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(Este es el segundo perfil de una serie de tres autores que reflejan en su obra el impacto del cristianismo)

Cuando le otorgaron a Emmanuel Carrère (París, 1957) el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances el jurado señaló: «Es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El Reino. Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea».

Obtuvo el Prix des Prix 2011, que se elige entre las obras ganadoras de los ocho premios más prestigiosos de Francia (incluido el Goncourt) por Limónov, biografía novelada de un escritor ruso y excombatiente en la guerra de los Balcanes. Carrère se metió en la piel de Edvard Limonov para reconstruir su peripecia y, de paso, dejar trazas de la suya propia.

En su primera novela de no-ficción, “El adversario” narraba la historia real de Jean-Claude Romand, que había engañado a todo el mundo desde los 18 años

En su primera novela de no-ficción, El adversario (1999) narraba la historia real de Jean-Claude Romand, que había engañado a todo el mundo desde los 18 años y fingía trabajar en la OMS. Cuando estaba a punto de descubrirse la falsedad, mató a sus padres, su mujer y a sus dos hijos, e intentó suicidarse. Carrère lo entrevistó en la cárcel, igual que Truman Capote había entrevistado a los asesinos de A sangre fría. «He intentado comprender lo que en una experiencia humana tan extrema me ha tocado tan de cerca y que nos afecta, creo, a cada uno de nosotros».

Para su aproximación al cristianismo no necesitó entrevistarse con nadie, porque fue él mismo quien transitó de la increencia a la fe en un viaje de ida y vuelta: se convirtió en 1990 y dejó el cristianismo en 1993. Aunque no del todo. Años más tarde, usó los cuadernos en los que relató sus vivencias de católico como punto de partida de una investigación sobre el origen del cristianismo.

El resultado es El Reino (2015), novela de no-ficción de más de 500 páginas, en la que dedica las 115 primeras a contar su conversión y su trienio religioso; y las 401 restantes al nacimiento del cristianismo, siguiendo a Pablo –su conversión, sus viajes y sus epístolas–; a Lucas –y su papel como evangelista y «reportero» de los Hechos de los apóstoles–; y a Juan –autor del cuarto evangelio y el Apocalipsis.

«Ha sido realmente apasionante –explica– hacer una especie de reconstrucción lo más coherente y verosímil posible de las personas que fueron, que son al mismo tiempo los héroes de una historia. Me dio también la sensación de que llegada cierta etapa de mi vida, recién pasados los cincuenta, no podía ser una pérdida de tiempo preguntarme dónde me encontraba yo en relación a esa historia y obligar al lector a que se hiciera la misma pregunta».

EL INVESTIGADOR Y EL CREYENTE

El camino que recorrió como «creyente», lo volvió a recorrer como «investigador», siguiendo la estela del historiador Ernest Renan, autor de una Vida de Jesús (1863) que «suscitó un enorme escándalo». Carrère piensa como Renan que «para escribir la historia de una religión, lo mejor era haber creído y no creer ya en ella».

Carrère es un agnóstico que considera el cristianismo como «una religión laica, sin trascendencia, como el budismo o el yoga». De hecho, practica este último y lo ha convertido en el tema de su libro Yoga (2021).

Pero a pesar de su distanciamiento y su ironía (compara a Pedro con Buster Keaton, cuando el apóstol salta vestido al agua en Tiberíades ante Jesús resucitado; y ve en Santiago, Pedro y Juan al Politburó del Partido Comunista soviético frente al revisionista Pablo), Carrère sigue encontrando en el Evangelio «muchas palabras de una profundidad y de una veracidad inmensas»: se conmueve ante el ejemplo de católicos como su tía Jacqueline, y cuando asiste a un retiro en la Comunidad del Arca, fundada por Jean Vanier, en contacto con los más débiles, escribe: «por un instante, vislumbré lo que es el Reino». Cierra su libro dudando de su increencia. Como él mismo dice, con su gusto por lo paradójico: «no soy lo bastante creyente para ser ateo»

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La huella del cristianismo en un agnóstico

(Fragmentos de El Reino, editado por Anagrama pags. 11-12, 99, 352)

El Reino. Carrère. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 págs.
El Reino. Carrère. Anagrama. Barcelona, 2015. 520 págs.

Nietzsche, de quien leo algunas páginas con el café de cada mañana, después de haber llevado a Jeanne a la escuela, expresa en estos términos el mismo estupor que Patrick Blossier:

 “Cuando en una mañana de domingo oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿es posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que decía que era Hijo de Dios, sin que se haya podido comprobar semejante afirmación. Un dios que engendra hijos con una mujer mortal; un sabio que recomienda que no se trabaje, que no se administre justicia, sino que nos preocupemos por los signos del inminente fin del mundo; una justicia que toma al inocente como víctima propiciatoria; un maestro que invita a sus discípulos a beber su sangre; oraciones e intervenciones milagrosas; pecados cometidos contra un dios y expiados por ese mismo dios; el miedo al más allá cuyo portón es la muerte; la figura de la cruz como símbolo en una época que ya no conoce su significado infamante… ¡Qué escalofrío nos produce todo esto, como si saliera de la tumba de un remoto pasado! ¿Quién iba a pensar que se seguiría creyendo en algo así?”.

Farfullan el credo porque es algo habitual, al igual que nosotros los bobos  para quienes el curso de yoga de la mañana del domingo ha sustituido a la misa, farfullamos un mantra imitando al maestro

Se cree, sin embargo. Muchas personas lo creen. Cuando van a la iglesia recitan el credo, del que cada frase es un insulto a la cordura, y lo recitan en francés, que se supone que es una lengua que comprenden. (…) Farfullan el credo porque es algo habitual, al igual que nosotros los bobos (1) para quienes el curso de yoga de la mañana del domingo ha sustituido a la misa, farfullamos un mantra imitando al maestro, antes de empezar los ejercicios. En ese mantra, no obstante, deseamos que las lluvias caigan en el momento oportuno y que todos los hombres vivan en paz, lo que sin duda representa un voto piadoso pero no ofende a la razón, lo cual supone una diferencia notable con el cristianismo.
Aun así, debe de haber entre los fieles, junto a los que se dejan acunar por la música sin prestar atención a las palabras, algunos que las pronuncian con convicción, con conocimiento de causa, tras haber reflexionado sobre su sentido. Si se les pregunta, responderán que creen de verdad que hace dos mil años un judío nacido de una virgen resucitó tres días después de ser crucificado y que volverá para juzgar a los vivos y a los muertos. Responderán que estos acontecimientos constituyen el centro de su vida. Sí, ciertamente es extraño». […]

Se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros

He leído a Dostoyevski, sé lo que dice Iván Karamazov, y que Job dijo antes que él, sobre el sufrimiento de los inocentes, ese escándalo que prohíbe creer en Dios. […] He leído a Nietzsche y no puedo negar que me sentí señalado cuando dice que la gran ventaja de la religión es que nos hace interesantes ante nosotros mismos y nos permite huir de la realidad. No obstante yo pensaba: sí, claro, se puede decir que Dios es la respuesta que damos a nuestra angustia, pero se puede decir también que nuestra angustia es el medio del que él se sirve para darse a conocer ante nosotros. Sí, claro, puedo decir que me convertí porque estaba desesperado, pero también puedo decir que Dios me ha concedido la gracia de la desesperación para convertirme. (…)

Yo me identifico con el joven rico. […] De una manera general, cada vez que me detengo para hacer balance desde ahora hace siete años, es para felicitarme por haber llegado a ser, contra todo pronóstico, un hombre feliz. Es para maravillarme de lo que he conseguido, figurarme lo que aún voy a conseguir, repetirme que estoy en el buen camino. Una gran parte de mis ensueños sigue pendiente, y me abandono a ellos invocando la regla fundamental tanto de la meditación como del psicoanálisis: consentirse pensar lo que se piensa, ser atravesado por lo que se atraviesa. No decirse: está bien, o está mal, sino: está, y debo establecerme en lo que hay.

Sin embargo, una vocecita testaruda viene a perturbar periódicamente estos conciertos de autosatisfacción farisea. Esta vocecita dice que las riquezas de que disfruto,
la sabiduría de que me jacto, la esperanza confiada que tengo de estar en el buen camino, todo esto es lo que me impide el logro verdadero. Estoy ganando siempre, cuando para ganar realmente habría que perder. Soy rico, talentoso, elogiado, tengo mérito y soy consciente de mi mérito: ¡por todo esto, ay de mí!

Cuando se hace oír esa vocecita, las de la meditación y el psicoanálisis tratan de acallarla: basta de dolorismo, basta de culpabilidad mal emplazada. No hay que flagelarse. Hay que empezar por ser más cool y me conviene más. Sin embargo, creo que la vocecita del Evangelio dice la verdad. Y como el joven rico, me voy pensativo y triste porque tengo grandes bienes.

(1) Bobo: Neologismo norteamericano que fusiona las palabras bourgeois y bohemiabn 

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