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Ver productosLa imaginación de este «Leonardo del siglo XX» rompió los cánones de diseño de su tiempo, combinando técnica, espiritualidad y una profunda relación con la naturaleza

15 Oct 2026 (Act. 19 Oct 2026) - 11 min.
Gijs van Hensbergen. Profesor de arquitectura e historiador del arte de origen neerlandés, afincado en el Reino Unido. Especialista en la vida y la obra de Gaudí y de Picasso.
Avance
La obra de Antoni Gaudí trasciende épocas, estilos y modas, como pone de manifiesto el estudio biográfico del profesor de arquitectura e historiador del arte Gijs van Hensbergen. Fue simultáneamente antiguo y moderno, medieval y adelantado a su tiempo. «Leonardo del siglo XX […] su imaginación causó verdaderos estragos en los anticuados cánones de diseño de su tiempo». Su originalidad radica en su capacidad para inventar y esculpir el espacio, combinando imaginación, técnica, espiritualidad y una profunda relación con la naturaleza. Por ello, arquitectos actuales como Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry o Norman Foster reconocen su influencia.
Su formación explica en parte esta singularidad. Desde niño estuvo en contacto con el taller de calderería de su padre, donde aprendió a trabajar con materiales como el hierro y el cobre. La contemplación de las ruinas del monasterio de Poblet despertó su interés por las estructuras arquitectónicas, mientras que Santa María del Mar le mostró la capacidad de la piedra gótica para generar emoción y espiritualidad. Durante sus estudios de arquitectura destacó más por el dibujo y la creatividad que por la teoría académica; y las arquitecturas de Oriente, África, la Antigüedad y la Edad Media le servirían de inspiración futura.
Dejó su personalísima huella en el Capricho de Comillas, la Casa Balló y la Casa Milà, «autobiografía en piedra» donde plasma sus anhelos espirituales y pasiones terrenales, como apunta Van Hensbergen. Pero será en la Sagrada Familia donde culminará su carrera. Gaudí trabajó en ella durante décadas con absoluta libertad, fusionando arquitectura, naturaleza, simbolismo religioso y una enorme riqueza formal. Su estilo desconcertó a muchos contemporáneos, pero precisamente esa mezcla de influencias demuestra su voluntad de superar las categorías artísticas convencionales. Como él mismo dijo, el templo expiatorio «no iba a ser la última de las catedrales sino la primera de una nueva era».
ArtÍculo
Genio personalísimo e irrepetible, Antonio Gaudí (Reus, 1852 – Barcelona, 1926) es «antiguo y moderno; medieval y, al mismo tiempo, cien años adelantado a su tiempo. Una mentalidad del todo relevante para el siglo XXI». Así lo define el profesor de arquitectura e historiador del arte Gijs van Hensbergen en el estudio biográfico sobre el autor de la Sagrada Familia. Inicialmente publicado en 2002, el trabajo se reedita en 2026, con motivo del centenario del arquitecto.
Si algo se desprende de sus páginas es la intemporalidad de Gaudí, que lo sitúa por encima de modas o corrientes estéticas y culturales. Fue «cubista antes del cubismo» con el trencadís, técnica ornamental de mosaico que une fragmentos irregulares de cerámica, vidrio o mármol mediante argamasa. Pero la llegada del vidrio y el acero de la Bauhaus, con su imperioso ángulo recto, lo denigró como «ejemplo del kitsch y la extravagancia finisecular». Tiempo después «la gauche divine barcelonesa de los años sesenta recuperó la pasión por el modernismo y por Gaudí».

Y en la escena contemporánea «estrellas de la arquitectura como Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry o Norman Foster deben mucha de su inspiración a la capacidad de Gaudí para esculpir el espacio. El don del arquitecto catalán consiste en comprender la escala y la emoción, así como la capacidad del edificio para inspirar y respirar».
En el siglo XXI su celebridad ha crecido de manera exponencial. «La reputación de Gaudí se ha difundido hasta convertirlo en el arquitecto más famoso del mundo. Su legado es admirado en Japón, Corea, Europa y en toda América […] La obra gaudiana interesa cada vez más porque es holística, espiritual y asombrosamente original». Y su ecologismo está impregnado de contemporaneidad: «Recicla azulejos, vajillas y juguetes rotos, sobrantes de fábricas, aros metálicos de fardos de algodón, muelles de somieres y ladrillos chamuscados de hornos industriales para crear sus edificios».
Pero Gaudí escapa a las etiquetas, esquiva los intentos de encasillarlo. ¿Por qué? Van Hensbergen apunta a una cualidad singular: su imaginación. A diferencia de otros muchos, Gaudí no construye, sino que inventa. Y esto le confiere un aura renacentista: «Cual Leonardo del siglo XX, Gaudí encarna la apoteosis del artista como inventor. Fantásticamente fértil, su imaginación causó verdaderos estragos en los anticuados cánones de diseño de su tiempo».
Nadie lo hubiera imaginado viéndole en un pupitre de las Escuelas Pías de Reus en los años 60 del siglo XIX. «No era un alumno precoz ni distinguido, sólo destacaba en la asignatura de Geometría». Era el quinto hijo de Francesc y Antònia, residentes en Reus. Había tenido una infección pulmonar y artritis reumatoide. El restablecimiento fue penoso. Había ocasiones en que estaba tan inmovilizado que tenían que llevarlo en burro.
El padre era calderero y el niño se pasa horas en el taller, donde aprende a trabajar con el fuego, batir el cobre y doblar el hierro. «Así pudo estudiar la gramática de la arquitectura. En la cumbre de su carrera, Gaudí aún seguía refinando la destreza que le trasmitiera su padre sesenta años antes».

A los 16 años, hará un descubrimiento esencial para su vocación arquitectónica. Junto con sus amigos Eduard Toda y Josep Ribera ve las ruinas de Poblet: «El monasterio lo tenía todo: panteón real, aunque destrozado y vacío, una iglesia medio derrumbada y las ruinas del palacio que construyó Martín el Humano. Sin embargo, fueron esos escombros sobre los que Gaudí y Toda fundaron sus largas y distinguidas carreras». Entusiasmados, conciben el audaz proyecto de reconstruir el conjunto. Para el joven Gaudí aquel fue su «primer laboratorio arquitectónico y le ofreció la oportunidad de desmontar algunas porciones de los edificios a fin de observar cómo funcionaban». ¿Qué porcentaje de mampuesto y revestimiento se utilizaba en un arbotante? ¿Cuánto pesaba un sillar de clave? El muchacho quedó maravillado por los rasgos estructurales que se le revelaban. Poblet era para él como un modelo de anatomía con sus tendones y músculos a la vista».
Para costearle la carrera de arquitecto, el padre vende algunas tierras, y el joven Antoni llega a Barcelona, donde queda maravillado ante la iglesia de Santa María del Mar, «logro sublime del Gòtic cuyo espacio elástico es capaz de producirle calma o agitación. La construcción del siglo XIV le proporcionó a Gaudí el modelo para una unión futura entre edificación y creencia».
Como estudiante universitario le interesaba más el arte que la teoría. Su compañero Martinelli lo atestigua: «Para él era una tortura la geometría analítica que convierte la plasticidad de las formas en fórmula algebraicas, a las que llamaba ‘abstracción de abstracciones’. Durante las clases teóricas, se entretenía dibujando».
Por entonces se convierte en ávido lector: «En años posteriores sería capaz de citar fragmentos enteros de los poemas de Goethe» … y en un dandi sibarita, que gasta guantes de cabritilla y sombreros de fieltro, degusta la buena mesa y frecuenta salones y veladas musicales. En materia religiosa es «indiferente, rayano en el ateísmo».
Se interesa por las arquitecturas de Oriente y África, que le servirán de inspiración futura. Había adquirido un juego de fotografías de monumentos indios y egipcios que consideraba «un festín espiritual» y contaba con reproducciones en daguerrotipo de las ruinas mayas y otras obras de la arquitectura asiria y persa como la sala hipóstila de Jerjes y las cien columnas de Darío en Persépolis. Estudiaba fotografías de las viviendas de arcilla del Nilo, «unos curiosos palomares que acaban en punta como cucuruchos invertidos, así como de las fortificaciones españolas construidas en Melilla, que utilizaban un arco alargado en forma de huevo que él desarrollaría hasta obtener su distintivo arco catenario».
Entre los arquitectos europeos su mayor influencia fue Viollet-le-Duc: «El restaurador de Notre Dame hacía un análisis arquitectónico radical que Gaudí encontraba particularmente estimulante».
En marzo de 1878 se graduó al fin. Pero su asistencia a la Escuela de Arquitectura había sido esporádica y su enfoque de los encargos había quebrantado las reglas. «Caballeros, nos hallamos hoy en presencia de un genio o de un loco» es fama que dijo Elías Rogent, el director de la Escuela.
Su vida personal dará un giro hacia la espiritualidad, tras el desengaño con Pepeta Moreu, «una profesora divorciada, enérgica, poco convencional y muy guapa», a la que conoció en 1879. Señala Van Hensbergen que «con bastante torpeza le pidió matrimonio, pero ella ya estaba comprometida». Sólo volvería a enamorarse de una norteamericana, que acabó retornando a EE.UU. Resignado al celibato, asumirá su estéril vida amorosa. Su conversión religiosa fue un proceso gradual, muy relacionado con el encargo de la Sagrada Familia que recibe en 1883. Paulatinamente se aproxima «a los místicos españoles, por la llama de amor viva, en un peregrinaje espiritual hacia Dios».
Mientras tanto, deja huella de su creatividad en distintas obras, entre las que destacan el Capricho en Cantabria, construido entre 1883 y 1885, por encargo de Máximo Díaz de Quijano, secretario del marqués de Comillas. Y el palacio episcopal de Astorga, proyecto diseñado e iniciado por Gaudí, por encargo del obispo Juan Bautista Grau, en 1889 y concluido en 1915 bajo la dirección de Ricardo García Guereta.
En 1903 el industrial Josep Batlló encargó a Gaudí que derribara el edificio de su residencia familiar en el Paseo de Gracia para construir uno nuevo. Mas el arquitecto descartó el derrumbe y realizó una reforma integral que hizo del edificio una auténtica obra de arte. Actualmente la Casa Batlló es patrimonio mundial de la UNESCO y un icono del modernismo barcelonés.
También lo es la Casa Milà, conocida como La Pedrera, construida también en el paseo de Gracia entre 1906 y 1910. Encargada por Pedro Milà, es un reflejo de la plenitud artística de Gaudí: «Pertenece a su etapa naturalista, se inspira en las formas orgánicas de la naturaleza, a lo que añade una imaginativa creación ornamental».
La Casa Milà, «representa un intento de autobiografía» considera Van Hensbergen. En su fachada de piedra, Gaudí había sublimado sus anhelos espirituales y pasiones terrenales. «Los tres años que la había dedicado lo dejaron psicológica y físicamente exhausto. Tenía ya cincuenta y siete años. Sería su último encargo secular».
En 1918 la Sagrada Familia quedó como única obra activa de Gaudí, pues tras la muerte de su mecenas Eusebi Güell, las obras del Park Güell y la Colònia Güell se vieron interrumpidas. Entonces se dedicó por entero al templo expiatorio. «Proyectaba, daba forma a la piedra y ayudaba a los trabajos, pero también recaudaba fondos y gestionaba apoyos. Durante 36 años progresó lenta pero concienzudamente».
Las obras iniciales habían comenzado en 1882, cuando el obispo Urquinaona colocó la primera piedra, con la idea de que el templo fuera neogótico, pero los desencuentros entre los promotores fueron constantes y hasta que no apareció el joven Gaudí en el otoño de 1883 no hubo unidad de criterio. El arquitecto gozó de absoluta autonomía para trabajar en la Sagrada Familia con sus audaces innovaciones.
La cripta neogótica quedó acabada en 1891, y para 1900 se habían completado la fachada del Nacimiento y una sección exterior del claustro y de la capilla del Rosario. «La fachada del Nacimiento producía una sensación operística, arrebatadora y grandiosa» destaca Van Hensbergen. «Como Ortega había dicho de El Escorial, ‘era un credo visible’, aunque para algunos críticos aquello no era sino un ‘tratado de puro esfuerzo’».
La Magnus opus inacabada, con su peculiar estilo que fusionaba fuentes tan distintas, desconcertaba a analistas e intelectuales: «Empleaba una salvaje cleptomanía estilística que aunaba el lenguaje de las figuras de cera, el diorama, el carnaval, el paisaje, la gruta, la feria y el santuario religioso en un todo elaborado» subraya el autor.
El crítico y teórico de la arquitectura Nikolaus Pevsner lo desdeñaría como «frenético mejunje sólo posible en el país de Churriguera». En cambio, Oscar Tusquets, restaurador del Palacio Domênech, explica cómo Gaudí «trabaja en un diálogo con Dios, el mismo que podría mantener un alfarero japonés con la divinidad».
Durante sus últimos años, totalmente entregado a la Sagrada Familia, Gaudí vive y trabaja como un ermitaño. Su jornada consistía en una rutina inalterable: misa matutina, trabajo en el templo, confesión y vuelta a casa para meterse en la cama. En marzo de 1921 el presidente Dato fue asesinado por unos anarquistas y en verano el ejército español sufrió una aplastante derrota en el Rif. El país se vio arrastrado al caos y el desorden, pero Gaudí caminaba tranquilamente todos los días a través de la tormenta política, aislado y distante, pensando absorto en su iglesia.
Nada quedaba del dandi sibarita de su juventud. Tal era su aspecto que «la gente se cruzaba de acera al verlo, temiendo que les pidiera dinero». Tampoco tenía un carácter fácil. Un día fue conducido al calabozo por increpar a guardias civiles en en catalán, idioma prohibido por la Dictadura de Primo de Rivera. Allí encerrado, pensó que el país estaba en un callejón sin salida y tomó una drástica decisión: trasladarse a vivir al estudio de la Sagrada Familia.
El lunes 7 de junio de 1926, a las cinco de la mañana, salió del templo para recorrer andando los tres kilómetros hasta san Felipe Neri, para hablar con su director espiritual. Al cruzar la Gran Vía de las Cortes Catalanas, distraído en sus pensamientos, se paró un momento y el tranvía número 30, incapaz de aminorar la velocidad, lo atropelló.
Por sus trazas, el conductor lo tomó por un vagabundo borracho, así que apartó el cuerpo de la vía y continuó el trayecto. Estuvo un día entero en un hospital para indigentes. Comenzó a delirar. Alguien lo reconoció y lo trasladaron al Hospital Clínic. Entonces empezaron los lamentos y los desfiles de autoridades. Toda la prensa resaltó el vergonzoso drama. Al día siguiente, el herido recobró el sentido y pidió la Extremaunción. Luego musitó, aferrado a un crucifijo, «Jesús, ¡Déu meu!». Falleció unas horas después.
En 2010, Benedicto XVI consagró como basílica el templo expiatorio, y en 2025 el papa Francisco declaró a Gaudí venerable, primer paso en el camino a la canonización. En 2026, el año del centenario, León XIV ha inaugurado la Torre de Jesús de la Sagrada Familia.
Gaudí todavía construye desde la tumba» subraya Gijs van Hensbergen. «Dios fue su principal mecenas y en realidad no tenía prisa. Había esperado cientos de años a que se terminaran Chartres y Sevilla. Según tales estándares, ciento cincuenta años más para la Sagrada Familia no supondría demasiado tiempo». Sobre todo, teniendo en cuenta que, como él mismo dijo con acento profético, el templo expiatorio «no iba a ser la última de las catedrales sino la primera de una nueva era».
Imagen de cabecera: Gaudí y el nuncio del Vaticano Francesco Ragonesi visitan la Sagrada Familia (1915). El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.