El Estado como emprendedor

Mariana Mazzucato reivindica el papel proactivo del sector público

Vista panorámica de Silicon Valley
Vista panorámica de Silicon Valley
Ángel Vivas

Avance

El capitalismo, como se ha dicho, tiene los siglos contados. Mientras llega su final, que no será probablemente el que predijo Marx, cumple aplicarse a corregir los fallos de un sistema que, aunque carente de alternativa, no termina de funcionar a satisfacción de todos. Ya no se habla de socialismo, sino de capitalismo progresista o de limitar sus excesos. No hay alternativa, pero sí hay debate. Y en el debate entre las formas opuestas de ver el capitalismo, el eje Estado/mercado es tradicional y definitorio. Los partidarios de uno señalan las deficiencias del otro («dan por hecho que sabe lo que hay que hacer, pero no es así», dicen, refiriéndose al Estado o al mercado) y viceversa.

Una de las figuras más destacadas e influyentes del pensamiento económico actual es Mariana Mazzucato, reconocida con varios premios y con el aval del papa Francisco. Mazzucato no solo está a favor del Estado, sino que lo reivindica como emprendedor. Combate la idea de que sea torpe, burocrático o carente de dinamismo. Al contrario, recuerda las abundantes inversiones públicas que han facilitado el desarrollo de algunos de los proyectos más deslumbrantes de las nuevas tecnologías, incluyendo Apple, paradigma de los «inventores de garaje». «El país al que a menudo se considera el más representativo de los beneficios del sistema de libre mercado tiene uno de los gobiernos más intervencionistas en lo referente a innovación», sostiene Mazzucato. Lo cierto es, añade, que, en las investigaciones más caras e inciertas, el llamado capital riesgo ha dependido del gobierno.

«El Estado no solo puede facilitar la economía del conocimiento —insiste—, sino que también puede crearla de manera activa con una visión atrevida y una inversión dirigida a un propósito», y recuerda un caso ejemplar de visión y misión como fue el programa Apolo impulsado por el presidente Kennedy, en el que la iniciativa privada estuvo dirigida por el Estado.

Siendo esto así, concluye, parte de las ganancias de los empresarios de éxito deberían revertir al Estado que está en el origen de ellas. Más claramente: «Una vez reconocemos que el Estado no es solo un gastador, sino un inversor y una entidad que asume riegos, asegurarse de que la política conduce a la socialización no solo de los riesgos, sino también de las recompensas, se convierte en una simple cuestión de justicia».

ArtÍculo

Dentro de la dificultad de llegar a acuerdos unánimes en cualquier materia, y desde luego en economía, sí parece haber un consenso mayoritario en dos asuntos: lo que se llamó el socialismo real resultó un fracaso, y el capitalismo, que, en su mejor versión, la del Estado del Bienestar, ha logrado las cotas históricas más altas de prosperidad y justicia para mayor número de personas, es decir, la mejor sociedad históricamente conocida, sigue dejando a demasiada gente fuera de ese bienestar. La conclusión de esas dos premisas es que el capitalismo necesita correcciones, pero no se le ve un sustituto a corto plazo.

Raymond Aron, cuando se ocupa de Marx en Las etapas del pensamiento sociológico, escribe: «No creo que se haya descubierto una demostración concluyente de la autodestrucción del capitalismo… El capital no nos ofrece razones suficientes para creer que la condena histórica del régimen sea inexorable». Pero señala a continuación que regímenes del pasado que teóricamente podían sobrevivir han desaparecido de hecho. Es decir, los regímenes económicos pueden perecer sin necesidad de haber sido condenados a muerte por los teóricos; como podrá hacerlo el capitalismo, aunque no vaya a ser por las razones expuestas por Marx. En resumen, y como se ha dicho, el capitalismo tiene los siglos contados.

Entretanto —y recordando lo que dijo Keynes de que, a largo plazo, todos estaremos muertos—, se imponen, pues, los reajustes para que sus beneficios alcancen al mayor número de personas. Puesto que «las revoluciones no suelen acaban bien… la única respuesta es impulsar un cambio tan grande como permita el sistema democrático», ha escrito Joseph Stiglitz, que ha titulado significativamente uno de sus libros Capitalismo progresista. El español Emilio Ontiveros habló —título también de uno de sus libros— de los excesos del capitalismo. Entre esos excesos destacaba la financiarización de la economía, es decir, el predominio de la actividad financiera sobre la economía real, lo que, unido al desmantelamiento de las reglas en el sector de los servicios financieros, estuvo en el origen de la crisis de 2008. Las finanzas se han independizado y desbocado, habiéndose producido un divorcio entre la economía real y las ingenierías financieras, advertía Ontiveros. Los errores cometidos, añadía, nos obligan a repensar el papel de los mercados, a reducir el fundamentalismo en torno a sus ventajas, pues la actual conformación del capitalismo puede llegar a ser incompatible con la democracia. En línea con la corriente correctora del capitalismo, afirmaba que «el sistema necesita siempre purgas recurrentes que ayuden a limpiar sus excesos».

La dialéctica Estado/mercado

Entre sus conclusiones estaban que a los mercados no se les puede dejar solos y los gobiernos y las instituciones públicas son hoy más importantes que en las tres décadas anteriores; que es posible un capitalismo progresista que no esté en contra del mercado, sino de sus abusos; que la democracia liberal está amenazada por una tendencia a enfatizar el adjetivo liberal a costa del sustantivo democracia; que no se debe asfixiar la capacidad para emprender, para innovar, pero asimilando las lecciones de las últimas décadas.

A propósito de la imposición de reglas o su ausencia, un personaje de Chesterton decía que los aristócratas eran anarquistas: «Los pobres, a veces, han objetado a ser mal gobernados; los ricos siempre han objetado a ser gobernados de cualquier manera» (El hombre que era Jueves). Y aunque ni siquiera Adam Smith negaba por completo su papel al Estado, una tradicional línea divisoria entre liberales y, digamos, intervencionistas (para entendernos y simplificar, socialdemócratas) es justamente el protagonismo del Estado en los asuntos económicos. El argumento de los segundos es que el mercado necesita regulación porque, dejado en total libertad, produce monstruos. A menudo, los reproches son simétricos, achacándose unos a otros el dar por hecho que el Estado/mercado (táchese lo que no proceda) sabe lo que hay que hacer, pero que no es así en realidad.

Más allá de las reglas al mercado, últimamente se viene hablando incluso del papel del Estado como emprendedor. Quien más claramente ha defendido en estos años un Estado emprendedor es Mariana Mazzucato, una de las voces más destacadas de un pensamiento económico alternativo (o, como ella dice, «diferente») que puede asociarse a la izquierda, uno de cuyos libros, de 2014, se titula precisamente así, El Estado emprendedor. Mazzucato ha sido galardonada con premios como el John von Neumann y el Leontief por el avance de las fronteras del pensamiento económico, y el Papa Francisco la nombró miembro de la Pontificia Academia para la Vida por aportar «más humanidad» al mundo.

En el libro citado, desafía la extendida idea de que el Estado es torpe, burocrático y no puede asumir riesgo emprendedor; combate la falsa idea de que el Estado es demasiado grande y pesado como para ser un motor dinámico, e insiste en recordar las abundantes inversiones públicas en proyectos estrella de las nuevas tecnologías, así como en tecnologías de energías limpias. Se centra concretamente en el caso de Apple y todo el apoyo público recibido por esta empresa, paradigma de los «inventores de garaje» (el garaje es a las historias de emprendedores lo que el manuscrito a algunas novelas). «El país al que a menudo se considera el más representativo de los beneficios del sistema de libre mercado tiene uno de los gobiernos más intervencionistas en lo referente a innovación», escribe.

Cuando el capital riesgo no se arriesga

La economista aboga por un Estado atrevido y que asuma riesgos no solo en la investigación, sino en la comercialización; un papel que no puede jugar ningún inversor privado ni fuerza del mercado, pues son inversiones que requieren tiempo y paciencia. En las investigaciones más caras e inciertas, el llamado capital riesgo no ha hecho honor a su nombre, pues ha dependido del gobierno, recuerda.

Basándose en la experiencia de Silicon Valley, concluye que «el Estado no solo puede facilitar la economía del conocimiento, sino que también puede crearla de manera activa con una visión atrevida y una inversión dirigida a un propósito». La idea del propósito, o, como dice más a menudo, de una misión, es algo en lo que insiste, remitiéndose, por ejemplo, al programa Apolo y al impulso de Kennedy. Se trata, dice, de «soñar a lo grande», como hizo Estados Unidos entonces y hoy está haciendo China.

La idea de misión y el ejemplo del programa Apolo son referencias recurrentes que aparecen en libros posteriores, como El valor de las cosas, o en una intervención en la Fundación Telefónica de Madrid en junio de 2024. Se refirió entonces a cómo, en los numerosos asuntos a solucionar (de los equipos de los astronautas a lo que comerían) fueron esenciales las compras públicas al mejor precio, así como a la fértil relación entre el Estado y el sector privado: la iniciativa privada al servicio de un objetivo (una misión) marcado por el sector público. ¿Por qué no se hace más a menudo en el terreno social (compras públicas para vacunas, por ejemplo) lo que se hace habitualmente en el militar?, dijo en esa intervención.

Una posibilidad que no debe desestimarse

En su libro de 2014 defiende la mano visible del Estado para afrontar la incertidumbre inherente a la innovación. El papel del Estado no debe limitarse a corregir los fallos del mercado; debe ser un socio clave del sector privado. Sin quitarle méritos a Steve Jobs, recuerda que «no existe ninguna tecnología clave de las que hay detrás del iPhone que no haya sido financiada por el Estado».

El Estado emprendedor, en fin, es una realidad, pero también una posibilidad que a menudo se desestima. Su libro, según sus palabras, «describe escenarios en los que el Estado ha proporcionado la principal fuente de dinamismo e innovación en economías industriales avanzadas, señalando que el sector público ha sido el actor principal de lo que suele conocerse como la economía del conocimiento». «En el desarrollo de la aviación, la energía nuclear, los ordenadores, internet, la biotecnología y los actuales desarrollos en la tecnología verde, es y ha sido el Estado —y no el sector privado— el que ha arrancado y movido el motor del crecimiento, gracias a su disposición a asumir riesgos en áreas donde el sector privado ha sido demasiado adverso al riesgo», añade Mazzucato.

Un asunto que cae por su propio peso de todo lo anterior es que parte de las ganancias de los empresarios de éxito deberían revertir al Estado que está en el origen de ellas. En El valor de las cosas, de 2018, centrado, como indica el subtítulo de la edición española, en «quién produce y quién gana en la economía global», y en el que indaga en qué es la riqueza y de dónde procede el valor, vuelve a insistir en el papel emprendedor del Estado y en la cuestión del retorno de los beneficios: «Una vez reconocemos que el Estado no es solo un gastador, sino un inversor y una entidad que asume riegos, asegurarse de que la política conduce a la socialización no solo de los riesgos, sino también de las recompensas, se convierte en una simple cuestión de justicia».


La foto que ilustra el artículo es una vista panorámica de Silicon Valley. El autor es Tom Pavel y tiene licencia Creative Commons.