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Ver productosLa decisión del Gobierno de Trump abre un debate sobre los límites éticos de la instrumentalización de la masculinidad como recurso estratégico

16 Jul 2026 - 3min.
Avance
El Departamento de Defensa estadounidense ha puesto en marcha un programa piloto para administrar testosterona a los soldados que presenten niveles bajos de la hormona. La iniciativa, revelada por Steff Chávez, corresponsal de temas militares del Financial Times, forma parte de un conjunto de medidas destinadas a «optimizar la salud hormonal» de las tropas y «reforzar su preparación física», dado que la testosterona influye en la masa muscular, la densidad ósea, la agresividad controlada y la resistencia.
Pero no es solo un problema de las Fuerzas Armadas. Se ha detectado un descenso de la testosterona entre la población masculina occidental, detalla la autora del artículo. Influyen factores alimentarios, ambientales, el sedentarismo, etc., pero no menos un factor cultural: la crisis de masculinidad que atraviesa Occidente. Las expectativas tradicionales asociadas a lo masculino —proveedor, protector, figura de autoridad— han sido cuestionadas desde el feminismo y los estudios de género. Este proceso, vivido por muchos como liberador, ha generado también no poco desconcierto. La erosión de los referentes tradicionales ha dejado un vacío que ni el mercado laboral precario ni las nuevas formas de socialización digital han logrado llenar. Para muchos, ya no está claro qué significa ser hombre ni cómo encarnar ese papel en un mundo que ha cambiado las reglas del juego.
De ahí el valor simbólico de la iniciativa, sobre todo dada la obsesión del Gobierno de Trump y la derecha estadounidense por la crisis de virilidad. Según su narrativa, la inyección de testosterona vendría a ser el elixir que refuerza las cualidades históricas que adornan al varón: coraje, determinación, competitividad.
La terapia de reemplazo de testosterona es un tratamiento reconocido para casos de hipogonadismo —los testículos no producen suficiente hormona—. Pero aplicarlas a individuos sanos entraña posibles riesgos cardiovasculares. Tiene, además, contraindicaciones éticas. ¿Hasta qué punto es legítimo que el Estado intervenga en el equilibrio hormonal de sus ciudadanos-soldados? ¿Qué ocurre con el consentimiento informado en un contexto jerárquico como el militar, donde la orden y la obediencia estructuran las relaciones? ¿Quién define qué niveles de testosterona son normales y cuáles bajos, cuando el estándar no es la salud del individuo sino su rendimiento operativo? «La frontera entre medicina y dopaje se vuelve porosa».
La preocupación por la testosterona se enmarca en la supuesta feminización de la cultura, que según algunos analistas se debe a la crisis de la familia, al empoderamiento de la mujer y la pérdida de roles del varón. Desde posiciones conservadoras, se argumenta que la caída de la testosterona y la caída de la natalidad son dos caras de una misma crisis: la pérdida de vitalidad de Occidente, su incapacidad para reproducirse biológica y culturalmente.
Ya en la Roma tardía, los moralistas lamentaban la corrupción de las costumbres y la pérdida de las virtudes marciales que habían hecho grande al imperio. En el siglo XIX, las élites europeas temían la «degeneración» de la raza ante el avance de la industrialización y el urbanismo. Hoy, la testosterona ocupa el lugar que antes ocuparon la sangre o la patria: un marcador de salud colectiva cuyo declive anuncia el ocaso de una civilización.
Pero reducir la cuestión de la masculinidad —y, por extensión, de la identidad— a un problema hormonal es simplificar en exceso. Los jóvenes que hoy expresan desconcierto no carecen tanto de testosterona como de horizontes claros, de comunidades estables, de roles que les permitan sentirse útiles y reconocidos. La solución no pasa por la endocrinología, sino por la reconstrucción de vínculos sociales, la educación emocional y la apertura de espacios donde la masculinidad pueda redefinirse sin nostalgia ni resentimiento.
Administrar testosterona a los soldados puede hacerlos más fuertes en el gimnasio o en el combate; mas no resolverá la pregunta sobre qué significa ser hombre en el siglo XXI.
Foto: Detalle del brazo tatuado de Pete Hegseth, actual secretario de Defensa del Gobierno de Donald Trump. La instantánea fue tomada durante una intervención de Hegseth en la Cumbre de Acción Estudiantil, celebrada en Tampa (Florida) en 2021. Autor Gage Skidmore, con licencia CC BY-SA 2.0. Wikimedia Commons.