Estados Unidos y China: Cara y cruz de los imperios de la IA

Es posible que el gigante asiático se haga con la hegemonía mundial, o que cualquiera de las dos potencias declinen por agotamiento de los recursos o por rebeliones internas de una inteligencia artificial descontrolada

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Alfonso Basallo

Niall Ferguson. Doctor en Historia Moderna por la Universidad de Oxford, especializado en historia económica, financiera y del colonialismo. Investigador principal de la familia Milbank en la Hoover Institution (Universidad de Stanford). Consejero fundador de Austin University. Autor, entre otros ensayos, de Civilización (Occidente y el resto); El Imperio británico; La plaza y la torre y El triunfo del dinero.

Eric Schmidt. Presidente del Proyecto Especial de Estudios Competitivos y exdirector ejecutivo y presidente de Google. Es coautor, junto con Henry Kissinger y Craig Mundie, de Génesis: Inteligencia artificial, esperanza y el futuro de la humanidad.

Lisa Klaasen. Investigadora asociada de la Iniciativa de Gobernanza de la IA de la Universidad de Oxford.

Avance

La inteligencia artificial es la materia prima de los actuales imperios, EE. UU. y China, como la plata lo fue para el Imperio español en el siglo XVI. Y a diferencia de Roma o del Imperio británico, los dominios de las dos superpotencias se extienden no sobre territorios y rutas comerciales sino sobre el conocimiento mismo.

Dos especialistas desarrollan esa tesis en un artículo publicado en Foreign Affairs, titulado Empires of AI. Se trata del historiador escocés Niall Ferguson, que ha estudiado el auge y caída de los imperios, y del expresidente de Google Eric Schmidt, coautor del libro Génesis: Inteligencia artificial, esperanza y el futuro de la humanidad. Ayudados por Lisa Klaasen, investigadora de la Universidad de Oxford, explican las características de esta nueva modalidad de imperios, sus respectivas fortalezas y debilidades y los escenarios futuros del pulso que libran entre ellos. Es posible que China rebase a EE. UU. o que uno u otro declinen por agotamiento de los recursos o por estancamiento burocrático, pero también porque se produzcan rebeliones internas y no solo de los humanos, sino de las propias máquinas, con una IA fuera de control.

Los imperios rara vez sucumben ante un rival o ante bárbaros a las puertas, concluyen los autores. No sabemos si la actual centuria va a seguir siendo un siglo estadounidense o un siglo chino; lo que sí sabemos es que será clave para Washington y Pekín el dominio de la inteligencia artificial general. La pregunta decisiva es cuál de ellos «posee la capacidad financiera, energética y política para sostener el inmenso coste de la carrera, sin colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones imperiales».

ArtÍculo

Estados Unidos y China se han convertido en una modalidad nueva de superpotencias: los imperios de inteligencia artificial. A diferencia de Roma o de la Inglaterra victoriana, sus dominios se extienden no sobre territorios y rutas comerciales, sino sobre el conocimiento mismo. Al controlar el modelo extenso de lenguaje (LLM), los chips y el capital que proporcionan los cimientos para la cognición automática, «Pekín y Washington no solo están alcanzando nuevas cimas de rendimiento económico; están fijando los términos de todo el futuro progreso científico e intelectual».

Se puede decir, como afirman los autores, que «la IA es, por su propia naturaleza, una sustancia imperial». Al igual que el petróleo definió el siglo XX o la plata sustentó al Imperio español en el siglo XVI, la inteligencia artificial actúa como la materia prima e infraestructura estratégica sobre la cual deben operar el resto de las naciones. De manera que, «sin necesidad de recurrir al colonialismo formal ni a la coerción explícita, ambas naciones han creado un sistema en el que cualquier país que pretenda acceder a capacidades tecnológicas de vanguardia queda subordinado a sus ecosistemas».

La IA como tecnología imperial

La IA es una tecnología eminentemente imperial y no en un mero producto comercial, como lo demuestran las siguientes características:

El retorno de la escasez. Un imperio es, en esencia, un sistema para controlar recursos estratégicos finitos: humanos aptos para el trabajo, tierra cultivable, metales y minerales. Durante décadas (1970-2010), el software convencional eludió la lógica imperial tradicional porque podía multiplicarse a coste marginal casi nulo sobre silicio abundante. Sin embargo, las leyes de escala de la IA han destruido esa dinámica.

El avance de los modelos de frontera depende estrictamente de bienes y recursos finitos y extremadamente costosos: capacidad de cómputo (compute), procesadores de última generación, minerales críticos, energía eléctrica masiva y sumas astronómicas de capital. Al depender de insumos escasos, la frontera tecnológica se transforma de forma inherente en un asunto de alta geopolítica.

Estructura centro-periferia. Un centro manda y una periferia obedece. Los imperios más duraderos se han basado en la colaboración informal con las élites locales, mientras que los marcadamente coercitivos tienden a ser efímeros. Y la IA tiene una estructura inherente de centro-periferia. El control de la misma y sus recompensas se concentran en un puñado de empresas en China y EE. UU. Todos los demás son usuarios dependientes, ya sea un gobierno que gestiona servicios públicos en un modelo que no puede inspeccionar o una empresa que crea productos en una interfaz cuyo precio puede modificarse o que puede ser retirada de la noche a la mañana.

El centro (las metrópolis de Silicon Valley y los polos tecnológicos chinos) concentra los beneficios económicos, la propiedad de los modelos y la toma de decisiones estratégicas. La periferia provee los recursos primarios bajo una economía de extracción moderna: minerales de la República Democrática del Congo o Indonesia, y miles de trabajadores en Kenia o Filipinas pagados a bajos salarios para etiquetar y filtrar los datos que entrenan a los modelos.

Control mediante cuellos de botella. Al igual que el Imperio británico dominaba los canales marítimos y los cables telegráficos submarinos en el siglo XIX, los imperios de la IA controlan la red a través de puntos de estrangulamiento clave (chips de alta gama, minerales estratégicos, centros de datos y redes en la nube), los cuales pueden activar o bloquear (abrir o cerrar el grifo), según sus intereses geopolíticos.

Dicho esto, los modelos de gobernanza de los dos nuevos imperios son opuestos y distintas sus fortalezas y debilidades.

Un modelo cognitivo y un modelo encarnado

Washington ha construido su imperio apoyándose en el capital privado, la desregulación, los mercados financieros de Wall Street y el dominio del dólar como moneda de reserva global. Su principal ventaja reside en la inteligencia cognitiva (software, investigación básica y chatbots de vanguardia), beneficiándose de la atracción global de talento. No obstante, enfrenta graves cuellos de botella físicos: una red eléctrica envejecida incapaz de abastecer la insaciable demanda de los centros de datos, escasez de minerales críticos y un marco regulatorio fragmentado.

El imperio de Pekín, por el contrario, nace de un acto deliberado y planificado desde la cúpula (el Partido Comunista). En 2017, y bajo el férreo liderazgo de su emperador (Xi Jinping), el Consejo de Estado de China anunció un plan integral para lograr el liderazgo global en IA en 2030, con una amplia difusión de sus aplicaciones en los países que forman parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Pekín.

La fortaleza de China reside en la llamada inteligencia encarnada (embodied AI): esto es, sistemas de IA integrados en cuerpos físicos, como robots o vehículos autónomos, capaces de percibir su entorno mediante sensores, y de razonar y actuar en el mundo real a través de motores. Y su cuello de botella principal radica en la incapacidad de fabricar de forma autónoma los semiconductores de última generación.

Esta dicotomía se refleja en su proyección exterior: mientras EE. UU. ofrece un ecosistema prémium, restringido y a precios elevados, China distribuye modelos de pesos abiertos (open-weight), cuyos parámetros entrenados están publicados para que cualquiera los descargue. Es decir, hardware a bajo coste e infraestructura adaptable a economías emergentes.

Así las cosas, «los gobiernos de todo el mundo deben elegir un bando: lo que China ofrece es barato y mayoritariamente abierto; lo que ofrece EE. UU. es caro y mayoritariamente cerrado». Un imperio ensamblado a partir de componentes de bajo coste y sin barreras de acceso probablemente ganará la lealtad de la mayoría de las economías del mundo. Un imperio de tecnología prémium y restringida atraerá solo a aquellos que puedan permitírselo y a quienes se les permita el acceso.

El límite de Ferguson

El verdadero límite al crecimiento de ambos imperios no reside únicamente en los recursos físicos, sino en la sostenibilidad del capital. Ambos países apoyan su carrera tecnológica sobre montañas de deuda acumulada. En EE. UU., el gasto privado en centros de datos e infraestructura tecnológica coincide con un déficit federal masivo alimentado por compromisos sociales (Seguridad Social y Medicare). En China, el financiamiento proviene de deuda estatal y gobiernos locales sobrecargados por inversiones inmobiliarias pasadas.

La historia demuestra que los imperios colapsan cuando el coste del servicio de la deuda supera los recursos destinados a la defensa o la innovación. Adam Ferguson dejó sentado en el siglo XVIII que las deudas elevadas conducen en última instancia a la decadencia. Ejemplos: la Francia del Ancien régime, Austria-Hungría y el Imperio británico. Ni Estados Unidos se libra: en 2024 ha pagado más en intereses (aproximadamente 881.000 millones de dólares) que en defensa (unos 874.000 millones de dólares). Ya ha cruzado el límite Ferguson. Si el gobierno continúa con su trayectoria de gasto actual, los pagos de intereses serán el doble del presupuesto de defensa para 2036.

Hay que elegir: mantequilla o cañones

Todo esto conduce ahora a Pekín y a Washington a enfrentarse al mismo problema al que se enfrentaron anteriormente imperios como el francés o el español. Una potencia imperial puede hacer dos de estas tres cosas: defender sus dominios, mantener la primacía tecnológica o proporcionar un bienestar generoso a la metrópoli; pero no puede hacer las tres. Es el trilema imperial. Obligadas a elegir, cualquier crisis de mercado o ajuste económico obligará a ambas potencias a vérselas ante la clásica disyuntiva entre «mantequilla o cañones».

Los imperios rara vez sucumben ante un rival o ante bárbaros a las puertas. Fracasan porque la defensa de sus vastos dominios los agota, ya sea de recursos materiales, del consentimiento de los gobernados o de la lealtad de las élites. El centro imperial descubre que ya no puede mantener el control sobre la periferia.

El fracaso puede ser financiero, como lo fue para el Imperio británico después de 1945, cuando las deudas de dos guerras mundiales obligaron a Londres a liquidar sus activos imperiales para pagar el precio de la victoria: un estado de bienestar para los ciudadanos de la metrópoli. O también puede ser institucional, como lo fue para el imperio Qing a finales del siglo XIX, cuando no logró industrializarse, reformar su burocracia y renovar la legitimidad de la dinastía Manchú.

Cómo se pone el sol

El sol se ha puesto en los viejos imperios por razones económicas o tecnológicas. El patrón se puede repetir ahora, y China podría tomar la delantera sobre EE. UU. Pero la variante de la IA y la rebelión de las máquinas entraña un peligro inédito que puede terminar hundiendo a los dos.

Los autores engloban tales amenazas en cuatro escenarios de declive.

1. El retador supera al titular.— A principios del siglo XX, Alemania y EE. UU. superaron económicamente al Reino Unido a través de la innovación. Basándose en la Revolución Industrial británica, Alemania introdujo universidades técnicas, productos químicos e ingeniería eléctrica; y EE. UU. aportó alfabetización masiva, escala industrial sin rival y cadenas de montaje. Mutatis mutandis, Pekín (el imperio retador) invierte ahora en cosas que Washington (el titular) carece o no puede proporcionar de manera tan barata: energía, dominio manufacturero, robótica y modelos de pesos abiertos.

2. Agotamiento de recursos y quiebra fiscal.— El Reino Unido ganó las dos guerras mundiales, pero se declaró en quiebra tras la victoria. Estados Unidos hoy tiene compromisos militares globales comparables en medio de crecientes costes sociales en el país. Las presiones en conflicto podrían socavar en última instancia el esfuerzo que EE. UU. tendrá que hacer para suministrar a una economía impulsada por la IA los insumos financieros y energéticos que requiere.

3. Estancamiento burocrático.— La regulación excesiva o el miedo al riesgo político paralizan la innovación interna, permitiendo que el rival tome la delantera. Una clave para la victoria final de EE. UU. en la Guerra Fría fue que, aunque la URSS mantuvo el ritmo en tecnología nuclear, no pudo mantenerse al día en tecnología de la información. Incluso cuando Moscú robaba semiconductores no pudo replicar a Texas Instruments; la economía civil de los soviéticos nunca recibió las ganancias de productividad acumulativas que Silicon Valley generó.

Un temor primordial entre los tecno-optimistas estadounidenses de hoy es que los burócratas federales reacios al riesgo puedan sofocar la innovación estadounidense de manera similar.

4. Rebelión interna o tecnológica.— Este riesgo adopta dos formas: La reacción social interna por desempleo en las metrópolis y la pérdida de control sobre los propios agentes de IA. En EE. UU., la ansiedad sobre los costes sociales de la IA explica la reacción violenta contra la construcción de centros de datos, incluso en estados liderados por republicanos como Texas y Utah.

Y en China la alterabilidad de sus modelos de pesos abiertos podría corroer el sistema de control social que ha pasado décadas perfeccionando. El Estado de partido único puede estar construyendo los instrumentos de su propia desaparición. La consigna del Ministerio de Seguridad del Estado es clara: «Sostener el liderazgo general del Partido contra enemigos internos y externos que puedan usar la IA para socavarlo».

La pregunta decisiva

Que la IA se vuelva loca, por decirlo coloquialmente, y arremeta contra el ser humano es una amenaza real, toda vez que los modelos más avanzados se han vuelto tan poderosos que sus ingenieros no pueden controlarlos. «Un enjambre de agentes de IA, actuando colectivamente para escalar una ciberoperación o infiltrarse en infraestructura nacional crítica, podría socavar catastróficamente el poder del país que los construyó, ya sea EE. UU. o China».

La pregunta decisiva en el pulso que están echando Pekín y Washington no es quién alcanza primero la inteligencia artificial general, sino «cuál de los dos posee la capacidad financiera, energética y política para sostener el inmenso coste de la carrera, sin colapsar bajo el peso de sus propias contradicciones imperiales».


Esta entrada sintetiza las ideas principales de Empires of AI, artículo de Niall Ferguson, Eric Schmidt y Lisa Klaasen, publicado en Foreign Affairs el 20.X.2026.


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