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Ver productosLa guerra de Gaza y la cuestión judía han reabierto un viejo debate que se remonta al «affaire Dreyffus» y que plantea el papel que deben tener creadores e intelectuales ante los conflictos políticos y sociales

29 Sep 2026 - 10 min.
Avance
¿Debe un artista renunciar a su conciencia cívica y no implicarse en causas políticas y sociales?, ¿es su papel usar la música, el cine, la literatura como instrumento ideológico?, y si lo hace, ¿no corre el riesgo der ser manipulado por intereses ideológicos y económicos? El viejo debate se ha reabierto con el veto al rapero Macklemore por declararse a favor de una Palestina libre y usar imágenes de la destrucción de Gaza en un concierto de Ed Sheeran. Y, sensu contrario, por la cancelación de la escritora judía Ariana Harwicz del Festival cultural de Granada por sus críticas al boicot contra Israel. A uno lo vetan por ser propalestino y a otra por su origen hebreo.
La cuestión judía es uno de esos temas especialmente sensibles que cada tanto obligan a los artistas a posicionarse, en un sentido o en otro. No en vano, el paradigma del intelectual comprometido es Émile Zola, que se pronunció sobre el capitán Dreyffus, con la publicación del célebre artículo J’Accusse…, poniendo en evidencia el antisemitismo de una sociedad. Durante el siglo XX, los judíos han concitado la simpatía universal por tratarse de las grandes víctimas, pero la guerra de Gaza ha supuesto un giro de 180 grados, los roles han cambiado y, con ello, la actitud de muchos artistas e intelectuales. Incluso dos cineastas israelíes, Yuval Abraham y Rachel Szor, han denunciado las matanzas sistemáticas de civiles palestinos en el documental NAZA (2026), premiado en el Festival de Venecia, por lo que el Gobierno de Netanyahu los ha tildado de «traidores».
Sobre un asunto tan complejo como las fronteras entre el arte y el compromiso cívico; y sobre la supuesta responsabilidad o irresponsabilidad moral del arte, se han pronunciado creadores como Thomas Mann, Sartre, Camus, Bertolt Brecht, Picasso, Nabokov y Akira Kurosawa.
ArtÍculo
Cabe preguntarse si es posible separar la creación literaria, la música o el cine del compromiso político. Y si el ámbito artístico debe ser neutral. Por lo que estamos viendo actualmente, congresos, conciertos y otros eventos culturales son terriblemente sensibles en cuanto aparece la cuestión de Gaza.
Dos casos recientes. La expulsión de un rapero que actuaba de telonero con Ed Sheeran, por proclamar en un concierto el Free Palestine. Y la cancelación de la escritora judía Ariana Harwicz del Festival cultural de Granada por sus críticas al boicot contra Israel.
Considerado uno de los artistas discográficos más vendidos, Ed Sheeran es toda una estrella mundial y sus giras y conciertos son multitudinarios. Así que el rapero Mackelmore aprovechó el altavoz que le brindaba uno de ellos para reivindicar a Palestina y usar imágenes de la destrucción de Gaza. Y los promotores no vacilaron en ponerlo de patitas en la calle.
Sheeran calificó la guerra de Gaza de una «tragedia humana», pero mantuvo que su espacio escénico no era el lugar para tomar partido, pues los conciertos son un territorio despolitizado. Para Macklemore, en cambio, subirse a un escenario entraña una obligación ética: «Estamos en 2026. Ser apolítico durante un genocidio ya no funciona. La gente pide a los artistas que den la cara, que se informen y que estén con la comunidad».
Gaza no solo inflama la música… también las letras. El Festival de Arte y Humanidades de Granada ha vetado a la escritora argentina de origen judío Ariana Harwicz por haber criticado el boicot contra Israel. Lobbies propalestinos presionaron a la organización del Festival y esta desprogramó a la escritora. Y como gesto de protesta, el novelista irlandés John Banville, Premio Príncipe de Asturias, ha declinado participar en el evento, del que iba a ser cabeza de cartel; y otras 350 figuras del arte y la cultura han firmado un manifiesto contra la censura anti-israelí.
Esa extrema sensibilidad de las organizaciones culturales suele obedecer al riesgo económico y reputacional. Ante el riesgo de perder audiencia o suscitar polémica, optan por cancelar a los invitados conflictivos, sean del signo que sean. Estaríamos ante una censura de mercado, más que ideológica. Fue, de hecho, la empresa promotora de la gira de Sheeran, Messina Touring Group, la que decidió expulsar al rapero Mackelmore, ante la amenaza creíble de cancelaciones de estadios enteros.

La taquilla impone una servidumbre: los famosos de la literatura, la música o el cine deben medir sus pronunciamientos en causas públicas. Si el artista se pronuncia en un sentido, puede enajenarse la desafección de la parte del público que piensa lo contrario. Máxime si su país está metido en un avispero bélico. La actriz Jane Fonda viajó a Vietnam del Norte en 1972 para denunciar los bombardeos estadounidenses contra la población civil; pero la prensa difundió una foto suya sentada sobre un antiaéreo norvietnamita, error que la actriz lamentaría siempre. La imagen le venía de perillas al régimen comunista porque parecía que Fonda lo avalaba.
Si en los años 70, el tema sensible era Vietnam; ahora lo es Gaza. Durante casi un siglo, desde el Holocausto, los judíos —y la causa de Israel— concitaban la simpatía universal, por tratarse de las víctimas, pero los roles han cambiado, y «los nuevos campeones del martirio absoluto son ahora los palestinos», como recordaba Pascal Brückner en su libro Sufro, luego existo. Hasta el punto de que «Una judía que no pide perdón por serlo ya no es una mujer», como ironiza Jorge Bustos en El Mundo, a propósito de Ariana Harwicz.
Hasta el conflicto de Gaza no era frecuente que el mundillo de la música y el cine anglosajones apoyara la causa palestina (con excepciones, como los británicos Vanesa Redgrave y, por razones obvias, Cat Stevens —ahora llamado Yusuf Islam—). Actualmente sucede lo contrario.
La nómina de quienes se han pronunciado es reveladora. Cantantes como Eric Clapton, Roger Waters (cofundador de Pink Floyd) y Annie Lenox; actores como Cate Blanchett, Angelina Jolie, Joaquin Phoenix, Mark Ruffalo y Susan Sarandon, que ha sido detenida recientemente en una manifestación contra Netanyahu; o escritores como Ian McEwan, Zadie Smith y el premio Nobel surafricano J. M. Coetzee.

La cuestión judía, en sentido amplio, despierta pasiones, a favor o en contra. Fue el trasfondo del affaire Dreyffus, protagonizado por Émile Zola, paradigma del intelectual comprometido, como explicaba Juan Marichal. Zola tomó partido por el capitán Alfred Dreyffus, de origen judío, culpado falsamente de espiar para los alemanes. En el célebre artículo «J’accuse…!», publicado en el diario L’Aurore, en enero de 1898, denunciaba con nombre y apellidos a quienes procesaron al oficial. Posteriormente salió a la luz la identidad del verdadero espía, el comandante Esterházy, y Dreyffus sería rehabilitado, pero para entonces el escritor había sufrido un proceso por difamación y había pasado una temporada exiliado en Londres. Roman Polanski ha llevado recientemente la historia a la pantalla con El oficial y el espía.
Otro ilustre francés ha sido el icono del compromiso ético en el siglo XX: Albert Camus. Durante toda su vida luchó contra la injusticia, siguiendo el credo personal que pone en boca de Rambert, en La peste: «Es vergonzoso ser dichoso uno solo». Pero fue en la dirección del diario Combat (1944-1947), baluarte periodístico de la Resistencia, donde desplegó sus dotes de pensador y escritor para desafiar al Leviatán nazi.
Camus militó durante dos años en el Partido Comunista de Argelia, pero terminó desencantado, como otros intelectuales momentáneamente atraídos por el oropel de la cruzada contra la opresión. «Camus ha dicho su horror de Marx, uno de los malos genios de nuestro tiempo», indica Charles Moeller en el estudio que le dedica en Literatura del siglo XX y cristianismo. En general, el autor de El extranjero desconfió de las ideologías y, sobre todo, de los partidos que, en nombre de ellas, «encarcelan y matan».
Algunos dan un paso más y convierten la denuncia en el argumento de su obra. Es el caso de George Orwell con su crítica a los totalitarismos nazi y estalinista, con Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y 1984. Aunque con el desenmascaramiento de la neolengua —que no es exclusiva de las dictaduras—, advirtió que «para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario».
Autores como Walter Benjamin, Theodor Adorno o Thomas Mann han reflexionado sobre las fronteras entre arte y compromiso político. Bertolt Brecht piensa que el creador no puede eludir su responsabilidad ni callarse ante los males sociales o políticos. El teatro, en su caso, no estaba solo para entretener al espectador sino también para transformar la sociedad. Y Jean-Paul Sartre defendió la noción de escritura socialmente responsable («littérature engagée»).
Otros son mas cautos al deslindar arte y política. Hannah Arendt sostiene que «el artista no tiene lugar en la política entendida como el ámbito público del discurso y de la acción […]; el artista trabaja en soledad y se retira del mundo público». Y Mario Vargas Llosa cree que, sin obviar la «obligación moral» ante los problemas de su tiempo, el escritor no debe convertirse en «instrumento de propaganda».
Y hay creadores celosos que reivindican la pureza del arte, separado de toda intención política y cualquier compromiso ajeno a lo estético: Oscar Wilde, Flaubert, Théophile Gautier, Nabokov y Alfred Hitchcock. Cuando los periodistas le hacían a Akira Kurosawa, el emperador del cine japonés, las típicas preguntas sobre el mensaje de sus películas, el director respondía irónico: «Cuando quiero enviar un mensaje escribo una carta; el cine no está para eso».
Sin embargo, su potencialidad como vehículo de ideas ha hecho del cine un frecuente instrumento de crítica política o de denuncia social. La cámara criticando al poder… o poniéndose al servicio del poder.
Ejemplo de lo primero sería el recientemente fallecido Patricio Guzmán. Recreó la caída de Allende y la llegada de Pinochet al poder en el documental La batalla de Chile (1976-79), que tuvo que montar en el exilio. Subrayaba que el arte estaba por encima de la denuncia: «No soy sociólogo, ni político. Hago películas metafóricas y poéticas; interpreto la realidad a través de mi propia perspectiva». Pero esta no se podía disociar de su vivencia como ciudadano: «Soy un cineasta muy marcado por la dictadura. Me ha acompañado siempre. No puedo dejarla atrás».
Menos aún han disociado su condición de ciudadanos de la de cineastas, los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, autores del documental NAZA (2026). El filme, premiado en el Festival de Venecia, pretende demostrar, mediante testimonios de militares israelíes, que la muerte de civiles palestinos en Gaza no es consecuencia accidental de la guerra, sino un plan premeditado. La polémica está servida: Abraham y Szor aseguran que el ejército israelí recurre a «un sistema de matanza», y el gobierno de Netanyahu lo niega rotundamente y acusa a los autores de alimentar el antisemitismo.
Uno de los productores de NAZA es el diario británico The Guardian, que previamente había investigado sobre la responsabilidad del ejército hebreo en matanzas de civiles. Lo cual acentúa el carácter de documento periodístico, y denuncia política, de la película.
En el terreno de la ficción —aunque bebiendo de hechos reales—, han dejado un rico legado cineastas como Costa-Gavras (La confesión, Z, Desaparecido, etc.) o Ken Loach (Agenda oculta).
En otras ocasiones, el cine deviene propaganda. Los totalitarismos se han aprovechado de la pericia de los cineastas para utilizarlos como altavoces, desde el estalinismo con S. M. Eisenstein (El acorazado Potemkin) hasta el nazismo con Leni Riefensthal (El triunfo de la voluntad).
Lo paradójico es que tanto esas obras de denuncia como las de propaganda están consideradas como arte con mayúsculas (Z y Desaparecido cosecharon sendos Oscar; y El acorazado Potemkin fue considerada la mejor película de la historia en la Exposición Universal de Bruselas).
Lo que nos lleva a otro debate de ardua resolución. ¿Se puede separar el arte de la ética? He ahí la cuestión. ¿Puede un simpatizante del estalinismo o de los nazis ser considerado un creador egregio? Ahí tenemos el controvertido perfil del premio Nobel Pablo Neruda, considerado uno de los grandes poetas del siglo XX, a pesar de que dedicó odas a Lenin, Stalin y Fidel Castro y que se negó a protestar por la represión soviética contra Boris Pasternak. En el polo opuesto, figura Ezra Pound, antisemita declarado, colaborador de Mussolini, detenido en Italia por el ejército norteamericano y juzgado por traición… y a la vez elogiado en su momento, por T.S. Eliot, como el poeta más importante en lengua inglesa.
Y más próximo en el tiempo, ¿Merecía el Nobel de Literatura el austriaco Peter Handke? Las víctimas de la limpieza étnica de la guerra de Bosnia protestaron enérgicamente, dada la postura del escritor a favor de la Serbia de Milosevic.
¿Existe una poesía pura o arte puro, autónomos de la moral? Picasso separaba dos de los trascendentales del ser, la belleza de la verdad, con un juego de palabras: «El arte no es la verdad. Es una mentira que nos hace ver la verdad».
George Steiner viene a decir que el arte no debe estar separado de la moral. Y es una triste contradicción que haya, por ejemplo, asesinos melómanos. En su ensayo Lenguaje y silencio subraya la gran paradoja que nos dejó el nazismo: «Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o a Rilke por la noche, que puede tocar a Bach o a Schubert, e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz», y apostilla: «Decir que los lee sin entenderlos o que tiene mal oído es una cretinez».
Foto: Ed Sheeran actuando en el Festival Frecuency de Austria, en agosto de 2012. Fotografía de Christopher Johnson. El archivo de Wikimedia Commons con licencia CC BY-SA 2.0 puede consultarse aquí.