«Koljós», de Emmanuel Carrère: cuídate de quienes aman a Rusia

El autor analiza el libro del escritor francés y repasa la ruptura con su madre, protagonista de la novela, y la historia familiar de los Carrère, reflejo de la relación entre Rusia y Occidente

Hélène Carrère d'Encausse © Mickaël Schauli, con licencia Wikimedia Commons
Hélène Carrère d'Encausse © Mickaël Schauli, con licencia Wikimedia Commons
Alberto Sotillo

Avance

Emmanuel Carrère había reservado un vuelo a Moscú para el jueves 24 de febrero de 2022, el mismo día en que el Ejército ruso invadió Ucrania. El escritor, que se había comprometido con el director de cine Kiril Serebrennikov en colaborar en la adaptación al cine de su novela Limónov, dudó si tomar el avión. Su agente le había advertido de que no es sensato viajar a un país que acaba de invadir a su vecino. Pero Carrère, que se considera tan periodista como novelista, finalmente se desplazó por lealtad con los cineastas rusos (eso dijo) y, sobre todo, para vivir la incertidumbre de aquellos días en un país que, pese a todo, sentía como suyo.

El resultado fue decepcionante. Sus amigos liberales, que ya lo daban todo por perdido, se apresuraban a hacer las maletas, en tanto en la calle se celebraba el resentimiento contra Europa, el sueño suicida de consolidar un imperio, el chute de violencia y rencor contra sus vecinos. A Carrèrre le asaltó una sensación de fracaso. Él, que se había adentrado en las ciudades más deprimidas de la Rusia profunda tanto como había disfrutado de la alegre bohemia y de las ilustradas elites liberales, nunca llegó a imaginar que algo así pudiera suceder

Tampoco lo había previsto su madre, Hélène Carrère d’Encausse, socióloga, historiadora, una de las más prestigiosas analistas de la antigua Unión Soviética y de la posterior Federación Rusa. La obra de Hélène, a diferencia de la del hijo, es académica, reflexiva, nada sentimental, basada en datos y estadísticas. Pero también ella se equivocó. En realidad, se equivocó más que su vástago ya que, quizá sin darse cuenta, entre honores y encuentros con las élites del Kremlin, acabó haciendo el juego a Putin.

De esa equivocación compartida, del amor y del desengaño, de las tormentosas relaciones entre madre e hijo y de los lazos rotos entre Europa y Rusia, trata la última obra de Emmanuel Carrère, Koljós (Anagrama), un fenómeno editorial, un éxito de ventas y una de las «novelas de no ficción» más sólidas e intensas de este año.

ArtÍculo

Como buen relato ruso, Koljós es la historia de una familia. De una familia desdichada, claro está, ya que Tolstoi decretó que en la literatura no hay sitio para las familias felices. Una familia, que es también una saga por entregas. Por línea materna, Hélène es descendiente de aristócratas rusos entre los que se cuentan, entre otros, un escolta de Catalina II, un ayudante de campo de Alejandro I, un regicida que participó en el asesinato de Pablo I y un buen puñado de consejeros de estado. Por parte paterna, su progenitor fue un prominente abogado y alto funcionario de la efímera República de Georgia Independiente. Tras la revolución bolchevique, todos aquellos aristócratas, ministros y potestades debieron marchar al exilio, Francia en el caso que nos ocupa, donde tuvieron que conformarse con trabajar de taxistas, mozos de almacén, costureras o, con suerte y si la joven hija era agraciada, de modelo de pasarela.

Koljós, de Emmanuel Carrère. Anagrama, 2026
Koljós, de Emanuel Carrère. Anagrama, 2026

Cautivos del sueño de que el exilio duraría poco, un par de años como mucho, aquellos desterrados vivieron apegados a un mundo perdido y a un pasado irrecuperable, en una pequeña Rusia insertada en el corazón de Francia. Hèléne no habló ni una palabra de la lengua de Molière hasta los cinco años. Eso sí, cuando se decidió a ser francesa, ni Juana de Arco la superó en patriotismo. Con su punto de ironía, refiere Emmanuel la desilusión de su madre cuando, al solicitar la nacionalidad gala, comprobó que solo tenía que rellenar un par de impresos. A ella le habría encantado cantar la Marsellesa y recitar la Constitución y la Declaración de los Derechos del Hombre.

Desintegración de la URSS

Francesa, por supuesto. ¿Rusa? También. ¿Quién dice que tengamos que conformarnos con una sola identidad? Con la misma intensidad con que se integró en su patria de adopción, se entregó también a una vocación rusófila que la acompañó hasta la muerte. Tras un fallido intento de abrirse camino como actriz de teatro, Hélène emprendió una concienzuda carrera académica que comenzó por la radiografía de los pueblos de Asia Central, siguió por el Imperio Ruso y culminó en la Unión Soviética. En su ensayo más famoso, L’Empire éclaté, fue la primera en pronosticar la desintegración de la URSS. Erró al decir que la ruptura vendría de la mano de las repúblicas de Asia Central, cuyas satrapías se acomodaron sin problemas a la tutela de la autocracia rusa, pero sí detectó los pies de barro del imperio comunista.

Su otra gran obra, El mal de Rusia, escrita en 1988, en pleno desmoronamiento de la URSS, se presenta como una historia del asesinato político desde Iván el Terrible hasta el comunismo. Pero, mientras daba forma a aquel ensayo, Rusia cambiaba muy deprisa. Eran los años de la perestroika, de Gorbachov, de Yeltsin, de la caída de la URSS y de la esperanza de construir un país nuevo. Es entonces cuando Hélène da un giro hacia el optimismo y publica Victoriosa Rusia. Celebra el derrumbe de la Unión Soviética, la irrupción de las libertades, las ansias de cambio, el discurso de la razón y el anhelo de integrarse en la Casa Común Europea. Su optimismo se mantuvo incólume cuando llegaron los años del caos, el desplome económico y las guerras de Chechenia. Ni siquiera cedió con la llegada de Putin. La autora de L’Empire eclaté no se hacía ilusiones con el presidente ruso. Sabía que era un autócrata y que la democracia no entraba en su cabeza, pero creía que había una base racional en sus decisiones y que la prioridad que le guiaba era dar estabilidad a lo quedaba del imperio. Confiaba en su cordura: «A Rusia no se la puede juzgar con los mismos criterios que a Occidente», repetía, infatigable. Ya solo se desengañará tras la invasión de Ucrania.

Trayectoria de Emmanuel Carrère

La trayectoria del hijo fue muy distinta. Una de las primeras obras con las que se dio a conocer en España fue Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993), un viaje a la mente de Philip K. Dick, autor de las novelas de ciencia ficción más filosóficas, lisérgicas y flipadas del género. Le siguió El Adversario, un relato de no ficción en el que aborda la doble vida de Jean-Claude Romand, un sujeto que fingió ser médico durante dieciocho años y que, cuando estuvo a punto de ser descubierto, asesinó a sus hijos, a sus padres y a su mujer, en un éxtasis de muerte tras el que intentó suicidarse.

A Emmanuel su madre le dio a leer a Dostoievski a los 13 años. Así que era inevitable que, en su búsqueda de personajes extremos, dirigiera su atención hacia Rusia, que los tiene a discreción. Estas incursiones literarias en la patria de sus antepasados, sin embargo, son algo más que un vívido reportaje sobre un mundo solo apto para amantes de emociones intensas. Son también un ajuste de cuentas familiar, porque para Emmanuel los dramas de Rusia y los de sus parientes son acciones paralelas de una misma trama.

La primera novela del ciclo, Una novela rusa, es una autoficción en la que el autor se debate en simultáneo con los demonios de Rusia y con los de su propia familia. La misma estructura se repite en la obra que nos ocupa, Koljós, cuyo título nada tiene que ver con las granjas colectivas de la Unión Soviética, sino que evoca las añoradas noches de infancia del Emmanuel en las que, cuando el padre estaba en viaje de trabajo, él y sus dos hermanas iban a dormir junto a la madre; la pequeña se acostaba en la cama de matrimonio, y la mediana y él se tendían en colchonetas a su lado. Al levantamiento de ese circo Hélène lo llamaba «hacer koljós».

¿Y el padre? ¿Qué pinta el padre en esta historia? Louis Edouard Carrère era un plácido agente de seguros que, aparte de recorrer Francia para abrir y organizar las delegaciones provinciales de su empresa, se pasaba las horas muertas en su estudio investigando la intrincada genealogía de su esposa. Aquel buen hombre pronto se le quedó chico a Hélène, que le mandó a dormir al cuarto de la criada. El koljós, el edén materno-filial en el que hasta entonces había vivido nuestro autor, se resquebrajó tras el descubrimiento del desdén —y algo más— con que trataba su progenitora a aquel tipo sencillo, fascinado por la prolija saga de nobles y conspiradores que figuran en la lista de antepasados de su esposa.

Pasado nazi de la familia

Pero la ruptura efectiva de Emmanuel con su adorada madre vendrá años después, cuando descubra que su abuelo por línea materna fue un colaborador de los nazis, asesinado tras la guerra por un grupo de la Resistencia vinculado al Partido Comunista. Emmanuel anuncia entonces a su progenitora que relatará el caso en su siguiente obra. Hélène, que teme que queden empañadas sus credenciales de ejemplar ciudadana francesa, le ruega que no lo haga, pero él seguirá adelante y sin atender las súplicas maternas lo cuenta todo en Una novela rusa.

En realidad, la indagación de Una novela rusa parte de otra historia, la de un húngaro apresado en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial al que se dio por muerto en su país y que reaparece al cabo de cincuenta años, tras descubrirse que durante todo ese tiempo estuvo encerrado en un psiquiátrico soviético. Emmanuel viaja a Kotélnich, una deprimente ciudad de la Rusia profunda, para investigar el caso; después la historia se bifurca, aparece un crimen, un inquietante kagebista y una sucesión de pobres gentes atrapadas en aquel agujero. Solo al final irrumpen en dolorosa requisitoria la historia del abuelo colaboracionista, el silencio de su madre, los reproches —«Te prohibiste sufrir y prohibiste que se sufriera a tu alrededor»—, la ruptura, el fin del idilio: el derrumbe del koljós. Hélène se aferra a la máxima de conducta enunciada por el político británico Benjamin Disraelí: «Never complain, never explain» (Nunca te quejes, nunca des explicaciones). Emmanuel, en el otro extremo, no es que se queje, es que da suelta a un caudal de sufrimiento, que pocas novelas rusas superan.

Decidido a adentrarse en los rincones menos transitados del Imperio, tras Una historia rusa Emmanuel escribe Limónov, retrato de un individuo incomprensible, poeta prepunki, novelista transgresor, bohemio disidente, mayordomo de un millonario en Nueva York, político ultranacionalista, ucraniano que odia a los ucranianos, antisistema de los círculos más radicales del postcomunismo, opositor a Putin, admirador de Stalin y de Bakunin, camarada de los criminales de guerra serbios, probable criminal de guerra él mismo, turista de guerra en Bosnia con derecho a disparar a contra la población de Sarajevo.

Madre e hijo, adversarios el uno del otro, apuestan por métodos opuestos para asomarse a la realidad de Rusia. Héléne es estudiosa y analítica, en tanto que Emmanuel hunde los pies en el barro para escribir unas novelas sin ficción, sin pudor, sin filtros, ni líneas rojas. Un periodista, obviamente, se sentirá irremediablemente atraído por Emmanuel. En su obra lo que cuenta es la autonomía del relato, las experiencias recopiladas y las voces recreadas tras meses de convivencia con sus personajes. Pero, a la postre, tampoco Emmanuel intuyó la peligrosa involución que estaba experimentando Rusia durante aquellas incursiones. No supo ver que el nihilismo antisistema de Limónov —que tan simpático nos parece a ratos— serviría de banderín de enganche en la cruzada de Putin contra Europa. A diferencia de Hélène, que era recibida con honores en las más altas esferas del poder ruso, Emmanuel se adentra en los más deprimentes agujeros de Rusia, se asombra, se conmueve con la dureza del acontecer diario, se apiada de sus gentes y se emociona en las patéticas fiestas patrióticas a las que asiste, pero nunca intuye que tanta miseria sería capitalizada por Putin para inocular el odio contra sus prósperos vecinos.

A madre e hijo les cegó el amor a Rusia, a la singularidad de su cultura y a la intensidad de sus gentes. Y así resulta que el cartesianismo de Hélène también aloja una fuerte carga visceral y subjetiva. Que en el constante trenzado entre la alta política y la historia familiar de los D’Encausse-Zurabishvili, el acto de fe de Hélène en Rusia tal vez no fuese tan distinto del empeño con que se esforzó en mantener en secreto la memoria de su padre colaboracionista. Never complain, never explain. En Koljós, este manifiesto de ética y estilo está presente a lo largo del sostenido duelo entre madre e hijo… Hasta que estalla la reconciliación final (no es un spoiler, ya que se sugiere desde la primera página), en la que Emmanuel da a entender que tal vez la equivocación de ambos, la de su madre y la suya, fue amar demasiado, amar con exceso a la familia y a Rusia.

Una visión personal

El autor de este artículo fue corresponsal en Moscú durante más de cinco años, los de la caída del viejo Imperio soviético, y tampoco él imaginó que en Rusia se engendraría un monstruo como el que en la actualidad gobierna Putin. La Rusia que entonces conocí, la de Yeltsin y Gorbachov, era muy distinta: caótica y en crisis permanente, enérgica y creativa. Yo compartí aquella esperanza, quizá tan desmedida como todo lo que procede de aquel país. Yo también me equivoqué, y pensé que la sociedad rusa no se dejaría arrastrar por la chiflada paranoia imperialista. Que Putin era un autócrata brutal, pero que aún quedaban en él vestigios de racionalidad. Que Rusia nunca abdicaría de su identidad europea.

Quizá la lección que haya que extraer de esta equivocación colectiva es que debemos cuidarnos del amor a Rusia. El amor a Rusia puede ser muy peligroso a la hora de enjuiciar cuanto procede de aquel país.

Un pasaje inquietante de Koljós es el del viaje de Emmanuel al frente de guerra en compañía de un matrimonio —Tetiana y Volodímir— de intelectuales ucranianos. Durante el trayecto no hablan de política, ni de las últimas incidencias bélicas sino, como no puede ser menos, de la alta cultura rusa que sus compañeros de viaje detestan. Creen que esta ha ejercido una perniciosa influencia en las relaciones de Moscú con sus vecinos. La condena, que incluye a Pushkin, Lérmontov y Dostoievski, es provocadora. Pero por eso mismo, porque tras todas las contiendas hay siempre una guerra cultural, vale la pena analizarla.

El romanticismo ruso, que tiene en Lérmontov y Pushkin a dos magníficos abanderados, cantó las glorias del nacionalismo paneslavo y alentó la ocupación militar de Polonia y el Cáucaso. Tetiana y Volodímir recuerdan cómo Lérmontov describe la violación en grupo de una mujer chechena a manos de soldados rusos sin el menor atisbo de reprobación. En cuanto a Pushkin, por excelente poeta y buen amigo de los decembristas que fuese, no dejó de ser también un cortesano de pujos imperialistas. A título de ejemplo, citan el poema A los calumniadores de Rusia y esos versos que proclaman que «todos los ríos eslavos se perderán en el mar ruso». Versos muy bellos, a condición de que no pasen de las musas a la guerra.

Dostoievski como propaganda

Mucho más tóxico que Lérmontov o Pushkin, según Volodímir y Tetiana, sería Dostoievski, un eslavófilo rabioso, nacionalista, fanático, antisemita, un adalid de la Tercera Roma convencido de que la misión de Rusia es acabar con la impiedad, el ateísmo y la depravación en las que se revuelca Occidente. Se podría objetar que tal análisis es un anacronismo, ya que no se puede juzgar a Dostoievski con los criterios del presente. Pero lo cierto es que el Kremlin utiliza a diario al novelista para su masivo lavado de cerebros. Y que la lectura desapasionada de su obra induce a pensar que hoy el autor de Crimen y castigo participaría con fervor en la cruzada contra Europa. Dostoievski fue un propagandista del mito del alma rusa y de su universal misión redentora. Admiraba a las buenos campesinos rusos por su fe acorazada, capaz de superar cualquier duda, flaqueza o sombra de escepticismo. Esa fe salvó a Dostoievski de su anterior crisis nihilista… pero solo en parte.

Dado que el autor de El jugador no estaba del todo seguro de su devoción renacida, dado que se gastaba todo su dinero en casinos alemanes y que, con sospechosa frecuencia, sucumbía a las delicias de sus vecinos occidentales, cuando regresaba a la patria con los bolsillos vacíos y el alma en ascuas se aferraba a la convicción de que Nuestro Señor había encomendado a Rusia el deber de convertir a Europa —y a él mismo— a la verdadera fe, y de erradicar —a él también— sus vicios, dudas, debilidades y tentaciones.

Lo cierto es que no hay que hacer un ejercicio excesivo de imaginación para admitir que Dostoievski se habría sumado a la campaña de purificación de Ucrania. Pero no exageremos. A diferencia de Putin, el autor de los Hermanos Karamázov cuestionaba en cada línea lo que había escrito en la anterior. Por sus constantes giros de guion, hoy no habría tenido precio como argumentista de una serie de Netflix. Dostoievski era el novelista de los asesinos redimidos, los ladrones generosos, los santos pecadores, los jugadores atormentados, los ateos creyentes y los benditos beatos que nunca creyeron. El propio Carrère, sin ir más lejos, con los imprevisibles giros de su autoficción, se acredita hoy como el alumno más aventajado de Dostoievski.

Si hubo un intelectual ruso que proclamó a gritos su amor a Rusia, ese fue Dostoievski. Así que cuidado con él. Cuidado, sobre todo, con los malos lectores de Dostoievski y con el ejército de rusófilos que proliferan en aquel país. «Rusia desprecia, envidia y detesta a Europa», recordó Carrère a su paso en la presentación de su libro en Madrid. Es alarmante que, cuando los propagandistas del Kremlin se presentan como lugartenientes de Gengis Kan dispuestos a humillar al Viejo Continente, los rusos se olviden de que hubo un tiempo en el que ellos también se sintieron europeos. Dostoievski dijo aquello de que los rusos son seres privilegiados porque no tienen una sino dos almas, la rusa y la europea. A renglón seguido, aseguró que los rusos comprenden a los europeos mejor que estos a sí mismos, lo que no nos deja del todo tranquilos. Pero así es Dostoievski y su capacidad para seguir retorciendo argumentos, almas y cuerpos.

Quizá, cuando pase esta calamidad, llegue la hora de que, al igual que Emmanuel se reconcilió con su madre, también nosotros apreciemos que Rusia no está condenada a ser Mordor hasta la eternidad y que debamos ocuparnos de integrar a ese imperio fallido en una eficiente estructura paneuropea de seguridad. Lo que no es fácil, ya se lo adelanto.


Foto: Hélène Carrère d’Encausse, en 2023. © Mickaël Schauli, con licencia Wikimedia Commons.