón?, se pregunta el autor del texto

28 Jul 2026 - 11min.
Avance
Este artículo de The Unpopulist se fija en el libro In Good Faith: How the Nature of Belief Shapes the Fate of Societies (De buena fe: cómo la naturaleza de las creencias determina el destino de las sociedades) de Ryan Avent. En él, el autor sostiene que el liberalismo ha dejado de producir y tener sentido no solo para los individuos, sino para las sociedades. Y si para los primeros es importante, para las segundas es esencial. «En un pasado reciente, el liberalismo también tenía un relato: el de una gran empresa humana de progreso, igualdad y liberación. Sin embargo, hoy día, según el autor, el consumismo masivo, los medios de comunicación fragmentados, la sociopatía impulsada por la tecnología y el nihilismo cultural han arrasado con el sentido».
Pero ¿es tarea del liberalismo ofrecer un horizonte de sentido? ¿Cómo se relaciona con él? El artículo establece tres tipo de liberalismos: el clásico, según el cual dar sentido a la vida no es asunto suyo; el de valores, que afirma que el liberalismo viene en pack, y que presupone y promulga un amplio conjunto de valores; y el de la insuficiencia, que es el del autor, un liberalismo decepcionado que afirma que los otros dos tipos no han estado a la altura de los retos del mundo real actual, que «han fracasado objetivamente». «Si el liberalismo no encuentra una historia significativa que contar sobre sí mismo y no es capaz de brindar inspiración y propósito, será abandonado en favor de alternativas peores; justo lo que está ocurriendo». El autor del libro no sabe qué relato significativo puede ser el que echa en falta, pero no se aventura. El del texto agradece la humilde confesión. La idea principal de Avent, que los liberales han de dedicarse a la creación de sentido, le parece lo suficientemente estimulante e importante como para dedicarle su reflexión.
ArtÍculo
Aceptemos que el liberalismo atraviesa una crisis global.
Por «liberalismo» me refiero a las ideas e instituciones que sustentan los sistemas sociales modernos del capitalismo, la democracia y la ciencia. Por «global» me refiero a todo el mundo WEIRD: occidental, educado, industrializado, rico y democrático1. Por «crisis» me refiero a que el electorado está crónicamente insatisfecho y recurre a demagogos populistas, movimientos autoritarios y otras alternativas antiliberales.
Aceptemos también que la crisis es el resultado de numerosos factores y que no puede atribuirse a una única causa; es decir, explicaciones plausibles hay de sobra. Entre ellas, se encuentran el decepcionante crecimiento económico, el reparto desigual de las mejoras de renta, la inmigración masiva, la brecha económica y cultural entre zonas urbanas y rurales y entre personas con estudios universitarios y sin ellos, las redes antisociales, el declive de la religión, gobiernos anquilosados, estructuras políticas precarias… Bueno, os hacéis una idea.
Por último, arriesguémonos un poco. Admitamos que la crisis tiene un componente espiritual. Reconozcamos que muchas personas sienten que les falta algo más que bienes materiales y voz política. Sienten una falta de sentido en sus vidas. Llámalo Dios, llámalo propósito, llámalo trascendencia; llámalo el deseo —no, la necesidad— de marcar la diferencia durante nuestro breve paso por esta pequeña bola de roca. Los filósofos, inspirándose en Aristóteles y los griegos, a veces utilizan el término eudaimonia, un estado de plenitud que surge de la búsqueda del bien por el bien mismo (en contraposición al hedonismo, la búsqueda de la comodidad y el placer). ¿Quizás eso es lo que se ha perdido?
Si las dos primeras afirmaciones son ciertas, entonces gran parte de lo que aflige a las sociedades liberales puede abordarse, al menos en principio, mediante reformas políticas, económicas e institucionales. Pero si las tres son ciertas, entonces nos encontramos ante una brecha que las medidas económicas y políticas no pueden colmar. Llamémosla «brecha de sentido». Tendríamos que responder —o al menos responder mejor— a la pregunta atemporal planteada por los filósofos: ¿qué es la buena vida y cómo podemos encontrar la plenitud al perseguirla?
Esa brecha es el tema que plantea Ryan Avent, antiguo periodista de The Economist, en su nuevo libro, In Good Faith: How the Nature of Belief Shapes the Fate of Societies (De buena fe: cómo la naturaleza de las creencias determina el destino de las sociedades). Al presentar su ambiciosa tesis, Avent comienza (de forma un tanto peculiar) hablando de sí mismo. Propenso a la depresión, sentía una dolorosa ausencia de sentido y de fe. «No creo que sea el único en esta situación», escribe (la cursiva es del autor). «No creo que sea el único que se ha dado cuenta de esa ausencia».
Avent llegó a la conclusión de que el Occidente moderno adolece de un problema similar: ya no cuenta una historia inspiradora. Las carreras profesionales ajetreadas y las estanterías repletas de los supermercados no bastan. «Tenemos una necesidad profunda, una necesidad biológica, de coordinar nuestras acciones a través de grandes historias que nos ayuden a comprender por qué el mundo es como es y qué estamos intentando hacer, que imbuyan la vida de sentido y propósito», escribe. «Queremos sensaciones y respuestas que el liberalismo no nos proporciona».
Las personas necesitan relatos motivadores, pero Avent afirma —y este es su argumento más interesante— que las sociedades los necesitan aún más. Las narrativas morales compartidas son una tecnología social fundamental: «El mundo ha mejorado porque el significado compartido en él ha evolucionado de formas que han ampliado nuestras capacidades colectivas». El significado compartido permite la confianza y la cooperación a una escala que de otro modo sería inalcanzable; inspira «grandes sacrificios por los demás»; estructura nuestros mercados e instituciones. «Las historias que nos contamos a nosotros mismos sobre lo que estamos haciendo aquí y por qué dan forma a nuestras capacidades colectivas, y nuestras capacidades colectivas lo determinan todo».
Las creencias preliberales, como el tribalismo y el cristianismo, ofrecían relatos significativos —a veces para bien, aunque a menudo para mal—. En un pasado reciente, el liberalismo también tenía un relato: el de una gran empresa humana de progreso, igualdad y liberación. Sin embargo, hoy en día, según el autor, el consumismo masivo, los medios de comunicación fragmentados, la sociopatía impulsada por la tecnología y el nihilismo cultural han arrasado con el sentido. A su manera, el arribismo ha sido igual de perjudicial; lo que Avent denomina la «fe moderna» «no ofrece ninguna orientación a las personas en nuestra situación» más allá de instarnos a «alcanzar el éxito profesional, ganar dinero y dar por terminado el trabajo».
Si algo de esto nos suena familiar, puede que sea porque la acusación de que el individualismo, la industrialización y el consumismo conducen a la anomia y al nihilismo tiene raíces que se remontan a Platón entre los antiguos y a Rousseau y Marx entre los modernos. La modernidad nunca se recuperó del todo de los ataques de Nietzsche, quien afirmaba que el secularismo (que él despreciaba) había demolido el cristianismo (que también despreciaba) y solo había dejado tras de sí un consumismo embrutecedor (que también despreciaba).
Durante la primera mitad del siglo XX, la preocupación crítica por el sentido de la vida quedó relegada por dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Sin embargo, en la época de la «Generación del Yo», reapareció con gran fuerza. Pensemos en el discurso sobre el «malestar» del presidente Carter de 1979, en el que denunciaba «una crisis de confianza… que atenta contra el corazón, el alma y el espíritu mismos de nuestra voluntad nacional. Podemos ver esta crisis en la creciente duda sobre el sentido de nuestras propias vidas y en la pérdida de una unidad de propósito para nuestra nación». (Dato curioso: Carter no utilizó el término «malestar» en el discurso sobre el malestar). Pensemos en el discurso de Hillary Clinton de 1993 sobre la «política del sentido»:
Nos damos cuenta de que, de alguna manera, el crecimiento económico y la prosperidad, la democracia política y la libertad no bastan; que nos falta sentido en nuestras vidas individuales y colectivamente; nos falta la sensación de que nuestras vidas forman parte de un esfuerzo mayor, de que estamos conectados unos con otros… Los signos de alienación, desesperación y desesperanza… son demasiado comunes y no pueden ignorarse.
Hoy en día, los posliberales —muchos de ellos conservadores y cristianos— han adoptado (sin aparente ironía) una versión de la crítica nietzscheana, que no es en absoluto conservadora ni cristiana, alegando que el liberalismo ataca la fe, la familia, la nación y la tradición, socavando así sus propios cimientos y abriendo el camino al mismo autoritarismo que los liberales aborrecen. (Los posliberales no se muestran muy explícitos sobre el régimen de gobierno que prefieren, el cual llegaría al autoritarismo mucho más rápido).
¿Pueden los liberales sensatos responder a estas críticas? Sin duda, lo están intentando. De hecho, los análisis más reflexivos sobre las deficiencias del liberalismo provienen de los propios liberales. Pensadores como Francis Fukuyama, James Davison Hunter, Alexandre Lefebvre, Brink Lindsey, Adrian Wooldridge, Alexander Zakaras, yo mismo y Avent estamos inmersos en algo parecido a una discusión familiar, dividiéndonos más o menos en tres corrientes.
El liberalismo clásico sostiene —siguiendo a Locke, Mill y los libertarios modernos— que dar sentido a la vida no es tarea del liberalismo. Más bien, el principio fundacional y la fuerza distintiva del liberalismo radican precisamente en que elude las cuestiones sobre el propósito de la vida y la naturaleza del bien, permitiendo que coexistan y prosperen múltiples visiones morales. Si quieres saber cuál es el sentido de la vida, pregúntale a tu pastor o a tu gurú.
El liberalismo de valores está de acuerdo en que los liberales no abrazan una visión única del bien, pero rechaza la idea de que el liberalismo sea neutral en cuanto a valores. Por el contrario, el liberalismo presupone y promulga un amplio conjunto de valores, como la empatía, la reciprocidad, la equidad, la igualdad, la legalidad, la veracidad, la tolerancia y (por supuesto) la libertad. El liberalismo de valores se inspira (entre otros) en el filósofo John Rawls y el teórico político William Galston —y, más recientemente, en Alexandre Lefebvre, quien escribe, en su combativo libro de 2024 Liberalism as a Way of Life: «Propongo que el liberalismo es una forma de vida buena».
El liberalismo de la insuficiencia acepta muchas de las premisas de las otras dos corrientes, al menos en teoría; pero sostiene que ni el liberalismo clásico ni el liberalismo de valores han estado, en la práctica, a la altura de los retos del mundo real actual. De hecho, han fracasado objetivamente, y por eso nos encontramos en una crisis. Si el liberalismo no encuentra una historia significativa que contar sobre sí mismo, y si no es capaz de ofrecer inspiración y un propósito, será abandonado en favor de alternativas peores; lo cual, por cierto, es exactamente lo que está ocurriendo.
Avent se sitúa en este bando. El liberalismo «es la mejor forma de preservar la paz y fomentar la prosperidad, de comprender el cosmos, y ofrece un amplio margen para que cada uno de nosotros encuentre sentido donde pueda», escribe. Es «lo mejor que se nos ha ocurrido hasta ahora» y «nos acerca en gran medida a donde queremos estar». Pero: «no nos lleva hasta el final». En cursiva, escribe: «Necesitamos una historia que nos explique por qué debería importarnos adónde acaba llegando la humanidad». Como no es de los que se andan con rodeos, añade, en un epígrafe: «Nuestra supervivencia depende del descubrimiento y la adopción de una fe nueva y mejor».
Con una introducción como esa, el lector podría preguntarse qué tipo de fe nueva y mejor tiene en mente el autor, pero este se niega a dar pistas. «No sé cuáles son los relatos adecuados», afirma. «Hay ideas ahí fuera», nos asegura. «Hay muchas versiones de muchas historias, historias que se complementan entre sí, añadiendo giros, variaciones e inspiraciones, y si todos seguimos compartiéndolas, puede que acabemos en algún lugar nuevo y emocionante». Y ahí termina el libro.
La falta de respuesta de Avent es, como mínimo, decepcionante, pero tiene las virtudes (liberales) de la franqueza y la humildad. Cerré el libro sintiéndome más agradecido que decepcionado por el hecho de que no ofrezca ninguna «nueva» idea grandilocuente y espantosa. Hay que reconocer el mérito de plantear un problema sin pretender haberlo resuelto. Me decepcionó más la lamentable falta de datos empíricos y de investigación del libro; se ignoran ingentes cantidades de encuestas, reportajes y estudios académicos sobre todo tipo de temas, desde la política hasta la felicidad, en favor de generalizaciones y opiniones.
En cualquier caso, la idea principal de Avent —que, nos guste o no, los liberales deben dedicarse a la tarea de crear sentido— invita a la reflexión. ¿Tiene razón? Quizá. Veo méritos en las tres teorías sobre la brecha de sentido.
Sin embargo, sigo inclinándome más por la escuela liberal clásica. Si quieres saber por qué se ha perdido el sentido, fíjate primero en las instituciones y los líderes encargados de darle sentido. Fíjate en las escuelas que enseñan papilla de izquierdas en lugar de educación cívica e historia; en las iglesias que abrazan las guerras culturales y la política partidista; en las empresas de comunicación que, mediante algoritmos, desacreditan las instituciones y las normas. Fíjate, sobre todo, en los líderes políticos que eligen la demagogia en lugar del liderazgo moral. Exígeles que lo hagan mejor.
No me malinterpretéis, me encantaría que los liberales de hoy propusieran una nueva historia inspiradora, y espero que podamos hacerlo. Eso es lo que hizo Jefferson en la Declaración, lo que hizo Lincoln en el discurso de Gettysburg y lo que hizo King en su discurso en el Monumento a Lincoln. Lefebvre tiene razón: a quienes buscan la buena vida, tenemos mucho que ofrecerles.
Aun así, llenar ese vacío de sentido no es nuestro principal problema, ni es principalmente nuestro problema. Avent tiene razón al decir que podemos y debemos ayudar a llenar ese vacío de sentido, en la medida de lo posible. Pero no podremos lograrlo sin el apoyo de iglesias, colegios, líderes empresariales y de los medios de comunicación, políticos y —sobre todo— votantes responsables y con conciencia cívica. Si ellos no dan un paso al frente, entonces sí, el experimento liberal fracasará.
La imagen de este artículo es un montaje en Canva a partir de la cubierta del libro de Ryan Avent, al que está dedicada la crítica del autor, Jonathan Rauch.
Dicha crítica fue publicada originalmente en The Unpopulist y se reproduce aquí con autorización expresa de la editora del medio, Shikha Dalmia, y del propio autor.