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Ver productosEl novelista recrea la trayectoria de un héroe trágico que murió fusilado, al comienzo de la Guerra Civil, por seguir los dictados de su conciencia y evitar un baño de sangre

17 de junio de 2026 - 10min.
Lorenzo Silva (Madrid, 1966). Ganó el premio Nadal por El alquimista impaciente y el Planeta por La marca del meridiano, dos novelas de la saga protagonizada por los investigadores de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro. Ha cultivado, entre otros géneros, la novela histórica (El nombre de los nuestros, Castellano), el ensayo (Sereno en el peligro) y el libro de viajes (Del Rif al Yebala).
Avance
El general Miguel Campins es un héroe trágico de la historia de España. De nada le sirvió su brillante historial militar y su sentido del deber. «Las ruedas dentadas de la historia giraban en su contra», apunta Lorenzo Silva en la biografía novelada con la que le rescata del olvido. Cuando se produjo el alzamiento contra el Gobierno de la República, el 18 de julio de 1936, quedó en «tierra de nadie». Por un lado, era católico y de perfil conservador; por otro, quiso ser leal al juramento que había hecho y evitar el derramamiento de sangre. Pero no se libró de las sospechas del Gobierno de Azaña, que nunca se fió del todo de él; y fue considerado «traidor» por el bando sublevado, debido en parte a la inquina personal del general Queipo de Llano. Acabó ante el pelotón de fusilamiento.
Fue uno de los jefes más brillantes en las distintas campañas de la guerra de Marruecos (1911-1927) y como organizador de la Academia General Militar de Zaragoza, de la que fue subdirector con Francisco Franco (1928-1931). Soldado ilustrado, aplicó a la formación de cadetes criterios inspirados en la Institución Libre de Enseñanza.
Siendo comandante general de Granada, el 18 de julio de 1936, recibió una llamada de Queipo de Llano, que se había sublevado en Sevilla, instándole a sumarse a la rebelión. Campins permanece leal a la República y da largas a Queipo de Llano, que se lo toma como un desplante. Campins, a su vez, se ve sometido a la presión del Gobierno de Manuel Azaña que, desde Madrid, le ordena armar a las milicias obreras. Se niega a hacerlo para evitar un baño de sangre. En esas horas decisivas, algunos de sus subordinados se suman al alzamiento y conspiran a sus espaldas. Y el gobierno de la República no se le pone al teléfono. Por fin, el 20 de julio, declara el estado de guerra; pero ya es tarde. Queipo de Llano le acusará de «traidor» y de haber jugado a dos barajas, y ordena arrestarlo.
Campins se enfrentó a un consejo de guerra sumarísimo, en el que «la sentencia viene dictada de antemano», afirma Lorenzo Silva. Reo de rebelión, es condenado a muerte. Apelando a su antigua amistad, Campins escribe a Franco, que intercede por él ante Queipo. Pero este se muestra inflexible. El 14 de agosto Campins fue pasado por las armas. En una carta que escribió días antes a Lolita, su mujer, dijo que tenía tranquila la conciencia, porque mientras él estuvo al mando no se derramó sangre en Granada.
Este héroe olvidado tiene un perfil análogo al de otros dos generales que pagaron cara su lealtad a la República: Antonio Escobar, cuya peripecia sirvió de base para la novela La guerra del general Escobar, de José Luis Olaizola; y José Aranguren, cuya historia reconstruyó el propio Silva en su novela Recordarán tu nombre.
ArtÍculo
el general Miguel Campins (Alcoy 1880-Sevilla, 1936) fue un héroe trágico de la Guerra Civil que pagó caro su intento de evitar un baño de sangre y su fidelidad a la conciencia y al honor. No pudo ser más brillante su trayectoria, como oficial en distintas campañas de la guerra de Marruecos (1911-1927) y después como organizador de la Academia General Militar de Zaragoza, de la que fue subdirector con Francisco Franco (1928-1931). Ni más aciago su destino: fue fusilado por el bando rebelde en las primeras semanas del alzamiento.

Avezado en el combate, culto, discreto, era «un hombre solitario y de principios», cuenta Lorenzo Silva en su biografía novelada, de título elocuente: Con nadie. No estuvo ni con los sublevados ni con los republicanos que le ordenaron armar al pueblo. Por haber accedido a proclamar el estado de guerra, en Granada, la República lo expulsó del Ejército; y por haberse demorado en hacerlo, la España nacional lo juzgó y ejecutó como traidor a su causa.
Católico y conservador, no estaba de acuerdo con algunas decisiones de la República, pero no quiso traicionar su juramento de fidelidad y se vio envuelto en una espiral dramática, cuando el bando de Franco se sublevó. Su figura recuerda a la de otro militar tristemente famoso, el general de la Guardia Civil Antonio Escobar, también persona religiosa, que, fiel a la República, contribuyó a sofocar la sublevación en Barcelona. Al final de la guerra fue fusilado por el bando triunfador. El escritor José Luis Olaizola noveló su peripecia en La guerra del general Escobar, por la que ganó el Premio Planeta.
Campins tuvo una infancia dura. Pierde a su madre, víctima del cólera, a los cinco años. Estudia interno en un colegio de La Habana, donde su padre, militar, había solicitado el traslado, e ingresa en la Academia de Infantería de Toledo, a los 17 años.
Tiene su bautismo de fuego en Marruecos en 1911, como capitán en un escuadrón de caballería. Y durante los siguientes dieciséis años, participa en todas las campañas y operaciones, al frente de unidades de infantería, artillería, caballería y hasta como aviador. Se casó con Dolores Roda, Lolita, en 1916, durante un breve periodo en que estuvo destinado en Madrid, y serían padres de tres hijos.
Durante las campañas de Marruecos conoce a Francisco Franco, doce años más joven que él, pero con una carrera meteórica, que le lleva a ascender a general con solo treinta y tres años. Participan en el desembarco de Alhucemas, en septiembre de 1925, cada uno al frente de una columna. Y cuando Franco fue nombrado director general de la Academia General Militar de Zaragoza, en 1927, se lo llevó con él y le nombró subdirector y jefe de estudios.
Campins no solo demostró sus dotes de organizador, siendo el artífice de la Academia, sino también su talante ilustrado, aplicando criterios inspirados en la Institución Libre de Enseñanza a la formación de los cadetes. En aquella etapa, su esposa Lola y él estrecharon lazos con los Franco y una de sus niñas pequeñas jugaba con Carmen, la hija del futuro dictador.
Cuando en 1934, Lluis Companys proclama el Estado catalán, el entonces coronel Campins tiene una destacada actuación en Gerona, bajo el mando del general Domingo Batet, para frustrar el proceso revolucionario.
En 1935, Franco sondeó a su antiguo colaborador, pero halló escaso eco en este. Le vino a decir que él era leal al Gobierno de la República, y no era partidario de la menor intervención del Ejército. Como dejó escrito, en una carta a sus hijos, «los militares no estamos para gobernar el país, sino para combatir cuando lo requiere el país. Ese es nuestro lugar».
La reticencia de Campins debió desilusionar a Franco. Eso explica que aquel quedara excluido del grupo de sublevados que tras el triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero de 1936, comenzaron a urdir la sublevación. Y que cuando, al ser nombrado comandante general de Granada por el Gobierno, solo diez días antes del golpe del 18 de julio, careciera de información sobre de quien podía fiarse y de quien no entre sus colaboradores.
Tampoco el Gobierno de la República se fía de él. De hecho, el ministro de la Guerra Casares Quiroga no le cuenta que el jefe a quien va a sustituir en Granada (el general Llanos) ha sido apartado del mando por conspirador y que buena parte de la guarnición está dispuesta a sumarse al golpe. Al mismo tiempo, la policía del Gobierno seguía los pasos de Campins, al tener intervenidas sus conversaciones telefónicas. El general estaba a punto de meterse, a ciegas, en el avispero.
El 18 de julio recibe una llamada telefónica del general Gonzalo Queipo de Llano, que se había hecho con el control de la capitanía general de Sevilla, exigiéndole que declare el estado de guerra. Campins decide permanecer leal al gobierno legítimo y da largas a Queipo de Llano. No saca a las tropas de los cuarteles y deja transcurrir dos días hasta ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Queipo se toma como un desplante la actitud de Campins. Este, a su vez, se ve sometido a la presión del Gobierno republicano que, desde Madrid, le ordena armar a las milicias obreras. Se niega a hacerlo para evitar un baño de sangre.
Tiene claro que sin tropas en la calle no hay por qué armar a nadie para pararlas, y sin gente en armas al margen de la ley en la calle no hay motivo para declarar el estado de guerra, que es una medida muy excepcional.

Pero en esas horas decisivas, algunos de sus propios subordinados se suman al alzamiento y conspiran a sus espaldas. Y el gobierno de la República no se le pone al teléfono. Cada vez está más solo defendiendo la legalidad y carece de información para tomar decisiones.
Por fin, el 20 de julio, declara el estado de guerra; pero ya es tarde. Queipo de Llano le acusará de «traidor» y de haber jugado con dos barajas, y ordenará destituirlo del cargo y arrestarlo. Influye en el ya predispuesto ánimo de Queipo la acusación que contra Campins desliza el comandante José Valdés, el nuevo gobernador civil de Granada.
Trasladado a Sevilla, Campins se enfrentó a un consejo de guerra sumarísimo, en el que «la sentencia viene dictada de antemano», como cuenta Lorenzo Silva. Reo de rebelión, es condenado a muerte.
Apelando a su antigua amistad, Campins escribe a Franco, que aún no ha sido elegido por la Junta de Burgos jefe del nuevo Estado, pero que es un general prestigioso del bando rebelde. Franco intercede por él, enviando una carta a Queipo. El futuro Generalísimo conoce de sobra la rectitud y lealtad de Campins, acrisoladas en los años de Marruecos y en la Academia General Militar. «Tiene claro —afirma el novelista— que si se puso en el lugar equivocado fue porque creía que no hacerlo sería faltar a su deber». Y cree que está a punto de cometerse una injusticia.
Pero Queipo se muestra inflexible. Lee las cartas de Franco y las rompe. En una última misiva, este le ruega clemencia, en atención del brillante historial militar de Campins. Respuesta de Queipo al emisario: «No quiero abrir ninguna otra carta de su general que trate de este enojoso asunto. Mañana domingo será fusilado, pues no merece que nadie se preocupe por él por ser un traidor a España».
El 14 de agosto, Miguel Campins fue pasado por las armas, en las murallas de la Macarena. Había rechazado que le vendaran los ojos.
En la lápida, en el cementerio de Sevilla, pone: «Sólo Dios es justo», y bajo su nombre puede leerse: «Militar de gran prestigio. Católico y patriota, ejecutado injustamente en la guerra civil. Señor, perdónanos a todos y acógelo en tu gloria eterna».
Estando en prisión, Campins había asegurado por carta a su esposa Lolita que tenía «la conciencia en paz», porque mientras él estuvo al mando no se derramó sangre en Granada, «ni hubo, como en otros sitios, fuego entre compañeros de armas».
En otra misiva transmitió a sus dos hijos varones el deseo de que no hagan la carrera militar, porque la profesión «ya no es, como antes, una religión de hombres honrados» —en alusión al verso de Calderón de la Barca—. Lo cual da una idea de la amargura y el desencanto de Campins.
El mismo 16 de agosto en que el general es ejecutado, el comandante Valdés, gobernador civil de Granada, ordena detener a Federico García Lorca, que cuarenta y ocho horas después es ejecutado. Sería el más celebre y recordado de los miles represaliados por Valdés, con el respaldo de Queipo de Llano.
En la advertencia preliminar de Con nadie, Lorenzo Silva deja claro: «Quien esto escribe es novelista, no historiador»; más lo que nos narra a continuación, con estilo seco y directo, son hechos reales, apoyados en una minuciosa investigación, tanto en archivos oficiales como en cartas y documentos privados a los que ha tenido acceso a través de dos nietos de Campins. Le ha sido de gran utilidad su conocimiento previo de la guerra de Marruecos, plasmada en obras como El nombre de los nuestros y Carta blanca; así como de la Guerra Civil, en la que situó la novela Recordarán tu nombre, sobre otro héroe olvidado, con más de punto de similitud con Campins, el general José Aranguren, que desobedeció la orden de alzarse contra la República cuando se produjo la sublevación militar en Barcelona.
Además de su faceta de novelista de ficción, con la saga Bevilacqua-Chamorro en primer término, Silva se ha interesado por el relato histórico, con obras como Castellanos —sobre la revuelta de los comuneros contra Carlos V—. Como ha dicho en una entrevista a propósito de Con nadie, «cada vez soy menos proclive a inventar. Si los hechos y dichos probados bastan, tienen más fuerza que las elucubraciones del novelista».
Es el caso de Miguel Campins. Su comportamiento en los primeros días del alzamiento, el juicio sumarísimo al que fue sometido y el fusilamiento con el que se cierra la trayectoria de un hombre fiel a su conciencia, transmiten, por sí solos, emoción genuina.
El escritor Lorenzo Silva será el protagonista de un Foro de Nueva Revista, el próximo día 1 de julio, en el que mantendrá un coloquio con los asistentes sobre la novela Con nadie. Vida y destino del general Campins.