¿Evita la globalización una guerra? No siempre

El precedente de 1914 demuestra que los vínculos comerciales y financieros pueden convertirse en fuente de conflictos. Lo detalla el historiador William Mulligan en «The Fraying Bonds of Peace» (Los lazos de la paz que se deshilachan)

Recluta de soldados en Berlín, en 1914. CC Wikimedia Commons
Alfonso Basallo

William Mulligan. Doctor en Historia por la Universidad de Cambridge. Profesor de Historia en el University College Dublin. Autor de The Origins of the First World War y The Great War for Peace.

Avance

A comienzos del siglo XX, un londinense que «tomaba su té matutino en la cama» podía pedir mercancías procedentes de prácticamente cualquier lugar de la Tierra o invertir su capital donde quisiera. Es más, aquel londinense «consideraba este estado de cosas normal, seguro y permanente, salvo en la dirección de una mejora continua, y cualquier desviación de él como algo anómalo, escandaloso y evitable». El autor de estas optimistas impresiones era un joven profesor de Cambridge, llamado John Maynard Keynes, que acababa de llegar de la India, la gema de un Imperio que, por su extensión y sus conexiones mundiales, podría considerarse antecedente de potencia globalizadora.

La cita del célebre economista le sirve al historiador William Mulligan para alertar sobre la ambigüedad de la globalización en las primeras páginas de The Fraying Bonds of Peace: Economic Origins of the First World War. El periodista Duncan Weldon sintetiza las ideas principales del ensayo en un artículo publicado en Engelsberg Ideas.

Recuerda el autor que, entre 1871 y 1914, los niveles de integración económica mundial alcanzaron cotas que, en muchos casos, no volverían a superarse hasta la década de 1980… y sin embargo no pudieron evitar la Gran Guerra, con un trágico saldo de 40 millones de muertos. 

Los historiadores consideran aquella como la primera era de la globalización económica. El mundo se achicó gracias al ferrocarril, los barcos de vapor y el telégrafo; el comercio transfronterizo creció gracias a la arquitectura financiera proporcionada por el patrón oro. Y las economías europeas estaban entrelazadas: Alemania dependía del carbón británico y fábricas germanas instaladas en Rusia producían una parte de los productos químicos de aquel país. Parecía lógico pensar que semejante interdependencia constituiría un poderoso freno a la guerra. Pero todo eso saltó por los aires con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. ¿cómo pudieron unas potencias tan estrechamente unidas por la economía acabar en guerra?

A mayor vinculación, mayor exposición al riesgo

Según la teoría de la interdependencia compleja, desarrollada por Robert Keohane y Joseph Nye, los vínculos de países conectados mediante el comercio y las finanzas proporcionan beneficios en forma de bienes más baratos o acceso a la tecnología pero también generan vulnerabilidades. Cuanto más depende un país de los mercados, del capital o de los suministros extranjeros, más se arriesga a que esos vínculos sean utilizados contra él. Alemania, por ejemplo, experimentó un fuerte crecimiento industrial y financiero, pero precisamente por ello estuvo también más expuesto a una interrupción de sus intercambios y de sus fuentes de financiación.

La  economía empezó a convertirse en un instrumento de la política exterior, señala Mulligan. Francia utilizó sus recursos financieros para favorecer la capacidad militar de Rusia y Serbia; y en 1911, durante la crisis marroquí, la salida de capital francés ejerció una fuerte presión sobre Alemania; la respuesta del kaiser Guillermo incluyó el fortalecimiento de su ejército.

Como ocurre ahora con Estados Unidos, Gran Bretaña se enfrentaba entonces a un dilema significativo: su papel como potencia hegemónica y eje del sistema económico y financiero internacional no solo proporcionaba enormes beneficios a su economía, sino que también le daba la posibilidad de utilizar esa hegemonía para perjudicar a sus adversarios políticos. Y eso fue exactamente lo que hizo al emplear su poder naval y financiero para explotar las debilidades económicas alemanas.

Así, lo que inicialmente había servido para evitar la guerra empezó a alimentar la militarización. La consecuencia fue una carrera armamentística de Alemania, Italia, Austría-Hungría y Rusia y una diplomacia progresivamente belicista. Cuando saltó la chispa con el atentado de Sarajevo, en 1914, no hubo forma de apagar el incendio.

La conclusión de William Mulligan es que el comercio y las finanzas internacionales no garantizan por sí mismos la paz. El orden económico y el orden geopolítico están profundamente relacionados, de modo que las tensiones de uno pueden trasladarse al otro. Y actualmente de forma mucho más rápida que en 1914.

Esta entrada sintetiza una reseña de Duncan Weldon publicada en Engelsberg Ideas, el 27.VIII.2026, sobre el ensayo The Fraying Bonds of Peace: Economic Origins of the First World War. (Cambridge University Press. 2026) de William Mulligan.

Imagen de cabecera: Recluta de soldados en Berlín, en 1914. Foto procedente de los Archivos Federales Alemanes. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.