Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosEl rechazo a tener descendencia en Occidente se explica por el miedo a las crisis económicas, climáticas y geopolíticas, pero también por el narcisismo de una sociedad que concibe al hijo como un estorbo

10 Sep 2026 - 9min.
Aziliz Le Corre. Periodista y ensayista. Master en Filosofía por la Sorbona. Ha trabajado en Le Monde, France Inter y Le Figaro. Actualmente es redactora jefe de las páginas de debate de Le Journal du Dimanche.
Avance
Cada vez más varones jóvenes del mundo desarrollado se hacen la vasectomía y más mujeres se niegan a ser madres; y en Corea del Sur los cochecitos para mascotas se venden ahora mejor que los de bebés. Son algunos síntomas de un fenómeno inédito hasta hace solo unas décadas. La periodista Aziliz Le Corre le dedica un documentado estudio, tratando de indagar en los factores antropológicos que hay detrás del rechazo a los hijos.
Quienes renuncian a la descendencia en Occidente se pueden agrupar en tres grandes movimientos, los GINK, (Green Inclination No Kids), cuyo lema es «si amas a los niños, no los traigas al mundo, es un vertedero»; los Childfree que plantean la emancipación de la mujer frente al constructo social de la maternidad; y los DINK (Double Income, No Kids: dos salarios, sin hijos) de parejas que deciden no procrear para no comprometer su estilo de vida y hábitos de ocio y consumo.
Influye en estas corrientes la visión pesimista de las nuevas generaciones, debido a las crisis económicas, sanitarias, climáticas, geopolíticas, etc., pero tras el antinatalismo declarado, la autora detecta además el narcisismo de una sociedad que ha convertido «el compromiso, la promesa de amor duradero, en algo obsoleto y desfasado». En este contexto, el hijo es percibido frecuentemente como el «parásito» que utiliza el cuerpo de la mujer para crecer, como escribía Simone de Beauvoir en El segundo sexo. La autora vincula el antinatalismo con la crisis del matrimonio y la familia, ya que el hijo es fruto de la alteridad varón-mujer, de «la familia como entidad natural […], consecuencia culminante del amor de los cónyuges».
Considera necesario que los poderes públicos fomenten la natalidad, aunque no se debe instrumentalizar la maternidad como medio para frenar el declive demográfico. Esta posee un valor intrínseco, de hondo calado humano, al margen de su utilidad social, económica o geopolítica. Y la autora invita a las jóvenes generaciones a descubrirla.
ArtÍculo
«En lugar de devorar a sus hijos, como hacía Saturno, los hombres y las mujeres de hoy ya no los engendran por temor a un mundo inhabitable, hay jóvenes adultos que se esterilizan de manera definitiva». Con estas palabras de la introducción, Aziliz Le Corre explicita la tesis de su libro. Porque, al margen de los abundantes datos que proporciona, le interesa subrayar el factor antropológico que hay detrás del rechazo a los hijos.
El libro de la periodista francesa se suma a otros trabajos recientes que inciden en un fenómeno inédito en Occidente, como La extinción de los hijos (El regreso del flautista de Hamelin), de Ignacio García de Leániz. El título original del ensayo es categórico: L’enfant est l’avenir de l’homme. Es mucho lo que nos jugamos, subraya la autora: «Occidente ha perdido la razón hasta el punto de destruirse a sí mismo». Lo cierto es que el ensayo ha tenido un gran éxito de lectores y ha merecido el Premio de la Academia Francesa de Educación y Ciencias Sociales.

Aziliz Le Corre parte de un hecho estadístico: el lento pero inexorable decrecimiento de la población mundial durante las últimas décadas. En EE. UU., la demografía está estancada. En la Europa de los Veintisiete, la tasa de natalidad es del 9 %, mientras que la de mortalidad es del 13 %. Francia, que solía ser la excepción, tiene ahora la natalidad más baja que nunca. Los datos de España no son mejores: 1,12 hijos por mujer en 2023 frente a los 2,86 de 1960. Las mujeres españolas dan a luz a su primer hijo con 33 años.
Desde 1960 hasta el 2023, la tasa de nacimientos bruta se ha desplomado, pues pasó de 32 por cada mil habitantes a 16 por cada mil habitantes, según el Banco Mundial. El cóctel de causas es variado: inseguridad económica, encarecimiento de la vivienda, incorporación de la mujer al mundo laboral, difusión de los anticonceptivos, retraso de la maternidad…
Y, dato importante, a diferencia del babyboom que se crió en un Occidente próspero y seguro, los jóvenes de principios del XXI han caído en una visión pesimista, debido a las crisis económicas, sanitarias, climáticas, geopolíticas, etc.; y perciben un horizonte más sombrío.
Le Corre distingue entre quienes limitan la natalidad debido a dificultades concretas de diversa índole (económicas, sociales) y quienes no tienen descendencia por una elección consciente. Este antinatalismo declarado es una corriente ideológica inédita hasta hace unas décadas. Se niegan a procrear no porque no lleguen a fin de mes, sino por un miedo genérico a arruinar el planeta o, más concreto, a perder su nivel de vida…
Quienes renuncian a los hijos se pueden agrupar a tres grandes movimientos, según sus motivaciones. Está, por un lado, el GINK, (Green Inclination No Kids), movimiento fundado por Lisa Hymas, que aboga por la restricción voluntaria de los nacimientos debido al cambio climático. ¿Lema?: «Si amas a los niños, no los traigas al mundo, es un vertedero»
Otra corriente, la Childfree, plantea la emancipación de la mujer como desapego respecto de la maternidad. Al convertirse en madres, las mujeres se ven obligadas a renunciar a su carrera y a su futuro profesional, lo que también suele incluir estatus social y económico.
Y finalmente, el DINK (Double Income, No Kids; dos salarios, sin hijos) lo constituyen parejas en edad de procrear, volcadas en el trabajo, que reivindican la comodidad por encima de todo. La descendencia pondría en peligro sus hábitos de ocio y consumo, viajes incluidos. Ellos mismos lo declaran abiertamente, constata Le Corre en el libro.
El ensayista Antoine Bueno lleva las cosas al extremo al querer limitar el número de nacimientos con un examen de idoneidad para padres. Lo explica en su libro Permis de procréer (Permiso para procrear). Tener hijos quedaría sujeto a una autorización previa, como si del permiso de conducir se tratara. Tras una serie de entrevistas psicosociales, los candidatos firman un «contrato de parentalidad». Si no pasan el examen, se recomendaría no llevar el embarazo a término. La autora denuncia el sesgo totalitario que entraña: «¿Cómo puede llevarse a cabo una política de control de la natalidad en una democracia liberal?».
Indaga Le Corre en las causas culturales y antropológicas del fenómeno y destaca dos: el narcisismo y el miedo a asumir responsabilidades. Sobre esto último indica: «Padre es aquel que acoge, que responde a la llamada de su hijo y se hace cargo de él aceptando responder de su vida».
Pero como el ser humano es relacional por naturaleza, busca vínculos hasta debajo de las piedras. Eso explica que proliferen ahora las mascotas (perros, gatos, etc.), como «sustitutos afectivos» de los niños. En Corea del Sur los cochecitos para animales se venden ahora mejor que los de niños. La mascota proporciona una relación de dependencia y de cariño, pero sin el compromiso radical que implica ser padres.
Otra causa del antinatalismo es la crisis del matrimonio y la familia, e incluso —añade Le Corre— un nuevo paradigma de las relaciones entre hombres y mujeres, que califica como «posromanticismo». Consiste en supeditar el ágape (o amor oblativo y desinteresado) al eros, (o amor pasional), es decir, «la exaltación del deseo amoroso sin la necesidad del profundo apego hacia el ser amado». Así que «el compromiso, la promesa de amor duradero, se ha convertido en algo obsoleto y desfasado»; y no es extraño que el amor dure tres años, como popularizó el título de una novela de Frédéric Beigbeder.
En consecuencia, los europeos apenas se casan. La nupcialidad ha caído un 33 % en 2022. Y en España la tasa ha pasado de 7,18 bodas por mil habitantes en 1976 a 3,55 en 2023. Estamos, subraya la autora, en una sociedad desarraigada y líquida —término acuñado por Zygmunt Bauman— «en la que ya no existen estructuras sólidas, donde el movimiento perpetuo ha reemplazado a lo duradero».
Con tales premisas, el hijo es percibido frecuentemente como un estorbo, el «parásito» que utiliza el cuerpo de la mujer para crecer, como escribía Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949). Y con el hijo, la maternidad, demonizada desde la propia Beauvoir hasta epígonos suyos como Elisabeth Badinter, que la considera un «constructo social» que limita la libertad de la mujer y coarta sus derechos.
Para la socióloga Orna Donath, muchas mujeres se convierten en madres no porque tengan un deseo profundo, sino porque reproducen un esquema heredado, «una lógica cultural heteronormativa», «una colonización mental». Y cuando viene el hijo se muestran incapaces de relacionarse bien con él. Es lo que llama «arrepentimiento materno».
El rechazo al hijo viene precedido por un rechazo al varón, subraya Le Corre a lo largo del libro. La paternidad y la maternidad se basan en la alteridad hombre-mujer, actualmente puesta en tela de juicio por los feminismos radicales. El hijo es fruto de esa alteridad, de «la familia como entidad natural […], consecuencia culminante del amor de los cónyuges».
¿Qué hacer entonces? Las políticas públicas para favorecer a la familia y fomentar la natalidad no solo resultan pertinentes, sino que son de justicia. El caso de Israel es llamativo. Ocupa el primer lugar por tasa de fecundidad de la OCDE, y aunque el empoderamiento femenino es un hecho consolidado, la tasa de natalidad no muestra signos de disminución: el 71 % de las judías laicas declaran desear tres hijos o más. La fecundidad de los israelíes es un «estado de ánimo moldeado por la historia». Y mientras en Europa se difuminan los lazos de solidaridad intrafamiliar, en Israel la madre goza de un estatus destacado, en reconocimiento a su papel esencial.
Recuerda Le Corre, a propósito de iniciativas como el rearme demográfico por el que aboga Macron, que es deber del estadista «hacerse cargo de la vida de la colectividad en su conjunto, ya que la vida humana y el destino de las naciones son perecederos». Sería, sin embargo, un error instrumentalizar la maternidad como medio para frenar el declive demográfico, pues tiene un valor intrínseco al margen de su utilidad social, económica o geopolítica.
A diferencia del mercado o del mundo profesional, la maternidad no reporta beneficios tangibles. «Tal vez nunca verás los frutos de la educación que des», señala Le Corre en una carta a una amiga que no quiere tener hijo. «No debes esperar nada a cambio. Y, sin embargo, conocerás el amor más grande que existe».
Aboga la autora porque la mujer, si lo desea, elija dedicarse al hogar y a los hijos, sin que tal cosa se perciba como una regresión intelectual o un empobrecimiento humano. Sin caer en lo que califica de caricaturas, las tradwives de redes y plataformas, existe una lógica del cuidado que es más necesaria que nunca. La mujer que trabaja en el hogar está disponible no solo para los hijos sino también para los mayores, los enfermos de la familia, etc.
No está diciendo Le Corre que la mujer atrase la manecilla del reloj social y abandone el mundo laboral. No es eso. Ella misma, madre de tres hijos, es periodista en activo y adquirió formación filosófica en La Sorbona. Pero reivindica, al propio tiempo, la riqueza humana que supone la maternidad y, por ende, el cuidado del hogar, e invita a las jóvenes generaciones a descubrirla.
El elogio del hogar, lo que Roger Scruton llamaba la oikofilia, a la que se remite la autora, supone la apertura al otro, ya que el oikos, «no es únicamente mío y tuyo sino nuestro», indica el pensador británico en Filosofía verde. La familia, donde se construye la relación del tu y del yo, es «el escenario de la primera persona del plural de la política, en lugar, tanto real como imaginario, donde ocurre todo. Donde se aprende a vivir en comunidad, conforme a las leyes esenciales para la convivencia». Esa nueva ecología, la ecología de la familia, es la que puede conjurar la amenaza de un mundo sin futuro.
Foto: Detalle de «Niños jugando a la pelota». Mármol, obra de arte romana del segundo cuarto del siglo II d. C. Museo del Louvre. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.