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Ver productosSu concepción del liberalismo parte de una paradoja, un drama inicial: «Que para tener libertad, haya que no tenerla, que estar adscrito a algo inconmovible»

5 Nov 2026 - 9 min.
Avance

«Concretando el problema en su descarnada desnudez», anuncia María Zambrano en su primer libro, «tenemos: que la economía liberal es insuficiente e inadecuada para la realización de los postulados liberales» y que, en consecuencia, habría que elegir entre esos postulados y su economía. Pero ni esa filósofa de 25 años en 1929, cuando comenzó con la escritura de esa obra, ni su generación estaban por la labor. Lo querían todo y también la época, de cierre e incertidumbre y, por eso mismo, de apertura, parecía adecuada para pensar en novedades. ¿Cómo conjugar esos anhelos? Horizonte del liberalismo es una manera de pensar la política desde el inicio a la búsqueda de soluciones inéditas e imaginativas.
Obra de juventud, no se volvió a reeditar en vida de la pensadora. Fue en 1996 cuando Jesús Moreno Sanz preparó la edición crítica, cinco años después del fallecimiento de la filósofa. Eso no significa que Zambrano renegara de la obra, más bien lo considera perteneciente a una etapa superada. Estudios introductorios de posteriores reediciones, como el de Jorge Novella para Alianza, subrayan que en esa obra ya está presente su crítica al «racionalismo positivista que no contempla sentimientos, intuiciones que nos lleven a las entrañas mismas de la vida» e incluso se atisba el germen de su razón poética.
Volviendo a las tesis del propio libro, en 1930 la joven Zambrano defendía un «nuevo liberalismo», un proyecto de emancipación integral de la persona, capaz de conciliar libertad individual, justicia social, cultura y vida espiritual.
ArtÍculo
«Amplia es la tarea, pues hay que salvarlo todo. Cultura y democracia. Individuo y sociedad. Razón y sentimiento. Economía y libertad. A ello tal vez nos ayude el ambicioso carácter de nuestra época». ¿Cuál es esa época desde la que habla una joven María Zambrano en su primer libro? La filósofa escribió Horizonte del liberalismo en el otoño de 1929. Se publicó al año siguiente, un año muy agitado en la historia y la política españolas. En enero de 1930 cayó la dictadura de Miguel Primo de Rivera, que gobernaba desde 1923 con el respaldo de Alfonso XIII. Entonces comenzó la llamada Dictablanda del general Dámaso Berenguer, un intento fallido de restaurar la normalidad constitucional «como si aquí no hubiese pasado nada radicalmente nuevo», denunciaba Ortega en su famoso artículo titulado El error Berenguer. Acababa con las palabras «¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia».
Los jóvenes intelectuales se tomaron esa reconstrucción muy en serio. María Zambrano siempre se tomó muy en serio al que consideró su maestro. Su libro comenzaba por lo más básico: ¿qué es la política? ¿A qué responde? ¿Bajo qué formas se presenta o la conocemos?
Política consiste en «dirigir la vida» y por ello, escribe en su ensayo, se confunde con la ética y con la religión. Las tres tienen en común el «no conformismo: protesta ante lo que es y ansia de lo que debe ser». Se diferencian en que mientras la religión y la ética «pueden dirigirse al individuo aislado», la política necesita la sociedad.
Respecto a las formas de entender la política, escribía la zambranista Mercedes Gómez Blesa en un reciente artículo que, tanto en este libro como en el posterior Los intelectuales en el drama de España, «esta cuestión se despliega como un conflicto entre modos de enfrentarse a lo real. El pensamiento conservador busca amparo en un orden que considera definitivo; percibe el cambio como amenaza y aspira a detenerlo. Su confianza en el sistema social convive con una profunda desconfianza hacia la vida. Zambrano descubre aquí la relación entre un optimismo cognoscitivo, que cree poseer de antemano la medida de las cosas, y un pesimismo vital, incapaz de aceptar su devenir».
Según la filósofa malagueña existe así un conservadurismo cognoscitivo, que dice «nada se puede inventar» y uno histórico que afirma «nada nuevo es posible», lo que paralizaría el ejercicio de la política. «solo tiene sentido frente a un rebelde, a un destructor», concede, de la misma manera que «la ortodoxia actuante, militante, solo alcanza sentido pleno frente a una heterodoxia». Establece una comparación curiosa: «Y así, los herejes fueron los seres más fecundos para la vida de la Iglesia, puesto que le ofrecían ocasión de actuar y moverse, cosa que, por necesidad íntima, ya le estaba vedado […]. Si nadie se oponía, si ninguna fuerza se enfrentaba pretendiendo cambiarla o destruirla, ¿qué tendría que hacer? ¿Un mero afirmarse así propia en el vacío?».
La política revolucionaria es la que admite, según Zambrano, «la necesidad del cambio perenne, la transitoriedad de las formas políticas, su accidentalidad». Pero, advierte, «una política de esencia revolucionaria no significa necesariamente una revolución, con su brusquedad de catástrofe, con la crueldad de sus procedimientos audaces… y con su sucedáneo retroceso. Más bien diríamos que la excluye, en tanto que la presupone de un modo continuo, de cada día, de cada hora. La revolución es un procedimiento que tanto puede efectuarse para abrir paso a una política revolucionaria, como a otra de la más hermética esencia conservadora».
Zambrano se transforma a continuación en una entomóloga y observa el temperamento revolucionario para señalar diversas especies: individualista, rebelde y por afán de justicia. En este último caso, admite, «la vibración por lo justo» puede coexistir con tendencias conservadoras. Entonces comienza la combinatoria. «Muy bien se puede ser conservador por ideas y revolucionario, de hecho, por temperamento. Es el caso de los pocos liberales y progresistas españoles que han actuado viva y eficazmente. Como también es posible ser revolucionario por convicción íntima y conservador en la cuotidiana realidad por cobardía, por pereza o por carencia de entusiasmos. Son los famosos tipos —también tan españoles, tan de mesa de café o de despacho— de intelectuales inactivos. Es aquel personaje que nos presenta Unamuno en Niebla. Todo lo era… en teoría. Gente sin vida, sin pasión, políticos de invernadero».
Zambrano siente que a ese último tipo han pertenecido y pertenecen «la mayoría de nuestros queridos liberales» y plantea un dilema: mucha gente que ha asimilado el liberalismo con ese tipo de gentes sin sangre piensa que el marco teórico de la corriente ha sido superado, cuando en realidad lo que ha pasado es un «vacío efectivo de una verdadera y honda revolución liberal». Y se remanga, se dispone a esa tarea en términos generacionales: «Y hoy tendremos que ser nosotros, los que quizá hemos nacido bajo el signo de su superación, los que hayamos de crearla».
En la segunda mitad del libro, expone la filósofa las particularidades del liberalismo tal y como ella lo entiende. Parte este de una paradoja, un drama inicial: «que para tener libertad, haya que no tenerla, que estar adscrito a algo inconmovible», de la misma manera que «para dudar fecunda, creadoramente, hay que tener fe. Para moverse, un punto de partida; para caminar avanzando, un norte».
El liberalismo nació aristocrático, pero no de una sola clase sino de todas las personas. Pronto comenzaron los problemas: «De tan aristocrática esencia, era prematuro. Se había ido demasiado lejos en la privilegiada vanguardia —mientras la inmensa retaguardia seguía pegada a la tierra—. Y entonces surgió el drama, el conflicto, por entonces irresoluble. Aristocracia o democracia, heroísmo o necesidad, libertad o esclavitud». En la antigüedad clásica, el esquema funcionó, pero ¿y después? Zambrano se pregunta por el lugar del liberalismo en «la solemne teoría de los siglos». Al investigarlo se detiene en las relaciones con la ética, la religión y el problema social.
Afirma María Zambrano que el liberalismo pronto cortó amarras con lo alto. El horizonte de la fe lo sustituyó por el imperativo categórico, el «deber heroico sustituyendo al fecundo y creador amor». Con todo, su rebelión no es contra la divinidad, sino contra las organizaciones que querían el monopolio de la conducción de la vida. «Humanidad autónoma, moral autónoma», resume Zambrano. El soltar amarras no fue solo por lo alto, sino por lo bajo también. No uno, pues, sino dos fueron los errores de ese liberalismo «racionalista», lo llama la filósofa, cuya «infecundidad estriba en haber cortado las amarras del hombre, no solo con lo suprahumano, sino con lo infrahumano, con lo subconsciente. Este desdeñar los apetitos, las pasiones, este desdeñar la fe, el amor…». Los dogmas de este liberalismo no habían sino de chocar con los dogmas religiosos del catolicismo. «Solo en los lugares donde la misma religión se hizo liberal, se humanizó, admitiendo la diversidad de autonomía del individuo; solo allí arraigó fecundamente el liberalismo moral y político».
A ese individuo de moral autónoma por obra de los postulados kantianos, la Revolución Francesa lo define y lo resinserta en una comunidad. Vuelve aquí Zambrano sobre una idea lanzada en la primera parte del libro. La existencia de una vanguardia y de un gran cuerpo social «en barbecho de todos los beneficios liberales». ¿Qué hacer con él? Zambrano examina la respuesta que ha dado el comunismo. Afirma que tanto este como el liberalismo pretenden cimentar la vida en dogmas humanos y solo humanos. Pero, ¿qué es lo humano? El liberalismo no tiene una respuesta precisa, mientras que el comunismo, con «afán de matemático rigor», responde que «es lo económico». Zambrano se revuelve: «Pero toda conciencia —fina o simplemente humana— se siente espantada ante esta concepción materialista de la historia […]. Es antidinámica, paralizadora; afirma un dogma para hoy y para siempre».
Se pregunta la filósofa entonces por el papel del liberalismo en plena encrucijada entre una vanguardia burguesa y una masa anhelante. Primero, comienza por reconocerle lo suyo, lo que es justo: «Él hizo posible, sin duda, el planteamiento del problema. Él hizo posible la existencia de las reclamaciones presentadas hoy por la masa. Pues si es cierto que no resolvió todo lo que hubo de prometer un día a las revueltas masas, les abrió el camino legal para que el problema sea presentado. Y contra él son ahora todas las censuras, porque si dio mucho— como nadie dio—, no lo dio todo. Tampoco le fue posible; era inmensa la obra […] para que el pobre liberalismo lo hiciera todo de un golpe».
La exposición desemboca en la gran contradicción del liberalismo, «que parece ser su esencia», subraya la autora: «Y es que por una parte afirmó los “derechos del hombre” que hoy vemos que para hacerse efectivos necesitan de una nueva forma económica […]. Pero la economía liberal lo impide. Y aquí tenemos, en terrible oposición, dos aspectos de una doctrina: los postulados espirituales del liberalismo no pueden realizarse con la economía liberal».
Ese es el drama y la inmensa tarea que Zambrano dirige al nuevo tiempo, a una época que no quiere renunciar a nada, y a la nueva generación, donde se integra. El asunto es cómo hacerlo. A la hora de buscar soluciones rescata dos aspectos esenciales del liberalismo. Por un lado, «su inmenso amor al hombre, a todo hombre, y no a una clase. Esto nos conduce justamente a la democracia económica. Aceptémosla. Además, que, realizado este cambio económico por los propios liberales, queda conjurado el gran peligro del materialismo histórico, que nos parece amenaza la cultura».
El otro aspecto esencial es el amor a los valores, «valores suprahumanos que el hombre encarna en la cultura; la aristocracia espiritual, la libre intelectualidad, que es la esencia del vivir culto. Aceptémoslo también». Una mezcla que no olvida su ingrediente principal, su aglutinante libertad, una libertad «que no rompa los cables que al hombre le unen con el mundo, con la naturaleza, con lo sobrenatural. Libertad fundada, más que en la razón, en la fe, en el amor».
La imagen que ilustra el texto es el retrato fotográfico de María Zambrano procedente de la Fundación María Zambrano, en Vélez Málaga, donde no aparece ni se menciona al autor de la fotografía. El archivo es de dominio público y se encuentra en Wikimedia Commons. Ha sido editado en Canva.