«Sin respeto. Una crisis social», de Byung-Chul Han

«La creciente expansión del ego, que no admite nada más allá de sí mismo, cuestiona cualquier autoridad», escribe el filósofo surcoreano en su nuevo ensayo

Foto: B_Me (Brian Merrill) para Pixabay
Pilar Gómez Rodríguez

Avance

La «guerra civil molecular», de Hans Magnus Enzenberger; el «ansia de uso» de Martin Buber; o las reflexiones de Richard Sennett en torno a la autoridad son algunos de los conceptos y autores a los que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se arrima en su nuevo libro, editado por Paidós.

Byung-Chul Han: Sin respeto. Una crisis social. Paidós, 2026. Traducción de Lara Cortés

Un presente en conflicto ha hecho que tenga todavía mayor actualidad este ensayo sobre el respeto como vínculo interpersonal y necesidad social. Lo que en otro tiempo fue el fundamento de la convivencia ahora amenaza con desaparecer en una sociedad caracterizada por el narcisismo en la que estatus se equipara a respeto. Es una equivalencia perversa que causa división, violencia y desintegración social. El respeto tiene más que ver con la consideración, en el fondo, y con la cortesía en las formas. Han se pregunta, con uno de los autores de referencia, Sennett, «si este desprecio por las máscaras rituales de la sociabilidad no nos ha vuelto culturalmente más primitivos que la tribu más simple». En este nuevo ensayo intenta darle respuesta.

ArtÍculo

«La guerra civil molecular se inicia de forma imperceptible, sin que medie una movilización general. Poco a poco, en la calle se van acumulando las basuras. En el parque aumenta el número de jeringuillas y de botellas de cerveza destrozadas […]. Pronto la nostalgia del gueto se desahoga por medio de señales más claras. Neumáticos pinchados, teléfonos públicos inutilizados, coches incendiados. Estos actos espontáneos exteriorizan la rabia por todo cuanto todavía está entero, el odio contra todo aquello que aún funciona; un odio que forma una amalgama indisoluble con el odio hacia uno mismo». La cita es de Hans Magnus Enzenberger en Perspectivas de guerra civil, pero la recoge Byung-Chul Han en su último ensayo. En Sin respeto. Una crisis social, el surcoreano establece esa guerra civil molecular como consecuencia de la sociedad neoliberal del rendimiento, uno de los ejes temáticos de su trayectoria. Una sociedad donde los ganadores se lo llevan todo y el respeto equivale a estatus no deja lugar a batallones de perdedores, que acaban con todo y, en ocasiones, con ellos mismos. Un respeto así entendido no es compatible con el bien común.

Del ghosting como falta de respeto

En ocasiones, la lucha por el respeto deja de serlo y toma otras formas de violencia más callada. El ghosting, el hecho de terminar una relación afectiva o de amistad de repente y sin explicaciones, esconde una falta de respeto. Ese no sentirse interpelado por la otra persona, ese no deber de respuesta y esa ausencia de responsabilidad es también una ausencia de respeto. En la sociedad actual, el consumo ha llegado hasta la consideración del otro, que supuestamente está ahí para beneficio de uno mismo, como algo que hay que aprovechar, o como obstáculo y estorbo, algo que hay que liquidar en cuanto deja de ser útil. El filósofo Martin Buber hablaba de «ansia de uso» y este afán es para Han la antítesis del respeto.

Opinión no es identidad

Del otro como competidor y como mercancía, de la mano de Carl Schmitt se pasa al otro como enemigo y como enemigo necesario para consolidar la identidad propia. Esto es válido tanto en el plano individual como social con consecuencias demoledoras. «La creciente pérdida de respeto, la negativa a ponerse en el lugar del otro, supone un peligro para el debate democrático. Cada vez respetamos menos las opiniones ajenas. De hecho, incluso estamos empezando a odiarlas […]. En el debate ideal prima una clara separación entre opinión e identidad».

En una de sus viñetas, el dibujante italiano Francesco Tullio Altan acompañaba a una de sus figuras característica con la frase: «Me vienen a la cabeza opiniones que no comparto». Quien piensa siempre es alguien que piensa algo, pero podría pensar otra cosa distinta. Hoy es difícil incluso imaginar ese giro. Las opiniones se han pegado a la piel, pero, como recuerda Han: «Quien profesa una opinión como identidad pierde la libertad en el debate, que requiere mantener una distancia con respecto al propio parecer». A la política de la identidad, Han enfrenta la política de la alteridad que «se cuida de caer en un encerramiento total en sí mismo, tan ligado a la violencia, a la guerra».

Vergüenza

La mitad del libro la dedica Byung-Chul Han a defender un cierto orden vertical que contrapone a la actual ambición desjerarquizadora, librada en un plano horizontal. Comienza por la vergüenza, esa emoción moral que «requiere de un sistema de valores superior». Sus palabras las acompaña el libro de Leon Wurmser titulado La máscara de la vergüenza.

Así, la vergüenza es una especie de responsabilidad respecto del honor perdido y del valor no manifestado. «La vergüenza tradicional constituye un elemento de cohesión social. Quien se avergüenza reconoce el sistema superior de valores. Los rituales de expiación restituyen el honor herido y permiten que la persona avergonzada se reintegre en la sociedad. En cambio, la práctica actual del shaming o la humillación se diferencia radicalmente de la cultura tradicional de la vergüenza: carece de cualquier fuerza constructiva e integradora». La sociedad neoliberal del rendimiento es implacable con los perdedores, avergonzados por su quedarse atrás, por su fracaso. Para ellos no hay paz, ni expiación y tampoco hay respeto.

Orden horizontal vs orden vertical

Sostiene Han que el orden horizontal se rige por la in-diferencia. «El respeto, sin embargo, es el antagonista de la in-diferencia. Allí donde, por principio, todo es idéntico a todo desaparecen los espacios del respeto».

Kant mirando al cielo estrellado y sintiendo la ley moral dentro de él es un «habitante ejemplar del orden vertical». Hannah Arendt es vecina de ese patio también porque su llamada a la acción es una aspiración vertical que «tensa una vida humana y la mantiene en vilo». En el orden horizontal no hay altura que venerar o respetar, «tampoco reconocemos ninguna trascendencia, porque nos hemos quedado atrapados en la inmanencia del consumo y la comunicación. Sin respeto, aplanamos todo y lo convertimos en objeto de consumo», escribe Han volviendo a su discurso.

El orden horizontal no requiere futuro: el presente tiene la prioridad absoluta. «Nos tambaleamos desde un presente hacia el siguiente. Así, el tiempo se desmorona hasta quedar reducido a una sucesión de presentes», escribe Han. Combate a continuación la idea de que la desjeraquización genere más libertad. Ese mecanismo no es tan automático: «A menudo la supuesta libertad de manifiesta como presión psicológica».

El pudor, la veneración y el respeto pertenecen al orden vertical; la transparencia, la revelación pornográfica son horizontales. Llevado al plano del lenguaje, la poesía, con sus metáforas, verticaliza el lenguaje y lo erotiza. La información dice Han que «está desnuda». Pertenece al reino horizontal como el discurso de la autenticidad, que se basta a sí mismo sin necesidad de impulso vertical: no requiere «modelos ejemplares ni ideales».

Cortesía, haz tu magia

Junto a aquello que nos aleja del respeto, el filósofo examina también lo que puede acercarlo. Ahí entran en juego la consideración y la cortesía. Han se pone kantiano. La consideración es el respeto moral hacia los demás que brota cuando se reconoce su dignidad, es un freno también a la reducción instrumental de las personas. «El imperativo categórico de Kant se opone diametralmente al imperativo capitalista que produce un reino de los medios. El capitalismo obliga a las personas a contemplarse unas a otras como medios o productos. De ese modo destruye tanto la consideración como la dignidad».

Sobre la cortesía, que trata en el capítulo titulado «El declive de la vida pública» reflexiona de la mano de Richard Sennett, especialmente de su obra titulada La autoridad. De la cortesía confirma y alaba su utilidad, ya que sirve para que «las personas que no se conocían pudieran participar en la vida pública sin fricciones destructivas». Durante un tiempo la apariencia hermosa «sofoca lo que hay de tosco en el ser humano». A veces esa apariencia enraizaba con la esencia hasta hacerse una con ella. «La cortesía no es simplemente un exterior que se opone al interior auténtico: penetra en el interior mismo y lo transforma. De hecho, lo forma y lo cultiva […]. En eso consiste la magia de las formas rituales».

Han, que dedicó un libro a la desaparición de los rituales, hace una incursión histórica en el siglo XVIII, cuya vida pública era pura representación. Lo personal quedaba fuera. En el siglo XIX todo eso empezó a cambiar. Con Rousseau como bisagra, lo personal entra en escena… literalmente. Se desata el culto a la autenticidad que rechaza los rituales y las máscaras. El autor del ensayo se pregunta con Sennett «si este desprecio por las máscaras rituales de la sociabilidad no nos ha vuelto culturalmente más primitivos que la tribu más simple».

El malentendido de la autoridad

Después de exponer y defender la cortesía —«las formas no se irritan», escribe el autor—, Han se fija en el último capítulo de su libro en la crisis de autoridad y apunta el malentendido en torno a esta. La autoridad necesita respeto, pero no de forma caprichosa. Recurre a la etimología para descubrir que «en su sentido primigenio, la autoridad no solo es represora, sino generadora. Crea una comunidad». Viene de auctor, de autor, es decir, alguien que crea, que alumbra y genera.

La forma represora que puede adoptar la autoridad no forma parte de su esencia. A diferencia de lo que ocurre con la violencia, no excluye la libertad. Aparece Sennett, de nuevo, para quien «es infantil equiparar autoridad y violencia», explica Han. Es un error, prosigue, y señala otro: «Creer que la desaparición de las autoridades se traducirá automáticamente en una mayor libertad constituye un espejismo. Lo que provoca en un primer momento la caída de la autoridad es inseguridad y desorientación».

Han, que titula este último capítulo La crisis de la autoridad señala algunos síntomas: la autoridad estatal deja paso a la burocracia; los políticos no tienen ninguna autoridad; las elecciones se convierten en un ritual vacío; el desapego cunde entre los ciudadanos; las redes sociales socavan la credibilidad, la autoridad, de los medios tradicionales… Por último, señala uno muy curioso: «la creciente expansión del ego, que no admite nada más allá de sí mismo, cuestiona cualquier autoridad».

El peligro de la caída de la autoridad es el movimiento dialéctico de recurrir a un gobernante autoritario. «En los autócratas, la autoridad suele adoptar una forma seductora. El liderazgo se convierte en seducción, y el respeto da paso a la adoración, que adquiere rasgos religiosos y fanáticos». Como recuerda Sennett, muy presente en esta última parte, los autócratas son «terribles simplificadores». Y apostilla Han: «Seducen con sencillas fórmulas y aforismos que no tienen en cuenta las complejidades».


La imagen que ilustra este texto se encuentra en el repositorio de Pixabay. Su autor es B_Me (Brian Merrill).