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Ver productosQue mandar es servir, que la ley es igual para todos y que humillar solo garantiza la guerra eterna ya lo sabían los romanos, expertos también en eso que parece tan actual: controlar el relato

14 Oct 2026 - 10 min.
Emilio del Río. Doctor en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid y gran divulgador de la cultura grecorromana a través de pódcast, colaboraciones en radio y libros como Latín Lovers (2019), Calamares a la romana (2020), Locos por los clásicos (2022), Pequeña historia de la mitología clásica (2023) y Carpe Diem (2025). Su labor ha sido premiada con varios galardones, entre los que destaca la Cruz de Alfonso X el Sabio.
Avance
A la brillante lista de lo que los romanos hicieron por nosotros, que enumeraron con mucha razón y mucha gracia los Monty Python en La vida de Brian, el profesor Emilio del Río añade un objeto: un espejo. Es un espejo que viene de aquella época, pero refleja la actualidad y las personas que habitamos el presente. Dieciséis siglos después del fin de aquella civilización, los romanos nos reflejan y nos representan.

En realidad, «nos han hecho a nosotros», escribe el autor en su obra, titulada Pequeña historia de la antigua Roma. Se trata de un manual didáctico y divertido, apto para público de 0 a 99 años y con ilustraciones de JVLIVS. Editado por Espasa, este libro recrea doce siglos de historia viva y encarnada para conocer más a nuestros antepasados, entender mejor el presente y construir un futuro con lo mejor del legado romano.
ArtÍculo
Parece increíble, pero así es: una pequeña aldea de pastores junto al Tíber acabó dominando el Mediterráneo, conquistó medio mundo y los efectos de esa expansión siguen siendo visibles y reconocibles hoy día. A lo largo de doce siglos, desde el 753 a.C. hasta el V d.C., Roma fue monarquía, república, imperio… Si fuera literatura o cine, podríamos decir que su historia comprende todos los géneros: bélico (un poco gore, según la contienda), de aventuras e intriga, thriller, drama, enredos amorosos y hasta ciencia ficción, por los visionarios adelantos que se pusieron en marcha. Si hubiera que enumerar lo que los romanos han hecho por nosotros, nos daríamos cuenta de que la lista de los Monty Python se quedaba corta.
El ensayista, doctor en Filología Clásica y, básicamente, loco por los clásicos Emilio del Río propone la suya en el libro Pequeña historia de la antigua Roma. En ella figuran la ciudadanía, el derecho, la propia noción de ciudad, una lengua y una literatura inmortales, caminos, puentes, acueductos, teatros… Sobre todo, como escribe el autor, «a la pregunta de ‘¿qué han hecho los romanos por nosotros?’, la respuesta es sencilla: nos han hecho a nosotros. Por eso, si queremos entendernos a nosotros mismos, comprender nuestra sociedad y pensar con un poco de lucidez en el futuro, tenemos que conocer la historia de Roma».
1 La revolución de los cuidados. Ahora que este tema está en el centro de la agenda mediática, es preciso recordar la historia del hijo del príncipe troyano Anquises y de la diosa Afrodita, Eneas, el mítico personaje de Virgilio que dio origen al pueblo y al linaje de Roma. Su periplo comenzó en una Troya envuelta en humo y ruinas de la que Eneas huye sin miedo y sin épica. Él es ese héroe que menea la cabeza ante las exigencias de los dioses y el destino y se levanta para cumplir su misión. No va solo. Carga a sus espaldas a su padre y toma de su mano al hijo, lo que quizá haga su viaje más lento quizá, sí, pero es que Eneas no va a lucirse, solo va a hacer lo que debe. «Esa imagen —un hombre avanzando entre el fuego con el peso del pasado y la promesa del futuro— es el verdadero retrato del alma romana. El romano ideal no se deja arrastrar por las pasiones ni por los caprichos: cumple con su deber, aunque duela. Roma nacerá de esta lealtad».
2 La ley, igual para todos. Emilio de Río recrea en su libro el episodio en el que Rómulo mata a Remo por traspasar el surco sagrado que delimitaba la ciudad. Inventa un episodio dialogado en el que Rómulo se reafirma: «Así morirá todo aquel que se atreva a cruzar mis murallas». Esa frase concentra la enseñanza de la leyenda: «El orden y la ley están por encima de la sangre y de la emoción. Rómulo no mata solo a un hermano, funda una norma».
El que sí mato de verdad fue Lucio Junio Bruto y no a su hermano, sino a dos de sus hijos. Bruto, que había encabezado la revuelta contra el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, ordenó la ejecución cuando se descubrió que sus hijos formaban parte de una conspiración para restaurar la monarquía. Aquella escena en la que el padre de los conspiradores y el padre de la República condenaba a muerte a los traidores para defenderla recordaba que dura lex sed lex, la ley es dura, pero es la ley.
3 Los límites al poder. Los romanos trabajaban a conciencia el control político. Los cargos públicos, las magistraturas, los ejercían los ciudadanos elegidos por votación. No eran puestos de trabajo, sino «un servicio público que se asumía como una carga moral». Eran anuales, incluían la obligación de rendir cuentas, no existía la inmunidad y los ocupaban al menos dos personas que se vigilaban o ejercían de contrapeso entre sí. La República, resume Emilio del Río, era un Estado «en el que todos mandaban un poco, nadie mandaba del todo y cada cargo estaba diseñado no para inflar el ego de quien lo ocupaba, sino para recordarle que Roma era más grande que él. Tal vez por eso, precisamente por eso, duró 500 años».
4 La plebe cuenta. En el año 494 se organizó la primera huelga general de la Historia, según explica el libro. El campesinado estaba pluriempleado entre sus tierras y hacer la guerra cuando tocaba, y tocaba bastante a menudo. Al regresar, encontraba todo manga por hombro. «La guerra engrandecía a Roma, pero empobrecía a los que menos tenían. La ciudad dependía de ellos, pero no recibían nada a cambio». Y se enfadaron. Se retiraron a una colina cercana y dejaron de trabajar. El Senado tuvo que negociar. Plebeyos y patricios llegaron a un acuerdo e inauguraron un nuevo cargo público: los tribunos de la plebe. Eran elegidos por el pueblo (ojo que el pueblo en Roma no incluía a los esclavos ni a los extranjeros ni a los aliados) y tenían poder de veto sobre las decisiones del Senado. Su función era proteger a los ciudadanos de los abusos de los patricios, un primer paso hacia la igualdad jurídica. En palabras del autor, «Roma aprendió ese día una lección que marcaría toda su historia: un Estado solo se mantiene unido si escucha a todos».
5 Mandar es servir: el ejemplo de Cincinato. Si lo mejor es predicar con el ejemplo, el mejor es el de este patricio romano que pasó a la historia como modelo de virtud, austeridad y servicio a la República. En un periodo de inestabilidad y guerras de desgaste con los pueblos vecinos (etruscos, volscos, ecuos), el Senado se acordó de él, que vivía retirado y dedicado a sus tierras. Tenía fama de honrado y sensato y lo demostró en dos ocasiones. La primera, cuando Roma estuvo contra las cuerdas a manos de los ecuos y Cincinato utilizó la emergencia de su poder absoluto para reclutar, atacar y descolocar al enemigo en una operación de máxima rapidez y eficacia. Tras la operación, rindió cuentas, dejó el cargo y volvió al arado y a sus tierras, donde fueron a buscarlo una segunda vez para desbaratar una crisis interna. De nuevo salvó a la República y de nuevo abandonó el poder después de los servicios prestados. Cincinato nos recuerda, escribe Del Río, «que el poder es servicio, no propiedad; una carga temporal, no un botín». Y, sí, Cincinnati, la ciudad de Ohio (Estados Unidos), se llama así en honor a este ciudadano romano y en recuerdo de George Washington, que se retiró también de la presidencia del país cuando pudo mantenerse en el cargo.
6 Una salida para el enemigo. Otro de los pueblos que puso contra las cuerdas a los romanos fueron los samnitas. Su jefe, Cayo Pontio, los encajonó en un desfiladero y preguntó a su padre qué hacer con ellos. El anciano Herio Pontio le dio como opciones liberarlos a todos y ganarse su admiración, o no dejar ni uno y eliminar la amenaza romana por completo. Lo que no debería hacer nunca es humillar, porque humillar asegura la guerra eterna. ¿Qué hizo el hijo? Exactamente lo contrario. Obligó a los romanos a atravesar una especie de pasillo del escarnio. Ellos lo aprovecharon para aprender un par de cosas: que arrasar y arrastrar al enemigo no era tan útil ni duradero como establecer alianzas con él y que la clemencia no era señal de debilidad, sino de poder.
Lo puso en práctica, por ejemplo, Escipión en Cartago, cuando el general de moda, que había ganado Hispania para Roma, fue destinado allí. Su victoria sobre los ejércitos de Aníbal puso fin a la segunda guerra púnica. Escipión practicó esa clemencia. Ya fuera por cálculo político, personal o por compasión sincera, lo cierto es que «existía aún en Roma una cierta tradición de contención hacia los enemigos derrotados, en la que se valoraba la clemencia como muestra de civilización y poder», subraya Emilio del Río.
7 Copiar mejor. En relación con lo anterior, cuando Grecia finalmente fue sometida por Roma, esta no impuso condiciones muy duras a los griegos. Estaba enamorada de su cultura y la admiraba profundamente, «adoptó su cultura como base de su propia civilización», escribe Del Río. Así como la imitación es un método lícito para el aprendizaje, los romanos usaron la copia para desarrollarse y ser ellos mismos, únicos también, culturalmente hablando.
Frente a estas enseñanzas, los romanos también nos legaron un espejo en el que, más allá de los siglos que las separan, nuestras sociedades se miran y se reconocen hermanas en sus debilidades y actos no tan ejemplares.
Lo de controlar el relato, por ejemplo, no lo han inventado los asesores políticos de hoy día. Octavio, futuro Octavio Augusto, organizó una muy bien orquestada campaña de desprestigio del rival cuando Marco Antonio decidió formalizar su relación con Cleopatra y se divorció de Octavia, que era la hermana de Octavio. Este acusó a la reina egipcia de querer quedarse con el territorio dominado por Roma en el frente oriental y a Marco Antonio de actuar «como un pelele en manos de una reina extranjera mientras él se presentaba como el salvador de Roma».
Hablando de amores y triangulaciones, Emilio del Río suma el poliamor a la lista de invenciones romanas, concretamente cuando César tras sus victorias en Oriente, tomó a Cleopatra y a su hijo y volvió con ellos a Roma donde esperaba Calpurnia, su tercera mujer.
Mezclar política y corazón en la antigua Roma era tan habitual como el «pan y circo» que también se inventó allí. El autor trata de ello cuando explica la inauguración del Coliseo, en el año 80, y Tito decretó cien días de juegos, «Los romanos eran auténticos fans del entretenimiento a lo grande. Si hoy tenemos fútbol y festivales, ellos lo mezclaban todo ¡en un solo sitio!», comenta el autor. Gladiadores, exhibiciones de animales exóticos e incluso recreaciones de las batallas de barcos eran espectáculos grandiosos acompañados de comida gratis, regalos… «Así surgió la famosa frase panem et circenses, es decir, ‘pan y circo’, que hacía referencia a que, mientras los ciudadanos estuvieran entretenidos, se les olvidaba preocuparse por la política y defender su libertad».
Lo que sí hacían era defender los colores en las gradas con vehemencia y hasta con violencia. En esta Pequeña historia de la antigua Roma no falta la matanza ordenada por Caracalla en el Circo Máximo en unas carreras de carros cuando los verdes de Calígula, Nerón y Domiciano (los participantes se agrupaban en equipos con distintos colores que indicaban a quién pertenecían los caballos y los carros) comenzaron a abuchear a un auriga de los azules, el color de Caracalla. Este, un auténtico hooligan, en palabras de Emilio del Río, ordeno a su guardia acabar con la protesta matando y «convirtiendo los graderíos en un espectáculo de sangre y muerte». Una última muestra de que, en lo grande y en lo pequeño, en lo admirable y lo deleznable, la historia de la antigua Roma siempre aparece cercana, divertida e inagotable, al fin.
La imagen que ilustra este texto es el cuadro de Ribera que se guarda en el Museo del Prado. Su título es elocuente: Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma. El archivo se encuentra en Wikimedia Commons con licencia CC-PD-Mark.